Alejandro Parisi

Alejandro Parisi

jueves, 10 de enero de 2019

Su rostro en el tiempo, o el tiempo de falsos profetas





Semanas más tarde, mientras cenaban, los Licatesi oyeron las voces de los vecinos que gritaban y reían en la calle. Mariano se levantó de la mesa y salió, seguido por la abuela y los niños. Aquella semana no habían ido a trabajar al campo porque Filippo le había recomendado a Marianno participar de un acto fascista. Esa noche vieron que los vecinos salían de las casas y se alejaban hacia la costa cargando sillas y botellas de vino. Giovanni, que había pasado todo el día fuera, se acercó a la casa para darles la noticia.  
­     El Duce va a dar un discurso en Roma y Don Caltanisetta sacó su radio a la calle para que todos podamos escucharlo.
Su padre lo miró con furia, sin embargo asintió. Aunque no le interesaba lo que podía llegar a decir ese sinvergüenza, debía continuar la farsa que le permitía seguir con vida.  
Se volvió hacia sus hijos mayores y les ordenó que lo acompañaran.
-  Vos también – dijo, sin mirar a Giuseppina.
Desde que se había acordado el compromiso, Marianno no era capaz de ocultar su vergüenza ante su hija. Giuseppina lo sabía, pero eso no le bastaba para perdonarlo. Marianno, Nino, los mellizos y Giuseppina fueron detrás de Giovanni. Los carabinieris que se cruzaban en su camino lo saludaban y le gritaban
­    -  Viva el Duce
haciendo el saludo fascista.
Poco a poco se acercaron al grupo de paisanos que, de pie y sentados en el suelo o en sillas, se agolpaban debajo del balcón de Don Caltanisetta. Sobre ellos, el don fumaba sentado junto a algunos oficiales y una enorme caja de madera que emitía el sonido de una marcha militar. En los dos extremos del balcón habían colgado enormes banderas italianas que caían, flácidas, en aquella calurosa tarde en la que no soplaba el viento. 
Giovanni se adelantó; Giuseppina lo vio acercarse al grupo de soldados que bloqueaban la puerta de la casa, cuidando que nadie se colara en su interior. Por sobre las cabezas de los vecinos, Filippo empujaba a los curiosos y daba órdenes a los jóvenes soldados que apenas le llegaban a la altura de los hombros.  Al ver a Giuseppina, Filippo dejó lo que estaba haciendo y se acercó a ella.
­  -  Buenas noches, me alegro de verte.
Giuseppina no dijo nada, el que contestó fue su padre.
­-    Ella también.
Filippo la besó en la mejilla y se marchó.
Para muchos, esa era la primera vez que veían una radio. Vicenzo y Pietro entornaron los ojos como si quisieran descifrar el misterio que envolvía aquella caja: ¿era posible que los músicos estuvieran escondidos allí dentro? ¿o quizá estaban tocando en el salón del primer piso, a espaldas de don Caltanisetta? Se lo preguntaron a Nino.
­   -   Es una radio – les dijo su hermano – la gente habla por ella desde Roma...
­   -   ¿Los músicos… – comenzó a preguntar Vicenzo.
­   -  …están Roma? - completó Pietro, incrédulo.
Para ver mejor, Vicenzo se subió a los hombros de Pietro durante unos minutos, y luego intercambiaron la posición. Hubieran querido estar más cerca de la radio, tocarla, ver qué había en su interior… Tenían siete años, pero hubieran hecho cualquier cosa por apoderarse de aquel prodigio.
Nino y su padre contemplaban todo sin hablar. Aburrida, Giuseppina observaba a los vecinos que se acomodaban en las sillas y en el suelo y bebían y hablaban a los gritos excitados por el vino que repartían los hombres de Don Caltanisetta.
Cuando comenzó a sonar la Giovinezza los que estaban en el balcón se pusieron de pie. Los que estaban en la calle hicieron lo mismo. Las voces se fueron apagando poco a poco, y cuando terminó la música todos alzaron la vista hacia la radio.
Entonces el Duce comenzó a hablar:


