Alejandro Parisi

Alejandro Parisi

viernes, 3 de diciembre de 2021

Lecturas escritas: Montalbano se rebela.



Este libro de breves relatos de Andrea Camilleri pertenece a la saga del Comisario Montalbano, y sus argumentos sirvieron para varios de los capítulos de la serie que pueden ver en el canal Europa Europa. Después de Pepe Carvalho y antes que Mario Conde, Montalbano integra la santa trinidad de protagonistas de novela negra "latinas". Más allá, en los fríos de Ystad, está el magnánimo Wallander, que por formas, estilos y género, vive en la excelencia narrativa de la austeridad escandinava, muy distinta a las risas y atracones de Pepe, el Salvo y el Conde.

Leyendo estos textos, me encontré con el relato "Montalbano se rebela", que contrasta mucho con los argumentos pasionales que se tejen en la saga. Al final Camilleri se ve obligado a explicar por qué, y esa explicación resulta maravillosa, una burla para los detractores y una larga carcajada para los lectores que tantos queremos a Montalbano. 

Los dejo con Salvo.


MONTALBANO SE REBELA

(fragmento)


"(...) El comisario salió de la casa, pero antes de alcanzar el coche se vio obligado a detenerse para vomitar, procurando que no le oyeran mientras los esfuerzos que hacía por reprimir las arcadas le provocaban dolorosos retorcijones en el vientre. Al llegar al coche, abrió el maletero, sacó el bidón de gasolina que siempre llevaba, regresó a la casa y vació el bidón justo delante de la puerta. Estaba seguro de que los dos asesinos no percibirían el olor de la gasolina, enmascarado por los olores mucho mas intensos de un par de ojos fritos y de una pantorrilla hervida o en salsa, vete tú a saber. Su plan era muy sencillo; prender fuego a la gasolina y obligar a los asesinos a arrojarse por la ventana de la cocina de la parte de atrás. Allí los estaría esperando él.

Regresó al automóvil, abrió la guantera, sacó la pistola y quitó el seguro. Y aquí se paró.

Devolvió la pistola a la guantera, introdujo una mano en el bolsillo y sacó el billetero: sí, tenía una tarjeta telefónica. Por el camino había visto una cabina a unos cien metros de distancia. Dejó el coche donde estaba y se dirigió a pie a la cabina tras encender un cigarrillo. Milagrosamente, el teléfono funcionaba. Insertó la tarjeta y marcó un número.

El septuagenario que, en la noche romana, estaba escribiendo a máquina se levantó de golpe y fue a coger el teléfono, preocupado. ¿Quién podría ser a aquella hora?

¾     ¿Diga? ¿Quién habla?

¾     Soy Montalbano. ¿Qué estás haciendo?

¾     ¿No sabes qué estoy haciendo? Escribo el relato del cual tú eres protagonista. He llegado al momento en que tú estás dentro del coche y le quitas el seguro a la pistola. ¿De dónde me llamas?

¾     Desde una cabina.

¾     ¿Y cómo has llegado hasta ella?

¾     Eso a ti no te importa.

¾     ¿Por qué me llamas?

¾     Porque no me gusta este relato. No quiero entrar en él, no va conmigo. Y, además, la historia de los ojos fritos y de la pantorrilla guisada es absolutamente ridícula, una auténtica gilipollez, y perdona que te lo diga.

¾     Salvo, estoy de acuerdo contigo.

¾     Pues entonces, ¿por qué lo escribes?

¾     Hijo mío, trata de comprenderme. Algunos dicen que soy eso que se llama un “buenista”, uno que se dedica a contar historias almibaradas y tranquilizadoras; otros dicen, en cambio, que el éxito que he alcanzado gracias a ti no me ha sentado muy bien, que me repito demasiado, con la mirada puesta tan sólo en los derechos de autor… Afirman que soy un escritor fácil, aunque después se maten tratando de entender cómo escribo. Estoy intentando ponerme al día, Salvo. Un poquito de sangre sobre el papel no le hace daño a nadie. ¿Qué quieres, perderte en disquisiciones? Y, además, te pregunto a ti, que eres un sibarita: ¿has probado alguna vez un par de ojos humanos fritos, quizá con un poco de cebolla?

¾     No te hagas el gracioso. Óyeme bien, te voy a decir una cosa que jamás repetiré. Para mí, Salvo Montalbano, un relato de esta clase es inadmisible. Eres muy dueño de escribir otros del mismo estilo, pero, en tal caso, tendrás que inventarte otro protagonista. ¿Está claro?

¾     Clarísimo. Pero, entre tanto, ¿cómo termino esta historia?

¾     Así – contestó el comisario.

 Y Y colgó." 


Aplausos.

miércoles, 1 de diciembre de 2021

La sana y virtuosa costumbre de mis lectores sanjuaninos.

Después de la visita que hicimos a la provincia de San Juan, nos llegan los trabajos que las chicas y los chicos hicieron a partir de la lectura de El ghetto de las ocho puertas y La niña y su doble, guiados por la querida profe de Literatura María Isabel Paredes.

