Alejandro Parisi

Alejandro Parisi

lunes, 16 de mayo de 2022

2001-2021: Recuerdos de la barbarie.

Tengo el privilegio de que me gusta mi trabajo. Escuchar historias ajenas y transformarlas en libros que no firmo a veces me permite escribir sobre cosas que no tienen espacio en mi propia escritura, ya sea porque no me interesan tanto o porque, como este caso, me interesan demasiado y son tan complicadas que no me animo a tratarlas. O sí. Quizá la "obra" de uno sea todo lo que escribe y no solo lo que firma. A continuación, una semblanza de diciembre de 2001, el año que perdimos todo.




"Aquel período tan oscuro tuvo un comienzo, y fue la crisis económica y social que se insinuaba desde hacía años y que terminó de estallar a fines de noviembre de 2001. Intento rebobinar los recuerdos, releer las crónicas de la época y ordenar esa hecatombe que le tocó vivir a mi generación y que condenó a las siguientes a un estado de pobreza económica y moral proporcional al descreimiento en la política y nuestros gobernantes. Es difícil. La intensidad con que el país y la sociedad argentina vivió cada minuto de las últimas semanas de ese año hizo que los hechos se amontonaran en mi cabeza y en la de todos, confundiéndonos, avergonzándonos, abrumándonos hasta nublarnos el entendimiento. ¿Realmente pasaron tantas cosas en tan poco tiempo? Algunas las olvidé, supongo que debido a una combinación de límite en la capacidad de mi disco rígido, al avance de la edad, los traumas generados y, sobre todo, a la selectividad y la deformación que aplicamos a los recuerdos que incorporamos a nuestra memoria para poder sobrevivir al pasado. Sí, creo que a veces es necesario olvidar determinadas cosas para poder seguir adelante.

Veinte años más tarde, recuerdo el momento exacto en que entendí que Argentina se estaba desangrado, que aquello era irreversible, que ya nadie, ninguno de nosotros volvería a ser el mismo después de ver eso que estaba ocurriendo delante de nuestros ojos:

 

19 de diciembre de 2001. Son las cinco de la tarde. Perplejo, estoy sentado frente al televisor en mi nueva casa, recién casado. En la pantalla, los comerciantes lloran o disparan ante los cien, doscientos vecinos que irrumpen en sus comercios para llevarse todo lo que encuentran. Comida, televisores, todo. Desde la calle llega el sonido de las sirenas, los cacerolazos y un coro fúnebre que mastica una sola frase: que se vayan todos. De pronto, la cámara se centra en una camioneta de la Policía Bonaerense. Sobre la caja cargan a una mujer de gran tamaño, herida de bala. No se mueve. Alguien les grita a los policías que arranquen, que se apuren, que la salven. Pero la camioneta, como la mujer, tampoco se mueve. Los policías no saben qué hacer. La gente grita de impotencia y comienza a empujar la camioneta hasta que finalmente arranca y sale a toda velocidad. Sentado en el sillón, empiezo a reírme con el rostro desencajado. “¡La mataron!”, grita un rostro frente a cámara. Temblando, sigo riendo a carcajadas mientras las imágenes se vuelven cada vez más borrosas. Con un nudo en la garganta, me agarro la cabeza. Sólo entonces me doy cuenta de que hace rato dejé de reírme y que estoy llorando a los gritos. Con un último movimiento apago la tele y todo se funde en negro.  

 

Como yo, aquellas últimas semanas de 2001 todos los argentinos vivimos pegados a la pantalla de la televisión. No tenía sentido comprar diarios: los hechos se sucedían a tal velocidad que las noticias eran superadas, ampliadas o refutadas antes de que el diario saliera de la imprenta. La necesidad de saber qué estaba pasando en tiempo real en una época en la que no existían las redes sociales hizo que los canales televisivos tuvieran el monopolio de las noticias que se producían en cada provincia, en cada ciudad. Quizá por eso todos nuestros recuerdos se compongan de imágenes crudas, desprolijas, tragicómicas, siniestras. Sería injusto decir que todo comenzó aquel año. Aunque todo ocurrió tan rápido que muchos creímos que era improvisado, 2001 mostró las últimas escenas de una película cuyo guión que se venía escribiendo desde hacía años. El posible tráiler promocional de esa película podría ser más o menos este:

Menem maneja un auto de rally. Menem maneja una Ferrari. La sonrisa de buitre de Domingo Cavallo, ministro de Economía. Convertibilidad (un peso = un dólar). Entel, Segba, los ferrocarriles… Privatizaciones sin control, reducción de personal, desempleo. Menem baila con una odalista en la tv. Corrupción. María Julia Alsogaray, Ministra de medio ambiente, desnuda bajo un tapado de piel natural en la tapa de una revista. Inflación en dólares. Liberación de importaciones. Desindustrialización. Más desempleo. Carpa blanca de los docentes en Congreso. Jubilados muertos de hambre. Menem anuncia la construcción de una aeroisla capaz de eyectar cohetes a la estratósfera. Privatización de Aerolíneas Argentinas. Hambre. Elecciones. De la Rúa y Chacho Álvarez saludando a la gente desde el balcón de la Casa Rosada. Sócalo: FIN DE MENEMISMO Y LA CONVERTIBILIDAD. Cortes de rutas. Piquetes. Crisis irreversible. Vuelve Cavallo. Gente retirando dólares de los bancos. Feriado bancario. Corralito. Cacerolazos. Llantos. Gritos. Calor. Papá Noel en las vidrieras. Indignación popular. Saqueos. Un chino llorando en la puerta de un supermercado saqueado. Represión. Muertos en las calles. Helicóptero. De la Rúa se escapa. Anarquía total. Fin de la convertibilidad. Devaluación del 300%. Tristeza. Llantos. Desolación. Ezeiza: miles de personas se van del país. Bonos provinciales. Pesificación asimétrica. FIN.

 

Demasiadas imágenes, demasiados escenas. Una cascada de errores y desilusiones que, así enumeradas, le quitan el aliento hasta al lector mas avezado. El sólo hecho de tratar de contarlo, de explicarlo, nos parece difícil, extraño y agotador. ¿Cómo podría explicarle esto a un norteamericano de Carolina del Norte? ¿Cómo le explico a un suizo de los Alpes que tengo miedo de que la misma historia se repita en cualquier momento? Imposible. Las experiencias son intransferibles. Además, las decisiones que se adoptaron antes, durante y luego de aquella crisis no figuran en ningún libro de Economía. Si todo es un verdadero invento argentino, ¿cómo podría entenderlo un extranjero?

2021. Este año se estrenaron varios documentales conmemorativos de aquel estallido del que hablamos. No miro televisión, pero por casualidad volví a ver las imágenes de la mujer herida de bala en la camioneta de la policía bonaerense que no arrancaba. Como aquella vez, tampoco pude contener las lágrimas ante esa visión dantesca del infierno argentino. Pasaron 20 años. Desde afuera hoy no llegan sonidos de cacerolazos ni tiros…

Y sin embargo nada puede hacerme olvidar lo que vimos y vivimos aquel mes de diciembre de 2001. Entonces se vuelve imposible esquivar esta pregunta: ¿comprendemos realmente qué fue el 2001? Como sociedad, ¿tenemos el valor suficiente para preguntarnos cuán responsables somos de todo lo que pasó? ¿Vamos a seguir diciendo que en el 2001 “nos tocó vivir eso”, como si nuestras decisiones, actitudes y maneras de actuar no tuvieran nada que ver con lo que pasó? ¿Cuándo vamos a madurar para asumir que somos protagonistas de la realidad que vivimos?  

