Alejandro Parisi

Alejandro Parisi

lunes, 22 de enero de 2018

Viaje de mierda, pienso.


Fragmento de DELIVERY, Ed. Sudamericana. 2002.
 
"Voy caminando despacio y pienso que por más que tarde mi viejo no se va a ir. Llego a casa y él y la estúpida están sentados en el living. Hola dicen los dos a la vez y me quiero matar. Hola, digo y voy a la pieza, agarro un poco de plata, la mochila y unos CD.  Entonces mi viejo dice ¿listo? Sí, digo y la estúpida llama un taxi y cuando el taxi llega mi viejo se sienta adelante y la estúpida y yo nos sentamos atrás. La puta madre, pienso y mi viejo dice hasta Retiro.
Vamos en el taxi y la estúpida me dice Martín, en esta canasta hay una botella de agua mineral, facturas y empanadas. Con las ganas que tenía de comer empanadas, digo y ella dice no me di cuenta, perdoname… pero bueno, igual te aviso por si tenés hambre, porque yo cuando viajo en micro me duermo enseguida. Mejor, pienso y pienso que es mejor que duerma a que diga boludeces. Ella apoya una mano en el hombro derecho de mi viejo y él le da un beso. Viaje de mierda.

Llegamos a Retiro. Nos bajamos, el tachero descarga los bolsos del baúl y mi viejo le paga. Entramos al salón de la terminal y digo que voy a comprar pilas. Voy a averiguar de qué andén sale el micro, dice mi viejo. Alicia y los bolsos se quedan ahí. Camino por la terminal y no hay mucha gente, voy a un kiosco y compro pilas Duracell, cigarrillos y una lata de cerveza. Abro la lata y tomo un sorbo. Después voy hasta un kiosco de diarios y no sé por qué pero compro El Gráfico. Sigo caminando y veo un grupo de cinco chicas, tres rubias, una castaña y una morocha y pienso que tendría que haber comprado una Playboy. Las chicas me miran, hablan entre ellas y me miran otra vez. Joya, pienso pero escucho la voz de la estúpida que dice acá Martincito, estamos acá. La puta madre, pienso.
Es entre el anden cuarenta y nueve y el cincuenta y dos, dice mi viejo. Vamos al andén. Tengo hambre, pienso y digo Alicia dame una empanada. Como la empanada y tomo cerveza, después eructo y mi viejo me mira como diciendo “¿te parece lindo?” Nos sentamos en un banco del andén cuarenta y nueve y saco el discman de la mochila y le pongo cuatro pilas. Meto un CD y me pongo los auriculares. Se escucha joya, pienso.

Un rato después llega el micro. Micro de mierda, pienso. “Transportes del Tuyú”, leo y pienso que debe ser la empresa más barata. Subo al micro con la mochila, pero mi viejo dice Martín, ¿no la ponés abajo en el buche? No, le contesto. Ellos guardan los bolsos y después suben. La estúpida sigue abrazada a la canasta. ¿Qué asientos tenemos?, digo y mi viejo dice nueve, diez y veintiséis.
Veintiséis, ventanilla. Pasan unos minutos y no sube nadie. Pienso que estaría joya que suban las chicas que estaban en el salón y me las imagino a todas desnudas corriendo entre los asientos. Pero seguro que se va a subir una gorda fea, pienso y veo que se sube una vieja. Se sienta adelante de mi viejo y de la estúpida, se da vuelta y empieza a hablarles. Que se jodan.
Entonces escucho risas y veo que por las escaleras del micro están subiendo las chicas. Joya, pienso y pienso que mi suerte está cambiando. Van hasta el fondo y apago el discman pero me dejo puestos los auriculares. Ahí está el chico de antes, dice la morocha y es la más linda de todas. Las otras sonríen y entonces yo digo hola y todas contestan a la vez: hola, dicen y vuelvo a imaginarlas desnudas. Hermosas. Se me sientan todas más o menos alrededor, adelante, a un costado, pero ninguna al lado. Hablan, se ríen, me miran. Yo me saco la campera de jean y vuelvo a encender el discman. Lindas las chicas del Tuyú.