Acá, los alumnos de 3er. año de la Escuela Industrial Domingo F. Sarmiento armaron un cuadro conceptual para poder abarcar y entender los personajes y los hechos que Mira, Edek y Teo Erlich vivieron durante el Holocausto.





Y por último, los alumnos de 4to. año del Colegio Fray Mamerto Esquiú se dedicaron a analizar a los personajes y acontecimientos que convirtieron a Nusia y Slawka en sobrevivientes del nazismo.








Si los hubiera tenido al lado cuando escribía El ghetto de las ocho puertas y La niña y su doble, todo habría sido mucho mas fácil. Como siempre les digo, no me alcanzan las palabras para darles las gracias. Así que a partir de ahora, aunque esté sentado solo frente a mi computadora, voy a empezar a aplaudirlos.

jueves, 18 de noviembre de 2021

250 razones para seguir.

 


Siempre que vuelvo de San Juan tengo que tomarme un par de días para recuperarme. Pero esta vez, el encuentro con los chichos y las chicas del Colegio Fray Mamerto Esquiú y la Escuela Industrial Sarmiento me dejó dando vueltas como un molino cuando sopla el Zonda, y dos días después de haber vuelto a Buenos Aires, sigo tildado sin saber bien qué pasó.

No. Mejor dicho sé bien qué pasó porque tengo grabado en la cabeza todo lo que pasó. Sus caras, sus ojos brillantes de emoción al ver los videos con el testimonio de Hanka 753, sus sonrisas (tímidas las de los más chicos y provocadoras las de los mas grandes), y la calidez con que se arremolinaron alrededor mío para pedirme una foto, o que les dedicara los libros, o que les firmara un papelito cuadriculado y una botella de plástico, o para mandarle un video a Gemma, una ex alumna de la escuela que hace años nos sorprendió con un mapa conceptual del El ghetto de las ocho puertas, o para hacerme preguntas que me hicieron pensar como nunca.

La escritura es un oficio solitario. Me gusta que así sea. Pero hay veces que los lectores y las lectoras se cuelan por la ventana después de la lectura y resulta que sus reflexiones, sus preguntas y su sensibilidad terminan de darle sentido a las palabras que uno como autor juntó una detrás de otra, con oficio pero también con el egoísmo de hacer lo que uno quiere sin calcular que el círculo sólo puede completarse cuando alguien lee esas palabras.







Y durante estos últimos meses del año, los alumnos y alumnas de Cuarto Año del Fray leyeron Hanka 753 como parte de un proyecto integral liderado desde hace años por mis queridas Fabiana Puebla y María Isabel Paredes, en el utilizan Hanka 753, El ghetto de las ocho puertas y La niña y su doble como material de estudio para abordan el Holocausto desde materias tan distintas como Historia, Literatura y Biología. Así los alumnos pueden conocer el contexto histórico en que se inicia la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, analizar literariamente las novelas y, en el caso de biología, estudiar cómo afectaba a las víctimas la inhalación de los gases mortales en los campos de exterminio nazis. También participaron los alumnos y alumnas de Sexto Año, viejos conocidos míos con Lourdes a la cabeza, que a lo largo de estos años completaron la lectura de los tres libros basados en las vidas de Mira, Nusia y Hanka.







En el caso de la Escuela Industrial, los chicos y chicas de Sexto Año de Electrónica, Automotores, Construcciones, Industrias, Equipos y Minería leyeron Hanka 753 para Literatura gracias a la propuesta de la queridas profes Laura González y Daniela Favaro (que además me llevó a conocer a sus alumnos del terciario de Tercer año de Bibliotecología, que también habían leído Hanka 753) y, los de Tercero Quinta y Tercero Septima, leyeron El ghetto de las ocho puertas con María Isabel Paredes.

Hay dos frases que suelen decir algunos adultos con bastante ignorancia y muchísima malicia: que a los adolescentes no les interesa nada porque sólo quieren estar con el “telefonito”, y que los docentes son vagos y no trabajan. Entre todos y todas, directivos y alumnas y alumnos sanjuaninos refutaron esas frases idiotas en un segundo. Porque esos 250 adolescentes no sólo leyeron las dos novelas para cumplir con la currícula, sino que se comprometieron con el tema, se emocionaron, se enojaron por el sufrimiento de Hanka y Mira, se preguntaron cómo es posible que ocurran estas cosas en el mundo, exigieron explicaciones y apretaron los dientes cuando les mostramos unos videos en pantalla gigante donde Hanka cuenta en primera persona cómo pasó treinta y seis horas desnuda bajo la nieve, frente a los hornos de Auschwitz.

Eso fue lo que pasó en San Juan: hechos concretos que siguen estando frescos en mi memoria. Pero lo que me dejó girando como un molino cuando sopla el Zonda y sigo sin entender, es otra cosa.

En 2017 y 2019, mis amigos de la Sociedad Israelita de San Juan, liderados por Víctor Kovalsky (que nos dejó este año pero antes de irse se encargó de que la DAIA premiara este proyecto educativo), y el querido Leo Siere, en representación de la sociedad, generosamente se encargaron de colaborar con el financiamiento de mis viajes. Esta vez no hizo falta, ya que se enteraron de que yo viajaba cuando todo estaba listo.