No lo sé, pero yo al menos necesito intentarlo. La única manera de hacerlo es ir desgranando ese guión macabro que resumimos antes. Necesito verlo escena a escena, cuadro a cuadro, aunque sólo sea para entender que llevó a esa mujer a saquear un supermercado de la Provincia de Buenos Aires y luego agonizar en un móvil policial que, como una verdadera metáfora de la Argentina, no tuvo los recursos suficientes para arrancar y salvarle la vida.

 

Cuando en 1983 terminó la dictadura cívico militar, la sociedad argentina al fin pudo volver a elegir a sus gobernantes. Esa vez, los argentinos evitaron votar a los peronistas que con sus luchas internas habían convertido al país en una carnicería y eligieron a un radical progresista intachable. Raúl Alfonsín ganó las elecciones presidenciales y llegó al gobierno para establecer y defender la democracia y recuperar todos los derechos civiles que nos habían quitado los militares. En materia económica, intentó sostener un Estado enorme y empobrecido cambiando la moneda. Pero el Plan Austral de Alfonsín fracasó al poco tiempo y las medidas económicas no lograron evitar que el país padeciera la mayor inflación de su historia. 

¿Qué hicimos como sociedad? Volvimos a votar al peronismo. Esta vez las elecciones las ganó Carlos Saúl Menem, que llevaba años gobernando la provincia de La Rioja como un señor feudal. Con el apoyo absoluto de los medios de comunicación y una confusa mezcla de caudillo y libertario, dijo ser el único capaz de salvar a la patria y llevarla al Primer Mundo, como si en lugar de ser un candidato a presidente estuviera ungido por Dios, Jehová y Alá (porque, aunque musulmán de nacimiento, Menem tuvo la “fe suficiente” como para convertirse al catolicismo antes de lanzar su candidatura).  Piloto de rally, mujeriego insaciable, acusado de tener contactos con el terrorismo islámico y el narcotráfico, Menem cerró su campaña prometiendo una Revolución Productiva en un país estancado.

Tras ganar las elecciones y adelantar su asunción debido a la crisis inflacionaria que Alfonsín era incapaz de sostener, Menem y los grupos económicos nacionales y foráneos se encargaron de instalar a través de los medios de comunicación algo que ya habían insinuado durante la Dictadura: que Argentina no podía tener un Estado tan grande, que había que achicarlo porque la administración pública atrasaba y no prestaba un servicio moderno ni satisfactorio. Así, apenas asumir, Menem se encargó de privatizar canales de tv, líneas de ferrocarriles, empresas de suministro de luz y gas y todo lo que pudo. ¿Quiénes se adjudicaron las privatizaciones? Los grandes grupos económicas argentinos, inversores extranjeros y cualquiera que tuviera la plata suficiente para pagar las coimas que exigía el menemismo. Al adueñarse de las empresas, los nuevos propietarios despidieron a miles y miles de sus empleados.

Los organismos internacionales festejaron esta medida, y de pronto comenzaron a llegar inversores ávidos por prestarle dólares en cantidades inconmensurables tanto al Estado como a las empresas privadas argentinas, siempre con tasas leoninas y en dólares.

En ese contexto, Domingo Cavallo, super Ministro de Economía de Menem y antiguo asesor de los militares, establece la Ley de Convertibilidad, a través de la cual 1 peso pasa a valer lo mismo que 1 dólar. El famoso “1 a 1”, como se conocería años más tarde.  

En un principio la convertibilidad resultó ser un shock que ayudó a frenar la inflación. Mejor dicho, a desacelerarla. Como dijimos, el gobierno de Alfonsín había dejado tanta inflación que hasta habíamos tenido que inventar una nueva palabra que pudiera definirla: hiperinflación. Así, la convertibilidad ayudó a bajar la inflación pero de ninguna manera la detuvo.

Por otro lado, las tasas que pagaban y cobraban los bancos distaban de ser las que regían en el país que imprimía los dólares. Como la inflación en pesos (que también era inflación en dólares) era baja pero continua, poco a poco los productos de fabricación nacional empezaron a ser más caros que los productos importados.

¿Qué pasó? Se dispararon las importaciones. No sólo las textiles, con las cuales teníamos que competir nosotros, sino la de la mayoría de los productos. ¿Para qué los empresarios argentinos iban a fabricar algo acá cuando les salía más barato traerlo desde el exterior? Conclusión: el país se desindustrializó y los empresarios fueron reemplazados o se convirtieron en importadores. Este proceso se dio incluso en el turismo. Como era más barato viajar a Miami que pasar un fin de semana en Mar del Plata, los argentinos comenzaron a viajar por el mundo y a dejar sus dólares en los productos que compraban pronunciando una frase que se volvería tristemente mítica: “deme dos”.

Esa lluvia de importaciones iba erosionando a las empresas locales que quedaban, que iban desapareciendo una tras otra, como los puestos de trabajo. Un círculo vicioso que hizo que la masa de productos importados se fuera quedando sin la masa de consumidores (sin empleo no hay consumo). Aquello tuvo un saldo traumático para la sociedad argentina, sobre todo para esa clase media que se jactaba de ser la única de su especie en toda América Latina: durante esos años una generación entera de empresarios y obreros industriales sindicalizados con una larga historia y experiencia laboral quedó en la calle, mientras que surgía una nueva generación de trabajadores, temporales y precarizados, que sólo accedían a puestos en empresas de servicio. La cuenta regresiva ya había empezado: Menem recibía a The Rolling Stones en Olivos pero en las calles sólo se escuchaba el tic-tac de una bomba formada por la combinación del desempleo, el hambre y la desilusión.

Por nuestra parte, nosotros siempre tuvimos la firme tendencia de producir en el país y tratamos de importar sólo aquellos productos que, por falta de insumos o capacidad productiva, nos resultan imposibles de producir con una relación calidad-precio razonable. (En total, nuestras importaciones nunca superaron el 5/10% de nuestra producción total). Por eso, en 2001 habíamos comprado unos polar importados que nos costaban 10 dólares y que estaban pensados para que el consumidor los adquiriera en el invierno de 2002 a 12 pesos/dólares. Claro que no pensábamos que todo iba a cambiar de golpe y a los golpes, como suelen cambiarse las cosas.

Mientras el modelo se agotaba y la inflación continuaba creciendo, se seguían rifando las privatizaciones y esto hacía que los inversores internacionales estuvieran encantados de prestarnos dinero, tanto al Estado argentino como a las empresas privadas. ¿Qué hacían los bancos locales con los depósitos de sus clientes? Un poco obligados por el Estado, compraban (invertían) los depósitos de los ahorristas en deuda soberana argentina.