El chofer cierra la puerta y arranca. Una hora después el micro dio tantas vueltas y pasó por tantas terminales que ya no sé si estoy en “Transportes del Tuyú” o en el ciento cuarenta y uno que va a Plaza Italia. Por suerte no subió mucha gente: un matrimonio con un bebé, dos viejas y un cura. Las chicas preparan mate y la morocha me dice ¿cómo te llamás? Martín, digo y ella dice Martín, ¿tomás mate? Sí, digo. Entonces las chicas se presentan: Jésica, rubia, Marcela, rubia, Julieta, castaña, Lali, rubia, y Maira, la más hermosa, morocha.
Hablan y de vez en cuando me dan un mate. Yo trato de hacerme el boludo pero no puedo dejar de mirar la pollerita violeta y las medias rojas de Maira. Ella también me mira. Después las amigas se van quedando dormidas y nosotros empezamos a hablar. Somos compañeras del cole, dice, vamos a pasar el fin de semana a la casa de los padres de Lali. Ah, digo, parecés más grande y ella dice no, lo que pasa es que… me da vergüenza. Dale, digo y pienso que es hermosa. Repetí dos años, dice, tengo diecinueve. Joya, digo, yo ni terminé el colegio. Con esta mina está todo bien, pienso y miro para adelante y no veo ni a mi viejo ni a la estúpida, seguro que ya están dormidos.
 Seguimos hablando y ella dice no quiero despertar a las chicas y se cambia de asiento. Seguimos hablando. Hermosa. Hermosa. Hermosa. Que se despierte el cura y que nos case, pienso. Entonces le doy un beso y está todo bien. Las luces del micro se apagaron y a ella no le importa nada, a mí menos y entonces hacemos de todo. Joya, pienso y pienso qué empresa joya. Estamos un rato juntos hasta que las amigas de Maira se despiertan y ella dice tengo que ir con las chicas. Y yo tengo que dormir, pienso y le doy un beso y me duermo.

