Alejandro Parisi

Alejandro Parisi

miércoles, 12 de diciembre de 2018

No hace falta ser nazi para someter mujeres: basta con ser hombre.


Hace ya 10 años, Mira me contaba esta historia. Hoy, más vigente que nunca. No hace falta ser nazi para someter mujeres. Basta con ser hombre.

El ghetto de las ocho puertas. Fragmento.
 
"En aquella época todos hablábamos en susurros imperceptibles para no captar la atención de nadie. Y así conversamos esa mañana sobre las últimas palabras que había aprendido Teo, sobre su indecisión para largarse a caminar y la viveza de sus pequeños ojos que todo miraban. Yo hacía varios días que esperaba el momento oportuno de hablar con mi hermana, así que esa mañana me detuve en medio de la calle y, ya sin poder contener la emoción, le confesé a Edwarda que Edek me gustaba. Ella me abrazó y dijo algo que primero me hizo reír, y luego sonrojarme. Sabía que esa tarde él iría a saludar a Boris, y eso hacía más feliz el festejo.
Habíamos decidido gastar sólo unos pocos zlotys, sin embargo, o quizá fuera por eso, nos deteníamos frente a las vidrieras de las tiendas para contemplar todas aquellas cosas que no podíamos comprar. Porque si bien ya comenzaba a notarse la escasez propia de la guerra, en las tiendas aún se podían encontrar algunos relojes de bolsillo, trajes modernos, sombreros de hongo entre caftanes de terciopelo y frutas confitadas, vinos y aguardientes de todos los sabores… Luego de mucho discutir, nos decidimos  por una botella de vodka, que mamá reprobaría pero que todos nosotros disfrutaríamos con ganas.
Pero entonces llegaron ellos. El carro se detuvo en medio de la calle, bloqueando el tránsito con esa autoridad invasora que los amparaba para hacer todo. Las dos apartamos la vista de la vidriera y dejamos de sonreír. Apuramos el paso. A nuestras espaldas oímos un silbido, el mismo que se utiliza para llamar a un perro. Como no le prestamos atención, el soldado alemán gritó que nos detuviéramos. Al volvernos, vimos que ya había bajado del carro. Ahora su mano enguantada hacía una seña: quería que nos acercáramos. Lo hicimos, ¿qué otra cosa podíamos hacer?
De pronto, la calle, que segundos antes rebosaba de gente, se vació por completo. Se cerraron las puertas de las tiendas, aunque los cristales de las vidrieras no podían ocultar las decenas de ojos que miraban con espanto. Noté que Edwarda me apretaba el brazo más que antes. Cuando llegamos junto a él, el soldado se detuvo a observarnos: nos miraba como si estuviera evaluándonos, buscando cualquier imperfección. Al fin, se volvió hacia los compañeros, que seguían en el carro, intercambiaron un par de palabras y nos hizo señas para que subiéramos con ellos. Ni siquiera atinamos a correr, tan sólo obedecimos con la vista en el suelo.
Durante el camino nadie habló. Nosotras conteníamos la respiración, agitadas por todos los rumores que, de pronto, volvían de un extraño lugar de nuestra memoria para recordarnos historias que todos conocíamos sobre los alemanes. Los soldados callaban; por extraño que pareciera, aunque llevábamos el brazalete que nos identificaba como judías, ellos no nos escupieron, ni siquiera nos insultaron, y eso nos preocupaba aún más.
Un rato después, el carro se detuvo en una calle donde, sabíamos, funcionaba un edificio de la GESTAPO. Nos ordenaron subir las escaleras hasta las oficinas del primer piso. Allí nos informaron que debíamos limpiar el lugar. Por un momento hasta nos sentimos agradecidas, como si juntar sus desechos fuera una bendición de aquel Dios que había decidido intervenir a favor de su pueblo. Durante más de tres horas ordenamos papeles, lustramos muebles y barrimos y enceramos los pisos de aquellas oficinas donde se gestaban las detenciones políticas y militares de la ocupación.
Con Edwarda evitábamos mirarnos, no fuera que el miedo terminara por unirnos en un abrazo y nuestro llanto acabara llamando la atención de los soldados. Lo mejor era obedecer, limpiar y lograr salir con vida de aquel lugar. Agachada, con las rodillas ardiendo por la fricción de las maderas del suelo, pensaba en Edek y me preguntaba si volvería a verlo. De pronto recordé algo, y me llevé una mano al cuello para palpar el bulto que, bajo la ropa, formaba la bolsa en la que, desde los bombardeos, llevaba escondidas las fotos de mi padre: si los alemanes descubrían las insignias hebreas que tenía escritas al dorso se desencadenarían burlas, amenazas y nuestra muerte.
De a ratos, un soldado pasaba junto a nosotras y se detenía a mirarme con una sonrisa desde un rostro perfectamente afeitado, marcado por una antigua cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda. Los oficiales estaban reunidos en el salón principal, y desde donde nosotras estábamos se los oía conversar en voz alta.
Al fin, el soldado se acercó a la puerta por la que se accedía a una de las oficinas y se quitó la chaqueta del uniforme. Batió las palmas para captar mi atención y, en voz baja, muy baja, me ordenó que fuera con él. Pasaron unos segundos en que no pude decir ni hacer ni pensar nada, tan solo veía cómo caían mis lágrimas sobre el piso que acaba de limpiar. Ansioso, el hombre retiró la pistola de su cartuchera y apuntó hacia mí.
Edwarda se acercó y se interpuso entre el soldado y mi cuerpo. Entonces él quitó el seguro del arma, la insultó con los dientes apretados y caminó hacia nosotras. Estaba a punto de golpear a Edwarda cuando me incorporé. Sin decir nada, me dirigí con él hacia la oficina desocupada.
Entramos, él cerró la puerta.
Lo ví desabrocharse el cinturón, lo ví acercarse.
Miré en dirección a la ventana, y pensé arrojarme a la calle.
Pero entonces escuché los gritos de Edwarda, y luego las voces de los oficiales al otro lado de la puerta. Cuando abrieron, salí corriendo a los brazos de mi hermana. Los alemanes amenazaron al que me había encerrado, aunque uno de ellos sonreía.
El soldado que nos había traído se disculpó en nombre del Estado Alemán y dijo que las oficinas debían volver a limpiarse al día siguiente, pero que conmigo alcanzaría para hacer el trabajo, así que debía regresar sola. Bajamos las escaleras llorando en silencio, y al salir a la calle decidimos que lo mejor era no decirle nada a nadie, y mucho menos a mamá.
Esa noche apenas si me acordé de llamar a Boris por su cumpleaños. Ni siquiera fui para ver a Edek: algo parecido a la vergüenza me impedía mirarlo a los ojos. Me acosté temprano, aunque no logré dormir en toda la noche.
Al día siguiente regresé al edificio de la GESTAPO por miedo a que mi ausencia complicara aún más las cosas. El soldado del día anterior no estaba, tampoco los demás. Me echaron a los empujones, gritándome que me fuera lo más rápido posible porque aquel no era un lugar para los judíos. Tampoco la calle, donde desfilaban cientos de soldados alemanes con esvásticas en sus estandartes. En el cielo, los cazas de la Luftwaffe sobrevolaban Varsovia como moscas sobre un cadáver podrido."