Hasta que un momento ya no hubo nada más que privatizar, los dólares dejaron de llegar y el país entero se vio reflejado en un espejo que lo mostraba cambiado hasta la deformación: desindustrializado, con una tasa enorme de desempleo y con gente endeudada en dólares. El tic-tac de la bomba sonaba cada vez más fuerte.

Ante la inminencia de la debacle, los inversores extranjeros y los organismos internacionales decidieron salir de la “bicicleta” y empezaron un proceso que se extendió hasta finales del 2001 y en el que enviaron sus inversiones a las casas matrices del exterior. Entonces al sonido del tic-tac de la bomba se sumó el sonido de los grillos: lentamente, en los bancos argentinos sólo iba quedando (en su mayoría) el dinero que los pequeños ahorristas habían depositado.

Por entonces en el sur, en el norte y los lugares más desprotegidos del país nacía un nuevo grupo social: los piqueteros, aquellos desempleados que había dejado las privatizaciones y la desindustrialnización, que ahora comenzaban a cortar rutas para exigir trabajo y ayuda social. Pero ya era demasiado tarde para todo: la gallina de los huevos de oro se había volado y Menem, el héroe de los mismos peronistas, conservadores y liberales que ahora lo abandonaban escandalizados, era denunciado por corrupción, venta de armas a Ecuador y Croacia y por los nexos que lo unían con el terrorismo internacional que había atentado contra la embajada de Israel y el edificio de la AMIA.

Así fue que en las elecciones presidenciales de 1999 el voto popular buscó una alternativa para salir de aquel túnel que ya tenía un destino irreversible: el abismo. La Alianza ganó las elecciones, convirtiendo en presidente al candidato conservador del Radicalismo, Fernando De la Rúa, y en vice a Chacho Álvarez, el jefe del FREPASO, que había aportado los votos de los progresistas y los de muchos otros ciudadanos que habían gozado de las mieles del menemismo pero que ahora estaban indignados y sin memoria.

El discurso que llevó a la Alianza a asumir el gobierno era tan improbable como esperado: fin de la convertibilidad y juicio para los corruptos. Pero pasaron los meses y ni se terminaba la convertibilidad (nadie sabía cómo hacerlo) ni prosperaban los juicios a los corruptos, siempre protegidos por jueces y fiscales proclives a recibir un dinerillo por debajo de la mesa.

En octubre de 2000, ante las denuncias por sobornos en el senado, Chacho Álvarez renunció a la vicepresidencia y el gobierno de De la Rúa quedó aislado, sin legitimidad y con una crisis social que cada día era más evidente. ¿Qué hizo De la Rúa? En marzo de 2001 nombró a Domingo Cavallo y, meses más tarde, lo ungió como superministro de Economía. Absurdo pero real: Cavallo debía desactivar la bomba que él mismo había dejado.

De la Rúa suponía que esto calmaría a la gente. Error. Los ahorristas corrieron a los bancos a retirar sus depósitos. En este punto es importante aclarar dos cosas. Primero, que ningún sistema financiero está preparado para una corrida bancaria como la que se dio a principios de diciembre de 2001. Segundo: la mayoría de los ahorristas no tendría que haber colocado tal porcentaje de los depósitos en esos bancos, que a su vez eran “inducidos” por el gobierno a invertir la plata en deuda pública de un país como el nuestro, defaulteador serial.

El tic-tac dejó de sonar. Entonces, todo quedó sumido en un silencio helado: el instante previo a Hiroshima, la calma chicha previa al tornado.

Domingo 2 de diciembre de 2001. Racing se encaminaba hacia su primer título después de pasar 35 años sin ser campeón del fútbol argentino sin que nadie, ni siquiera muchos de sus hinchas le prestara atención al partido. Todos estábamos pendientes de los ojos claros, fríos y calculadores de Cavallo, que esa noche miraban a cámara en cadena nacional para anunciar que al día siguiente habría feriado bancario y que, a partir de ese momento, los ahorristas sólo podrían retirar 250 pesos por semana del dinero que tenían depositado en sus propias cuentas bancarias. Nadie perdía lo depositado, incluso se podían hacer compras con tarjeta y todo tipo de transferencias por valores mayores al límite permitido de extracción de dinero físico. Decir dinero significaba hablar de pesos, porque los dólares ya no se conseguían en ningún lado.

Eso provocó bronca en la gente, y mucha desesperación. Al día siguiente todos los ahorristas se volcaron a las puertas de los bancos con la vana ilusión de recuperar sus ahorros. Pero los bancos estaban cerrados por el feriado, y la gente sólo podía insultar, gritar, golpear las puertas y desarrollar una nueva manera de protesta, nacida en esos días calurosos de diciembre: el cacerolazo.

Al mismo tiempo, ante este hecho la imaginación popular y sobreadaptada de los argentinos volvió a ponerse en marcha. Como para realizar compras de propiedades se podían extraer dólares, muchos ahorristas empezaron a comprar cualquier tipo de propiedades, mientras que otros simplemente simulaban comprarlas para poder acceder a sus propios dólares, que estaban atrapados en las cuentas bloqueadas por el gobierno. Claro que estos eran unos pocos “vivos” privilegiados, ya que la mayoría de los ahorristas no contaban con cantidades como para comprar una propiedad ni con recursos para tomar esos atajos provechosos. Abandonados a la voluntad de un gobierno que les daba la espalda, sólo podían llorar, gritar y golpear las cacerolas vacías frente a las vidrieras de los bancos, que comenzaban a ser tapiadas para evitar la furia de la gente.

La tensión popular fue creciendo durante todo el mes de diciembre. Se acercaban las fiestas y nadie tenía plata ni para un pan dulce: los ahorristas de clase media y baja porque no podían sacar su plata, y los desempleados y piqueteros porque no tenían ahorros, ni trabajo ni comida. De manera natural, como pocas veces se vio en el país, estos dos grupos, distanciados por prejuicios sociales e ideología política durante años, ahora compartían la misma angustia y desesperación. Esa fue la mecha que accionó la bomba.

Encima el gobierno, desbordado, callaba. 