Martín, Martín, dice mi viejo, despertate que llegamos. Abro los ojos. Bostezo, estiro los brazos y pienso qué buen viaje. Maira y las amigas no están. Mi viejo se baja del micro y yo agarro mis cosas y lo sigo. Me cagué de frío, pienso. Abajo están los bolsos y está Alicia. Meto la mano en el bolsillo de la campera y encuentro una nota: dos números de teléfono y el nombre de Maira escrito con tinta verde. Está el número de San Clemente y el de su casa, que por la característica debe quedar en Palermo. Guardo el papel y pienso joya. Enciendo un cigarrillo. Fumo. Mi viejo sube los bolsos a un taxi rojo con techo blanco y dice veintisiete y uno. Veintiocho, digo y me río. En el reloj del taxi, las seis treinta y tres AM.
El taxi agarra por una avenida que se llama San Martín, después cruza una plazoleta, dobla por la calle Uno hasta llegar a la Veintisiete, después gira a la izquierda y estaciona frente a la casa de los viejos. Nos bajamos. Está amaneciendo, el tachero descarga los bolsos y mi viejo le paga. Las luces de la casa están encendidas, se abre la puerta y los dos viejos salen al jardín que hay adelante de la casa. Hola, dice la vieja y me abraza y yo digo hola abuela y la tengo que abrazar. Mi abuelo está llorando y dice pensé que no los iba a volver a ver. Viejo, dice la vieja, el médico dijo que no tenés que emocionarte y entonces mi viejo lo abraza y le dice ¿cómo estás? La estúpida y los bolsos no dicen nada. Saludo a mi abuelo y mi viejo dice ella es Alicia y mi abuela la mira de arriba a abajo. Hola, dice la vieja y la estúpida dice hola, doña Isabel, mucho gusto don Carlos. 
Entramos a la casa y Alicia dice qué hermoso jardín. Mi viejo sonríe y dice mi papá es el jardinero. Qué lindo, vuelve a decir la estúpida. La puerta da a la cocina y sobre la mesa hay una bandeja con medialunas de grasa. Joya, pienso y pienso en Maira. Dejen los bolsos en la pieza, dice la vieja, vos Martín vas a tener que dormir en el sillón del living. La puta madre, pienso y dejo la mochila y me voy a comer medialunas. Mi viejo va a la cocina y dice me imagino que vamos a ir a pescar. Tu padre ya preparó tres cañas, dice la vieja, la más grande es para Martín.
Todos hablan a la vez y sonríen y comen y ya quiero volver a Buenos Aires. Miro a mi abuelo y pienso que está arruinado: era alto y gordo pero ahora está muy flaco, seguro que por lo de la presión. Está arrugado y las manos le tiemblan todo el tiempo. La vieja es petisa y tiene rulos blancos, lleva puesto un delantal y usa unos anteojos que parecen dos culos de botella. Feo ser viejo, pienso y escucho que la vieja dice ¿qué quieren comer al mediodía? Mi viejo dice ¿no te hacés unas empanadas fritas de pescado? y la estúpida dice qué rico y yo me quiero matar, aunque después pienso que si la vieja hace empanadas por ahí también vende merca. Estoy podrido de comer empanadas, digo y la vieja dice bueno, a vos te hago otra cosa. ¿Qué querés que te haga?, dice y yo digo no sé. ¿Pastas, carne o pescado?, dice y digo no sé. ¿Querés fideos?, dice y digo bueno. ¿Caseros o comprados?, dice y digo no sé. ¿Rellenos o comunes?, dice y vuelvo a decir no sé. ¿Con tuco o con pesto?, dice y digo dejá, mejor como empanadas. Pensalo, dice ella. Vieja de mierda.
Después mi viejo me dice nosotros vamos a caminar por la playa, ¿querés venir? No, gracias, digo y voy a la pieza de los viejos y me acuesto. La vieja viene atrás mío y dice sacate las zapatillas y me las saco. Me imagino que no viniste solamente a dormir, ¿no?, dice y yo digo no, abuela, estuve leyendo todo el viaje, no dormí nada. Entonces agarra una manta y me tapa y después se va y cierra la puerta. Sobre la mesa de luz hay una foto: soy yo de chiquito, sentado en el medio del jardín de la casa, mirando hacia un costado, hacia una pierna de mujer. Después me duermo.

Abro los ojos. Vuelvo a mirar la foto y pienso en mi vieja. La puta madre, pienso. Entonces me levanto, me pongo las zapatillas y voy a la cocina. La vieja está de espaldas picando cebolla sobre la mesa. Cuando me escucha, gira la cabeza y dice no dormiste nada. No, digo y me siento en una silla y sigue cocinando. Silencio. Pienso en mi vieja y entonces digo che, abuela, ¿tenés alguna foto mía con mi mamá? No sé, dice, ¿por qué no le pedís a tu padre? Silencio. ¿Tenés? ¿sí o no?, digo y ella dice que no. Hija de puta, pienso y pienso que no puede ser que cuando pregunto por mi mamá todos se hagan los boludos.
Después digo me voy a bañar y ella dice cuando termines secá el baño. Voy a la pieza, abro la mochila y saco un calzoncillo y una remera. Llevo la mochila y mis otras cosas al sillón del living. Voy al baño, abro la ducha y espero que el agua salga caliente, pero cuando me estoy bañando de golpe el agua empieza a salir fría. La puta madre, digo y la vieja dice cerrá la llave del agua caliente que se apagó el calefón. Me estoy cagando de frío, digo y ella dice esperá que no prende. Vieja de mierda. Viaje de mierda. Familia de mierda. Toda la casa es vieja como ellos, pienso y miro los azulejos verdes y tengo ganas salir desnudo y putear a la vieja. Ya está, dice ella y abro la ducha y termino de bañarme. La puta madre, digo otra vez y me parece que la vieja se está riendo.
Después me visto y salgo del baño pero a la vieja no le digo nada. Agarro el discman, una silla y voy al jardín. Me siento al sol y me saco la remera, me pongo los auriculares y cierro los ojos. Enciendo un cigarrillo y fumo. Trato de no pensar en nada pero la música o el sol o no sé qué me hace pensar en mi vieja. A nadie le importa que yo pregunte por ella, pienso. Apago el discman. Silencio. Escucho el ruido del viento contra los árboles y un pajarito que canta. Romi, pienso y pienso otra vez en mi vieja. Pienso en las dos a la vez y me acuerdo de cuando le conté a Romi lo de mi mamá. Estúpido.
Enciendo el discman. Adelanto el primer tema, el segundo, el tercero, el cuarto y así hasta el último pero no escucho ninguno. Lo apago. Pienso en el Tano y en la reunión del domingo. Quiero estar en Edén, pienso y pienso en todas las chicas que me miraban cuando ese tal Guille me llevó en el BMW. Me vuelvo hoy, pienso y entonces me relajo y enciendo el discman y escucho el último tema porque es el mejor.