­     - “Combatientes de tierra, del mar y del aire.  Camisas Negras de la Revolución y de las Legiones, hombres y mujeres de Italia, del Imperio y del Reino de Albania.  ¡Escuchen! Una hora señalada del destino, sacude el cielo de nuestra patria…
Se oyó un clamor de voces que obligaron al Duce a interrumpir su discurso, en parte acallado por aquellos gritos y en parte para disfrutar del efecto de sus palabras. En Castellamare todos se unieron a los gritos que llegaban desde Roma y festejaban por adelantado la noticia que sólo algunos esperaban oír. Giuseppina no lograba descifrar lo que gritaban. Al fin, cuando todos se callaron, el Duce volvió a hablar:
­ -   “…una hora de las decisiones irrevocables.  La declaración de guerra, ya ha sido consignada a los embajadores de…”
El Duce volvió a callar, y esta vez Giuseppina sí entendió lo que gritaba la multitud:
­-     ¡Guerra! ¡Guerra! – gritaban en Roma.
­-     ¡Guerra! ¡Guerra! – gritaba don Caltanisetta en el balcón.
­-     ¡Guerra! ¡Guerra! – gritaban algunos vecinos, parados sobre las sillas.
­-     ¡Guerra! ¡Guerra! – gritaron Vicenzo y Pietro a coro, y sólo se detuvieron cuando su padre los sujetó del cuello.
El Duce continuó:
­ -    “… a los embajadores de Gran Bretaña y de Francia.”
Desde el balcón, uno de los oficiales disparó al aire una, dos, tres veces, alzando su pistola y provocando a la gente, que volvió a gritar:
­ -    ¡Guerra! ¡Guerra!
Junto a Giuseppina, su padre sudaba con nerviosismo. Ella sólo podía oír frases sueltas, palabras incomprensibles que se mezclaban con los gritos de quienes estaban a su alrededor:
­-     “…Nuestra conciencia está absolutamente tranquila… …un gran pueblo es realmente tal, si considera sagrados sus empeños y si no evade las pruebas supremas que ha dispuesto el curso de la Historia…  porque un pueblo de cuarenta y cinco millones de almas, no es verdaderamente libre si no ha liberado el acceso a su océano... …cuando se tiene a un amigo se marcha hasta el final con él… con Alemania, con su pueblo, con sus victoriosas fuerzas armadas...
Alguien, de pie sobre una silla, agitó una bandera italiana y todos aplaudieron. Don Caltanisetta alzó la mano y de pronto se hizo un silencio. En medio del paroxismo que se extendía desde los Alpes hasta aquel último rincón del país, el Duce los animaba a tomar una decisión irrevocable:
­-     “…Pueblo italiano, corre a las armas y demuestra tu tenacidad, tu ánimo, tu valor."
Música. Una melodía de violines y platillos envolvió la calle, el pueblo entero. En el balcón don Caltanisetta se abrazaba con los oficiales, los vecinos batían palmas mientras los soldados disparaban sus fusiles al cielo violáceo, aún vacío de estrellas.
­-     Vamos – ordenó Marianno y, seguido por Nino y Giuseppina, comenzó a abrirse paso entre la gente.
Vicenzo y Pietro se demoraron algunos minutos observando a los soldados que sujetaban la radio en el balcón y se disponían a cargarla al interior de la casa. Su padre, Nino y Giuseppina los esperaban en una esquina. Al verlos llegar, Marianno se acercó a ellos y les dio una bofetada a cada uno. Hipnotizados por el fervor que los rodeaba, Vicenzo y Pietro ni siquiera sintieron el golpe. Marianno murmuró un insulto y apuró el paso.
En el camino se cruzaron con una anciana vestida de negro, que aferraba un rosario y lloraba levantado las manos al cielo.
­-     Santa Madonna, Santa Madonna.
Al llegar a la casa, la abuela estaba de pie en la puerta frotándose las manos en el delantal.  
­-     Comenzó la guerra – dijo Giuseppina.
­-     Desgraciados, nos van a matar a todos.
Marianno mandó a Nino y a los mellizos a acostarse; al día siguiente saldrían para el campo. Sus hijos se quitaron las ropas y se acostaron rápidamente, aunque no pudieron dormirse hasta poco antes del amanecer: desde la cama podían oír los festejos, los cánticos y los disparos que continuaron durante toda la noche de aquel 10 de junio de 1940.
Marianno, en cambio, se quedó fumando junto al pozo, contemplando el reflejo de la luna sobre un trozo de mar. El azote de la Providencia volvería a castigarlos a todos, y él miraba los buques petrificados en las aguas calmas del Golfo sabiendo que no bastarían para detener a los enemigos del Duce.
En la cama, con el pequeño Giulio entre sus brazos, Giuseppina lloraba por su destino, pero más aún por haber permitido que Vito se fuera. Había sido una cobarde al rechazarlo. Ahora lo sabía. En el silencio de la casa, Giuseppina supo que lo único que podría salvarla era escaparse con Vito.  