Cinco días antes de la Noche Buena, la gente comenzó a intuir que nunca recuperarán sus depósitos, en muchos casos los ahorros de toda una vida de trabajo, ni que el gobierno les daría respuestas ni ayudas sociales. Al fin, el 19 de diciembre pobres desempleados y desclasados se lanzaron contra los supermercados alentados por algunos dirigentes opositores que se frotaban las manos en las sombras. Lo vi en su momento y lo estoy viendo en este momento, y los recuerdos son tan nítidos que los hechos parecen estar ocurriendo ahora: 

19 de diciembre de 2001. Comienza a oscurecer, estoy sentado frente al televisor apagado. No pude resistir la imagen de esa mujer herida de bala, tendida en una camioneta policial que no arranca. No soporté semejante metáfora de la Argentina. En la calle suena un tiro y, como un acto reflejo, vuelvo a encender la televisión. Ahora veo al dueño de un comercio en Isidro Casanova que colocó varias garrafas en torno a la puerta de su local: con un revólver y a los gritos, amenaza con dispararle a las garrafas si se acerca la gente que rodea su local. Prefiere perder todo en una explosión, incluso su vida antes que rendirse frente a lo evidente: que la marea humana es incontenible, que el saqueo va a comenzar. Cambio de canal. Dos hombres llevan un enorme televisor que cargan en un auto y vuelven al supermercado que están saqueando sin darse cuenta de que otro auto estacionó en doble fila y sus ocupantes se bajaron para robarles la televisión que ellos acaban de saquear. Es la ley de la selva. No puede ser todo tan vandálico y primitivo. Vuelvo a reírme, vuelvo a llorar. Hablo con César. Me dice que muchos de nuestros clientes tienen cerradas las puertas de los locales, algunos incluso están armados y decidieron pasar la noche adentro para defender su capital. Otros se llevaron la mercadería a sus casas. Sigo mirando la televisión hasta que un rato más tarde, en un manotazo de ahogado que muestra toda su incapacidad para leer la situación, el Presidente De la Rúa declara el Estado de Sitio. Ya no hay vuelta atrás.

Bienvenidos al jungla.

 

Si bien la declaración del Estado de Sitio debía contener a la gente, la medida fue interpretada por la sociedad como una nueva provocación de un presidente inepto. Entonces, la impotencia y la desesperación de los ahorristas y los desempleados se transformó definitivamente en furia animal contra toda la clase política.

En medio de un calor sofocante, la gente de todos los barrios de la Ciudad de Buenos Aires y las ciudades del interior del país dejaron sus casas y se lanzaron a las calles golpeando cacerolas, con los rostros iluminados por las fogatas improvisadas en las barricadas que ardían en cada esquina del país. En Buenos Aires, los manifestantes alcanzaron el Congreso. Alguien arrojó una molotov contra la puerta y esta comenzó a incendiarse.

A la medianoche la  anarquía ya era total.

Desde el amanecer del 20 de diciembre, las fuerzas de seguridad salieron de los cuarteles con la idea de recuperar las calles y adoctrinar a ese pueblo que interpretó su presencia como lo que verdaderamente era: un nuevo desafío de la clase política, ahora escondida detrás de policías y militares.

En todas las provincias la represión fue brutal. En la ciudad de Buenos Aires, la policía montada cargó con sus caballos sobre las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo desarmadas, pisándolas en medio de la plaza mientras las golpeaban con los bastones. Ni en tiempos de la dictadura se había visto a cielo abierto algo semejante.

Grupos de jóvenes con los rostros cubiertos para protegerse de los gases lacrimógenos arrojaban piedras contra todo lo que tenían adelante. Palazos, golpes y detenciones a mansalva. Los heridos quedaban tirados en el piso y los policías les seguían pegando. Los moteros de las empresas de mensajería del microcentro empezaron a sacar a los heridos y los muertos de la plaza con sus propias motos, como si fueran cowboys justicieros en medio del Lejano Oeste. La policía estaba desbordada de furia y terror: en un momento, alguien dio la orden y las balas dejaron de ser de goma. Por todo el país, cientos de cuerpos eran atravesados con plomo. 

Pero la gente no se rendía. No tenía trabajo, ni comida ni ahorros. Lo único que tenía era la calle y no la pensaba dejar. Por primera vez en muchos años distintas clases sociales se unían bajo un mismo lema “¡QUE SE VAYAN TODOS, QUE NO QUEDE NI UNO SOLO!” A las 19:50 horas de ese mismo 20 de diciembre, el pedido popular se hizo realidad. Sin el apoyo del establishment ni de la clase política, temiendo un baño de sangre que ya se había producido, De la Rúa renunció a su cargo y se escapó en helicóptero desde la terraza de la Casa de Gobierno ante los gritos de la multitud.

Al día siguiente las calles aparecieron sembradas de piedras, contenedores quemados y una tristeza que podía sentirse en el aire. El saldo: 39 muertos, los mártires del 2001. Le gente lloraba o miraba la nada, absorta como quien se despierta luego de un trance, preguntándose en silencio: ¿fue verdad? ¿nos robaron los ahorros y encima nos cagaron a palos?

La violencia cedió, pero los cadáveres seguían ahí, en la mente de todos. Entre todos los cuerpos había uno grande, enorme: el de la propia Argentina. Un país sin reservas, endeudado, con los índices de pobreza e indigencia más altos de toda su historia moderna.

En una semana se sucedieron cinco presidentes que no lograron generar consenso y renunciaron sucesivamente. Uno de ellos, Rodriguez Saa, apenas ser elegido presidente por tres trasnochados anunció el default y todos lo aplaudieron como si fuera Fidel Castro bajando de la montaña. Tuvo que renunciar pocas horas después, pero para entonces Argentina ya se había convertido en un país deudor que no pagaba pero que tampoco recibía ayuda de nadie.

Finalmente, Eduardo Duhalde, ex vicepresidente de Menem y ex gobernador de la Provincia de Buenos Aires tomó las riendas del Ejecutivo con apoyo de todo el espectro político en enero de 2002. A la distancia que otorga el tiempo su discurso de asunción se convirtió en un mal chiste: “El que depositó dólares, recibirá dólares”. Imposible. La devaluación del 300% comenzó a evaporar los depósitos en pesos que los ahorristas tenían en las instituciones bancarias sin que ellos pudieran hacer nada.

Al mismo tiempo, para terminar de burlarse de los ahorristas, los bancos internacionales que habían pasado diez años jugando a la ruleta de la convertibilidad, enviando regularmente sus ganancias a las casas matrices del exterior, dijeron que sólo iban a responder ante sus clientes con los capitales nacionales de las sucursales que tenían en el país. Es decir: se habían llevado la plata de los ahorristas afuera y no pensaban traerla para afrontar las pérdidas del juego especulativo que habían llevado adelante. Por su parte, los bancos nacionales habían invertido los depósitos en deuda pública de un país que no podía pagarle a nadie.

Como con el corralito y la devaluación, nos estaban tomando por boludos por tercera vez. Aquel banco americano o alemán que les había susurrado al oído a sus clientes que eran una entidad seria, ahora anunciaba que todo había sido poco más que una estrategia de marketing, una cáscara que, al abrirse, mostraba que dentro no tenía nada. Nos habían estafado de nuevo.

Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”, cantaba la gente en los cacerolazos de 2001 en referencia a los políticos que considerábamos responsables de la zozobra del país. Sin embargo, aquella consigna fracasó: los políticos no se fueron. Los que sí lo hicieron fueron muchos argentinos. Después de perder el trabajo, los ahorros y la paciencia, y agotada capacidad de asimilar injusticia, muchos iniciaron el camino inverso que había traído a sus abuelos escapando del hambre y la decepción de la post guerra eruropea. Durante 2002 los consulados de España e Italia se llenaron de argentinos desesperados por revalidad sus orígenes en una doble nacionalidad que les abriera las puertas de Europa.