A las doce y media llegan mi viejo y la estúpida y nos sentamos a comer. El viejo trae dos botellas de vino tinto y la vieja pone sobre la mesa una fuente con un montón de empanadas. Mi viejo sirve vino en los vasos y dice brindemos porque estamos todos juntos. Pienso en mi vieja pero parece que no le importa a nadie porque todos chocan los vasos, se ríen y después empiezan a comer. Hijos de puta, pienso y pienso que son unos hijos de puta.
Ellos comen y yo los miro. No digo nada pero los miro. Agarro una empanada y la desarmo para que se enfríe. Merca, pienso. Merca, digo bajito y me como el relleno de la empanada. Tomo vino y vuelvo a servirme dos veces más. Abro la segunda botella y mi viejo me mira como diciendo “pará de tomar”. Me sirvo otro vaso, tomo y a medida que trago siento que se me duerme la boca. El viejo dice Martín, ¿seguís repartiendo empanadas? Digo que sí con la cabeza y no digo nada más. Después me dice ¿querés probar un licorcito casero de durazno? Sí, digo pero mi viejo dice no, ya tomó mucho. Una copita no le va a hacer nada, dice el abuelo y se levanta y va hasta el living y vuelve con una botella verde sin etiqueta y dos vasitos. Sirve y después dice brindo por mi nieto y me da lástima, entonces digo brindo por mi abuelo y vacío la copa de un sorbo. Rico el licorcito.
La vieja y la estúpida levantan las cosas de la mesa y el viejo y yo seguimos tomando licor hasta que la vieja le dice basta que te va a hacer mal y tapa la botella y el viejo se enoja pero a mí no me importa porque ya estoy borracho. Mi viejo salió al jardín porque se cansó de mirarme mal y de que yo no le de pelota. Estúpido. Entonces todos se van a dormir la siesta y yo me quedo solo.

