Alejandro Parisi

Alejandro Parisi

lunes, 4 de octubre de 2021

Colección de Novela Bélica del diario El País.


Es una alegría contarles que este domingo 3 de octubre se cumplieron 19 años de la publicación de Delivery, mi primera novela. Como festejo, o premio, este mismo día acaba de salir publicada "La niña y su doble" integrando la colección de novela bélica del diario El País de España, que se consigue como compra opcional con el diario. Pensar que no quería publicar esta novela por estar mal aconsejado y por tener pruritos snobs que, por suerte, ya no me condicionan tanto. Es una alegría inmensa saber que con esta edición sumamos cinco distintas, contando la primera en Argentina por Sudamericana, 2014; en España por Lumen, 2016; en Italia por Piemme, 2017 y Sudamericana, 2021.

Como siempre, mi agradecimiento a Flor Cambariere, mi editora, y a toda la gente de Editorial Sudamericana, como me gusta seguir llamándola desde 2001, cuando me publicaron la primera novela. 

Y, más que a nadie, a mis lectoras y lectores, que siguen recomendando mis libros.

 

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Frattini entre Azules y Colorados.


Fragmento de Un caballero en el purgatorio (Ed. Sudamericana, 2012).


Una mañana de septiembre de 1962, Frattini se vistió de punta en blanco y recogió la bolsa con regalos que estaba sobre la cama. Al salir a la calle, lo recibió una brisa tibia, mezclada con el smog de los colectivos que pasaban por la calle. Lentamente, Frattini dejó atrás la puerta de la pensión y se detuvo en la vereda. Durante unos minutos se dedicó a observar el auto estacionado junto al cordón. Era rojo, con ribetes blancos. Era modelo 1954. Era un Cadillac, y era suyo. Cuando logró despertar de aquella ensoñación, el auto seguía allí.

Frattini abrió la puerta, apoyó la bolsa sobre el asiento y, con cuidado, recogió la capota y la ajustó en la parte trasera del Cadillac. Luego, alzó la vista para contemplar la calle. La portera del edificio de enfrente estaba baldeando la vereda, como cada mañana. Y como cada mañana cruzaron una mirada lenta, llena de proposiciones que nunca serían pronunciadas. Frattini la saludó con un gesto imperceptible, y encendió el motor.
La ciudad estaba en calma. Sin embargo, durante el viaje a La Boca, Frattini notó la presencia de decenas de policías en las calles. Los insultó en voz baja. Frattini y Amada les costaba trabajar con tranquilidad sabiendo que las calles estaban repletas de agentes.
Al llegar, estacionó el Cadillac sobre la calle Suárez, justo delante del conventillo. Mientras bajaba, bolsa en mano, pudo sentir el rumor de los vecinos que lo miraban. El Rengo le gritó algo desde la esquina. Frattini le hizo señas para que se acercara.
-        Hijo de puta, mirá el autazo que te compraste.
-        Te traje un regalito, Rengo – dijo Frattini, abriendo la bolsa que tenía en sus manos.
La cara del Rengo se transformó al ver la afeitadora eléctrica.
-        ¿Te gusta? Así te afeitás y cambiás un poco la facha, que parecés un pordiosero – dijo Frattini.
-        Gracias, Carlitos.
Feliz, Frattini repitió el gesto cinco veces antes de alcanzar la casa que ahora era de su hermana. Y aunque todos los vecinos sabían de dónde provenían los anillos, las corbatas, las radios y afeitadoras eléctricas que Frattini les regalaba, nadie lo cuestionó. El conventillo era así: se disfrutaba la bonanza de los amigos, y se los ayudaba en la desgracia sin cuestionamientos, sin acusaciones.
Después llamó a la puerta de su hermana, que lo recibió con la misma alegría de siempre. Sólo dejó de sonreír cuando Frattini le entregó la bolsa de los regalos. Desde hacía un tiempo, había dejado de regalarles joyas, por miedo a implicarlas en caso de ser detenido. Por eso se conformaba con dejarles electrodomésticos pequeños, dinero y tapados de pieles.
-        Agarralo, dale una afeitadora a tu marido y vendé el resto. Vas a sacar unos buenos mangos. El tapado quedátelo vos. Es de zorro. Vale una fortuna.
-        ¿Por qué no lo guardás? Con todas las cosas que regalás podrías comprarte una casa, Carlitos.
-        ¿Para qué voy a ahorrar?
Una hora más tarde, Frattini volvió a subir al auto. Los chicos del conventillo, hijos de aquellos chicos con los que él había compartido la infancia, corrieron detrás suyo gritando y aplaudiendo hasta que el Cadillac se perdió en el horizonte de casas bajas.