En el aeropuerto de Ezeiza familias enteras se desgarran. Llantos, abrazos. Promesas. Buenos deseos. Y una realidad irrefutable: miles se marcharon para dejar atrás esa odisea que fue el 2001, el peor año de nuestras vidas, en silencio, con tristeza. Atrás quedaba un país devastado, pero también quedaban sus afectos, sus amigos, familiares, vecinos y conciudadanos que vimos aquel éxodo con una sensación amarga que nos afectó tanto como una nueva derrota."

 

 

lunes, 2 de mayo de 2022

Mira, Nusia y Hanka en las escuelas y en Villaguay.




El 28 y 29 de abril estuvimos de visita en Villaguay, Entre Ríos, invitados por la Asociación Israelita de la ciudad. La noche del 28 nos reunimos en la sede de la Asociación con un montón de gente de la comunidad de Villaguay y las ciudades cercanas, y un grupo enorme del profesorado de Historia y Literatura, que se acercó para celebrar juntos Yom Hashoá, el Día Internacional de la Conmemoración del Holocausto, y conocer las historias de Mira, Nusia y Hanka, y mi experiencia como autor de El ghetto de las ocho puertas, La niña y su doble y Hanka 753. 

Mirando esta pequeña entrevista que le hice a Hanka poco antes de que falleciera, todos (incluido este autor olvidadizo) nos emocionamos al escuchar a Hanka decir que había sido liberada un 28 de abril, el mismo día en que todos nosotros estábamos viendo su video.




Al otro día, me esperaban más de 500 chicos y chicas de 5°, 6° y 7° año de las escuelas secundarias de la ciudad, que vinieron a escuchar la lectura de varios fragmentos de la serie Tres Mujeres en el Holocausto, que sirvieron como disparador para hablar sobre Historia, Literatura, Xenofobia, Bulling y Antisemitismo. Eran un montón, era temprano, hacía calor... y sin embargo todos y todas guardaron un silencio hermoso hasta que terminé de hablar, para luego largarse con varias preguntas que nos hicieron pensar a todos. Mira, Nusia y Hanka deben estar orgullosas, ya que dejaron testimonio con un sólo objetivo: que las nuevas generaciones conozcan sus historias para que "eso", como ellas llamaban al Holocausto, no le pase a nadie nunca más. 

Como también pasó ya en tantos otros colegios del país que tuve la oportunidad de visitar para charlar con lectores de estas novelas, eso de que "a los adolescentes no les importa nada y los docentes no laburan" otra vez quedó refutado con esos pibes, pibas y docentes que se acercaron al Centro de Convenciones "Papa Francisco" que la gente de la municipalidad y, sobre todo, los amigos de Programa Punto Digital pusieron a disposición de todos nosotros.


Pero no termina ahí. Con la charla se abrió un espacio de reflexión que va a seguir en las escuelas durante los próximos meses y que va a terminar con un concurso de ensayos sobre Antisemitismo y Shoa, en el cual van a participar muchos de esos chicos y chicas.


Gracias a la genia de Tamara Jatem y a todo Vaad Hakehilot y a Marina Garber y Sergio, a Graciela y a toda la Asociación Israelita de Villaguay por el interés que mostraron en mi trabajo, pero sobre todo por el trato amable, cariñoso que me dedicaron esas 20 horas intensas que estuve en su ciudad. (También por el hermoso mate que me regalaron).










También, mi enorme agradecimiento a los docentes y a las pibas y pibes que me escucharon con paciencia e interés. Estoy muy agradecido con todos ellos.


Nos vemos pronto. 

martes, 26 de abril de 2022

Villaguay 2022.

 

El jueves 28 y viernes 29 de abril vamos a estar conversando con los amigos de la Asociación Israelita Argentina de Villaguay y los alumnos y alumnas de las escuelas secundarias de la zona sobre Mira, Nusia y Hanka, recordando su lucha, su legado y sus vivencias como sobrevivientes del Holocausto.

Gracias como siempre a los amigos de AMIA y Vaad Hakehilot por la invitación.






martes, 19 de abril de 2022

19 de abril de 1943.


 


El ghetto de las ocho puertas. Fragmento: pág. 104-114.


En general, para mis cumpleaños no acostumbraba pedir regalos costosos ni celebrar fiestas espectaculares. Prefería una buena comida en la intimidad de mi casa. Así pensaba hacerlo el 19 de abril de 1943. Aquel año mi cumpleaños coincidía con la víspera de Pesaj. Para la cena había conseguido una botella de vino dulce y un pan de Matzá, algo que por entonces era un lujo impensado. Esa noche, los pocos sobrevivientes que quedaban de mi familia y la de Edek vendrían a cenar a la casa de la calle Leszno para festejar mis veintiún años. Una tía de Edek había sugerido que Bozena debía regresar al ghetto para pasar las fiestas junto con su familia, pero Edek se opuso porque temía que al regresar al ghetto su prima corriera peligro. No se equivocaba: al amanecer, por las calles marcharon cientos de soldados lituanos y letones. Un oficial de las SS anunciaba a los gritos que los últimos judíos que quedábamos en el ghetto debíamos presentarnos para partir hacia una fábrica de Poniatowa. Cuando nos enteramos, Mietec, Hilary, Jacob y yo estábamos en la fábrica. Edek había entrado con un gesto de preocupación; al conocer la noticia se había quedado desconcertado, y en su desconcierto sólo había atinado a tomar una pequeña bolsa con sus fotos familiares. Ni siquiera llevaba abrigo.

Dejamos de trabajar y nos dirigimos a la puerta, donde Musialowa se burlaba de todos los judíos que pasaban. Mientras fichábamos vimos entrar a Konarski. Las ojeras le ensombrecían el rostro como dos manchas de cabrón; en el centro, sus inquietos ojos claros, miraban a un lado y otro, contagiados del frenesí de la fábrica: por los pasillos varios hombres iban y venían cargando bultos, mientras otro grupo se encargaba de desmantelar las máquinas y las estanterías.

Konarski parecía sorprendido o apesadumbrado de vernos. “Aún están aquí”, dijo. Dispuesto a despedirse, Edek le agradeció toda la ayuda que nos había prestado durante los años que habíamos pasado en el ghetto. Después dijo que íbamos a presentarnos ante los alemanes para ser deportados a una fábrica de Poniatowa. Konarski sonrió: “Idiota, nos matarán a todos. Hoy mismo destruirán la fábrica, el ghetto y a todos los judíos que quedamos.” Sólo entonces oímos los primeros disparos. “Cuando la resistencia se enteró de los planes de los alemanes, comenzaron a arrojar bombas molotov y a tender barricadas. Deben que esconderse”, dijo Konarski. Edek y sus hermanos se miraron. “¿Dónde?”, pregunté. Konarski sacudió la cabeza: “En una de las casas del frente de la fábrica. Ya he escondido a algunos, pero sólo quedan cuatro lugares”. “Id vosotros, yo puedo esconderme en el ático de la casa de Shosha”, dijo Mietek con decisión. Abrazó a sus hermanos, me besó las mejillas y se marchó.