¿Por qué? Porque 250 estudiantes sanjuaninos del Fray y la Industrial se pusieron de acuerdo entre ellos y sin decirme nada a mí ni a la Sociedad Israelita juntaron plata para pagarme el pasaje y el hotel. Un gesto enorme, terriblemente enorme, que nos conmovió hasta las lágrimas a mí, a los docentes y los amigos de la Sociedad Israelita porque entendemos la importancia de que un grupo de estudiantes que no pertenecen a la colectividad judía se hayan organizado para leer, llevar a un autor y conocer más en profundidad las historias de Mira, Nusia y Hanka, y a través de ellas las de todas las víctimas del nazismo para cumplir con lo que esas tres enormes mujeres querían lograr con sus testimonios: que las nuevas generaciones se comprometan con la tolerancia, la educación y el concepto de igualdad entre los seres humanos, porque esa es la única manera de que “eso que nos pasó”, como decían ellas, no vuelva a ocurrirle a nadie. Nunca más.




Si bien cada vez vuelvo de San Juan siento que les debo algo, esta vez la deuda es inmensa. No me lo voy a olvidar nunca y, dejando de lado la modestia, puedo decir que lo viví como un premio. El premio más importante que gané de mi vida. Y estoy seguro de que si Mira, Teo, Nusia, Hanka y Víctor supieran lo que hicieron (que lo deben saber, allá donde estén) estarían felices porque sería ver concretadas sus aspiraciones, sus deseos de que los jóvenes, ustedes, amiguitos y amiguitas sanjuaninos, están haciendo de este mundo un lugar mucho mejor.

Muchas gracias. Nos vemos la próxima. Los quiere mucho, este autor agradecido.

 

lunes, 1 de noviembre de 2021

San Juan 2021.



Porque siempre se vuelve a los lugares donde fuimos felices, porque ganamos el premio de la DAIA y tenemos que festejarlo juntos, porque los chicos y las chicas siguen leyendo a Mira, Nusia y Hanka, porque Víctor Kovalsky se fue sin que pudiera despedirlo, y porque en el Fray Mamerto Esquiú y en la Escuela Industrial Sarmiento nos tratan mejor que en ningún otro lado, en unas semanas nos vamos otra vez a San Juan.





lunes, 4 de octubre de 2021

Colección de Novela Bélica del diario El País.


Es una alegría contarles que este domingo 3 de octubre se cumplieron 19 años de la publicación de Delivery, mi primera novela. Como festejo, o premio, este mismo día acaba de salir publicada "La niña y su doble" integrando la colección de novela bélica del diario El País de España, que se consigue como compra opcional con el diario. Pensar que no quería publicar esta novela por estar mal aconsejado y por tener pruritos snobs que, por suerte, ya no me condicionan tanto. Es una alegría inmensa saber que con esta edición sumamos cinco distintas, contando la primera en Argentina por Sudamericana, 2014; en España por Lumen, 2016; en Italia por Piemme, 2017 y Sudamericana, 2021.

Como siempre, mi agradecimiento a Flor Cambariere, mi editora, y a toda la gente de Editorial Sudamericana, como me gusta seguir llamándola desde 2001, cuando me publicaron la primera novela. 

Y, más que a nadie, a mis lectoras y lectores, que siguen recomendando mis libros.

 

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Frattini entre Azules y Colorados.


Fragmento de Un caballero en el purgatorio (Ed. Sudamericana, 2012).


Una mañana de septiembre de 1962, Frattini se vistió de punta en blanco y recogió la bolsa con regalos que estaba sobre la cama. Al salir a la calle, lo recibió una brisa tibia, mezclada con el smog de los colectivos que pasaban por la calle. Lentamente, Frattini dejó atrás la puerta de la pensión y se detuvo en la vereda. Durante unos minutos se dedicó a observar el auto estacionado junto al cordón. Era rojo, con ribetes blancos. Era modelo 1954. Era un Cadillac, y era suyo. Cuando logró despertar de aquella ensoñación, el auto seguía allí.