Al descender del auto, se detuvo a observar una mancha de excremento de paloma que mancillaba el capot. Con cuidado, retiró un pañuelo de seda, lo humedeció con saliva  y limpió la mancha. Luego volvió a mirar el auto. Limpio y brillante. Acarició el metal con la yema de los dedos, como si sintiera nostalgia por separarse de él durante las horas de trabajo.
Al fin, le dio la espalda al Cadillac y comenzó a caminar en dirección al Centro. En La Churrasquita se encontró con Amada. Frattini tenía entre ceja y ceja un edificio cercano a la Plaza de Mayo. Hacía semanas que lo observaba a la pasada, y maldecía al portero que nunca dormía la siesta.
-        Probemos otra vez – dijo Frattini.
-        El portero tiene insomnio – dijo Amada, bebiendo el último sorbo de café.
-        Hoy tengo un buen pálpito– dijo Frattini.
Amada se encogió de hombros. Nunca se animaba a contradecirlo.
Se dirigieron a la Plaza de Mayo con la misma parsimonia de siempre. Podían estar nerviosos, asustados o exaltados, pero nunca, nunca lo demostraban en sus gestos ni en la forma de caminar. El traje de falso peatón debía ser perfecto. Bastaba con que un solo policía los detuviera y, al ver las llaves, los condenara al encierro. Por eso, debían mostrarse seguros, hipócritas serenos, y caminar por la calle como si estuvieran yendo a misa.
Al ver la entrada del edificio vacía, Amada silbó de admiración.
-        ¿Tenés algún otro pálpito? Decime y vamos al Hipódromo.
Frattini festejó el chiste con una breve sonrisa, mientras introducía una llave en la cerradura de la puerta. El hall de entrada también estaba vacío. Tras años de insomnio, el portero al fin parecía haberse rendido al cansancio.
Subieron por las escaleras hasta el último piso y entraron en el único departamento que lo ocupaba.
Al abrir el cajón de la mesa de noche, Frattini descubrió una pistola automática. La tomó entre sus manos y se la acercó a los ojos.
-        Colt. Police – leyó Frattini.
-        Es yanqui. Debe valer una fortuna – dijo Amada, mirándola de cerca.
-        La llevamos y la vendemos – dijo Frattini, mientras le quitaba las balas.
Con cuidado, se colocó el arma en la cintura, sujeta con el cinturón. Después siguieron recorriendo el departamento, demasiado grande, demasiado lujoso para ofrecerles tan solo un par de gargantillas y dos alfileres de corbata de oro.
-        Al menos podemos vender la pistola – dijo Frattini y dejó de hablar al ver que Amada cerraba los ojos intentando descifrar el sonido que llegaba de la calle.
Era un zumbido, y se acercaba a ellos.
Entonces reconocieron el sonido del avión, y luego las explosiones los obligaron a tenderse en el suelo en busca de refugio.
-        Se pudrió todo – dijo Amada.
Sin perder tiempo, volvieron a cerrar los cajones y salieron del departamento.
Al llegar a la calle, los recibió una columna de humo que se elevaba desde la Plaza y se impregnaba en el aire del Centro. Cuando volvieron a oír el zumbido, alzaron los ojos al cielo para ver la formación de aviones que sobrevolaban Buenos Aires cargados con bombas explosivas.
Entonces se echaron a correr.
Al llegar a la Avenida Belgrano, comenzaron a correr en dirección a la Nueve de Julio. En la esquina de Defensa, justo delante de la Basílica de Nuestra Señora del Rosario, vieron a un policía de tránsito que contemplaba el cielo con un gesto de terror. Al ver pasar a los aviones, el agente se arrancó los cubre mangas de color blanco que lo identificaban como tal, para no ser reconocido por los pilotos, y se echó a correr.
Por Belgrano bajaban autos policiales y carros militares a toda velocidad, en dirección a la Casa Rosada. Frattini no supo si se proponían atacar o defender al Gobierno. Tampoco le importaba. Lo único que quería era seguir corriendo y escapar de allí.