Antes de que pudiéramos reaccionar ya estábamos siguiendo a Konarski. Se oían órdenes en alemán, en polaco. A saber por lo que contó, Konarski era uno de los treinta judíos que Schultz había elegido para que desmantelaran las fábricas del ghetto: debían desarmar las máquinas y colocar sus piezas en las mismas cajas donde él nos pensaba ir sacando a nosotros y a los demás judíos refugiados en el escondite.

Lo seguimos hasta los pies de una escalera que llevaba a los pisos superiores del edificio. Pudimos oír el rumor de las botas alemanas trotando por la calle, al otro lado de la pared, y el melódico tintineo de las cintas que sujetaban los fusiles. Konarski retiró la plancha de madera que ocultaba la entrada al escondite, bajo la escalera, y el sótano se nos reveló como una boca negra y tibia, presta a devorarnos. La luz de la escalera iluminaba unos rostros pálidos y asustados; asomando desde el interior para buscar aire fresco, pude ver a una mujer que sostenía un bebé en brazos. Entramos de uno en uno: el lugar era estrecho, y apenas si cabíamos sentados en el suelo; no había rejillas ni ventanas, por lo que el aire estaba cargado con aliento de todos.

Antes de cerrar la puerta, Konarski se dirigió a Edek, como si él fuera el líder del grupo. “No salgáis por nada del mundo. No habléis. Se oye todo desde afuera. Sólo debéis permanecer en silencio hasta que mis hombres vengan a buscaros”. Entonces cerró la puerta y nos quedamos a oscuras, en silencio. Qué silencio. Podía oír la respiración agitada de Edek, justo delante de mí. Sin darme cuenta, con la tensión había presionado una parte del pan que llevaba en la mano hasta convertirla en migas. Lo dejé en suelo, entre mis rodillas, junto con la botella de vino. Poco a poco mis ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad, y los rostros de mis compañeros no se volvieron nítidos, pero al menos pude descubrir sus rasgos. Además de los padres del niño, había dos hombres jóvenes que trabajaban en la fábrica. 

El día pasó lentamente. El levantamiento del ghetto de Varsovia nos llegaba en forma de disparos, explosiones y gritos de festejo.  A veces, la casa se sacudía sobre nosotros y las vigas que sostenían el techo del sótano dejaban caer el material cuarteado por las continuas explosiones. De a ratos mirábamos hacia arriba, más preocupados porque se desplomara el techo que porque entraran los alemanes.

A oscuras era difícil contar el paso de las horas. Al fin, con la alarma del toque de queda supimos que era de noche, que el día había terminado y nadie había venido por nosotros. Recostada sobre su pecho, acariciaba el arco de piel suave que se extendía entre el dedo pulgar y el índice de Edek, como si eso bastara para alejar sus temores y engañarme a mí misma: “Nos salvaremos, Konarski nos rescatará”, le decía. 

Pero al día siguiente todo siguió igual: acurrucados unos sobre otros, nos estremecíamos con el sonido de las bombas y los disparos. Estaba impaciente; necesitaba salir, ir al baño. Al fin, uno de los hombres pidió perdón y luego se orinó en sus pantalones. Los demás lo seguimos, inevitable, tristemente, y el aire del sótano comenzó a volverse agrio y espeso.

Cuando volvió a sonar el toque de queda, comimos un trozo de pan y bebimos pequeños sobros de vino. En un momento, oímos los pasos de dos soldados alemanes que, supongo, se detuvieron a fumar junto a la pared de nuestro escondite. Los oímos reír, festejar el avance alemán sobre el ghetto. Aunque Edek no lo dijera, yo sabía que estaba pensando en su hermano escondido en el ático de la casa. Me quedé dormida con la mano aferrada a las fotos que llevaba colgadas al cuello; en sueños vi a papá bajar del tren que lo traía de Francia, con una cesta llena de pistolas y panes.

El tercer día nos trajo la desesperación de sabernos olvidados. El regreso de Konarski era menos probable que la victoria de la resistencia. Sin embargo, sus hombres regresaron para esconder a otras tres personas. Debíamos esperar.

El cuarto día llovió. El sonido de la tormenta parecía una burla divina ante la sed que estábamos pasando. Frustrados, bebimos las últimas gotas de vino.

El quinto día vimos cómo los hombres de Konarski se llevaban a los tres nuevos y volvían a encerrarnos. Esa noche se acabó el pan.

Entonces el niño, que durante los cinco primeros días se había mantenido en calma prendido permanentemente a los pechos de su madre, la mañana del sexto día acabó por perder la paciencia. Primero soltó una queja enternecedora, de niño satisfecho; luego el gemido se fue intensificando hasta convertirse en llanto. Un llanto desgarrador, el mismo que hubiéramos querido soltar nosotros si no hubiésemos estado tan empecinados sobrevivir. Todos miramos a la mujer, que se apuró en acunar al niño. Lo volvió de espaldas, le golpeó cariñosamente la cola, lo hizo eructar, y sin embargo no consiguió calmar su llanto. La pobre mujer también lloraba, pero en silencio y ante nuestras miradas de reproche.

“Hágalo callar”, dijo Jacob, con voz nerviosa. Alguien le alcanzó un pañuelo. La madre se encargó de contener las patadas que pegaba el niño mientras el padre intentaba amortiguar sus gemidos cubriéndole la boca con el pañuelo. Sólo lo lograba en los momentos en que el niño se ahogaba, tosía y juntaba fuerzas para volver a llorar. Estuvimos esperando a los alemanes un rato, unas horas, todo un día. Los estruendos de las bombas, el sonido de los carros de asalto y el clamor de las tropas que ingresaban al ghetto habían logrado silenciar el llanto del niño durante todo el día. Pero los ruidos se acallaron por la noche y, en el silencio del ghetto era imposible no escuchar semejantes gritos. Contuve la respiración durante un rato, creyendo que con mi esfuerzo el niño dejaría de llorar. En la penumbra pude ver que el padre del niño buscaba algo en sus ropas gastadas. Extendió la palma de su mano hacia Jacob, enseñándole un pequeño sobre de color blanco. “Es cianuro, déselo al niño antes de que os delate. Yo no puedo, soy el padre”, dijo. Jacob miró al padre del niño directo a los ojos: en los suyos no había odio ni tristeza ni desesperación, sólo enojo. “Hágalo usted”, dijo. En el silencio que siguió quedó plasmada la vergüenza de todos: ¿acaso valía la pena matar a un niño para salvar diez vidas? Al fin, el padre del niño guardó el cianuro para otro momento. El niño aún lloraba, pero nuestra desazón nos hizo olvidar el llanto y poco a poco dejé de prestarle atención.

Al día siguiente el niño dormía sereno en brazos de su madre. Con la boca reseca por el hambre y la sed, ese, el séptimo día, comencé a desesperarme. Quería salir, ver qué pasaba allá afuera: quizá todo había terminado, quizá los Aliados habían bombardeado las posiciones alemanas y ahora los de la resistencia estarían liberando a todos los judíos… “Lo más probable es que los hayan matado a todos”, dijo Edek. De todas formas, ¿cómo podíamos saberlo escondidos allí, bajo las calles donde se producía el levantamiento del ghetto de Varsovia? Justo cuando iba a salir, unos disparos que sonaron frente a la fábrica me hicieron cambiar de opinión.