Al rato me levanto y me siento mareado. Voy al living, abro la mochila, saco la malla y me la pongo. Enciendo un cigarrillo, fumo. Salgo a la calle. Tengo que comprarme anteojos negros, pienso. Voy hasta la Costanera por la Veintisiete, entro a la playa y me saco las zapatillas y la remera. Camino por la arena y pienso que hace calor. Me meto en el mar y salgo. El día está lindo, voy por la orilla para el lado del muelle. Un rato después escucho que gritan Martín y me acuerdo de Romi y de Carla. Miro para la playa y veo a las chicas del micro, todas en bikini, todas hermosas. Están en todos lados, pienso. Me acerco y las saludo. Maira me da un beso y dice llegaste justo. ¿Qué?, digo y ella saca un porro y no digo nada. Mirá las chicas, pienso y ella enciende el porro y fuma y se lo pasa las demás. Fuman, se ríen, cantan. Yo todavía estoy borracho y cuando me quiero dar cuenta ya le di una pitada y estoy tosiendo.
Las chicas dicen vamos al agua y se van al mar, Maira y yo nos quedamos. Todo me da vueltas pero me siento bien y encima ella está tan linda. Nos acostamos en la arena y hacemos de todo y no nos importa porque en la playa no hay nadie y porque no nos tiene que importar nada. Después de un rato enciende otro porro y fumamos pero ya no toso. ¿Hasta cuándo te quedás?, dice y digo no sé. ¿Me vas a llamar en Buenos Aires?, dice y yo digo que sí. Entonces me acuerdo del Tano, de la merca, de la guita y me siento bien. Guita, pienso y pienso que tengo que volver a Buenos Aires. Te juro que te voy a llamar pero ahora me tengo que ir, digo y le doy un beso y ella se ríe y no se da cuenta de que se lo digo en serio. Corro por la playa y siento que el corazón me va a explotar pero no me importa porque quiero irme antes de que todos se despierten.
Llego a la casa. Silencio. Me saco la malla y me visto. Meto todo en la mochila y después escribo una nota y la dejo sobre la mesa de la cocina: “Abuelo me tuve que volver no te emociones que te va a hacer mal. Cuidate. Martín.” Los demás que se vayan al carajo, pienso. Entonces salgo a la calle y hago el camino que esta mañana hizo el taxi. Voy escuchando el discman y no pienso en nada, me río y digo que se maten.
Cuando llego a la estación voy a una de las ventanillas y pregunto cuándo sale el primer micro a Retiro y me dicen que dentro de una hora y media. Joya, pienso y saco un pasaje. Enciendo un cigarrillo. Fumo. Me siento en un banco y tengo sed, así que voy al kiosco y compro una botella de Sprite de litro y medio y más pilas para el discman. Tomo Sprite y me siento mejor. Quiero que llegue el micro y quiero irme.

Se hace de noche. Estoy nervioso y el micro no llega. Fumo el último cigarrillo que tengo. La puta madre, pienso y pienso que lo único que falta es que mi viejo venga a buscarme a la terminal. Voy a la ventanilla donde compré el pasaje y le pregunto al pibe que atiende cuánto falta para que llegue el micro y me dice ahí viene, miro la ruta y veo un micro azul y blanco que se acerca y estaciona. Joya, digo aunque ya no estoy tan seguro de irme, pero igual subo al micro sin mirar a la gente que está sentada. Me pongo los auriculares y trato de dormir. Fumé porro, pienso y me huelo las manos y todavía tengo olor a porro. Después me duermo.

Abro los ojos. Miro por la ventanilla y veo luces y autos y carteles. “Buenos Aires 90 km.”, leo y estiro los brazos. En el asiento de al lado no hay nadie. Pienso en mi viejo y en el viejo. El abuelo me da lástima, pienso y pienso que mi viejo ahora que me fui debe estar más tranquilo. Hijo de puta. Si el micro salíó a las ocho de la noche voy a llegar a eso de las doce y media.  Miro la ruta y pienso que hice bien en volver. Cuando llegue voy a llamar a Romi, pienso y sé que no me va a atender pero tengo ganas de verla. Estúpido.
El micro llega a Retiro, me bajo y cruzo el salón de la terminal hasta la calle del fondo donde están los taxis. Me subo a uno y le digo al tachero la dirección de mi casa. El auto va lento porque hay mucho tránsito. Los sábados a la noche todos salen y seguro que todos deben estar tomando merca. El tachero escucha música clásica y no sé por qué pero me deprime. ¿Tiene un cigarrillo?, digo y él me da un Camel y un encendedor. Gracias, digo y lo enciendo y le devuelvo el encendedor. Fumo. Miro los autos que pasan al lado del taxi y pienso qué estará haciendo Romi.
Llegamos. Le pago al tachero, bajo y entro a casa. Está todo oscuro porque mi viejo está en San Clemente, pienso, pero si estuviera en Buenos Aires la casa estaría igual. Enciendo todas las luces. Pongo un CD y voy al baño. Dejo la puerta abierta. Me desvisto, tengo arena por todos lados. Entro a la ducha y el agua enseguida sale caliente y me siento bien. Hoy me bañé dos veces, pienso.
Salgo del baño y me siento en un sillón del living. Escucho la música. Pienso qué habrán hecho todos cuando se levantaron de dormir la siesta y pienso que mi abuelo se debe haber puesto a llorar, mi viejo debe haber puteado, la estúpida debe haber comido una empanada y la vieja debe haber dicho “es igual a la madre”. Pienso en eso y me siento mejor. Aunque no sé. 
Suena el teléfono y atiendo sin darme cuenta. Por lo menos llamá para decir que llegaste bien, dice mi viejo. Llegué bien, digo. Ya vamos a hablar, dice y corta. Hijo de puta, digo y pienso que ni pude decirle que traiga alfajores"