Su rostro en el tiempo, Ed. Sudamericana, 2016

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Texto navideño: Frattini y los reyes magos chorros.


Obsesivos y aplicados, Frattini y el Tano Martinelli trabajaban los siete días de la semana. Durante aquellos meses lograron botines extraordinarios. En el camino, Perón había sido derrocado, y había cambiado la casa de Gobierno por un carguero de bandera paraguaya mientras el General Lonardi se autonombraba Presidente de la República.
A fin de año, Frattini le preguntó al Tano dónde pasaría las fiestas.
-        Con vos en la calle, pelotudo – dijo el Tano.
Así fue que, el 24 de diciembre de 1955 a las nueve de la noche, los dos socios recorrieron la avenida Santa Fe vestidos con sus mejores ropas. A esa hora, los porteños ya se encontraban sentados a una mesa que los vería embutirse de comida y alcohol hasta pasada la medianoche. Y ellos, como los Reyes Magos Chorros que eran, abrían puertas y desvalijaban departamentos mientras el país celebraba la Navidad. 
Por los departamentos decorados con árboles de Navidad, por las joyas abandonadas, por el dinero que todos habían cobrado del aguinaldo, por la soledad de las calles, por la ausencia de la policía que se encerraba en las comisarías a brindar y beber sin prestarle atención a los delitos, aquellos días fueron espectaculares.
El 31, al forzar una puerta de un tercer piso de Recoleta, los ruidos llamaron la atención de un vecino. Cuando lo vieron en el palier, Frattini le mostró la caja vacía envuelta en papel de regalo que llevaba para la ocasión.
-        Vinimos de Rosario de sorpresa a visitar a nuestros primos – dijo, mostrando el falso paquete.
-        Qué lástima, se fueron hace un rato – dijo el vecino.
-        Feliz Navidad – gritaron Frattini y el Tano a coro, conteniendo la carcajada, mientras se alejaban escaleras abajo.
A las doce de la noche, las explosiones de los petardos que saludaban el año nuevo acallaron el ruido de las puertas que Frattini y el Tano cerraban. Sólo entonces, cargados de dinero, de oro y brillantes, se marcharon a una cantina a cenar y festejar, y bailaron hasta el amanecer con bellas mujeres que eclipsaban las luces titilantes de las marquesinas decoradas con bolas rojas y hojas de muérdago.


