Alejandro Parisi

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lunes, 10 de junio de 2019

La narrativa hispánica del futuro.


Me escribieron de la Université libre de Bruxelles para que respondiera una pregunta complicada. Siempre es difícil hablar de literatura por fuera de la escritura porque me obliga pensar teóricamente. Y sin embargo, lo hice. Le agradezco a Lidia Morales Benito del Département de Langues et Lettres, Université libre de Bruxelles por la invitación. A continuación, la pregunta y mi respuesta:


P: En sus "Norton Lectures" de 1985 Italo Calvino propugnó seis propuestas para la literatura del nuevo milenio. En 2019, desde su propia perspectiva, ¿qué valores literarios reivindicaría, y, por otra parte, independientemente de sus preferencias estéticas, qué tipos de escritura o de prácticas cree que privilegiará la narrativa hispánica del futuro? (La respuesta debe tener un máximo de 300 palabras)

R: Contrastaría el concepto “valor literario” al de “gusto literario”. En ese sentido, y hablando más como lector que como autor, estoy sorprendido, tristemente sorprendido, del éxito de la literatura “selfie”, donde los autores hablan de sí mismos. Si hay algo valioso en la literatura es su poder para transformarnos mientras escribimos o leemos: los textos nos dan la posibilidad de ser otro u otra, en otro tiempo, en otro espacio. Valoro más al lector o al autor como espía, leyendo o escribiendo sobre aquello que no puede ser, que aquel que busca leer o escribir sobre sí mismo. Una especie de narrativa de autoayuda, diario íntimo o, como dije, narrativa selfie.
Si un autor está parado frente a un río, ¿cómo puede ser que le interese más contemplar su reflejo en el agua que mirar qué están haciendo los bañistas de la orilla de enfrente? No logro entenderlo.
La segunda parte de la pregunta es imposible de responder. Y es en esa imposibilidad donde reside nuestra esperanza. Porque, por suerte, la literatura no es vertical: la literatura ocurre primero, y se analiza después. Primero surge el texto, luego la teoría literaria. Por eso, espero que los textos del futuro sean los que nos muestren qué tipo de escritura o prácticas literarias privilegiará la narrativa hispánica del futuro. Cada género, cada marco teórico previo no hace más que limitar la escritura, que es el motor de la narrativa.
Los materiales cambiarán, el lenguaje se irá transformando quiera o no quiera la RAE, pero la literatura hispana, como toda la literatura, seguirá ubicando en el contexto que nos ha tocado historias que traten sobre la vida, la muerte, el amor, el odio, el dolor y esos temas que nos siguen interpelando desde antes de que se escribiera el primer libro.


jueves, 6 de junio de 2019

Memoria o ficción.

Esta tarde, en la Feria del Libro de Pilar, vamos a estar hablando de Memoria y Ficción. Entre otras cosas.
 
 
"Desde siempre, fui un gran lector de novelas históricas, un género bastardeado por los literatos, pero que ha dado obras fundamentales, como son Memorias de Adriano, de Yourcener, y el Yo, Claudio, de Graves.
Ahora, eso que fue escrito en esas dos novelas maravillosas, ¿pasó en realidad? ¿Adriano estaba tan enamorado de Antinoo? ¿Era verdad que Claudio sentía terror por Mesalina?
Nadie puede saberlo, pero tanto Yourcener como Graves, usaron hechos históricos para construir sus ficciones.
Y, disculpen, pero tengo que traer a esta mesa a Homero. ¿Lo que él nos contó en la Ilíada y la Odisea pasó realmente? ¿Aquiles paseó el cadáver de Héctor para vengar a Patroclo? ¿Alguien le preguntó a Helena si quería ser rescatada?
No lo sabemos, pero la memoria popular y oral, que es la base de la obra de Homero, eso decía.
Y vuelvo a preguntar, ¿qué es la memoria?"


lunes, 3 de junio de 2019

jueves, 1 de febrero de 2018

Jorge Fernández Díaz escribiendo sobre Mira, la protagonista de "El ghetto de las ocho puertas".