Armado con una pistola sin balas, pero con los bolsillos llenos de balas y joyas, se lanzó entre los automóviles seguido por Amada. Al llegar a la 9 de Julio, pudieron ver la escena con mayor claridad. Los aviones se perseguían en el aire. Los policías escapaban. Los militares se enfrentaban entre ellos, disparando en medio de las calles convertidas en campo de batalla.
Asustados, se alejaron en dirección a Constitución.
La Plaza estaba tomada por un regimiento de soldados que disparaban hacia el Hotel, desde donde llegaban los disparos que hacían saltar las flores de la Plaza, provocando una llovizna de tierra, hojas y pétalos que bañaba a los soldados parapetados detrás de los árboles. Las ventanas del hotel estallaban, y los cristales rotos reflejaban el sol durante los segundos que demoraban en caer y estrellarse contra la vereda.
Con la mitad del cuerpo oculto tras un auto agujereado por las balas, Frattini intentó descubrir qué pasaba. Sólo entonces notó que los soldados de la plaza llevaban como distintivo un lazo de color azul. En las mangas de los otros, que disparaban desde las ventanas del hotel, vio lazos rojos.
-        Salgamos de acá – gritó Amada.
-        ¿Qué?
Los estruendos de los disparos y el vuelo de los aviones aturdían.
Un grupo de hombres arrojaron una silla contra los cristales de una tienda. En pocos segundos, el saqueo había comenzado.
En ese preciso momento, oyeron la voz de alto.
Al girarse, Amada y Frattini descubrieron que estaban rodeados por un destacamento de policías que gritaban y los insultaban con energía, como si quisieran demostrarles que lo que sentían no era terror.
-        Contra la pared.
Frattini y Amada se miraron. Amada señaló hacia un lado con el mentón, dispuesto a escaparse. Frattini sacudió la cabeza. Si salían corriendo, lo más probable era que fueran acribillados por la espalda. Lo más seguro era obedecer y esperar que la situación se tranquilizara.
Junto a los demás peatones que habían caído en la redada, Frattini y Amada alzaron los brazos y obedecieron. Los agentes los empujaron contra la pared. Ya conocían el resto de la maniobra. Separaron las piernas, alzaron las manos y apoyaron las palmas contra la pared, sin volver la vista para no despertar la furia de los agentes.
No serían más de veinte personas. Desde una punta de la pared, dos agentes comenzaron a cachear a los detenidos mientras los demás policías les apuntaban con las armas sin dejar de observar el tiroteo que dejaba cadáveres entre las flores destrozadas de la Plaza.
Sólo entonces Frattini recordó que llevaba un arma en la cintura. El cacheo se acercaba. A sus espaldas, oyeron la detonación de una granada que hizo saltar de sus goznes las puertas del Hotel. Los hombres que rodeaban a Frattini comenzaron a gritar de miedo. No exageraban: los disparos se multiplicaban, y algunas balas perdidas impactaban contra la vereda y la pared donde esperaban.
Al fin, tan asustado como el resto de la Plaza, el oficial a cargo del operativo les ordenó a sus agentes que interrumpieran el cacheo.
Los pasos del oficial se precipitaron.
-        Vos… vos… vos…
Al azar, los detenidos eran golpeados y conducidos a los camiones.
Con sorpresa, casi con emoción, Frattini vio por entre sus piernas que los zapatos del oficial pasaban junto a él sin detenerse. Además de Frattini y Amada, habían quedado unos cinco hombres tan bien vestidos como ellos. Entonces, el oficial gritó:
-        Corran lo más rápido que puedan.
Antes de que terminara de completar la frase, Amada, Frattini y la Colt corrían por Garay escapando de las balas.
Los enfrentamientos continuaron durante todo el día en distintas partes del país. Azules contra Colorados. Pero eso a Frattini no le importaba. Para él, todos los milicos eran iguales. Lo importante era que se había salvado. Ahora necesitaba deshacerse del arma lo antes posible.

