Alejandro Parisi

Alejandro Parisi

miércoles, 11 de julio de 2018

El parque que fue cárcel, y el Lacho Pardo corriendo por ahí.





"Cuando Domingo Faustino Sarmiento construyó la penitenciaría de la Avenida Las Heras, los porteños pensaron que era demasiado grande para los pocos convictos que había. “Algún día esta cárcel será demasiado pequeña para encerrarlos a todos”, dicen que dijo Sarmiento, y su premonición se cumplió mucho antes de que llegara Frattini.
Ubicada en el centro de la ciudad, demasiado cerca de las zonas donde vivían los ricos y los aristócratas porteños, la Penitenciaría parecía una ciudad secreta en la que sólo vivían los hombres prohibidos. Tan prohibidos que ni siquiera podían ser vistos por los vecinos, que por ley municipal debían tener las persianas de sus ventanas cerradas hasta que cayera la noche.
Si bien los exteriores del penal estaban delimitados por bellos jardines, al cruzar la reja que protegía el perímetro todo era tan gris como en cualquier cárcel. La diferencia, además del tamaño, era que allí los presos con buena conducta podían mantenerse ocupados realizando distintas tareas. En los talleres podían aprender el oficio de herrero, panadero, carpintero, sastre y decenas de ocupaciones que permitían que el tiempo pasara más rápido. Allí, en los tiempos de Perón, los ocho hornos del Penal trabajaban noche y día, cociendo el pan que se repartía en todas las escuelas y hospitales públicos de Buenos Aires. Aquella, dicen, fue una época dorada para los presos de Las Heras.
Al llegar, Frattini fue destinado al Pabellón 1º. En el 5º, le dijeron, estaban los presos más peligrosos del penal. Con el correr de los días, los fue conociendo a todos. Los amigos en común, las historias que uno y otros conocían, los acercaban hasta la confesión.
Así conoció a los hermanos Prieto. Mario y Miguel Prieto. Miguel, el Loco Prieto, como lo llamaban la prensa y sus amigos, era uno de los héroes del penal. Su leyenda decía que siempre iba armado, pero que casi nunca disparaba. Eran tiempos de valientes, y no de asesinos. El Loco Prieto podía entrar a un banco y vaciar la caja fuerte sin hacer un solo disparo. Le bastaba mostrar la culata de su pistola, asomando por la cintura, para que todos le hicieran caso. Su leyenda era tan inmensa que había superado los límites de las cárceles. Los diarios hablaban de él. Los policías hablaban de él. A Frattini le gustaba oírlo hablar, siempre con los ojos en blanco, como si tuviera tatuados en las pupilas cada uno de sus hechos.
-        Si sacás el arma, sólo es para disparar – decía el Loco Prieto.
Y no mentía.
Algunos presos, que lo habían visto en acción, decían que nunca sacaba el arma en los asaltos. Por más que tuviera que detener un camión en medio de la ruta, le bastaba mostrar su rostro, apretar los dientes y correr levemente el saco para dejar ver la pistola. Frattini valoraba esos detalles como ninguno. Escuchando al Loco Prieto recordaba la estupidez de Zamudio y Peralta, caricaturas de ladrones, más pendientes de dañar que de realizar su trabajo.
Dicen que una de las pocas cosas que llevaba a Prieto a sacar el arma era la traición. Para eso no había misericordia. Si un compañero lo vendía o lo estafaba, podía darse por muerto. Entonces no amenazaba, no exigía arrepentimiento, no mediaban las palabras. Directamente, se acercaba al traidor y con crueldad la agujereaba a los tiros. Como un Loco.
Villarino era otro peso pesado que tenía muchas cosas en común con el Loco Prieto. Él tampoco usaba su arma. Lo que le interesaba era robar, hacer su trabajo, obtener un botín y marcharse sin problemas. Un profesional que nunca se dejaba llevar por el mal humor del día ni por la sed de revancha que podría sentir hacia la policía que lo perseguía desde hacía años. Durante su primera estadía en Las Heras, Frattini a Villarino sólo lo vio de lejos. Lo llamaban el Rey del Boleto, porque nunca nadie sabía qué parte era verdad y qué parte mentira de todo lo que contaba. Pero lo contaba tan bien, que nadie podía resistirse a sus historias.
Otro de los personajes de Las Heras era el Mono Paz. Nunca nadie tuvo un sobrenombre tan acertado como él. Morocho, con la cabeza repleta de pelos negros, cejas espesas, ojos lascivos y una dentadura maltratada, parecía un primate. 