UNA MUJER CON DOS TERRIBLES SECRETOS
por Jorge F. Díaz (publicado en La Nación, 13/6/9)


Hace cuatro años la mujer citó a sus seis nietos para contarles dos terribles secretos que había ocultado durante décadas y que involucraban un suicidio, la falsa identidad de su hijo y el horror del Ghetto de Varsovia. Los invitó a cenar en su departamento del barrio Belgrano con sus respectivas parejas, y cuando todos pasaron al living les pidió a sus empleadas que sirvieran café, desconectaran los teléfonos y se retiraran. Uno de los nietos encendió una cámara para filmar el momento histórico. Entonces, Mira Ostromoglinsky, que acababa de enviudar, los hizo llorar y estremecer con su historia de amor, persecución, homicidios, ocultamientos, esperanzas y redenciones.
Los nietos conocían sólo partes de la odisea de aquella familia judía, y quienes sabían esos secretos jamás se habían atrevido a comentarlos delante de su abuela. Esa noche inolvidable oyeron de su propia boca que por deudas con un prestamista el padre de Mira se había suicidado aspirando gas a través de la manguera de un calentador. Eso que se calló durante tanto tiempo sucedió en 1929, en la ciudad polaca de Lodz, donde Mira y su hermana mayor, Edwarda, fueron criadas, y desde donde tuvieron que emigrar para ganarse la vida. Varsovia era, en 1932, una urbe enorme y moderna donde se aceptaba a los judíos a regañadientes. Tres años más tarde, Hitler ganaba las elecciones en Alemania.
Edwarda conoció allí a un hombre rubio que trabajaba en una fábrica textil: Boris Lewin. Se enamoró, se casó, quedó embarazada y dio a luz a Teo, el otro protagonista de esta historia. A los 17 años, Mira también comenzó a trabajar y a escuchar la BBC de Londres: los nazis atacaban las casas y los negocios de los judíos en toda Alemania.
El 1° de septiembre de 1939, los alemanes comenzaron sus maniobras para invadir Polonia. Preventivamente, a Mira la despidieron por judía. Pronto comenzaron los bombardeos, las sirenas, las corridas, los temblores y el dolor. Cayó el gobierno polaco y las tropas hitlerianas entraron en Varsovia con la nieve.
Las hermanas Ostromoglinsky tenían una esperanza: que no las reconocieran como hebreas. Edek Erlich, el mejor empleado de la fábrica, se les unió en la desgracia. Era un hombre guapo de ojos azules, y a Mira le pareció hermoso. Pasaron esos primeros días todos encerrados en un sótano, y cuando salieron a la superficie comprobaron que una cuarta parte de Varsovia era puro escombro.
Vieron que llevaban pilas de cadáveres en carros, y que había cientos de mutilados y niños huérfanos. Pero la fábrica todavía necesitaba de la pericia de Boris y de Edek, de modo que ellos se reintegraron a sus puestos, mientras los nazis cerraban diarios y confiscaban radios para aislar a los polacos del mundo. Expropiaban las tiendas y las fábricas de los judíos, y los obligaban a bajar la mirada al cruzarse con un alemán y a llevar un brazalete con la estrella de David.
Mira intentó vender sombreros y guantes en las calles, pero una patrulla alemana le arrebató la mercadería. Luego entró a trabajar en la fábrica con Edek, que al principio parecía ignorarla. Un día, un grupo de alemanes se llevó a las hermanas al cuartel de la Gestapo para que limpiaran los pisos y un soldado intentó violar a Mira. La salvaron los gritos desesperados de Edwarda y la intervención de un oficial de alto rango.
En Varsovia todo era desolación y saqueo. Los propios judíos debieron poner los postes, tender los alambres de púas y levantar un muro de 18 kilómetros para construir ese barrio tristemente célebre. Pero dentro de sus límites, Mira y Edek construyeron su amor, y Boris y Edwarda criaron a Teo, mientras una epidemia de tifus liquidaba a miles de personas por día y los cadáveres sembraban la nieve con su hedor. Mira vio en una esquina cómo unos niños le hacían cosquillas al cuerpo inerte de un anciano que había sido asesinado de un tiro en la frente.
Los nazis ahogaron a treinta niños judíos en los pozos de arcilla de la calle Okopowa y la difteria estuvo a punto de acabar con la vida de Teo. Las dos cosas persuadieron a sus padres de que debían tomar una decisión dolorosa: hacerlo pasar por católico y entregarlo a una familia polaca para que lo criara mientras durara la invasión. A cambio de ese delicado servicio, le entregaron un cofre con todo el dinero y las joyas que habían podido esconder. Mira todavía recuerda a su hermana y a su cuñado abrazados, en luto, y al día siguiente sus caras al recibir la noticia de que habían sacado a Teo del gueto por las alcantarillas y que estaba en la casa de la señora Stempke.