jueves, 18 de enero de 2018

Una buena noticia.


Lentamente, van llegando los comentarios de los lectores de Hanka 753, la mayoría conmovidos con la historia y la novela. Gracias a todos, HANKA 753 sigue entre las 10 novelas argentinas más vendidas de Yenny. Ayer, Flor Camba, mi querida editora, me avisó que ya se mandaron a reimprimir dos mil ejemplares más para que puedan ser repuestos en las librerías. Estamos contentos. Gracias a todos.
Para los que no la leyeron, les dejo el booktrailer.


miércoles, 17 de enero de 2018

20 años de realismo.

20 años de "Pizza, birra y faso". Y, por ende, de "Un oso rojo", la mejor película de aquella época donde el realismo volvió para mostrarnos el desastre que era el país donde vivíamos. Cuánta nostalgia, no porque el país haya cambiado, pero sí por aquellos tiempos donde éramos jóvenes en ese espacio-tiempo derruido que fue el final de los 90. Delivery se escribió en ese entonces, también. Una época, la única época en que sentí que escribía conectado a algo, al contexto y a los que se dedicaban a mostrar con realismo aquella realidad de mierda, sí, pero que tanto nos marcó a todos los que ya tenemos 40. No me pasó nunca más. Y ahora miro con desconfianza a aquellos que fuerzan cualquier tipo de conexión. Pero fue lindo. Qué lindo que fue.

martes, 9 de enero de 2018

El sol en la isla. Fragmento: Su rostro en el tiempo.







"Castellamare del Golfo ocupaba una pequeña porción de tierra entre las montañas y el mar; apiñadas unas encima de otras alrededor de la orilla, las casas formaban un mosaico de blancos y ocres deslucidos. Sobre el promontorio que dominaba el golfo se alzaba un antiguo castillo, construido por los musulmanes en los tiempos en que se apropiaron de la costa, del pueblo y de la isla entera, una isla que a lo largo de veinticinco siglos también había sido invadida por griegos, cartagineses, romanos, normandos, franceses, españoles, saboyanos… Las ruinas de sus imperios ahora yacían desparramadas al sol, olvidadas en esa isla abandonada a su propio olvido.
Entre el castillo y el puerto de Castellamare se extendía una almadraba donde los pescadores faenaban sus botines al sol: en el suelo, los peces brillaban con una agonía de espejos inquietos. Seducidos por aquellos reflejos y por los altos muros del castillo, los marineros que navegaban por primera vez frente a esas costas imaginaban que Castellamare debía guardar enormes riquezas. Sin embargo, al desembarcar sólo encontraban un pueblo de pescadores y campesinos pobres.
En Castellamare todos vivían de cara al mar; para ellos el Mediterráneo era un paño calmo y generoso que hacia el horizonte se fundía con otro paño, aún más sereno, de un azul infranqueable. Por entonces en el pueblo nadie imaginaba que podían descender tantos paracaidistas de ese cielo alto, limpio y resplandeciente.