 ***


1977 terminó con una gran cena en casa de Frattini. Había comprado regalos para toda su familia, había comprado comida y bebidas, hasta un árbol de navidad que su hija decoró con los dibujos que ella misma había pintado. La felicidad de Maga lo emocionaba tanto a veces olvidaba el engaño.
El primer domingo de enero, mientras Maga y los chicos dormían la siesta, a Frattini se le ocurrió una idea. Llevaría a su familia a descansar a la Costa. Ya podía imaginar a Ana corriendo tras las olas, a Alejandro en brazos de su madre, hermosa, inocente, bronceada. Pero para eso debía juntar más dinero.
Miró el reloj. Le quedaban unas horas antes de la cena. Tenía un presentimiento.  Con cuidado, se visitó sin hacer ruido y garabateó una nota con cualquier excusa.
En el primer departamento al que entró confirmó todos sus presentimientos. Una vitrina de cristal le ofrecía un juego de tres piezas de plata. Con cuidado, abrió la cristalera y tomó una de las piezas para sopesarla. Se sorprendió de lo pesada que era. La hizo girar, la raspó con una llave. Con ansiedad, se guardó las piezas que pagarían las vacaciones y regresó a su casa.
Al verlo entrar, Maga le preguntó dónde había estado.
-        Me llamaron para hacer un viaje. El doctor tenía que ir a Ezeiza para tomar un vuelo.
-        No escuché el teléfono – dijo Maga, mientras le daba de mamar a Alejandro.
Frattini sonrió para ahuyentar su vergüenza.
-        Si dormían como troncos – dijo, besando a su hijo en la frente.
Al día siguiente, Carlos lo esperaba en la puerta con la mirada y el ánimo en el piso.
-        Ojalá que nos vaya bien – dijo a modo de saludo -, necesito plata.
Los deseos de Carlos se convirtieron en una sombra que los persiguió todo el día. Cada cajón que abrían, cada ropero, parecía burlarse de la necesidad del pobre portero de edificio.
-        Volvamos – dijo Frattini, cuando su reloj marcó las seis y media de la tarde.
-        Sigamos un poco más, a ver si consigo plata.
-        No, nos vamos.
Habían visitado siete edificios de los que sólo les había quedado unos pocos billetes y cuatro piernas entumecidas de cansancio. Últimamente, Frattini sentía que las fuerzas lo abandonaban. Ya no era un tan ágil, y con la agilidad, también había perdido algo de su antigua inconsciencia.
Quería estar en su casa. Sin embargo, el rostro abatido del portero le daba lástima. Más de una vez algún compañero suyo le había dado dinero para calmar sus necesidades. Frattini no lo olvidaba. Por eso, al llegar al edificio en que vivían, le pidió al portero que lo esperara en la calle.
Cansado, subió las escaleras hasta su casa, saludó a su familia y se metió en el cuarto. Después, con los bolsillos cargados de joyas disimuladas, le dijo a Maga que debía salir un momento.
-        No te vayas, papi, vienen los reyes magos. Esperalos vos que yo me tengo que ir a lo del abuelo… - dijo Ana.
-        Vuelvo en un rato para esperarlos – respondió Frattini.
De regreso en la calle, rebuscó en sus bolsillos hasta encontrar una de las tres piezas de plata que había robado el día anterior. Sin agregar nada, se la tendió a Carlos.
-        Esto vale una fortuna, Carlos – dijo el portero.
-        Te va a ayudar por unos días – dijo Frattini, y al ver que su compañero seguía mirando la pieza en plena calle, se apuró en decir: - Guardala, ¿o querés que sospechen los vecinos?
-        Gracias.
Se despidió del portero y tomó un taxi en dirección al Centro. Últimamente no se animaba a conservar sus botines más de veinticuatro horas. José no pudo evitar sus gestos fastidiosos al ver semejantes piezas.
-        No me canso de decirlo, Pistola: sos el mejor.