Además de historias de robos y asesinatos, a veces los presos contaban historias de regeneraciones fallidas. Muchos habían intentado cambiar de trabajo, dejar las armas, ser como los demás. El aburrimiento, el aislamiento, el silencio, pero sobretodo la soledad del encierro los enfrentaba con sus miserias, con las ausencias que habían acompañado sus años criminales. Algunos incluso lloraban, y perjuraban que cuando acabaran de cumplir la condena dejarían todo para reinsertarse en la sociedad.
Durante meses leían los diarios buscando anuncios con ofertas de trabajo. Se presentaban en todos, acompañados por su prontuario pero sobretodo por una inexperiencia que no podían ocultar: ninguno sabía hacer otra cosa que robar, y aunque estuvieran dispuestos a aprender cualquier tarea, los empleadores nunca se decidían a contratarlos. Así, empujados al desempleo, volvían a dedicarse a lo único que sabían hacer. Acaban siendo asesinados o, en el mejor de los casos, detenidos y confinados otra vez a prisión.
Por entonces Frattini había aprendido que la regeneración de un delincuente no dependía de su deseo, de su decisión, sino de la respuesta que encontrara en el mundo que lo rodeaba. Un mundo que desconfiaba de ellos y les negaba cualquier posibilidad de rectificación.
Otros, como Frattini, sólo querían recuperar la libertad para poder continuar su carrera criminal. De esos, Frattini y la mayoría se limitaban a soportar la condena en silencio, esperando el día de la liberación. Otros, en cambio, habían sido condenados a demasiados años de prisión, un tiempo precioso que no estaban dispuestos a resignar. A esos la única esperanza que les quedaba era la fuga, como a Lacho Pardo.
En Las Heras todos sabían que pronto se iba a fugar. Frattini se preguntaba cómo haría el Lacho para sortear los seis controles que separaban a los presos de la libertad. Un día, en el recreo, oyeron por los altavoces la orden de regresar al Pabellón. El ajetreo de los guardias, las armas que portaban, todo indicaba que algo había pasado. Todos los internos se presentaron para una nueva requisa improvisada. En voz baja, Frattini le preguntó al que tenía al lado qué había pasado. El preso lo miró y, con ojos soñadores, dijo:
-        El Lacho Pardo se las tomó.
Días después, al fin supieron lo que había pasado. Una hermana del Lacho lo había ido a visitar emperifollada con dos vestidos, uno debajo del otro. Inexplicablemente, la chica se había quitado uno y se lo había entregado al Lacho sin que los guardias se dieran cuenta de nada. Al día siguiente, disfrazado de mujer, Pardo se había mezclado entre las visitas y había cruzado los cinco primeros controles sin ser descubierto. Al fin, al llegar al último puesto de seguridad, los pantalones que llevaba debajo del vestido se deslizaron por sus piernas y el guardia descubrió la verdad. A los gritos, comenzó a alertar al resto del personal penitenciario, pero ya era tarde: el Lacho Pardo corría por Avenida Las Heras como una mujer enajenada, alzando los brazos con felicidad. Lo esperaba un auto. Se subió y nunca más volvió a caer en prisión."

Un caballero en el purgatorio, Ed. Sudamericana, 2012.

miércoles, 4 de julio de 2018

Queremos tanto a Eduardo Mendoza.



Cuando llegamos a Barcelona, en la prehistoria de aquel 2002, leí una de las mejores novelas que tengo en la biblioteca: La ciudad de los prodigios. Desde entonces, lo admiré. Por su humor, por lo bien que escribe... Esta semana empecé a leer El año del diluvio. Los dos primeros días me preguntaba ¿va a pasar algo con este cacique del vallés y la monja? ¿Por qué lo estoy leyendo? Hoy entendí: porque me gusta. Porque escribe bien. Porque cuenta a Catalunya mejor que muchos que escriben en catalán. Por eso queremos tanto a Eduardo Mendoza, y añoramos a Onofre Bouvila.




domingo, 24 de junio de 2018

HANKA 753 en las escuelas.