Frattini abrió la puerta, apoyó la bolsa sobre el asiento y, con cuidado, recogió la capota y la ajustó en la parte trasera del Cadillac. Luego, alzó la vista para contemplar la calle. La portera del edificio de enfrente estaba baldeando la vereda, como cada mañana. Y como cada mañana cruzaron una mirada lenta, llena de proposiciones que nunca serían pronunciadas. Frattini la saludó con un gesto imperceptible, y encendió el motor.
La ciudad estaba en calma. Sin embargo, durante el viaje a La Boca, Frattini notó la presencia de decenas de policías en las calles. Los insultó en voz baja. Frattini y Amada les costaba trabajar con tranquilidad sabiendo que las calles estaban repletas de agentes.
Al llegar, estacionó el Cadillac sobre la calle Suárez, justo delante del conventillo. Mientras bajaba, bolsa en mano, pudo sentir el rumor de los vecinos que lo miraban. El Rengo le gritó algo desde la esquina. Frattini le hizo señas para que se acercara.
-        Hijo de puta, mirá el autazo que te compraste.
-        Te traje un regalito, Rengo – dijo Frattini, abriendo la bolsa que tenía en sus manos.
La cara del Rengo se transformó al ver la afeitadora eléctrica.
-        ¿Te gusta? Así te afeitás y cambiás un poco la facha, que parecés un pordiosero – dijo Frattini.
-        Gracias, Carlitos.
Feliz, Frattini repitió el gesto cinco veces antes de alcanzar la casa que ahora era de su hermana. Y aunque todos los vecinos sabían de dónde provenían los anillos, las corbatas, las radios y afeitadoras eléctricas que Frattini les regalaba, nadie lo cuestionó. El conventillo era así: se disfrutaba la bonanza de los amigos, y se los ayudaba en la desgracia sin cuestionamientos, sin acusaciones.
Después llamó a la puerta de su hermana, que lo recibió con la misma alegría de siempre. Sólo dejó de sonreír cuando Frattini le entregó la bolsa de los regalos. Desde hacía un tiempo, había dejado de regalarles joyas, por miedo a implicarlas en caso de ser detenido. Por eso se conformaba con dejarles electrodomésticos pequeños, dinero y tapados de pieles.
-        Agarralo, dale una afeitadora a tu marido y vendé el resto. Vas a sacar unos buenos mangos. El tapado quedátelo vos. Es de zorro. Vale una fortuna.
-        ¿Por qué no lo guardás? Con todas las cosas que regalás podrías comprarte una casa, Carlitos.
-        ¿Para qué voy a ahorrar?
Una hora más tarde, Frattini volvió a subir al auto. Los chicos del conventillo, hijos de aquellos chicos con los que él había compartido la infancia, corrieron detrás suyo gritando y aplaudiendo hasta que el Cadillac se perdió en el horizonte de casas bajas.