-        Gracias, pero me tengo que ir rápido.
-        Tomá.
Las piezas valían tanto que José ni siquiera se molestó en contar los billetes que le daba. Al fin, con los bolsillos llenos de dinero, Frattini salió a la calle y tomó un colectivo hacia el barrio de Once. Buenos Aires anochecía impregnada de una humedad que parecía bañar la ciudad con una parsimonia que demoraba cada movimiento de las calles. El aire parecía detenido. Al bajar del colectivo, Frattini sintió la camisa pegada a su cuerpo sudado. Necesitaba una ducha.
Maga estaba preparando los morrones asados que a él tanto le gustaban. Al verla inclinada sobre la mesada de la cocina, con las piernas aún hinchadas por el parto, la quiso más que nunca. 
Su hijo dormía con la placidez que sólo se les permite a los niños.
Frattini se alejó de la cuna para acercarse a su mujer.
-        No trabajes más. Basta – dijo, quitándole el delantal de cocina y el cuchillo que tenía en la mano. Después, mirándola a los ojos, le anunció: - Ponete linda. Vamos a comer afuera con Alejandro.
Maga sonrió.
-        ¿Y los morrones?
-        Los dejamos para mañana. Dale, me pego una ducha y salimos.
Besó a Maga y entró al baño.
Se quitó la ropa, entró en la ducha.
Abrió el agua caliente. Acercó el rostro.
Entonces, en el mismo instante en que el agua tibia le caía sobre la cabeza, la puerta del baño se estremeció con un golpe. Antes de que pudiera cerrar la canilla, vio que un tipo corría la cortina y lo encañonaba.
-        Frattini, estás detenido.
“Maga”, pensó Frattini mientras alzaba los brazos. “La perdí para siempre”.
-        Vestite, hijo de puta.
Mientras volvía a ponerse la ropa que se acababa de quitar, sobre el cuerpo mojado, oyó que afuera del baño un policía decía:
-        Su marido está metido con la guerrilla, señora.
-        No – comenzó a decir, pero un golpe le impidió seguir hablando.
Lo esposaron ahí mismo, en el baño. Luego, lo empujaron hacia el living. Con la mirada en el suelo, Frattini buscó los pies de Maga. No hubiera soportado mirarla a los ojos. Pero ella no estaba, y Alejandro tampoco. Mientras salía del departamento, rodeado de policías, pudo sentir el olor de los morrones asados, como el perfume de un cadáver en plena descomposición.
-        Caminá hijo de puta.
Estaba muerto en vida. Lo había perdido todo. Ni siquiera tenía fuerzas para mover los pies. En la puerta del edificio lo esperaban dos Falcons. En el segundo, el idiota del portero lo miraba con los ojos llenos de lágrimas. Lo subieron al primer auto y junto a él, se sentaron dos tipos que le apuntaban con Itakas. Cuando la caravana comenzó a alejarse, Frattini tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no ceder al llanto.
El viaje fue más corto de lo que pensaba. Al llegar a Plaza Once, los autos se detuvieron. Lo obligaron a bajar y también lo obligaron a acostarse boca abajo en el piso húmedo de la plaza. El calor era insoportable. Si lo habían confundido con un guerrillero podían asesinarlo ahí mismo y luego declarar que había intentado escaparse.
Al fin, por alguna razón que no podía comprender, los policías le patearon la cabeza y lo obligaron a que se levantara. Volvieron al auto, volvieron a girar por las calles. No le importaba a dónde lo llevaban. No le importaba nada. Sólo le importaba el dolor, la tristeza y la desilusión que Maga debía estar sintiendo en ese momento, sola, abandonada a su suerte con dos niños tan pequeños.
Lo condujeron hasta una oficina que tenía las ventanas tapiadas y una cama sin colchón. Cuando lo desnudaron y lo tendieron sobre los elásticos de la cama, Frattini aceptó que merecía el encierro y la brutalidad de la tortura.