Siempre es lindo tener lectores. Y más cuando son jóvenes que tienen todo por delante, como los chicos y chicas de 3er. año del Instituto Santa Cruz del barrio de Almagro, en CABA. Gracias a la profe Claudia Douve, que hace un tiempo nos acompañó en AMIA durante la presentación del libro y que ahora cumplió con una de las premisas que nos pusimos con la protagonista cuando decidí escribir la novela: que se conozca su historia, que le llegue a las nuevas generaciones para que esto no ocurra Nunca Más. Gracias, chicos. Espero conocerlos prontos y, desde ya, me gustaría conocer sus impresiones del libro.




martes, 19 de junio de 2018

Exodous: un microrrelato sobre la inmigración.

Un texto sobre migración, en estos tiempos donde los refugiados hacinados en barcazas flotan sin destino por los mares mientras nosotros miramos el Mundial y nos creemos que ese negocio del fútbol es el crisol de razas.


EXODOUS
"Refugees crisis" de Roger Pibernat
 
-                      Mamá, ahí vuelve la lancha – dijo la niña a su madre.
Estaban de pie en la orilla, y la niña tenía la mano extendida sobre la frente para poder mirar sin que el sol le hiriera la vista. Con la otra mano estiraba el elástico del traje de baño rosa que le apretaba la entrepierna, cubierta de arena y sal.
-                      Seguro que han pescado algo – dijo el niño que había estado jugando con ella hasta que divisaron la lancha enfilando en dirección a la costa.
Los demás bañistas también se habían arrimado a la orilla, algunos incluso se habían lanzado al mar y nadaban frenéticamente para ser los primeros en descubrir el botín de los pescadores.
-                      Deben traer un tiburón – dijo la niña.
-                      Acá no hay tiburones – refutó la madre.
-                      Mi abuelo una vez pescó un pez espada – dijo el niño.
-                      A mí no me gusta el pescado – dijo la niña.
La lancha se aproximaba, pasando por en medio de los aventureros que habían salido a su encuentro con el agua hasta la cintura. Todos pudieron ver que además de los dos pescadores que habían partido minutos antes, en la lancha ahora también había otros tres hombres.
En ese momento una camioneta de la Cruz Roja y otra de la Policía atravesaron la playa y se detuvieron junto a la orilla. Bajaron hombres y mujeres vestidos con uniformes blancos y azules. Sudaban, y se los veía bastante molestos por haber tenido que dejar el aire acondicionado de los vehículos.
Los policías se ocuparon de alejar a los curiosos, los de la Cruz Roja, en cambio, se acercaron para esperar a la lancha. Los pescadores apagaron el motor, y durante algunos segundos la lancha continuó acercándose con el impulso desganado de la inercia. Al fin, el más joven de los dos pescadores se lanzó al agua con el cabo de la soga en una mano y comenzó a tirar de él hasta que la lancha se detuvo en la arena.
Entonces los de uniforme blanco ayudaron a desembarcar a los tres hombres, que parecían tan cansados, como si hubieran nadado o corrido miles de kilómetros. A pesar del calor del mediodía, no dejaban de temblar.
Poco a poco, los bañistas perdieron interés y regresaron a sus reposersas, a sus mantas tendidas sobre la arena y a las olas del mar.
Sólo los dos niños continuaban viendo a los tres hombres delgados que bebían con avidez el agua de las botellas que les alcanzaban los de la Cruz Roja.
-                      ¿Quiénes son? – quiso saber la niña.
-                      Inmigrantes – contestó su madre.
-                      ¿Como nosotros? –  preguntó la niña, confundida.
-                      Sí – murmuró su madre.
-                      ¿Y por qué ellos no vinieron en avión?
-                      No sé… – contestó su madre.
-                      ¿Vosotras también habéis venido de África? – preguntó el niño que aún permanecía junto a ellas.
-                      ¡No! – dijeron la madre y la niña a dúo.
Luego, los niños se arrodillaron para recomponer el castillo de arena que los demás habían pisoteado al acercarse a la lancha.
-                      Mira, vuelven a pescar – le dijo el niño a su compañera, señalando la lancha que se adentraba en el mar.
-                      Seguro que ahora pescan tiburones – dijo la niña mientras que, detrás de ellos, las dos camionetas se alejaban para conducir a los tres hombres hasta los aviones que una vez más los llevarían de regreso a África.