Pocos días más tarde, el líder del Consejo Judío del gueto de Varsovia se quitó la vida, y Mira y los demás se dieron cuenta de que se avecinaba lo peor. Los nazis comenzaron, en efecto, a ofrecer raciones dobles de alimento para quienes se presentaran como voluntarios a ser deportados. Los hambrientos se anotaban en masa, aunque ninguno sabía adónde iba a ser enviado ni por qué motivo. Junto a las mesas había una montaña de efectos personales: en el sitio al que se dirigían no necesitarían nada, según les aseguraban. Se los proveería de todo lo necesario para comenzar una nueva vida.
Los llevaban, luego, en camiones hasta el tren, que los sacaba de Varsovia. La ciudad fue vaciándose a gran velocidad: al final, los nazis entraban en las casas y capturaban a cualquier judío que no pudiera trabajar para "deportarlo". Ya habían bajado a 85 calorías diarias la alimentación: eso equivalía a media rodaja de pan. Se trataba claramente de una campaña de exterminio.
Un día de agosto, las SS los arrearon hacia la zona del registro. Un judío intentó escapar y lo asesinaron de un disparo. Formaron dos filas, y Boris, Edwarda y Mira lograron colocarse en la cola de la derecha: sabían que, por lo general, formaban allí los que se salvaban. Edek quedó en la fila izquierda, pero un ingeniero polaco que lo estimaba empezó a empujarlo y a insultarlo de arriba abajo frente a las sonrisas de los alemanes. Tanto lo empujó que fue a parar a la fila de la derecha y así evitó por un pelo el traslado final.
La madre de las hermanas desapareció para siempre en aquellos días infaustos, y el pequeño grupo de familia tuvo la certidumbre de que ellos no pasarían la próxima "selección". Edek aprovechó el interregno para proponerle a Mira casamiento. Se casaron en un cuarto polvoriento y se juramentaron atravesar juntos la terrible tempestad del destino.
El día en que Mira cumplió 21 años tuvieron la plena seguridad de que los nazis matarían a todos los judíos que quedaran en el gueto. La resistencia había comenzado a arrojar molotov y a formar barricadas. Ellos se escondieron en un sótano, bajo una escalera, junto con otros hombres y con una mujer que llevaba un bebe en brazos. El habitáculo era estrecho e irrespirable. Debían permanecer en silencio absoluto y en oscuridad total. Afuera había disparos y explosiones, y alarmas de toque de queda, y gritos de dolor y de festejo. Pasaron horas y horas. Un hombre pidió perdón y se orinó encima. Y lo siguieron los otros. Pasaban todo el día y la noche ciegos y mudos, allí escondidos, comiendo de cuando en cuando trozos de pan y bebiendo pequeños sorbos de vino.
Al quinto día se acabó la comida, y el bebe comenzó a llorar. No podían pararlo con nada. Pasadas las bombas y los otros estruendos, caída la noche, el llanto seguía y era peligrosísimo. Mira trató de calmarlo y en la oscuridad vio que el padre sacaba de sus bolsillos un sobre de color blanco. "Es cianuro -dijo-. Dénselo al niño antes de que nos delate. Yo no puedo: soy el padre." Lo sacaron carpiendo. No valía la pena matar a un niño para salvar diez vidas. Pero allí se veían nítidamente los extremos horrorosos del género humano.
El niño se durmió, agotado de tanto llorar, y al noveno día los vinieron a buscar unos miembros de la resistencia. Después de nueve días de oscuridad y silencio, Mira sentía un frío demencial en el cuerpo y en el alma. Las calles estaban infestadas de soldados y francotiradores, y un amigo de la antigua fábrica colocó a Edek y a su flamante esposa dentro de una caja de madera, selló los bordes con enormes clavos y dejó que trasladaran el "paquete" fuera del gueto: se suponía que en su interior iba una máquina valiosa.
De un sótano a una caja: Mira ya prefería las balas al encierro. Se quedó dormida después de los zarandeos y a poco de despertar los sacaron de la caja de madera y les permitieron quedarse un momento en una casa de la zona aria. Allí les informaron que Teo crecía fuerte y sano, y totalmente integrado a la vida cristiana de la familia Stempke.
Enseguida se reunieron con Edwarda y Boris, que también habían escapado del gueto, y se quedaron escondidos en la casa de una familia polaca, que bajo una alfombra tenía una especie de fosa de mecánico para las emergencias.
Edwarda se admiraba de la suerte de Mira, y era fatalista acerca de su propio sino. Le apretaba las manos y le decía: "Tenés que salvarte para cuidar a Teo". Mira rechazaba esos malos augurios, pero al poco tiempo los nazis apretaron el cerco sobre los polacos que escondían judíos, y las dos parejas tuvieron que meterse en la fosa. La situación se volvió insostenible: los cuatro abandonaron la casa e ingresaron en la resistencia a las órdenes de una partisana comunista. Los aliados estaban invadiendo Francia y Stalin venía en camino.