Fragmento de "Un caballero en el purgatorio", Sudamericana, 2012.

martes, 18 de diciembre de 2018

Exodous: un microrrelato sobre la inmigración.




EXODOUS
"Refugees crisis" de Roger Pibernat
 
-                      Mamá, ahí vuelve la lancha – dijo la niña a su madre.
Estaban de pie en la orilla, y la niña tenía la mano extendida sobre la frente para poder mirar sin que el sol le hiriera la vista. Con la otra mano estiraba el elástico del traje de baño rosa que le apretaba la entrepierna, cubierta de arena y sal.
-                      Seguro que han pescado algo – dijo el niño que había estado jugando con ella hasta que divisaron la lancha enfilando en dirección a la costa.
Los demás bañistas también se habían arrimado a la orilla, algunos incluso se habían lanzado al mar y nadaban frenéticamente para ser los primeros en descubrir el botín de los pescadores.
-                      Deben traer un tiburón – dijo la niña.
-                      Acá no hay tiburones – refutó la madre.
-                      Mi abuelo una vez pescó un pez espada – dijo el niño.
-                      A mí no me gusta el pescado – dijo la niña.
La lancha se aproximaba, pasando por en medio de los aventureros que habían salido a su encuentro con el agua hasta la cintura. Todos pudieron ver que además de los dos pescadores que habían partido minutos antes, en la lancha ahora también había otros tres hombres.
En ese momento una camioneta de la Cruz Roja y otra de la Policía atravesaron la playa y se detuvieron junto a la orilla. Bajaron hombres y mujeres vestidos con uniformes blancos y azules. Sudaban, y se los veía bastante molestos por haber tenido que dejar el aire acondicionado de los vehículos.
Los policías se ocuparon de alejar a los curiosos, los de la Cruz Roja, en cambio, se acercaron para esperar a la lancha. Los pescadores apagaron el motor, y durante algunos segundos la lancha continuó acercándose con el impulso desganado de la inercia. Al fin, el más joven de los dos pescadores se lanzó al agua con el cabo de la soga en una mano y comenzó a tirar de él hasta que la lancha se detuvo en la arena.
Entonces los de uniforme blanco ayudaron a desembarcar a los tres hombres, que parecían tan cansados, como si hubieran nadado o corrido miles de kilómetros. A pesar del calor del mediodía, no dejaban de temblar.
Poco a poco, los bañistas perdieron interés y regresaron a sus reposersas, a sus mantas tendidas sobre la arena y a las olas del mar.
Sólo los dos niños continuaban viendo a los tres hombres delgados que bebían con avidez el agua de las botellas que les alcanzaban los de la Cruz Roja.
-                      ¿Quiénes son? – quiso saber la niña.
-                      Inmigrantes – contestó su madre.
-                      ¿Como nosotros? –  preguntó la niña, confundida.
-                      Sí – murmuró su madre.
-                      ¿Y por qué ellos no vinieron en avión?
-                      No sé… – contestó su madre.
-                      ¿Vosotras también habéis venido de África? – preguntó el niño que aún permanecía junto a ellas.
-                      ¡No! – dijeron la madre y la niña a dúo.
Luego, los niños se arrodillaron para recomponer el castillo de arena que los demás habían pisoteado al acercarse a la lancha.
-                      Mira, vuelven a pescar – le dijo el niño a su compañera, señalando la lancha que se adentraba en el mar.
-                      Seguro que ahora pescan tiburones – dijo la niña mientras que, detrás de ellos, las dos camionetas se alejaban para conducir a los tres hombres hasta los aviones que una vez más los llevarían de regreso a África.