(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil, el domingo 13 de agosto de 2006).

jueves, 14 de junio de 2018

Gracias a todas.


Anoche, mientras la madre estaba en el Congreso representándonos a los cuatro que vivimos en casa, con Dante (10) estuvimos estudiando ciencias sociales para la prueba de viernes. El tema eran las tres revoluciones: la industrial, la francesa y la de Mayo. Más allá de que es su materia preferida y tiene gran habilidad para relacionar contextos y causas, entre los dos fuimos pelando el término revolución.

Siempre, una revolución se plantea para modificar el orden establecido, no siempre de manera violenta. Cada revolución tiene sus símbolos propios: la Marsellesa, las escarapelas de French y Berutti… Como los pañuelos verdes, dijimos los dos. 

Entonces, en ese segundo, mirando el manual de sociales, entendí la magnitud de lo que estamos viviendo. Esto es una revolución, amigos. Esto no es para pedir “Ni una menos” o el “Aborto legal, seguro y gratuito”. Esto es una revolución con todas las letras. Ahí dejamos de estudiar y prendimos la tele para ver a esas mujeres que nos demostraron el valor de la lucha pacífica, de la organización, del compromiso, de una fraternidad que atraviesa ideologías, simpatías políticas y clases sociales y que hacía mucho, mucho tiempo no se veía en este país.

Particularmente, me emocioné. Ya no importa que la ley salgo hoy, dentro de un año, de dos. Ahora entiendo eso que Ana viene diciendo hace rato: esto es imparable. Sí, por suerte esto es imparable. Y lo mejor de todo, para este cuarentón, es ver a las y los adolescentes unidos en la calle, sin romper nada, sin propagar la violencia, pero con una convicción de hierro peleando por el mismo reclamo.

Después, Dante se fue a dormir y me quedé viendo el debate en diputados. Ahí volví a emocionarme: nadie silbaba a nadie, nadie abucheaba. Tan solo se aplaudía o se guardaba silencio. Pero tampoco había violencia. Creo que la razón de esa tolerancia fue de abajo hacia arriba: los diputados entendieron el hecho histórico que se estaba viviendo afuera, a las puertas del Congreso. Y lo respetaron, más allá de sus votos.

Este país es impredecible. Podemos pasar de la violencia anárquica a mostrar esta democracia que sigue creciendo a pesar de nosotros mismos, y que, podemos estar seguros, va a seguir creciendo en los jóvenes que vienen detrás.  

Por eso, esta revolución de pañuelos verdes va a quedar en la historia. Mi admiración para todas las mujeres que la llevaron adelante, yendo a las marchas, como la madre de Dante y su abuela materna, o apoyando desde su lugar, como mi vieja. Rompiendo barreras de clase, de edad, de religión. Las admiro. Hicieron un mejor país que el que teníamos hace un año. Gracias a todas.

lunes, 11 de junio de 2018

Su rostro en el tiempo. Fragmento: por más Giuseppinas y menos Rosalías.


"El trabajo de parto de Rosalía se prolongó durante toda una semana. Al fin, el séptimo día Giuseppina descubrió que en el vientre de su madre podían caber dos niños a la vez. La noticia corrió de boca en boca por todo el pueblo y las mujeres sintieron envidia al saber que Rosalía había parido otros dos hijos varones, cuatro brazos que tarde o temprano podrían ayudar a su padre en el campo. Marianno se sentía orgulloso de su prole: a Vito y a Giovanni se les uniría Nino, y luego los mellizos… lo aliviaba saber que pronto dejaría de necesitar a los Abatti, que sentían aprecio por ese Duce que él odiaba.