Al descender del auto, se detuvo a observar una mancha de excremento de paloma que mancillaba el capot. Con cuidado, retiró un pañuelo de seda, lo humedeció con saliva  y limpió la mancha. Luego volvió a mirar el auto. Limpio y brillante. Acarició el metal con la yema de los dedos, como si sintiera nostalgia por separarse de él durante las horas de trabajo.
Al fin, le dio la espalda al Cadillac y comenzó a caminar en dirección al Centro. En La Churrasquita se encontró con Amada. Frattini tenía entre ceja y ceja un edificio cercano a la Plaza de Mayo. Hacía semanas que lo observaba a la pasada, y maldecía al portero que nunca dormía la siesta.
-        Probemos otra vez – dijo Frattini.
-        El portero tiene insomnio – dijo Amada, bebiendo el último sorbo de café.
-        Hoy tengo un buen pálpito– dijo Frattini.
Amada se encogió de hombros. Nunca se animaba a contradecirlo.
Se dirigieron a la Plaza de Mayo con la misma parsimonia de siempre. Podían estar nerviosos, asustados o exaltados, pero nunca, nunca lo demostraban en sus gestos ni en la forma de caminar. El traje de falso peatón debía ser perfecto. Bastaba con que un solo policía los detuviera y, al ver las llaves, los condenara al encierro. Por eso, debían mostrarse seguros, hipócritas serenos, y caminar por la calle como si estuvieran yendo a misa.
Al ver la entrada del edificio vacía, Amada silbó de admiración.
-        ¿Tenés algún otro pálpito? Decime y vamos al Hipódromo.
Frattini festejó el chiste con una breve sonrisa, mientras introducía una llave en la cerradura de la puerta. El hall de entrada también estaba vacío. Tras años de insomnio, el portero al fin parecía haberse rendido al cansancio.
Subieron por las escaleras hasta el último piso y entraron en el único departamento que lo ocupaba.
Al abrir el cajón de la mesa de noche, Frattini descubrió una pistola automática. La tomó entre sus manos y se la acercó a los ojos.
-        Colt. Police – leyó Frattini.
-        Es yanqui. Debe valer una fortuna – dijo Amada, mirándola de cerca.
-        La llevamos y la vendemos – dijo Frattini, mientras le quitaba las balas.
Con cuidado, se colocó el arma en la cintura, sujeta con el cinturón. Después siguieron recorriendo el departamento, demasiado grande, demasiado lujoso para ofrecerles tan solo un par de gargantillas y dos alfileres de corbata de oro.
-        Al menos podemos vender la pistola – dijo Frattini y dejó de hablar al ver que Amada cerraba los ojos intentando descifrar el sonido que llegaba de la calle.
Era un zumbido, y se acercaba a ellos.
Entonces reconocieron el sonido del avión, y luego las explosiones los obligaron a tenderse en el suelo en busca de refugio.
-        Se pudrió todo – dijo Amada.
Sin perder tiempo, volvieron a cerrar los cajones y salieron del departamento.
Al llegar a la calle, los recibió una columna de humo que se elevaba desde la Plaza y se impregnaba en el aire del Centro. Cuando volvieron a oír el zumbido, alzaron los ojos al cielo para ver la formación de aviones que sobrevolaban Buenos Aires cargados con bombas explosivas.
Entonces se echaron a correr.
Al llegar a la Avenida Belgrano, comenzaron a correr en dirección a la Nueve de Julio. En la esquina de Defensa, justo delante de la Basílica de Nuestra Señora del Rosario, vieron a un policía de tránsito que contemplaba el cielo con un gesto de terror. Al ver pasar a los aviones, el agente se arrancó los cubre mangas de color blanco que lo identificaban como tal, para no ser reconocido por los pilotos, y se echó a correr.
Por Belgrano bajaban autos policiales y carros militares a toda velocidad, en dirección a la Casa Rosada. Frattini no supo si se proponían atacar o defender al Gobierno. Tampoco le importaba. Lo único que quería era seguir corriendo y escapar de allí.
Armado con una pistola sin balas, pero con los bolsillos llenos de balas y joyas, se lanzó entre los automóviles seguido por Amada. Al llegar a la 9 de Julio, pudieron ver la escena con mayor claridad. Los aviones se perseguían en el aire. Los policías escapaban. Los militares se enfrentaban entre ellos, disparando en medio de las calles convertidas en campo de batalla.
Asustados, se alejaron en dirección a Constitución.
La Plaza estaba tomada por un regimiento de soldados que disparaban hacia el Hotel, desde donde llegaban los disparos que hacían saltar las flores de la Plaza, provocando una llovizna de tierra, hojas y pétalos que bañaba a los soldados parapetados detrás de los árboles. Las ventanas del hotel estallaban, y los cristales rotos reflejaban el sol durante los segundos que demoraban en caer y estrellarse contra la vereda.
Con la mitad del cuerpo oculto tras un auto agujereado por las balas, Frattini intentó descubrir qué pasaba. Sólo entonces notó que los soldados de la plaza llevaban como distintivo un lazo de color azul. En las mangas de los otros, que disparaban desde las ventanas del hotel, vio lazos rojos.
-        Salgamos de acá – gritó Amada.
-        ¿Qué?
Los estruendos de los disparos y el vuelo de los aviones aturdían.
Un grupo de hombres arrojaron una silla contra los cristales de una tienda. En pocos segundos, el saqueo había comenzado.
En ese preciso momento, oyeron la voz de alto.
Al girarse, Amada y Frattini descubrieron que estaban rodeados por un destacamento de policías que gritaban y los insultaban con energía, como si quisieran demostrarles que lo que sentían no era terror.
-        Contra la pared.
Frattini y Amada se miraron. Amada señaló hacia un lado con el mentón, dispuesto a escaparse. Frattini sacudió la cabeza. Si salían corriendo, lo más probable era que fueran acribillados por la espalda. Lo más seguro era obedecer y esperar que la situación se tranquilizara.
Junto a los demás peatones que habían caído en la redada, Frattini y Amada alzaron los brazos y obedecieron. Los agentes los empujaron contra la pared. Ya conocían el resto de la maniobra. Separaron las piernas, alzaron las manos y apoyaron las palmas contra la pared, sin volver la vista para no despertar la furia de los agentes.
No serían más de veinte personas. Desde una punta de la pared, dos agentes comenzaron a cachear a los detenidos mientras los demás policías les apuntaban con las armas sin dejar de observar el tiroteo que dejaba cadáveres entre las flores destrozadas de la Plaza.
Sólo entonces Frattini recordó que llevaba un arma en la cintura. El cacheo se acercaba. A sus espaldas, oyeron la detonación de una granada que hizo saltar de sus goznes las puertas del Hotel. Los hombres que rodeaban a Frattini comenzaron a gritar de miedo. No exageraban: los disparos se multiplicaban, y algunas balas perdidas impactaban contra la vereda y la pared donde esperaban.
Al fin, tan asustado como el resto de la Plaza, el oficial a cargo del operativo les ordenó a sus agentes que interrumpieran el cacheo.
Los pasos del oficial se precipitaron.
-        Vos… vos… vos…
Al azar, los detenidos eran golpeados y conducidos a los camiones.
Con sorpresa, casi con emoción, Frattini vio por entre sus piernas que los zapatos del oficial pasaban junto a él sin detenerse. Además de Frattini y Amada, habían quedado unos cinco hombres tan bien vestidos como ellos. Entonces, el oficial gritó:
-        Corran lo más rápido que puedan.
Antes de que terminara de completar la frase, Amada, Frattini y la Colt corrían por Garay escapando de las balas.
Los enfrentamientos continuaron durante todo el día en distintas partes del país. Azules contra Colorados. Pero eso a Frattini no le importaba. Para él, todos los milicos eran iguales. Lo importante era que se había salvado. Ahora necesitaba deshacerse del arma lo antes posible.

martes, 14 de septiembre de 2021

El vuelo errado de Balestra.