Junto a la ladera de la montaña, en los márgenes del pueblo, había un pozo de agua y por la mañana las mujeres se reunían en torno a él cargando baldes, botellones y todo tipo de recipientes. Se saludaban a los gritos, rodeadas por enjambres de niños que corrían alrededor de sus piernas. Vestidas de negro, ellas guardaban luto por sus muertos, rezaban por el sufrimiento de los vivos y contemplaban el mar que surgía más abajo, hacia el final de la calle.
Las tardes de verano transcurrían silenciosas en Castellamare, y sólo se oía el sonido de las hojas que se mecían con el viento. El veintiuno de agosto de 1923, día de la Santísima Madonna del Socorro, el calor era agobiante. Por la mañana todos habían caminado en procesión detrás de la estatua de la Madonna desde la orilla del mar hasta la Iglesia. Ahora estaban durmiendo bajo los árboles o dentro de las casas: a esa hora en que el sol cegaba la vista, sólo algunos pocos se atrevían a salir y los pájaros permanecían refugiados en la copas de los árboles.
Junto al pozo, sentadas a la sombra de una higuera, tres ancianas guardaban silencio; tenían los ojos cerrados para que no les entrara el polvo y sus ropas vibraban, impulsadas por el Sirocco abrazador.
Pero de pronto alguien gritó en la casa contigua al pozo. Entonces las tres mujeres abrieron los ojos y, muy poco a poco, fueron despertando de su sopor.
Dentro de la casa, trozos blancos de sábanas gastadas y una fuente con agua hervida que comenzaba a teñirse de rojo. Rosalía se revolvía sobre la cama de hierro forjado mientras su madre le enjuagaba la frente con un paño mojado en agua fría, recién sacada del pozo; a los pies de la cama, Antonia, la hermana mayor de Marianno Licatesi, el marido de Rosalía, daba órdenes que ella apenas si podía obedecer. El parto iba mal: podía notarlo en la cara de desconcierto de su madre y en la mancha viscosa que comenzaba a extenderse bajo su cuerpo. Desde la mañana las punzadas habían sido cada vez más violentas, tanto que la habían obligado a abandonar la procesión para regresar a la cama. A esa altura de la tarde, Rosalía ya no podía soportar el dolor.
Gritaba con los dientes apretados.
Respiraba profundamente.
Después lloraba en silencio.
Y volvía a gritar.
Marianno se había llevado a Vito, Giovanni y Nino, sus hijos mayores, para que no molestasen. Aquello era cosa de mujeres. Por eso las mujeres del pozo se incorporaron para espiar a través de la pequeña ventana del cuarto: pegadas al cristal, gesticulaban y alzaban las manos al cielo.
Rogaban

­    - Santa Madonna 
y se lamentaban
­-     Santa Madonna
ante las demás vecinas que salían a la calle atraídas por sus gritos.
Al fin la madre de Rosalía logró retirar el pequeño cuerpo cubierto de sangre. Derrotada, Antonia se demoró en cortar y quitarle el cordón umbilical que traía enroscado al cuello. Después, entre las dos envolvieron el cuerpo con una manta y lo depositaron junto a Rosalía.
­-     Era una niña – se lamentó su cuñada mientras se persignaba.
­-     Te hubiera podido ayudar con la casa – dijo su madre.
Rosalía pudo ver que la niña tenía el rostro morado, pálido el cuerpo. No respiraba, pero aún conservaba la tibieza de su vientre. Tal como lo había hecho en los tres partos anteriores, escarbó entre los pliegues de la manta y contó cuántos dedos había en cada mano, en cada pie. Se alegró de saber que su hija era perfecta, aunque aquella perfección fuera inútil, desgraciada.
En un rincón del cuarto, ensimismada, Antonia intentaba comprender los misteriosos designios de la Providencia… La primera vez que ella había perdido un hijo, el párroco le había dicho que los niños muertos se convertían en ángeles y gozaban eternamente de la gracia de Dios. En su momento aquellas palabras habían sabido tranquilizarla, aunque después de tantos años seguían sin convencerla.  
Pero la Providencia tenía otros planes para la pequeña Giuseppina. Y como si ella pudiera adivinarlos, por un momento se resistió a aceptar el destino que le había tocado en gracia. Fueron apenas uno, dos, tres minutos.  
Después abrió los ojos.
Su primer llanto fue débil, casi un lamento, pero sin embargo consiguió asustar a los pájaros, que batieron sus alas y se alejaron hacia el mar por sobre el coro de mujeres que levantaban las manos al cielo
­-     Santa Madonna
agradecidas,
­-     Santa Madonna
y volvían a apretujarse en la ventana para ver que Rosalía abrazaba a la niña y le besaba las manos, los pies. Madre e hija se durmieron escuchando el rosario que las mujeres le dedicaban a la misericordiosa bondad de Nuestra Santísima Madonna del Socorro.  