Para Rosalía, en cambio, cada nuevo embarazo era peor que el anterior. Desde el nacimiento de Pietro y Vicenzo había comenzado a engordar un poco más cada día, y ahora, tres meses después del parto, para poder salir del cuarto debía hacerlo de perfil. Sus pechos también habían crecido, pero estaban secos por dentro. Por eso, dos veces a la semana, Giuseppina debía ir a la casa de una vecina a buscar la leche de burra que alimentaba a los mellizos.  
Giuseppina había dejado de ir a la escuela. Ya había aprendido a leer, y aunque todavía le costaba escribir, sus padres decidieron que se quedara en la casa ayudando a Rosalía: su belleza supliría su ignorancia a la hora de encontrar un marido rico. Ahora su madre le daba indicaciones desde la cama que ocupaba con los mellizos y ella llevaba la casa con eficacia y dedicación. Ya no tenía tiempo para pensar en las mujeres de los libros; como era suficientemente alta, podía encargarse de buscar en los canastos las verduras que pedían los clientes, y también sacaba agua del pozo, cocinaba y de a ratos controlaba a la pequeña Mariannina.
Los fines de semana su abuela venía desde Scopello a pasar un par de días con ellos y amasar el pan que se vendía en la verdulería. Al llegar, su abuela tomaba el mando de la casa; le daba indicaciones a Giuseppina y no toleraba que se distrajera con las mujeres del pozo. Giuseppina la obedecía con recelo, temerosa, y sin darse cuenta aprendía las recetas que su propia madre ya no volvería a cocinar.
Pasaron los meses. Cuando los mellizos comenzaron a gatear, Rosalía quedó embarazada por séptima vez. Era 1933. Rosalía tenía treinta años. Liberada de la casa y del cuidado de los hijos, permanecía tendida en la cama al reparo de las gruesas paredes de piedra que mantenían el aire fresco y húmedo, protegida del Sirocco.
A los diez años Giuseppina ya había aprendido que para poder sobrevivir en la isla primero había que aprender a soportar el Sirocco, que asfixiaba, que enloquecía a la gente. Porque cuando aquel viento soplaba su fuego desde el África todo se volvía confuso: la gente se ponía de mal humor y corría a esconderse dentro de las casas, bajo los árboles, en el mar. Pasaban meses enteros sin llover, su padre se quejaba más que de costumbre porque la tierra se resquebrajaba, el sol incendiaba los pastizales y el fuego se esparcía amenazando las cosechas.
Mientras los hombres se asaban en el campo y su madre dormitaba al reparo del calor, Giuseppina cocinaba, atendía la verdulería o acomodaba la ropa que las vecinas le traían del lavadero.
Desde que Vito la había llevado a la playa y le había enseñado a nadar, ella había tomado la costumbre de bañarse en las aguas del Golfo a escondidas de todos. Si su madre dormía profundamente, ella extendía una manta en el piso de la sala y la regaba con pequeños puñados de azúcar. Después tomaba a los mellizos y a Marianina y allí los tendía, boca abajo, para que ellos comenzaran a buscar, lamer y masticar el dulce sabor de la manta. Entonces Giuseppina salía a la calle, cruzaba las montañas, sorteaba las columnas de humo que se alzaban sobre los campos resecos y alcanzaba una playa desierta. Se desnudaba completamente para que su madre no la descubriera al ver las ropas mojadas y se internaba en el mar, por entre medio de rocas y peces. Nadaba hasta quedar agotada. Sólo después extendía los brazos y se dejaba llevar por el agua cristalina. Flotaba como ella creía que debían flotar los ángeles de la Madonna, y su cuerpo desnudo se alejaba con las figuras plateadas que brillaban a su alrededor.
Sus hermanos podían pasar horas enteras lamiendo el azúcar, pero Giuseppina debía regresar antes de que Nino saliera de la escuela; a veces debía correr con todas sus fuerzas para no retrasarse. Al llegar a la casa, Vicenzo, Pietro y Marianinna la recibían con los ojos bien abiertos y en completo silencio. Feliz, una Giuseppina agradecida se secaba el cabello y les regalaba otro puñado de azúcar.
Sus padres nunca iban a la playa. Una tarde, mientras Rosalía se lamentaba por el calor, Giuseppina le preguntó por qué ellos no iban al mar. Con el rostro brillante de sudor, un tanto irritada, su madre dijo:
­     El mar es cosa de pescadores, no de campesinos.
Y Giuseppina, que hubiera preferido ser hija de pescadores, esa noche soñó que navegaba junto a su hermano mayor en un bote, hacia otra isla, donde ella no tendría que cuidar a nadie más que a Vito y él no tendría que marcharse a trabajar.

jueves, 7 de junio de 2018

Lviv, ex Lwow, el decorado de "La niña y su doble".