 




"Con los ojos cerrados y las manos clavadas en el apoyabrazos de la butaca, Balestra contenía el aliento. En sus años de alumno del Colegio Maristas de Durazno había estudiado física, e incluso había sacado buenas calificaciones. Pero ahora desconfiaba de las leyes que mantenían aquel avión en el aire, próximo a aterrizar en el Aeroparque de Buenos Aires. 

Había pasado la primera media hora del vuelo ordenando cada uno de los hechos que había vivido en la última semana, integrando un contingente alucinado de veinte personas que deseaban vivir “una experiencia sobrenatural e irrepetible” en las sierras cordobesas, como decía el folleto que aún conservaba en el bolsillo interior del saco. En la segunda media hora había escrito los puntos más importantes del informe que debía entregarle a Damián Blatt, su cliente, para cobrar el resto del trabajo. Pero después, ya sin excusas o entretenimientos, cuando faltaban veinte minutos para llegar a destino, su mente y su cuerpo se habían entregado por completo a la angustia del aterrizaje y, si el mal clima anunciado por el piloto continuaba, a la posibilidad de que el avión fuera atacado por un rayo o cayera en picada confundido por las nubes.

Por eso ahora, con los ojos cerrados y las manos como garras clavadas en la butaca, se prometía dejar de fumar, de beber, de mirar televisión, de coger, dejaría de hacer todo lo que fuera placentero en la vida si salía ileso de ese vuelo. Es más, si lograba sobrevivir se convertiría en uno de esos piadosos que se encerraban en un establo con la Biblia, la Torá o el Corán y pasaban su vida leyendo y orando con votos de silencio, humildad y abstinencia generalizada. Pero para eso primero debía salvarse. 

Al descubrir el Río de la Plata en la ventanilla, acechando la escueta pista de aterrizaje del Aeroparque, Balestra se maldijo por haber abierto los ojos. Volvió a cerrarlos cuando el avión completó el giro y se dispuso a lanzarse sobre la pista o el río, según la puntería de los pilotos. “Va a aterrizar perfecto, no me va a pasar nada y voy a encerrarme en el Tigre a leer libros religiosos para escribir libros de autoayuda”, se prometió Balestra, y subrayó mentalmente: “Sin fumar, beber, comer ni coger, tan sólo viendo morir los jazmines”.

Cuando las ruedas tocaron el piso y el avión sufrió un leve sacudón, Balestra soltó el aire con tanta violencia que le provocó un ataque de tos. Poco a poco el avión fue perdiendo velocidad con un sonido atronador, hasta que al fin se detuvo. Los demás pasajeros comenzaron a aplaudir: un ritual que evidenciaba el temor oculto a convertirse en mierda de paloma estrellada contra el piso.

Las luces de aviso se apagaron y Balestra se quitó el cinturón de seguridad. A su alrededor todos manipulaban sus teléfonos celulares. A los codazos, cagándose en todas normas de convivencia y tolerancia social, logró incorporarse, salir al pasillo, tomar su pequeña valija de mano y alcanzar la puerta delantera del avión justo cuando esta se abría.

¾    - Espero que haya disfrutado el viaje – dijo la azafata con tono alegre.

¾    - Sádica – fue la única respuesta de Balestra.

Bajó por la escalera hacia la pista mojada por la lluvia. Respiró hondo y encendió un cigarrillo. Ya tendría tiempo para convertirse en monje en otra vida.

Uno de los empleados de pista, protegido con auriculares y casco, le gritó que no podía fumar ahí y Balestra, recargado de energía gracias a aquellas dos pitadas subversivas, arrojó el cigarro y se encaminó hacia la salida.

Tomó un taxi en la puerta del Aeroparque y le indicó la dirección donde debía ir. Superadas sus promesas de dejar todo, ahora, mientras Buenos Aires pasaba por las ventanillas, hizo un listado mental de todo lo que se llevaría al Tigre, luego de darle el informe final a Blatt y al fin pudiera subirse a su lancha para internarse en aquellos canales que no eran tierra firme, pero que junto con las islas del Delta componían toda la firmeza que él necesitaba.

El taxi lo dejó en la calle Roseti, en el barrio de Chacarita, justo delante de la enorme productora de Blatt. Cargando la valija, se detuvo justo antes de tocar el portero eléctrico. Necesitaba serenarse. Nunca era bueno dar un informe estando apurado o fastidioso. Se ubicó bajo el alero de la puerta, a salvo de la llovizna. Eran las nueve y veintitrés de la mañana.

Dos cigarrillos más tarde, tocó timbre.

 

Al entrar lo recibió la sonrisa de una recepcionista demasiado joven ubicada detrás de un mostrador de diseño. Balestra contuvo sus ganas de quitarse los zapatos, sentarse en los sillones mullidos y dejar que la goma espuma tapizada absorbiera sus huesos cansados.

¾    Vengo a ver al señor Blatt.

¾    Buenos días. ¿Su nombre?

¾    Balestra.

¾    Espere un segundo.