martes, 14 de septiembre de 2021

El vuelo errado de Balestra.

 




"Con los ojos cerrados y las manos clavadas en el apoyabrazos de la butaca, Balestra contenía el aliento. En sus años de alumno del Colegio Maristas de Durazno había estudiado física, e incluso había sacado buenas calificaciones. Pero ahora desconfiaba de las leyes que mantenían aquel avión en el aire, próximo a aterrizar en el Aeroparque de Buenos Aires. 

Había pasado la primera media hora del vuelo ordenando cada uno de los hechos que había vivido en la última semana, integrando un contingente alucinado de veinte personas que deseaban vivir “una experiencia sobrenatural e irrepetible” en las sierras cordobesas, como decía el folleto que aún conservaba en el bolsillo interior del saco. En la segunda media hora había escrito los puntos más importantes del informe que debía entregarle a Damián Blatt, su cliente, para cobrar el resto del trabajo. Pero después, ya sin excusas o entretenimientos, cuando faltaban veinte minutos para llegar a destino, su mente y su cuerpo se habían entregado por completo a la angustia del aterrizaje y, si el mal clima anunciado por el piloto continuaba, a la posibilidad de que el avión fuera atacado por un rayo o cayera en picada confundido por las nubes.

Por eso ahora, con los ojos cerrados y las manos como garras clavadas en la butaca, se prometía dejar de fumar, de beber, de mirar televisión, de coger, dejaría de hacer todo lo que fuera placentero en la vida si salía ileso de ese vuelo. Es más, si lograba sobrevivir se convertiría en uno de esos piadosos que se encerraban en un establo con la Biblia, la Torá o el Corán y pasaban su vida leyendo y orando con votos de silencio, humildad y abstinencia generalizada. Pero para eso primero debía salvarse. 

Al descubrir el Río de la Plata en la ventanilla, acechando la escueta pista de aterrizaje del Aeroparque, Balestra se maldijo por haber abierto los ojos. Volvió a cerrarlos cuando el avión completó el giro y se dispuso a lanzarse sobre la pista o el río, según la puntería de los pilotos. “Va a aterrizar perfecto, no me va a pasar nada y voy a encerrarme en el Tigre a leer libros religiosos para escribir libros de autoayuda”, se prometió Balestra, y subrayó mentalmente: “Sin fumar, beber, comer ni coger, tan sólo viendo morir los jazmines”.

Cuando las ruedas tocaron el piso y el avión sufrió un leve sacudón, Balestra soltó el aire con tanta violencia que le provocó un ataque de tos. Poco a poco el avión fue perdiendo velocidad con un sonido atronador, hasta que al fin se detuvo. Los demás pasajeros comenzaron a aplaudir: un ritual que evidenciaba el temor oculto a convertirse en mierda de paloma estrellada contra el piso.

Las luces de aviso se apagaron y Balestra se quitó el cinturón de seguridad. A su alrededor todos manipulaban sus teléfonos celulares. A los codazos, cagándose en todas normas de convivencia y tolerancia social, logró incorporarse, salir al pasillo, tomar su pequeña valija de mano y alcanzar la puerta delantera del avión justo cuando esta se abría.

¾    - Espero que haya disfrutado el viaje – dijo la azafata con tono alegre.

¾    - Sádica – fue la única respuesta de Balestra.

Bajó por la escalera hacia la pista mojada por la lluvia. Respiró hondo y encendió un cigarrillo. Ya tendría tiempo para convertirse en monje en otra vida.

Uno de los empleados de pista, protegido con auriculares y casco, le gritó que no podía fumar ahí y Balestra, recargado de energía gracias a aquellas dos pitadas subversivas, arrojó el cigarro y se encaminó hacia la salida.