Gracias a la amiga Graciela Jinich, que está de viaje por Ucrania, y nos envío estas fotos de cómo está Lwow hoy, una ciudad que antes fue polaca y ahora pertenece a Ucrania y se llama Lviv.
Allí fue donde vivió Nusia hasta que se convirtió en Slawka.







"Subida a una silla, Nusia observaba la calle a través de las ventanas esperando la llegada de Ruzyczka. El día anterior, la institutriz le había prometido que irían de paseo al parque. Pero la muchacha no llegaba, y Nusia estaba tan impaciente como podía estarlo una niña de cinco años que esperaba salir de su casa para jugar en el parque. Fridzia, su hermana mayor, estaba en la escuela; Hanna, su abuela paterna, que vivía con ellos, se había marchado a casa de su hija. Y Nusia estaba aburrida.
El repiqueteo de las máquinas de coser le llegaba desde el pequeño taller que sus padres habían montado en una de las habitaciones del enorme departamento en el que vivían. Las costureras no dejaban de trabajar en ningún momento. Nusia bajó de la silla y se dirigió al taller. La puerta estaba entreabierta. Con sigilo, se asomó para ver si su padre estaba en la casa. En cambio, se encontró con su madre, que conversaba con una de las empleadas sobre los botones que debía cocer en el saco que estaba terminando.
Se alejó rápidamente. Tenía prohibido entrar allí en horas de trabajo. Sin embargo, a veces se las ingeniaba para observar a sus padres sin que la descubrieran. Le gustaba ver a su madre dirigiendo a las empleadas, la seguridad con la que les hablaba de los diseños y de las costuras, de los cortes y de las telas que atiborraban aquel cuarto convertido en taller. Pero lo que más le gustaba era ver a su padre conversando con los clientes que hacían sus pedidos de camisas, sacos de fumar, togas y finos piyamas. Abogados, jueces, militares y funcionarios polacos, todos trataban a su padre con respeto y él los seducía con sus formas educadas, sutiles, de hombre de mundo.
De pronto, Nusia oyó el sonido de la puerta al abrirse. Se volvió, esperando que fuera la institutriz, pero en la puerta había dos hombres. Uno de ellos era su padre. Al verlo, Nusia corrió a sus brazos. Durante unos segundos, Rudolph dudó entre acompañar a su cliente a la oficina o marcharse con su hija para disfrutar el sol de aquel día de septiembre. Sin embargo, se limitó a abrazarla, besarle las mejillas y pedirle que volviera a sus cosas para que él pudiera terminar de cerrar una nueva venta.
Nusia protestó en voz baja, sabiendo que mientras el pequeño taller estaba abierto a empleados y clientes, ella no debía molestar a sus padres. A veces le costaba aceptarlo: el sólo hecho de estar a tan poca distancia de su padre y no poder jugar con él, conversar o simplemente abrazarlo, la ponía de mal humor. Pero debía aceptarlo. Su madre le había explicado que la institutriz, la mucama, la casa, la comida, los paseos, incluso sus juguetes, todo lo que tenían era gracias a ese trabajo.
Al fin, su padre y el cliente se encerraron en la oficina y ella regresó junto a la ventana. Minutos después, Ruzyczka entró a la casa, tan bien vestida como siempre. Al verla, la institutriz la señaló con un dedo acusador.
-        Una señorita como tú puede sentarse así. Te lo he dicho mil veces, Nusia. Junta las rodillas.
-        ¿Me llevas al parque?
Su casa estaba ubicada a pocos metros de la Ópera y del edificio de la Municipalidad, una de las zonas más exclusivas de aquella ciudad habitada en partes iguales por polacos, judíos y ucranianos, que a lo largo de los siglos había cambiado de manos y de nombre. Al principio se había llamado Lev, en honor al hijo del rey de Daniel de Galitzia, quien la fundó en 1256. Cien años después, los polacos la conquistaron y le dieron otro nombre. En 1772, la ciudad había sido tomada por los austríacos, que la llamaron Lemberg y la convirtieron en capital de Galitzia, una de las provincias más importantes del Imperio Austro-Húngaro. Al fin, tras la primera guerra mundial y la caída del Imperio, los polacos volvieron a apoderarse de ella y la rebautizaron con el nombre por el que todos la llamaban ahora: Lwow. 
Pero de esa historia Nusia sabía poco y nada. Para ella, Lwow era un hervidero de gente  que iba de un lado a otro conversando en polaco, idish y ucraniano, entrando y saliendo de bellas iglesias grecorromanas, de imponentes catedrales católicas y de sinagogas de fachadas austeras. Le gustaba ver gente tan distinta a su alrededor.
Al salir a la calle, como siempre, corrió hasta el mercado que cada semana los campesinos del interior montaban en el centro para vender sus animales, sus panes, sus frutas y verduras a la gente de la ciudad. Durante los pocos minutos que a Ruzyczka le tomó encontrarla, Nusia se dedicó a observar a aquellos campesinos y a los judíos ortodoxos con sus trajes, tan extraños y distintos a los que fabricaba su padre.
Al fin, Ruzyczka la tomó de la mano y la arrancó del mercado perfumado por el estiércol de los animales. Juntas, se alejaron por la calle principal. Tenían un par de horas antes de que Fridzia saliera de la escuela. Compraron unas galletas de miel en una tienda y se dirigieron al parque.
Ruzyczka era una muchacha inteligente, de buena familia, como ella. Sabía de libros y de gente importante. Había cursado la carrera de Filosofía en la Universidad, pero no podía ejercer como profesora porque la cuota de judíos estaba cubierta. Debía esperar que alguno se jubilara, se muriera o se marchara para ocupar su lugar, y mientras tanto desempeñaba trabajos para los que estaba sobre calificada.
Estaban conversando en el parque cuando, a lo lejos, oyeron unos gritos. De pronto, Nusia vio un grupo de hombres armados con palos que cruzaban el césped y sintió que Ruzyczka la rodeaba con los brazos para protegerla. Los hombres comenzaron a apalear a todos los judíos ortodoxos que encontraron en el parque al tiempo que, como un coro fúnebre, repetían:
-        Fuera los judíos, las judías con nosotros.
Confundida, Nusia miraba la escena a la distancia, y hubiera seguido mirando si Ruzyczka no la hubiese obligado a alejarse del lugar.
Se dirigieron a la puerta de la escuela de Fridzia, y cuando la vieron salir, Nusia se apuró a contarle todo lo que había visto. Su hermana se horrorizó con eso que a Nusia le causaba tanta curiosidad.