El detective se volvió para contemplar aquella planta baja decorada con gigantografías de los personajes ácidos e irreverentes que Blatt había creado con un talento indiscutible. Bien a la vista de todos los visitantes, una cristalera exhibía los premios de cine y televisión de las distintas producciones interpretadas por esos muñecos animados que, a escala, también en la cristalera, sugerían la enorme cantidad de dinero que Blatt debía haber ganado con la comercialización del merchandising de sus creaciones.

Al otro lado de un cristal alto hasta el techo, dos muchachos fumaban de pie en un patio en el que se alzaban dos bancos de plaza sobre un rectángulo cubierto piedras y macetas con cañas barnizadas y gruesas: un jardín seco, moderno y carente de vida. Más allá de aquella pecera para fumadores de tabaco armado, vio filas y filas de escritorios con computadoras de grandes monitores conectadas a dibujantes, diseñadores y guionistas tan jóvenes que Balestra se sintió aún más viejo. 

¾    Ya puede subir.

Se alejó rápido de aquella juventud digitalizada y alcanzó el ascensor, ubicado junto a distintas puertas con carteles de neón que anunciaban los distintos sets de grabación, islas de edición y dos baños.

En el espejo vio su cuerpo delgado. Todavía no se acostumbraba al cambio, y a veces hasta sentía nostalgia por los doce kilos que se había visto obligado a bajar hacía cinco meses. O seis. No lo recordaba, las fechas se habían mezclado durante las dos semanas que había pasado internado en terapia intensiva a causa de aquel pre infarto que lo había obligado a consumir menos grasas, a caminar dos veces al día y… y nada más. Bastante tenía con eso.

Cuando las puertas automáticas se abrieron, el secretario de Blatt lo recibió con una sonrisa, conectado a cables que le salían de los oídos y se perdían por detrás de su cuerpo delgado. Mientras conversaba con otra persona o algún ser  imaginario, le indicó que podía entrar a la oficina.

Las dos veces que se habían visto, Balestra había reparado en que Blatt se vestía con la impunidad del talento: esta vez llevaba una remera negra estampada con el afiche de una película de terror, pantalones rojos y zapatillas verdes. Lo esperaba de pie apoyado contra el escritorio. En la pared del fondo, un poster de su primer éxito: una película animada coproducida entre Argentina, Francia y Estados Unidos. Era el único poster que había en toda la oficina y mostraba a Wilson, su protagonista, una mezcla mutante de conejo y galgo y pato de felpa, sonriendo con amargura aferrado a los barrotes de una celda carcelaria con forma de corazón.

Blatt le estrechó la mano mostrando el semblante serio que el detective esperaba.

¾    Va a tener que explicarme un par de cosas, Balestra.

¾    Son las nueve de la mañana. Casi me estrello con el avión… si me sirve algo, le cuento todo lo que quiera.

¾    ¿Tostadas, café?

¾    Me hace mal en ayunas. Mejor póngame un poco de eso – Balestra señaló el mini bar que había sobre una mesa oscura, junto a un viejo proyector cinematográfico restaurado y exhibido.

Blatt sirvió una generosa medida de Jonnhie Walker Blue Label y luego se sentaron. Balestra se llevó el vaso a la boca. Estaba a punto de bebérselo de un trago cuando el maldito Wilson se transfiguró en su médico de cabecera y desde detrás de los barrotes lo instó a cuidar su cuerpo malogrado. Entonces no pudo más que resoplar, cerrar las alas de cóndor sediento y beber un trago corto de colibrí. Apoyando el vaso, preguntó:

¾    ¿Su hijo está bien?

¾    Asustado y arrepentido, pero bien.

¾    Me alegro.

¾    Cuando lo contraté no esperaba tener que alquilar un avión privado y viajar de urgencia a Córdoba para sacar mi hijo de la cárcel – dijo Blatt a modo de reproche.

Balestra no se hizo cargo de sus palabras, o al menos las tomó como un efecto secundario de la noche del sábado. Sacó el papel que había escrito durante el vuelo, lo repasó y, tras beber otro pequeño sorbo de whisky, comenzó a hablar como si más que un detective fuera uno de los guionistas de la productora:

¾    La Sociedad Científica Interplanetaria tiene sedes en varios países del mundo. Basan todos sus postulados en desconfiar de la capacidad humana. Para ellos, es imposible que los humanos hayamos pasado miles de años dibujando las paredes de las cavernas y que después, cuando terminó la última glaciación, hayamos formado civilizaciones capaces de pensar por sí mismas, sembrar, cosechar, domesticar animales y construir pirámides y monumentos. Para ellos, todo lo que se construyó antes de la edad media lo hicieron los extraterrestres. Parece estúpido, pero es un negocio redondo. Durante todo el año los clientes… no, los Amigos Estelares, como llaman a los que aportan dinero, reciben información variada de hechos incomprobables e imágenes adulteradas que sirven de base para teorías conspiratorias sobre imágenes de extraterrestres escondidas en pinturas rupestres, esculturas mexicanas y grabados sumerios, supuestamente confirmadas por textos antiguos y avistamientos de ovnis en Alabama, Cuzco y Capilla del Monte…

¾    Hasta ahí, todo inofensivo – dijo Blatt.