Tomó un taxi en la puerta del Aeroparque y le indicó la dirección donde debía ir. Superadas sus promesas de dejar todo, ahora, mientras Buenos Aires pasaba por las ventanillas, hizo un listado mental de todo lo que se llevaría al Tigre, luego de darle el informe final a Blatt y al fin pudiera subirse a su lancha para internarse en aquellos canales que no eran tierra firme, pero que junto con las islas del Delta componían toda la firmeza que él necesitaba.

El taxi lo dejó en la calle Roseti, en el barrio de Chacarita, justo delante de la enorme productora de Blatt. Cargando la valija, se detuvo justo antes de tocar el portero eléctrico. Necesitaba serenarse. Nunca era bueno dar un informe estando apurado o fastidioso. Se ubicó bajo el alero de la puerta, a salvo de la llovizna. Eran las nueve y veintitrés de la mañana.

Dos cigarrillos más tarde, tocó timbre.

 

Al entrar lo recibió la sonrisa de una recepcionista demasiado joven ubicada detrás de un mostrador de diseño. Balestra contuvo sus ganas de quitarse los zapatos, sentarse en los sillones mullidos y dejar que la goma espuma tapizada absorbiera sus huesos cansados.

¾    Vengo a ver al señor Blatt.

¾    Buenos días. ¿Su nombre?

¾    Balestra.

¾    Espere un segundo.

El detective se volvió para contemplar aquella planta baja decorada con gigantografías de los personajes ácidos e irreverentes que Blatt había creado con un talento indiscutible. Bien a la vista de todos los visitantes, una cristalera exhibía los premios de cine y televisión de las distintas producciones interpretadas por esos muñecos animados que, a escala, también en la cristalera, sugerían la enorme cantidad de dinero que Blatt debía haber ganado con la comercialización del merchandising de sus creaciones.

Al otro lado de un cristal alto hasta el techo, dos muchachos fumaban de pie en un patio en el que se alzaban dos bancos de plaza sobre un rectángulo cubierto piedras y macetas con cañas barnizadas y gruesas: un jardín seco, moderno y carente de vida. Más allá de aquella pecera para fumadores de tabaco armado, vio filas y filas de escritorios con computadoras de grandes monitores conectadas a dibujantes, diseñadores y guionistas tan jóvenes que Balestra se sintió aún más viejo. 

¾    Ya puede subir.

Se alejó rápido de aquella juventud digitalizada y alcanzó el ascensor, ubicado junto a distintas puertas con carteles de neón que anunciaban los distintos sets de grabación, islas de edición y dos baños.

En el espejo vio su cuerpo delgado. Todavía no se acostumbraba al cambio, y a veces hasta sentía nostalgia por los doce kilos que se había visto obligado a bajar hacía cinco meses. O seis. No lo recordaba, las fechas se habían mezclado durante las dos semanas que había pasado internado en terapia intensiva a causa de aquel pre infarto que lo había obligado a consumir menos grasas, a caminar dos veces al día y… y nada más. Bastante tenía con eso.

Cuando las puertas automáticas se abrieron, el secretario de Blatt lo recibió con una sonrisa, conectado a cables que le salían de los oídos y se perdían por detrás de su cuerpo delgado. Mientras conversaba con otra persona o algún ser  imaginario, le indicó que podía entrar a la oficina.

Las dos veces que se habían visto, Balestra había reparado en que Blatt se vestía con la impunidad del talento: esta vez llevaba una remera negra estampada con el afiche de una película de terror, pantalones rojos y zapatillas verdes. Lo esperaba de pie apoyado contra el escritorio. En la pared del fondo, un poster de su primer éxito: una película animada coproducida entre Argentina, Francia y Estados Unidos. Era el único poster que había en toda la oficina y mostraba a Wilson, su protagonista, una mezcla mutante de conejo y galgo y pato de felpa, sonriendo con amargura aferrado a los barrotes de una celda carcelaria con forma de corazón.

Blatt le estrechó la mano mostrando el semblante serio que el detective esperaba.

¾    Va a tener que explicarme un par de cosas, Balestra.

¾    Son las nueve de la mañana. Casi me estrello con el avión… si me sirve algo, le cuento todo lo que quiera.