En septiembre, Edwarda no podía más. Quería saber de Teo. Era un riesgo demasiado alto: "Si descubren que el niño es judío, conseguirá que lo deporten. No podrá acercarse a él ni hablarle; sólo podrá verlo de lejos", le dijeron. La madre aceptó llorando, y cuando una anciana trajo a tres niños rubios, desde lejos la hermana de Mira reconoció al suyo. Teo se apartó en un momento para orinar en un árbol alejado de un jardín, y Edwarda se le acercó para ayudarlo sin decirle una palabra, vibrando de impotencia. El niño terminó, la miró en silencio, le besó la frente y se fue con sus "hermanos".
En la resistencia polaca, los dos hombres integraron un grupo que lanzaban por las noches bombas a los coches y a los tanques alemanes, y las mujeres otro dedicado a tareas de logística. Una vez, haciendo un inventario en una despensa, Mira revisó una enorme bolsa de porotos y encontró en su interior una caja de metal con una fortuna en billetes. Alguien, en la desesperación, había guardado allí sus ahorros.
Las hermanas se dividieron el dinero y aguantaron con sus maridos el bombardeo de la Ciudad Vieja: la resistencia no tenía artillería antiaérea y los rusos no terminaban de llegar. Llegó, entonces, la evacuación de la zona. La orden era escapar en tandas.
Las hermanas se despidieron y quedaron en encontrarse luego. Mira y Edek se metieron por los túneles de las cloacas y atravesaron la ciudad; se cambiaron ropas en la zona oeste; durmieron abrazados en un portal, y estuvieron esperando dos días a Edwarda y a Boris.
Varsovia había quedado reducida a cenizas. Boris apareció solo y llorando, sin saber qué había pasado con Edwarda. Ella y otros partisanos, se supo después, quedaron atrapados abajo porque una bomba había bloqueado la salida del túnel y los había obligado a vagar como fantasmas por las entrañas de la tierra. Boris Lewin se quedó atrás con un grupo, y ellos siguieron hacia el bosque, y en un momento quedaron solos, absolutamente solos.
Lo que sigue es una fuga por campos y caminos mortales, entre pelotones de las SS, tropas soviéticas y polacos de dudosas intenciones. Cayeron prisioneros y lograron escapar en medio de un ataque del Ejército Rojo. Un baño reparador después de muchísimo tiempo, la culpa de haber sobrevivido y la búsqueda en vano de Boris, Edwarda y los demás. Era obvio que los nazis los habían aniquilado, pero tardaron un tiempo en darlo casi todo por perdido.
Quedaba, obviamente, el pequeño Teo. ¿Lo devolvería la señora Stempke después de tenerlo tanto tiempo dentro de su familia? Mira y su marido viajaron a Varsovia para buscarlo. Atravesaron esa molienda de edificios y recuerdos, y llegaron con el corazón en la boca a la casa de aquella polaca bajo una lluvia torrencial. Sólo había ruinas y el solitario e inútil marco de la puerta. Mira gritó en un ataque de odio. Puteó al mundo y maldijo la suerte de todos, pero de repente advirtió que bajo una piedra había un papel mancillado por el fango. Decía simplemente: "Estamos en Praga". Y una dirección del barrio popular al otro lado del río. Una piedra, un papel en medio del infierno, la soledad y la tormenta: un milagro.
La señora Stempke la hizo pasar y le contó que Edwarda, durante el levantamiento, había pasado por allí y le había entregado, para pagar los gastos de su hijo, el dinero que había hallado en la bolsa de porotos.
"Le expliqué a su hermana que podía quedarse, pero no quería poner en peligro a Teo", aseguró la polaca. "Quiero llevarme a Teo: soy su tía", le dijo Mira llorando. "Déjeme su dirección y en Pascua le llevaré al niño", le respondió. Pero cuando cerró la puerta, llegó a los oídos de Mira la voz de la señora Stempke diciéndole a su amante: "¿Qué haremos? ¿Le daremos el niño?".
Finalmente, se lo dieron. Estaba grande y fornido, y muy desconfiado. Stempke dejó a uno de sus propios hijos para que lo acompañara en la adaptación. Y Mira y Edek lo mimaron con pasión. Al despedirse de su "hermano", dos o tres semanas después, Teo los culpó a ellos de su gran dolor. Fueron días intensos y difíciles. Hitler se había pegado un tiro en su búnker, había caído la bomba de Hiroshima y se anunciaban los juicios de Nüremberg. Pero Mira sólo tenía una preocupación: Teo. Ganarse al niño, y protegerlo de todo mal; protegerlo, por ejemplo, de la invasión rusa.