El noveno día sentimos unos pasos junto a la escalera. Era temprano, quizá poco después del amanecer. Alguien retiró las maderas que encubrían la entrada al escondite, y a continuación apareció un hombre. No era alemán, sino uno de los treinta judíos elegidos por Shultz. “Me manda Konarski”, dijo. Esta vez, los dos elegidos para salir éramos Edek y yo. Mientras me incorporaba y le deseaba suerte al resto, Edek se despidió de sus hermanos con la promesa de esperarlos afuera.

Al salir del sótano, lo primero que hice fue hinchar mis pulmones con aire limpio. Con una mano me protegí los ojos: después de pasar nueve días a oscuras, la claridad que se filtraba a través de las ventanas me hería la vista. Seguimos al hombre de Konarski hasta la fábrica: salvo por cuatro enormes cajones de madera, el salón principal estaba vacío. Ya habían empaquetado las máquinas, las herramientas y las telas, y ahora las estaban cargando en un camión para sacarlas fuera del ghetto.

Los hombres de Konarski nos escondieron detrás de un armario y nos dijeron que esperásemos ahí, que alguien nos vendría a buscar cuando llegara el momento indicado. Pero no vinieron, ni ellos ni nadie. Acurrucados detrás de unas estanterías enclenques, que apenas si podían ocultar nuestros cuerpos, contamos las horas como cuentas de una soga tensa que estaba a punto de romperse. Se hizo de noche: por los cristales de las ventanas comenzó a entrar la luz de la luna, que transfiguraba las motas del polvo que había levantado el trajín de la mudanza.

Prefería enfrentarme a las balas alemanas antes que seguir escondida. Ya vería si terminaba reuniéndome con mamá en la tierra de los muertos o con Edwarda en la calle de los vivos. “Saldré: que me atrapen, que me maten… me da igual”, dije y Edek no pudo detenerme. Al avanzar podía sentirlo caminar detrás de mí, susurrando reproches y amenazas. Nos acercamos a una ventana. Afuera continuaba el ir y venir de los treinta judíos encargados del trabajo. En el rumor de voces, Edek reconoció la de Shultz, que llamaba a Konarski a los gritos. Alcanzamos la puerta con temeridad, y desde allí Edek comenzó a llamar: “Olek, Olek”. Oímos pasos. La voz de Konarski llegó antes que su cuerpo maltratado: “Edek, me había olvidado de vosotros”, dijo, pasándose un pañuelo sucio por el rostro. Sus ojos ya no mostraban la misma vivacidad de antes. Habló rápido, como si todos los tiempos estuvieran a punto de acabarse: el ghetto estaba fuera de control, los judíos atacaban a los alemanes, había trincheras de la resistencia y francotiradores nazis apostados en los tejados de toda la ciudad. “Nos quieren matar como perros, pero algunos judíos están armados y ya han matado a una decena de alemanes. Rápido, están por salir las últimas dos cajas.” No pude contener la pregunta: “¿Y los demás?” Konarski suspiró: la salvación de decenas de judíos estaba en sus manos cansadas.

Lo seguimos hasta las últimas dos cajas que saldrían del ghetto. Abrió una de un metro de ancho por dos metros de largo y quitó algunas piezas de las maquinas para hacernos lugar. Nos metimos con esfuerzo, en posiciones invertidas, mis pies rodeando la cabeza de Edek y los suyos a un lado y otro de la mía, los dos apresados entre las planchas de acero y los engranajes cubiertos de grasa. “Mis hermanos están en el sótano y el otro en el ático, tiene que salvarlos”, dijo Edek. Konarski hizo un movimiento de cabeza que bien podía significar una disculpa como una afirmación. Al ver que Edek esperaba otra respuesta, dijo que intentaría sacarlos por las alcantarillas. Antes de que volviera a cerrar la caja, Konarski dijo: “Quedaos callados, cuando lleguéis al depósito no hagáis nada: mandaré a dos hombres de confianza para que os saquen de allí”.  Sin tiempo para despedidas, comenzó a sellarla con largos clavos de acero.

Oímos pasos de botas y dos voces que se burlaban de Konarski en un imperfecto alemán. Debían ser soldados letones. Uno le gritó al otro que le pasara la botella de vodka. Después de beber, alzaron la caja de golpe, y durante unos metros zarandearon la caja por el aire hasta que la soltaron sobre lo que debía ser el camión. Con el golpe, sentí que algo me lastimaba el tobillo.

Al salir, noté que el aire frío de la calle cargado de un fuerte olor a quemado. Se oían disparos lejanos, ahora los enfrentamientos se estaban dando lejos de la fábrica. Cerca del camión en el que estábamos, un coro de voces quebradas entonaba canciones militares alemanas. Los soldados gritaban y reían animados por el alcohol, mientras el traqueteo del camión sacudía la caja.

De pronto, una voz dio la orden encender las antorchas. Pude sentir el calor del fuego rodeando nuestro camino. Las posiciones que ocupábamos en la caja no me permitían verle el rostro, pero notaba cómo Edek se estremecía, sollozando de impotencia y dolor al saber que las llamas sorprenderían a Hilary y Jacob dentro del sótano. Me hubiera gustado poder abrazarlo, besarlo, susurrarle al oído que íbamos a salvarnos todos…, pero la caja era demasiado estrecha y a mí ya no me quedaban motivos para esperar nada bueno.

Anduvimos cerca de veinte minutos; de a ratos nos llegaba el canto de las tropas que regresaban del ghetto en busca de descanso. Tras el rechinar de unas puertas, el camión se detuvo por completo. Los pasos de las botas se acercaron y bajaron la caja al suelo. El camión se marchó y nos quedamos en medio de un silencio; dentro de la caja no teníamos forma de saber dónde ni con quién estábamos.

Pasó un rato, diez minutos o tres horas; desde la mañana del 19 hasta aquel 28 de abril el tiempo había tomado un ritmo a su vez frenético y desganado: la espera prolongaba los minutos y las horas pasaban fugaces con los giros de las circunstancias. A lo lejos, las explosiones que se producían en el ghetto se confundían en un rumor impreciso que no decía nada.

Con las manos, Edek recorría las juntas de la caja en busca de un clavo flojo que pudiera ser quitado por dentro. Agotada por la espera y la desesperación, me esforcé por mantener los ojos abiertos hasta que me fui rindiendo al cansancio.

Me despertó el ruido de la puerta. Como un acto reflejo, intenté incorporarme y me golpeé la cabeza contra la caja. Ni siquiera recordaba que estábamos ahí encerrados. En alguna parte, a nuestro alrededor, alguien preguntó: “Edek, Mira… ¿dónde estáis?”. Al reconocer la voz de Holson, un antiguo vecino de Edek, los dos empezamos a gritar. De pronto la caja comenzó a sacudirse. Cuando le quitaron la tapa, descubrimos dos rostros colorados mirándonos directo a los ojos. Más arriba, un techo altísimo sugería que estábamos en un depósito enorme. Los dos hombres nos ayudaron a salir y luego se encargaron de volver a cerrar la caja. Holson dijo que los dos polacos nos sacarían de allí. A nuestro alrededor, cientos de cajas contenían las distintas partes de la fábrica. No había soldados, ni agua que me calmara la sed que venía sufriendo desde hacía días.