martes, 27 de noviembre de 2018

HANKA 753 en el Colegio Mariano Moreno de Hudson.


A principio de año me escribió Javier Bullotti para contarme que había leído HANKA 753 y que se había conmovido con la historia. La había disfrutado como lector, y por eso quería compartirla con sus alumnos de la escuela Mariano Moreno, en Hudson, Berasategui, en el marco de la materia "Construcción de la ciudadanía".

Como siempre me pasa, me sorprendí de que un docente quisiera llevar un libro mío al aula (sigo sin acostumbrarme), y más para que lo leyeran chicas y chicos de 14 años. La historia de Hanka es muy dura, y cuando Javier me dijo la edad de los chicos yo saqué todos mis temores de padre: ¿pero no son muy chicos? ¿qué van a entender? ¿no se van a poner mal?

Ayer, charlando con Hanka, me contaba que estaba asombrada. La habían invitado a una escuela a dar una charla para chicos de 14 años, de primer año de secundaria como los del Mariano Moreno, y lo que en principio debía ser una charla de 20 minutos terminó siendo un reportaje abierto de mas de 3 horas. Los chicos estaban tan interesados y tenían tantas preguntas que ella no pudo irse sin darles las respuestas.
  
Esta mañana Javier volvió a escribirme, y me contó lo mismo. Fue una noticia lindísima enterarme de que sus alumnos se habían enganchado con la novela, que la habían trabajado y que además me mandaban sus comentarios por escrito. Con estas reflexiones que adjunto acá abajo, los pibes y pibas de Berasategui refutaron mis temores. 

Eso merece todo mi agradecimiento, como también las hermosas palabras que me dedicaron y la alegría de saber que con Hanka les dimos una pequeña herramienta para conocer este mundo en el que les tocó nacer.

A Javier y a cada uno de mis amigas y amigos de primer año A y B del Mariano Moreno, un abrazo grande y una confesión: el agradecido soy yo.











lunes, 26 de noviembre de 2018

Quiero los puntos, pero no pienso festejarlo.