"Tenemos que irnos de aquí", le dijo a Edek. No poseían papeles; ni siquiera un acta de nacimiento, y escapar de Polonia significaba contradecir la voluntad del régimen soviético. Vivieron un sinfín de peripecias, se instalaron un tiempo en Francfort, Mira quedó embarazada y dio a luz a una niña, y Edek consiguió trabajo y en Francia desarrolló negocios textiles.
Cada vez que Mira, para mantener viva la imagen de su hermana muerta, le hablaba a Teo de ella, el niño sufría y cambiaba de tema. Así que Mira y Edek evitaron el asunto. Un amigo le propuso a Edek una aventura: ser su socio en una fábrica textil ubicada en un país ignoto. Ese país era la Argentina.
Hubo que fraguar pasaportes para viajar a esa nación pujante que dirigían unos militares nacionalistas. El hombre fuerte del régimen se llamaba Juan Domingo Perón y sólo le había declarado la guerra a Alemania cuando ésta ya se estaba desbarrancando.
Ocultaron la condición de judíos para conseguir la visa argentina. Un judío convertido en cura católico les consiguió un certificado falso. Y dos amigos aseguraron bajo juramento que eran marido y mujer, y que Teo y la niña eran sus hijos. Sacar de Europa a un sobrino era otra complicación. Teo se había adaptado completamente a ellos, funcionaba como un hijo más, pero seguía reaccionando con llantos y mutismo cuando Edek o Mira le hablaban de sus verdaderos padres. Entonces, ella le dijo: "Si alguna vez querés saber quiénes fueron tus verdaderos padres y qué les pasó, no tenés más que preguntar". Y agregó: "Si vos no me preguntás, yo nunca más voy a hablar de esto". Ese pacto de silencio entre los tres duró más de cincuenta años.
Llegaron a Buenos Aires en 1952 y descubrieron que era una sociedad abierta, formada de inmigrantes, y que a nadie le preocupaba si eran españoles, italianos o sefardíes.
Rememoraron el miedo el día en que los aviones de la Marina bombardearon la Plaza de Mayo, pero la vida en la Argentina les resultó benigna. Prosperaron, y mucho. Para absolutamente todos, amigos y familiares, Teo era el hijo de Mira y Edek. Cuando el chico salió del secundario, quiso estudiar ingeniería textil y pidió hacer la carrera en Canadá. La hizo y volvió. Y se casó con una católica. Y aunque Mira y Edek viajaron por negocios y placer muchas veces a Europa, nunca se atrevieron a volver a Varsovia.
Hasta que ya ancianos, en 1987, padres e hijos compartieron esa travesía al pasado. La ciudad estaba totalmente cambiada, pero fue un reencuentro conmovedor. El último viaje fue en 1995, con sus nietos. "Acá estamos, Polonia: sobrevivimos", dijo Mira. Una tarde descendieron a las cloacas por las que habían escapado. Esas alcantarillas ya eran un monumento a la memoria.
El gran secreto de Teo ya no era tan secreto. Los hijos y nietos lo sabían: se lo habían comunicado unos a otros en murmullos, pero con la prohibición total de hablar con los viejos.
A los nietos no les cerraban las historias vagas de Mira y Edek acerca de aquellos días del Holocausto, y cada uno tenía una composición de lugar. Pero sólo cuando Edek murió, hace cuatro años, Mira decidió quebrantar con permiso de Teo aquel pacto.
Ahora están todos en este living, donde me ofrecen un té con dulces manjares. Mira es una mujer de 86 años que está vestida y peinada para la foto. Sus hijos y sus nietos la rodean e intervienen en la conversación. Teo derrama lágrimas. Quiere que se conozca esta historia. Asoció a un escritor profesional, que, además, es amigo de la familia, para que escriba un libro. Le anticipo que será un libro maravilloso y también una buena película.
Percibo que Teo quiere lo mismo que Mira: terminar de algún modo con la clandestinidad. Son judíos que no han sido educados en el odio, pero sí en el silencio del perseguido.
Teo me cuenta que vivió y estudió en Canadá como católico para no tener problemas, y que sólo hace unos años, cuando se reencontró con sus viejos compañeros y comprobó que ese país se había modernizado y vuelto mucho más tolerante, les dijo al fin la verdad. Iba a misa y a retiros espirituales; cumplía los ritos católicos para sobrevivir. Y tardó años en entender que tenía derechos.
Me avergüenzan las sociedades que consienten la intolerancia. También me impactan los héroes que han sobrevivido a la maldad absoluta. Le doy un abrazo a Teo y beso a Mira. Le digo a ella que es un honor conocerla. Y veo algo extraño en el fondo de sus ojos. Veo la sombra de Edek, el hombre que la amó en el infierno, y más allá diviso la nieve, la sangre, los gritos, las risas, las esperanzas y el muro derribado para siempre del gueto de Varsovia.