Al ver a Edek, noté que aún tenía los ojos rojos de tanto llorar. Nos abrazamos con fuerza, como si no nos hubiéramos visto durante años. El polaco que habló era gordo y alto, muy alto: “Os tenemos que sacar de aquí antes de que regresen los soldados. ¿Tenéis donde ir?” Edek y yo nos miramos y pronunciamos el nombre de Pietruszka casi al mismo tiempo. “Si quieren vivir, quitaos eso”, dijo el más pequeño de los dos, señalando el lazo con la estrella de David que llevábamos puesto en el brazo. 


martes, 4 de enero de 2022

Partido Anti Esnobista "Salvo Montalbano".

 



Partido Anti Esnobista "Salvo Montalbano".

Comunicado número 1:

"Porque a eso podía aspirar aquel asunto, a convertirse en una buena novela negra, pero jamás de los jamases en una de aquellas “densas y profundas novelas” que todo el mundo compra y nadie lee, por más que los críticos juren y perjuren que nunca ha caído en sus manos un libro semejante." (Camillieri, Mejor la oscuridad).

viernes, 3 de diciembre de 2021

Lecturas escritas: Montalbano se rebela.



Este libro de breves relatos de Andrea Camilleri pertenece a la saga del Comisario Montalbano, y sus argumentos sirvieron para varios de los capítulos de la serie que pueden ver en el canal Europa Europa. Después de Pepe Carvalho y antes que Mario Conde, Montalbano integra la santa trinidad de protagonistas de novela negra "latinas". Más allá, en los fríos de Ystad, está el magnánimo Wallander, que por formas, estilos y género, vive en la excelencia narrativa de la austeridad escandinava, muy distinta a las risas y atracones de Pepe, el Salvo y el Conde.

Leyendo estos textos, me encontré con el relato "Montalbano se rebela", que contrasta mucho con los argumentos pasionales que se tejen en la saga. Al final Camilleri se ve obligado a explicar por qué, y esa explicación resulta maravillosa, una burla para los detractores y una larga carcajada para los lectores que tantos queremos a Montalbano. 

Los dejo con Salvo.


MONTALBANO SE REBELA

(fragmento)


"(...) El comisario salió de la casa, pero antes de alcanzar el coche se vio obligado a detenerse para vomitar, procurando que no le oyeran mientras los esfuerzos que hacía por reprimir las arcadas le provocaban dolorosos retorcijones en el vientre. Al llegar al coche, abrió el maletero, sacó el bidón de gasolina que siempre llevaba, regresó a la casa y vació el bidón justo delante de la puerta. Estaba seguro de que los dos asesinos no percibirían el olor de la gasolina, enmascarado por los olores mucho mas intensos de un par de ojos fritos y de una pantorrilla hervida o en salsa, vete tú a saber. Su plan era muy sencillo; prender fuego a la gasolina y obligar a los asesinos a arrojarse por la ventana de la cocina de la parte de atrás. Allí los estaría esperando él.

Regresó al automóvil, abrió la guantera, sacó la pistola y quitó el seguro. Y aquí se paró.

Devolvió la pistola a la guantera, introdujo una mano en el bolsillo y sacó el billetero: sí, tenía una tarjeta telefónica. Por el camino había visto una cabina a unos cien metros de distancia. Dejó el coche donde estaba y se dirigió a pie a la cabina tras encender un cigarrillo. Milagrosamente, el teléfono funcionaba. Insertó la tarjeta y marcó un número.

El septuagenario que, en la noche romana, estaba escribiendo a máquina se levantó de golpe y fue a coger el teléfono, preocupado. ¿Quién podría ser a aquella hora?

¾     ¿Diga? ¿Quién habla?

¾     Soy Montalbano. ¿Qué estás haciendo?

¾     ¿No sabes qué estoy haciendo? Escribo el relato del cual tú eres protagonista. He llegado al momento en que tú estás dentro del coche y le quitas el seguro a la pistola. ¿De dónde me llamas?

¾     Desde una cabina.

¾     ¿Y cómo has llegado hasta ella?

¾     Eso a ti no te importa.

¾     ¿Por qué me llamas?

¾     Porque no me gusta este relato. No quiero entrar en él, no va conmigo. Y, además, la historia de los ojos fritos y de la pantorrilla guisada es absolutamente ridícula, una auténtica gilipollez, y perdona que te lo diga.

¾     Salvo, estoy de acuerdo contigo.

¾     Pues entonces, ¿por qué lo escribes?

¾     Hijo mío, trata de comprenderme. Algunos dicen que soy eso que se llama un “buenista”, uno que se dedica a contar historias almibaradas y tranquilizadoras; otros dicen, en cambio, que el éxito que he alcanzado gracias a ti no me ha sentado muy bien, que me repito demasiado, con la mirada puesta tan sólo en los derechos de autor… Afirman que soy un escritor fácil, aunque después se maten tratando de entender cómo escribo. Estoy intentando ponerme al día, Salvo. Un poquito de sangre sobre el papel no le hace daño a nadie. ¿Qué quieres, perderte en disquisiciones? Y, además, te pregunto a ti, que eres un sibarita: ¿has probado alguna vez un par de ojos humanos fritos, quizá con un poco de cebolla?

¾     No te hagas el gracioso. Óyeme bien, te voy a decir una cosa que jamás repetiré. Para mí, Salvo Montalbano, un relato de esta clase es inadmisible. Eres muy dueño de escribir otros del mismo estilo, pero, en tal caso, tendrás que inventarte otro protagonista. ¿Está claro?

¾     Clarísimo. Pero, entre tanto, ¿cómo termino esta historia?

¾     Así – contestó el comisario.

 Y Y colgó." 


Aplausos.

miércoles, 1 de diciembre de 2021

La sana y virtuosa costumbre de mis lectores sanjuaninos.

Después de la visita que hicimos a la provincia de San Juan, nos llegan los trabajos que las chicas y los chicos hicieron a partir de la lectura de El ghetto de las ocho puertas y La niña y su doble, guiados por la querida profe de Literatura María Isabel Paredes.

Acá, los alumnos de 3er. año de la Escuela Industrial Domingo F. Sarmiento armaron un cuadro conceptual para poder abarcar y entender los personajes y los hechos que Mira, Edek y Teo Erlich vivieron durante el Holocausto.





Y por último, los alumnos de 4to. año del Colegio Fray Mamerto Esquiú se dedicaron a analizar a los personajes y acontecimientos que convirtieron a Nusia y Slawka en sobrevivientes del nazismo.








Si los hubiera tenido al lado cuando escribía El ghetto de las ocho puertas y La niña y su doble, todo habría sido mucho mas fácil. Como siempre les digo, no me alcanzan las palabras para darles las gracias. Así que a partir de ahora, aunque esté sentado solo frente a mi computadora, voy a empezar a aplaudirlos.