¾    El tema es que desde hace un par de años esta gente comenzó a agitar a sus clientes para que donaran plata, mucha plata, y poder construir entre todos un observatorio alienígena allá, en Córdoba.

Blatt rió soltando el aire por la nariz. Y dijo con melancolía:

¾    Y pensar que en mi época nos íbamos a las sierras a drogarnos y armar bandas de rock... – y agregó: - Entonces la plata era para eso.

¾    Sí, los quince mil dólares que su hijo le robó fueron a parar a ese lugar. Este año, los aportantes fueron invitados, previo pago de otros cinco mil dólares, a estrenar el observatorio y avistar platos voladores. Ahí fue su hijo, junto con los demás Amigos Estelares. Gente distinta, eh. Desde nerds quinceañeros como su hijo hasta un cantante de rock convertido en ex drogadicto, ex violador y ex cantante de rock. Se alojaron en unas cabañas, se pasaron nueve días viendo documentales, escuchando conferencias por internet, y el día nueve los fue a ver un chino que habló durante una hora sobre no sé qué. Me hubiera gustado hablar chino mandarín para saber si el que traducía estaba realmente traduciendo o inventaba lo que decía. La noche del sábado subieron a la montaña a avistar ovnis. Yo fui con ellos. Me había comido nueve días escuchando estupideces y no pensaba perderme el final.

¾    Mi hijo dijo que hubo un tiroteo y que por eso los detuvieron a todos. ¿Fue usted?

¾    Mire, le voy a ser franco. Detesto más a la gente pelotuda como su hijo que a los chantas. Pero tengo mis límites. El sábado los organizadores les dieron de tomar un té a todos los que integraban el contingente. Dijeron que era lo mismo que tomaban los antiguos chamanes para conectarse con nuestros ancestros extraterrestres. Cuando llegaron arriba de la montaña se hizo evidente que los habían drogado con algo, LSD, hongos, aceite de cannabis, no sé, algún alucinógeno les dieron seguro. Cuestión que en ese momento apareció una luz potente en el cielo, soltando refucilos verdes y rojos, como de láser. Su hijo y los demás comenzaron a sacarse la ropa, a gritar, a bailar, desbordados por la droga y por la emoción que les despertaba la luz, que además emitía unos sonidos metálicos muy potentes. Me entró la duda, así que saqué el arma y disparé al cielo. Con apenas tres tiros bajé el ovni, que no era un ovni sino un dron, uno de esos aparatos nuevos con hélices y motor, pero adaptado con lásers y parlantes. Fin del cuento. A su hijo lo estafaron. Pero puede quedarse tranquilo que no usó la plata para pagar deudas de juego, ni drogas ni armas para hacer la revolución.

Blatt soltó una breve carcajada, que debió interrumpir al sentirse arrepentido.

¾    Pobre Tomy. Qué desilusión. Se pasó tantos años leyendo y mirando cosas sobre este tema…  

¾    No es tan terrible. Usted no sabe las crueldades que hacen algunos adolescentes de hoy para divertirse. 

¾    ¿Y la policía? ¿Por qué lo metieron preso?

¾    Porque cuando los policías subieron a ver de dónde venían los tiros, se encontraron a toda esa gente desnuda y drogada y pensaron que era una orgía. Para entonces los organizadores del tour intergaláctico ya estaban en Hurlingam o Saturno.

Durante el relato de Balestra, Blatt había pasado del enojo a la decepción hasta alcanzar esa sonrisa idiota que ahora se le dibujaba en la boca. Sacudiendo la cabeza, abrió un cajón y retiró un sobre.

¾    Gracias, Balestra. Aunque todo podría haber terminado de otra manera, ¿no cree? Cuando se dio cuenta de que era una estafa podría haberle dicho algo a Tomy y traérselo con usted.

¾    Yo no soy niñera de nadie. Pero soy un pedagogo: ¿o me va a decir que a Tomy no le hizo bien ver caer el ovni y terminar en cana?

Blatt asintió y volvió a sonreír con vergüenza.

¾    Es mi único hijo. Le di todo… algo hice mal.

¾    Demasiado.

¾    Tiene razón – aceptó Blatt. - Después de muchos años ayer al fin tuvimos una charla sincera. “Pa, te robé plata. Perdoname. Quiero hacer algo con mi vida”, dijo.  

¾    Con la imaginación que tiene, quizá podría trabajar acá con usted. Mire si se está perdiendo un buen guionista...

¾    Ya lo pensé. Y él también. Va a terminar el secundario de noche y va a empezar a trabajar acá… – sonrió Blatt.

¾    Brindo por este final feliz – dijo Balestra, terminándose el whisky. - Si hace una película con esto, acuérdese de mí.

¾    Va a estar en los agradecimientos, se lo prometo – dijo Blatt tendiéndole el sobre.

¾    Falta algo más – dijo el detective, señalando el mueble del minibar: - Me vendría bien una de esas botellas.

¾    Con lo que le acabo de pagar puede comprarse varias cajas.

El detective hizo un gesto para mostrarse ofendido en sus sentimientos.

¾    Es que a mí me gustan los regalos."