Hace tres años y pico, el día en que teníamos todo para disfrutar y la fiesta la arruinó un hincha tirando gas pimienta, sentí la peor vergüenza deportiva de mi vida. En ese entonces, mientras miraba lo que ocurría en el campo de juego, con los jugadores de River lastimados, descubrí cual era mi límite como hincha y espectador. Ese día, ante la sorpresa de mi mujer, empecé a gritarle a la tele: tienen que darle los puntos a River, este partido no puede jugarse. Así fue: le dieron la serie ganada a River y nos suspendieron la cancha por un montón de tiempo debido a lo que nuestro patético presidente Daniel Angelici definió como “un chiste que salió mal”.

Hoy siento lo mismo.

El sábado, todos estábamos preparados para ver un partido tremendo. Estadísticamente, la Copa se la lleva el que define de local en un porcentaje de 70 – 30%. Encima, River tenía más equipo. ¿Pero quién nos quitaba la ilusión de ganarles ahí? Porque, es claro, nosotros veníamos en levantada.
Pasado de nervios, me tiré a dormir la siesta y me desperté justo cuando el micro de Boca entraba con los vidrios rotos al Monumental, como si estuviera entrando en Siria. Vi bajar a los jugadores furiosos y asustados, lastimados, vomitando.
Durante horas, la Conmebol, River y Angelici (sí, nuestro patético presidente) alimentaron las esperanzas de que ese partido se jugara igual. Hasta que los jugadores se plantaron y dijeron que no porque no estaban bien, e incluso no estaban todos: el capitán estaba en una clínica por problemas en un ojo.

Ayer la pantomima siguió, y a medida que pasaban los minutos se me fueron las ganas de jugar el partido como hincha. Y me pasó otra vez algo: no quería que el partido se jugara nunca mas. Quería, y quiero, que le den los puntos a Boca y esta Copa que, sinceramente, nadie puede festejar.
Sé que por unos inadaptados no se puede juzgar a todos los hinchas. Lo tengo claro: fue la barra en connivencia con la policía, no los hinchas comunes de River (que no tiraron piedras pero que, cuando los jugadores nuestros estaban vomitando en el vestuario gritaban “Boca sos cagón”). En fin. Libero de esto al hincha normal.

Y sin embargo, como aquel día con el panadero, creo que todos tienen que sufrir una pena reglamentaria. Porque sí. Porque si no aceptamos la ley, no podemos pedir nada. Y yo la acepté y la reclamé aquel día en que Ponzio vomitaba y se frotaba los ojos  (el mismo Ponzio que ni siquiera fue al vestuario de Boca para ver cómo estaban sus colegas).
Vivimos en una sociedad que no acepta las consecuencias de lo que hace. Cromañón siempre será un ejemplo de eso: la culpa es de x, no de quienes llenaron la sala superando la capacidad ni de aquellos que tiraron las bengalas.

Yo no quiero eso.

Al margen, saltó a la luz la doble moral de presidente de River, que ahora dice que las cosas se definen en la cancha cuando en 2015 salió volando a Paraguay a pedir los puntos.
También hay que señalar los intereses personales de Angelici, que todo el tiempo superpuso sus aspiraciones políticas y dirigenciales personales a lo que le estaba pasando al plantel. Lo detesto, mentiría si dijera que lo analizo con objetividad.

Lo siento por los hinchas de River como hace 3 años lo sentí por mí, por mi hijo y por todos los hinchas de Boca. Pero no podemos vivir creyendo que todo es gratis. No. Una parte de la hinchada de River no sólo arruinó el partido sino que puso en juego la vida de los jugadores de Boca, mientras los dirigentes querían que jugaran igual y “los hinchas normales” los trataban de cagones.
Este país está destruido desde antes de este partido. Pero si no aceptamos responsabilidades, no vamos a salir nunca más.

Insisto: hubiera sido hermoso ganarlo en la cancha y poder festejar. No va a ser así.

Boca tiene que ganar la copa por la sanción a River, como debe ser. Nosotros, “los hinchas normales de Boca”, prometemos no festejarla. Pero háganse cargo del desastre que hicieron.

Acá, el texto completo que escribí en 2015, luego del gas pimienta.

Vergüenza xeneixe.