Era viernes, y mientras en Lwow los polacos perseguían a los judíos desprevenidos, otros judíos se disponían a comenzar el Shabbat. Como todos los viernes, en casa de los Stier había las velas encendidas que proyectaban sombras extrañas en el techo. Sentados a la mesa, Nusia, Fridzia y Helena esperaron que Rudoph se lavara las manos en el cuenco que tenía junto a él, sobre la mesa. Luego, lo oyeron murmurar una oración y sólo entonces comenzaron a comer. Excepto por la vajilla, la comida kosher y la mezuzhá enclavada sobre el marco de la puerta, la casa era muy distinta a la de muchos judíos. Había comenzado el Shabbat, pero las luces estaban encendidas y, al día siguiente, en lugar de ir a la sinagoga, sus padres irían al teatro.
Rudolph apenas si había probado el pescado relleno. Estaba impaciente. De a ratos, se asomaba a la ventana y regresaba a la mesa.
-        ¿Dónde se habrá metido? – preguntó.
-        En casa de tus hermanos. Siempre hace lo mismo, no sé por qué te preocupas. Tu madre me teme más a mí que a Petliura.
-        ¿Quién es Petliura? – preguntó Nusia.
-        Un ucraniano que llevó adelante cientos de pogromos – respondió su padre.
-        ¿Y qué es un pogromo? – insistió Nusia.
-        Algo mucho peor que lo que has visto hoy en el parque – respondió su madre, con gesto ausente.
Al fin, cuando se abrió la puerta y Rudolph vio entrar a su madre, se acodó en la mesa con alivio. La abuela Hanna saludó a todos en voz baja, se excusó por su tardanza y se dirigió a su cuarto. Cuando regresó, ocupó su lugar en la mesa y comenzó a comer. Nusia no entendía por qué su abuela se pasaba el día afuera. Tampoco que no hablara con su madre.
Cenaron en silencio. Cuando las niñas se fueron a dormir, Rudolfh y Helena se marcharon a tomar una copa al café Roma. Más tarde irían al cine, con la confianza de que la ciudad hubiera recuperado su calma habitual.”