¾    ¿Tostadas, café?

¾    Me hace mal en ayunas. Mejor póngame un poco de eso – Balestra señaló el mini bar que había sobre una mesa oscura, junto a un viejo proyector cinematográfico restaurado y exhibido.

Blatt sirvió una generosa medida de Jonnhie Walker Blue Label y luego se sentaron. Balestra se llevó el vaso a la boca. Estaba a punto de bebérselo de un trago cuando el maldito Wilson se transfiguró en su médico de cabecera y desde detrás de los barrotes lo instó a cuidar su cuerpo malogrado. Entonces no pudo más que resoplar, cerrar las alas de cóndor sediento y beber un trago corto de colibrí. Apoyando el vaso, preguntó:

¾    ¿Su hijo está bien?

¾    Asustado y arrepentido, pero bien.

¾    Me alegro.

¾    Cuando lo contraté no esperaba tener que alquilar un avión privado y viajar de urgencia a Córdoba para sacar mi hijo de la cárcel – dijo Blatt a modo de reproche.

Balestra no se hizo cargo de sus palabras, o al menos las tomó como un efecto secundario de la noche del sábado. Sacó el papel que había escrito durante el vuelo, lo repasó y, tras beber otro pequeño sorbo de whisky, comenzó a hablar como si más que un detective fuera uno de los guionistas de la productora:

¾    La Sociedad Científica Interplanetaria tiene sedes en varios países del mundo. Basan todos sus postulados en desconfiar de la capacidad humana. Para ellos, es imposible que los humanos hayamos pasado miles de años dibujando las paredes de las cavernas y que después, cuando terminó la última glaciación, hayamos formado civilizaciones capaces de pensar por sí mismas, sembrar, cosechar, domesticar animales y construir pirámides y monumentos. Para ellos, todo lo que se construyó antes de la edad media lo hicieron los extraterrestres. Parece estúpido, pero es un negocio redondo. Durante todo el año los clientes… no, los Amigos Estelares, como llaman a los que aportan dinero, reciben información variada de hechos incomprobables e imágenes adulteradas que sirven de base para teorías conspiratorias sobre imágenes de extraterrestres escondidas en pinturas rupestres, esculturas mexicanas y grabados sumerios, supuestamente confirmadas por textos antiguos y avistamientos de ovnis en Alabama, Cuzco y Capilla del Monte…

¾    Hasta ahí, todo inofensivo – dijo Blatt.

¾    El tema es que desde hace un par de años esta gente comenzó a agitar a sus clientes para que donaran plata, mucha plata, y poder construir entre todos un observatorio alienígena allá, en Córdoba.

Blatt rió soltando el aire por la nariz. Y dijo con melancolía:

¾    Y pensar que en mi época nos íbamos a las sierras a drogarnos y armar bandas de rock... – y agregó: - Entonces la plata era para eso.

¾    Sí, los quince mil dólares que su hijo le robó fueron a parar a ese lugar. Este año, los aportantes fueron invitados, previo pago de otros cinco mil dólares, a estrenar el observatorio y avistar platos voladores. Ahí fue su hijo, junto con los demás Amigos Estelares. Gente distinta, eh. Desde nerds quinceañeros como su hijo hasta un cantante de rock convertido en ex drogadicto, ex violador y ex cantante de rock. Se alojaron en unas cabañas, se pasaron nueve días viendo documentales, escuchando conferencias por internet, y el día nueve los fue a ver un chino que habló durante una hora sobre no sé qué. Me hubiera gustado hablar chino mandarín para saber si el que traducía estaba realmente traduciendo o inventaba lo que decía. La noche del sábado subieron a la montaña a avistar ovnis. Yo fui con ellos. Me había comido nueve días escuchando estupideces y no pensaba perderme el final.

¾    Mi hijo dijo que hubo un tiroteo y que por eso los detuvieron a todos. ¿Fue usted?