(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil, el domingo 13 de agosto de 2006).

miércoles, 12 de diciembre de 2018

No hace falta ser nazi para someter mujeres: basta con ser hombre.


Hace ya 10 años, Mira me contaba esta historia. Hoy, más vigente que nunca. No hace falta ser nazi para someter mujeres. Basta con ser hombre.

El ghetto de las ocho puertas. Fragmento.
 
"En aquella época todos hablábamos en susurros imperceptibles para no captar la atención de nadie. Y así conversamos esa mañana sobre las últimas palabras que había aprendido Teo, sobre su indecisión para largarse a caminar y la viveza de sus pequeños ojos que todo miraban. Yo hacía varios días que esperaba el momento oportuno de hablar con mi hermana, así que esa mañana me detuve en medio de la calle y, ya sin poder contener la emoción, le confesé a Edwarda que Edek me gustaba. Ella me abrazó y dijo algo que primero me hizo reír, y luego sonrojarme. Sabía que esa tarde él iría a saludar a Boris, y eso hacía más feliz el festejo.
Habíamos decidido gastar sólo unos pocos zlotys, sin embargo, o quizá fuera por eso, nos deteníamos frente a las vidrieras de las tiendas para contemplar todas aquellas cosas que no podíamos comprar. Porque si bien ya comenzaba a notarse la escasez propia de la guerra, en las tiendas aún se podían encontrar algunos relojes de bolsillo, trajes modernos, sombreros de hongo entre caftanes de terciopelo y frutas confitadas, vinos y aguardientes de todos los sabores… Luego de mucho discutir, nos decidimos  por una botella de vodka, que mamá reprobaría pero que todos nosotros disfrutaríamos con ganas.
Pero entonces llegaron ellos. El carro se detuvo en medio de la calle, bloqueando el tránsito con esa autoridad invasora que los amparaba para hacer todo. Las dos apartamos la vista de la vidriera y dejamos de sonreír. Apuramos el paso. A nuestras espaldas oímos un silbido, el mismo que se utiliza para llamar a un perro. Como no le prestamos atención, el soldado alemán gritó que nos detuviéramos. Al volvernos, vimos que ya había bajado del carro. Ahora su mano enguantada hacía una seña: quería que nos acercáramos. Lo hicimos, ¿qué otra cosa podíamos hacer?
De pronto, la calle, que segundos antes rebosaba de gente, se vació por completo. Se cerraron las puertas de las tiendas, aunque los cristales de las vidrieras no podían ocultar las decenas de ojos que miraban con espanto. Noté que Edwarda me apretaba el brazo más que antes. Cuando llegamos junto a él, el soldado se detuvo a observarnos: nos miraba como si estuviera evaluándonos, buscando cualquier imperfección. Al fin, se volvió hacia los compañeros, que seguían en el carro, intercambiaron un par de palabras y nos hizo señas para que subiéramos con ellos. Ni siquiera atinamos a correr, tan sólo obedecimos con la vista en el suelo.
Durante el camino nadie habló. Nosotras conteníamos la respiración, agitadas por todos los rumores que, de pronto, volvían de un extraño lugar de nuestra memoria para recordarnos historias que todos conocíamos sobre los alemanes. Los soldados callaban; por extraño que pareciera, aunque llevábamos el brazalete que nos identificaba como judías, ellos no nos escupieron, ni siquiera nos insultaron, y eso nos preocupaba aún más.
Un rato después, el carro se detuvo en una calle donde, sabíamos, funcionaba un edificio de la GESTAPO. Nos ordenaron subir las escaleras hasta las oficinas del primer piso. Allí nos informaron que debíamos limpiar el lugar. Por un momento hasta nos sentimos agradecidas, como si juntar sus desechos fuera una bendición de aquel Dios que había decidido intervenir a favor de su pueblo. Durante más de tres horas ordenamos papeles, lustramos muebles y barrimos y enceramos los pisos de aquellas oficinas donde se gestaban las detenciones políticas y militares de la ocupación.
Con Edwarda evitábamos mirarnos, no fuera que el miedo terminara por unirnos en un abrazo y nuestro llanto acabara llamando la atención de los soldados. Lo mejor era obedecer, limpiar y lograr salir con vida de aquel lugar. Agachada, con las rodillas ardiendo por la fricción de las maderas del suelo, pensaba en Edek y me preguntaba si volvería a verlo. De pronto recordé algo, y me llevé una mano al cuello para palpar el bulto que, bajo la ropa, formaba la bolsa en la que, desde los bombardeos, llevaba escondidas las fotos de mi padre: si los alemanes descubrían las insignias hebreas que tenía escritas al dorso se desencadenarían burlas, amenazas y nuestra muerte.
De a ratos, un soldado pasaba junto a nosotras y se detenía a mirarme con una sonrisa desde un rostro perfectamente afeitado, marcado por una antigua cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda. Los oficiales estaban reunidos en el salón principal, y desde donde nosotras estábamos se los oía conversar en voz alta.
Al fin, el soldado se acercó a la puerta por la que se accedía a una de las oficinas y se quitó la chaqueta del uniforme. Batió las palmas para captar mi atención y, en voz baja, muy baja, me ordenó que fuera con él. Pasaron unos segundos en que no pude decir ni hacer ni pensar nada, tan solo veía cómo caían mis lágrimas sobre el piso que acaba de limpiar. Ansioso, el hombre retiró la pistola de su cartuchera y apuntó hacia mí.
Edwarda se acercó y se interpuso entre el soldado y mi cuerpo. Entonces él quitó el seguro del arma, la insultó con los dientes apretados y caminó hacia nosotras. Estaba a punto de golpear a Edwarda cuando me incorporé. Sin decir nada, me dirigí con él hacia la oficina desocupada.
Entramos, él cerró la puerta.
Lo ví desabrocharse el cinturón, lo ví acercarse.
Miré en dirección a la ventana, y pensé arrojarme a la calle.
Pero entonces escuché los gritos de Edwarda, y luego las voces de los oficiales al otro lado de la puerta. Cuando abrieron, salí corriendo a los brazos de mi hermana. Los alemanes amenazaron al que me había encerrado, aunque uno de ellos sonreía.
El soldado que nos había traído se disculpó en nombre del Estado Alemán y dijo que las oficinas debían volver a limpiarse al día siguiente, pero que conmigo alcanzaría para hacer el trabajo, así que debía regresar sola. Bajamos las escaleras llorando en silencio, y al salir a la calle decidimos que lo mejor era no decirle nada a nadie, y mucho menos a mamá.
Esa noche apenas si me acordé de llamar a Boris por su cumpleaños. Ni siquiera fui para ver a Edek: algo parecido a la vergüenza me impedía mirarlo a los ojos. Me acosté temprano, aunque no logré dormir en toda la noche.
Al día siguiente regresé al edificio de la GESTAPO por miedo a que mi ausencia complicara aún más las cosas. El soldado del día anterior no estaba, tampoco los demás. Me echaron a los empujones, gritándome que me fuera lo más rápido posible porque aquel no era un lugar para los judíos. Tampoco la calle, donde desfilaban cientos de soldados alemanes con esvásticas en sus estandartes. En el cielo, los cazas de la Luftwaffe sobrevolaban Varsovia como moscas sobre un cadáver podrido."