Cuando Giuseppina aprendió a entender las palabras, esa fue la primera historia que le contó su madre: como Cristo a Lázaro, la Madonna la había hecho resucitar de entre los muertos convertida en una niña bellísima. Y para que nunca olvidara el milagro, Rosalía la bautizó con el nombre de María Giuseppina del Socorro. Aunque todos la llamaban Pina.
Tres años después, el pozo aún seguía allí; las mujeres, como los pájaros y el Sirocco, iban y venían de un lado a otro de la isla. Por la mañana, cuando regresaban del lavadero, la pequeña Giuseppina las veía inclinarse para sacar agua del pozo. Su madre no la dejaba acercarse porque era pequeña y temía que pudiera caerse en el interior. Pero por la tarde, cuando Rosalía y las demás mujeres se encerraban a cocinar y la calle quedaba vacía, Giuseppina se inclinaba sobre el pozo para descubrir el milagro reflejado en el agua: en puntas de pie (unos pies perfectos – y sucios-) Giuseppina podía ver cómo sus ojos, su nariz y sus mejillas ondeaban hasta desdibujarle el rostro cada vez que ella lanzaba una piedra."

jueves, 4 de enero de 2018

Dos meses de HANKA 753, y resistimos.

Hanka 753 sigue resistiendo en las librerías, entre las 12 novelas argentinas mas vendidas, y la 2da histórica de Yenny. Y lo mejor: llegan los primeros comentarios de los lectores, todos conmovidos por la historia. Para los que todavía no la leyeron, acá el booktrailer. Pídansela a los reyes magos.

miércoles, 3 de enero de 2018

Curso de escritura. Febrero 2018.




A partir de febrero/marzo, comienzo a dar cursos personales de corrección de textos para alumnos avanzados de maestrías/doctorados, y/o profesionales que deseen corregir sus trabajos e ir incorporando técnicas y estilos de escritura que permitan mejorar sus informes, tesis, artículos y publicaciones. 
A veces una buena idea puede perder valor durante la escritura, por no saber cómo plasmarla en forma de texto “comprensible”. La idea de este curso es ayudar a cada uno a mejorar sus textos, a poner en claro sus ideas de manera escrita. La única consigna es que cada interesada/o tenga sus propios textos. Trabajaremos sobre los textos que cada uno escriba. Acá sólo vamos a corregirlos y comentar aquello que falta para mejorarlo. También se recomendarán lecturas que sirvan como guía y que puedan ayudar a mejorar y completar los textos.
El otro curso que pienso abrir, es el de acompañamiento de novela y biografía. Para aquellos que estén escribiendo sus novelas, o para los interesados en construir novelas biográficas a partir de sus propias historias familiares.
De acuerdo a los interesados, iremos viendo la posibilidad de que los cursos sean personales o grupales. Todos y cada uno de ellos, semanal. Y siempre, siempre, en mi estudio de La Paternal.
Interesados, por mail: alejandro.parisi@gmail.com