En los últimos años, cada vez que hay incidentes en una cancha responden a la división de bienes que los clubes le ofrecen a sus hinchadas. Ayer, según Grabbia, una fracción de la 12 se quedó disconforme porque le quitaron el laburo de trapitos en la cancha. Además, Berni le quitó a la 12 una bandera enorme pagada por el bolsillo de Carlos Tevez. Por eso la interrupción del partido. Hasta ahí, parecía que era solo un hecho criminal a los que estamos acostumbrados. Hasta que los jugadores de Boca se negaron a ayudar a salir a los de River, lastimados, maltratados. La imagen es clara: el Vasco pidiéndole ayuda al Cata y a Orión para que acompañen a los de River y les permitan salir. El Cata se niega, el Vasco se desespera y pone el pecho. Se queda en la puerta de la manga hasta que sale el último integrante del plantel de River. Después, Orión reune a sus compañeros y alzan los brazos para saludar a la 12. Hasta ese momento pensé que el segundo tiempo se tenía que jugar a cancha cerrada. Pero ahí, ante el chiquitaje y la corrupción de los jugadores, me convencí de que tienen que darles los puntos a River. Nada de jugar el partido. Los jugadores de Boca hicieron lo posible para proteger a la 12 y nada de nada para solidarizarse con sus compañeros de profesión. Por lo tanto, no es que no tengan nada que ver.
Un desastre todo: el pesto que nos pegó RIver en el primer tiempo, la reacción de la gente, de los jugadores, de Angelici (escondido en el tunel.... porque, ¿con qué autoridad va a cuestionar a la 12 si él mismo les entrega los negocios y les pide que retiren cada bandera de Riquelme que aparece?). Estoy amargado, pero firme en mis convicciones: Riquelme fue el único que los enfrentó. Palermo, el correcto, siempre les pasó guita e incluso los visitaba en la cárcel. Tevez también, Maradona... En fin, como bostero, le pido disculpas a los de River y pido que suspendan nuestra cancha y nos quiten los puntos del partido de ayer. Y la cabeza de Orión y Angelici, claro está.

viernes, 23 de noviembre de 2018

El ghetto de las ocho puertas. Provincia de San Juan


Todavía recuerdo que hace poco mas de un año, con Teo Erlich visitábamos el Colegio Fray Mamerto Esquiú para conocer a nuestros lectores. Hoy, esos chicos y chicas ya terminaron la escuela, pero una nueva camada de lectores sigue disfrutando de la historia de Mira y Edek, gracias a la profe María Isabel Paredes.

Quedan muy pocos ejemplares del libro en las librerías, casi no se consigue, pero ellos siguen buscándolo para leerlo de cualquier manera: en edición de bolsillo, en kindle, en fotocopias...

A todos, un abrazo enorme desde Buenos Aires y el agradecimiento de siempre.



martes, 20 de noviembre de 2018

Hanka en A24. Los caminos de la vida

Hace unas semanas, me entrevistaron de A24 en el Museo del Holocausto para hablar un poco de Hanka 753. Mis palabras acompañan una larga y sentida entrevista a Hanka Grzmot sobre su valentía para dejar atrás los horrores del Holoacusto.

Acá, el programa entero. "Los caminos de la vida" trata sobre historias personales que tratan la resiliencia. El primer entrevistado es el Negro Cáceres, un ex jugador que quedó en silla de ruedas tras un intento de robo y sigue adelante. A partir del min 17, estamos Hanka y yo.

Que lo disfruten.


viernes, 16 de noviembre de 2018

Lecturas para viajar sin salir de casa.

El verano pinta muy jodido, pero siempre está la alternativa de viajar sin salir de casa:

-El placer del viajero, de Ian McEwan, para ir a Venecia sin perderse, o perderse con estilo.

-El mundo perdido, de Sir Arthur Conan Doyle, para ir al Amazonas a buscar dinosaurios y que no contárselo a nadie.

-Las nubes, de Saer, para custodiar una caravana de locos sin contagiarse.
 

-El corazón de las tinieblas, de Conrad, para viajar por el Congo y el Támesis al mismo tiempo y ver al mejor asesino de todos los tiempos.
 

-La Odisea, de Homero, para volver a casa y arruinarle la fiesta a Penélope.

martes, 13 de noviembre de 2018

La Trilogía del Holocausto en la TV Pública: SHALOM AMIA

El domingo estuvimos participando del programa de la TV Pública, Shalom AMIA. Conversamos sobre memoria e industrias culturales. Por supuesto, contamos un poco cómo fue escribir "El ghetto de las ocho puertas", "La niña y su doble" y "Hanka 753", y la relación con Mira, Nusia y Hanka y cómo, para nuestra sorpresa, esos libros se están leyendo una y otra vez en las escuelas secundarias. También estaban presentes Iván Cherjovsky y Melina Serber, que filmaron "La Jerusalen argentina", un documental sobre Moises Ville. Gracias a Gaby Wilensky por la invitación, a Graciela Jinich por la recomendación y a Brenda Brecher por habernos tratado tan bien.
Acá, el programa completo.