¾    Mire, le voy a ser franco. Detesto más a la gente pelotuda como su hijo que a los chantas. Pero tengo mis límites. El sábado los organizadores les dieron de tomar un té a todos los que integraban el contingente. Dijeron que era lo mismo que tomaban los antiguos chamanes para conectarse con nuestros ancestros extraterrestres. Cuando llegaron arriba de la montaña se hizo evidente que los habían drogado con algo, LSD, hongos, aceite de cannabis, no sé, algún alucinógeno les dieron seguro. Cuestión que en ese momento apareció una luz potente en el cielo, soltando refucilos verdes y rojos, como de láser. Su hijo y los demás comenzaron a sacarse la ropa, a gritar, a bailar, desbordados por la droga y por la emoción que les despertaba la luz, que además emitía unos sonidos metálicos muy potentes. Me entró la duda, así que saqué el arma y disparé al cielo. Con apenas tres tiros bajé el ovni, que no era un ovni sino un dron, uno de esos aparatos nuevos con hélices y motor, pero adaptado con lásers y parlantes. Fin del cuento. A su hijo lo estafaron. Pero puede quedarse tranquilo que no usó la plata para pagar deudas de juego, ni drogas ni armas para hacer la revolución.

Blatt soltó una breve carcajada, que debió interrumpir al sentirse arrepentido.

¾    Pobre Tomy. Qué desilusión. Se pasó tantos años leyendo y mirando cosas sobre este tema…  

¾    No es tan terrible. Usted no sabe las crueldades que hacen algunos adolescentes de hoy para divertirse. 

¾    ¿Y la policía? ¿Por qué lo metieron preso?

¾    Porque cuando los policías subieron a ver de dónde venían los tiros, se encontraron a toda esa gente desnuda y drogada y pensaron que era una orgía. Para entonces los organizadores del tour intergaláctico ya estaban en Hurlingam o Saturno.

Durante el relato de Balestra, Blatt había pasado del enojo a la decepción hasta alcanzar esa sonrisa idiota que ahora se le dibujaba en la boca. Sacudiendo la cabeza, abrió un cajón y retiró un sobre.

¾    Gracias, Balestra. Aunque todo podría haber terminado de otra manera, ¿no cree? Cuando se dio cuenta de que era una estafa podría haberle dicho algo a Tomy y traérselo con usted.

¾    Yo no soy niñera de nadie. Pero soy un pedagogo: ¿o me va a decir que a Tomy no le hizo bien ver caer el ovni y terminar en cana?

Blatt asintió y volvió a sonreír con vergüenza.

¾    Es mi único hijo. Le di todo… algo hice mal.

¾    Demasiado.

¾    Tiene razón – aceptó Blatt. - Después de muchos años ayer al fin tuvimos una charla sincera. “Pa, te robé plata. Perdoname. Quiero hacer algo con mi vida”, dijo.  

¾    Con la imaginación que tiene, quizá podría trabajar acá con usted. Mire si se está perdiendo un buen guionista...

¾    Ya lo pensé. Y él también. Va a terminar el secundario de noche y va a empezar a trabajar acá… – sonrió Blatt.

¾    Brindo por este final feliz – dijo Balestra, terminándose el whisky. - Si hace una película con esto, acuérdese de mí.

¾    Va a estar en los agradecimientos, se lo prometo – dijo Blatt tendiéndole el sobre.

¾    Falta algo más – dijo el detective, señalando el mueble del minibar: - Me vendría bien una de esas botellas.

¾    Con lo que le acabo de pagar puede comprarse varias cajas.

El detective hizo un gesto para mostrarse ofendido en sus sentimientos.

¾    Es que a mí me gustan los regalos."

 


martes, 31 de agosto de 2021

Nusia Stier de Gotib Z"L (1930-2021)

 




Antes de conocerla, su hijo me pidió que intentara charlar con ella porque, pensaba, le haría bien contarle por primera vez su historia a alguien para salir de la melancolía. “Pero no te la va a contar, nunca quiso contársela a nadie. Ni siquiera a mi papá”. La primera vez que nos vimos me asombró su delicadeza, su mirada azul inquieta, su silencio cargado de recuerdos y complicidades. Hablamos durante todo un año, religiosamente una vez por semana, a la misma hora, tomando café. Entonces me contó que venía de una buena familia judía de Lwow, que cuando los rusos invadieron esa parte de Polonia su padre, un perfecto burgués, compró dos gansos que llevó a la terraza con la ilusión de que pusieran huevos con los que pudieran alimentarse durante las restricciones de la guerra. Un día los gansos no estaban, y Rudolph, su padre, creyó que se los habían robado los rusos. No era así: los gansos se habían volado porque él no les había cortado las alas. Eso le dijeron los oficiales rusos. Después Rudolph se hizo amigo de ellos y abrazó el comunismo, provocando el espanto de su mujer, sobreviviente de los pogromos cosacos en los Cárpatos. Cuando se retiraron los rusos y los nazis entraron a Lwow, Rudolph tuvo otra idea: conseguirle papeles de una nena ucraniana católica y enviarla a un orfanato de Varsovia donde nadie descubriera que era judía ni que su acento ucraniano no era sincero. “Rezá, pasá desapercibido, no hables. Tenés que sobrevivir”, le dijo con lágrimas en los ojos. Ese día Nusia se despidió para siempre de ese padre al que amaba con locura, y se convirtió en Slawka. Dejó Lwow bajo una lluvia de cenizas. Ingresó a un orfanato. Fingió tan bien, interpretó  tan bien el papel de Slawka que a las dos semanas de llegar al orfanato, fue adoptada por la esposa de un militar ucraniano que la obligó a participar de los bailes de las SS mientras ardía el ghetto de Varsovia. Así sobrevivió al Holocausto. Nunca más volvió a ver a su padre, pero cumplió su pedido: calló, rezó, pasó desapercibida y sobrevivió. Sólo entonces volvió al judaísmo, conoció al amor de su vida en Argentina y tuvo una vida feliz, llena de hijos y nietos. Hoy te fuiste pero nos queda tu recuerdo para siempre. Descansá en paz, Nusia Stier de Gotlib , y agarrate fuerte de la mano de Rudolph para ver volar a esos gansos blancos por el cielo azul, con tu hermana, tu madre, Claudia y Slawka.


domingo, 29 de agosto de 2021

"Tres mujeres en el Holocausto". Taller virtual de Lectura.





Tres mujeres en el Holocausto

Durante diez años tuve el privilegio de acompañar a tres mujeres en busca de los recuerdos de su experiencia como sobrevivientes del Holocausto. Cuando las conocí, Mira Ostromogliska, Nusia Gotlib y Hanka Gzmot tenían alrededor de ochenta años: habían pasado miles de tormentos, pero también habían hecho de sus días un ejemplo de superación. Habían formado familia, eran madres, abuelas… Y sin embargo, aquello que habían padecido cuando eran apenas unas niñas seguía nítido en su memoria con una precisión escalofriante. Las tres tenían un solo deseo: dejar testimonio de lo que habían vivido y visto con sus propios ojos para que “eso”, como ellas llamaban al Holocausto, no le ocurriera a nadie, que no se repitiera NUNCA MAS. El resultado de ese trabajo fueron tres novelas: “El ghetto de las ocho puertas”, “La niña y su doble” y “Hanka 753”, que conforman la Trilogía del Holocausto.

En ese camino que me dejaron transitar junto a ellas, aprendí que cualquier dolor es imponderable y que una historia particular puede mostrarnos todas las dimensiones de un hecho histórico que signó la vida de millones de personas.

Este taller de lectura está centrado en el testimonio de ellas y en mi experiencia durante esas tres novelas regidas por el mismo horror y escritas bajo la misma premisa: contar lo que ellas vivieron. 

Duración: 4 Encuentros  




Encuentro: Infancias de Mira, Nusia y Hanka
El antisemitismo no fue una invención nazi.

II
 Encuentro: El ghetto de las ocho puertas.
Vida y muerte en el Ghetto de Varsovia.

III
Encuentro: La niña y su doble
Rezar, callar y mentir.

IV 
Encuentro: Hanka 753
El horror de Auschwitz.




Formato: Virtual.

Comienzo: Lunes 13 de septiembre de 2021

Cupos limitados. 

Para más información: alejandro.parisi@gmail.com