martes, 21 de noviembre de 2017

Entrevista en Visàvis: HANKA 753

Gracias a los amigos de la Cadena Judía de Información, Visàvis, y en particular a Luciana Liberman Vassallo por la linda charla que tuvimos sobre HANKA 753. Acá, el link y, debajo, la entrevista.
Fuente: http://visavis.com.ar/?p=83091



El libro “Hanka 753” se enmarca en una trilogía que escribió el autor Alejandro Parisi. Primero comenzó relatando la historia de Mira Ostromogilska en “El Gheto de las Ocho puertas”, luego en el 2014, lanzó el libro “La Niña y su Doble” que cuenta la historia de la sobreviviente Nusia Stier, y ahora el final de trilogía culmina con la historia de Hanka Dziubas Grzmot, la menor de cinco hermanas, que junto a tres de sus hermanas y su padre estuvieron en el gheto de Lozd y posteriormente en el campo de concentración de Auschwitz. Tan solo con nueve años la protagonista de esta dramática historia vivió situaciones de vejaciones, hambre y enfermedades.

La Cadena Judía de Información Vis a Vis pudo dialogar con el escritor Alejandro Parisi para poder profundizar más acerca del tercer libro de esta trilogía que comenzó hace más de diez años atrás y que le dejó muchas enseñanzas. Conoció a tres mujeres fuertes que pudieron reconstruir su vida y dejar un testimonio que quedará por los siglos de los siglos, no solo en cada lector, sino también en corazón del autor.
“Hanka 753” se presentará este miércoles a las 19hs en la Centro Ana Frank Argentina con la presencia de la protagonista y su autor con entrada libre y gratuita. Los dos anteriores libros fueron presentados en el Museo del Holocausto.

– ¿Fue una decisión literaria narrar el libro jugando con el pasado y el presente?
– Sí fue una decisión literaria. Yo siempre le doy a leer el libro a diferentes personas entre las que se encuentran mi mujer, una amiga llamada Alejandra. Yo primero escribí toda la historia del pasado hasta que llegan a Suecia, eso era lo más difícil. Se lo di a leer a dos o tres personas; una amiga no lo pudo seguir me insulto y me dijo que no lo podía terminar de leer. Eso me dejó pensando porque a mí me pasaba lo mismo. Lo que aprendí en este tiempo es que ningún dolor se puede equiparar, no es medible el dolor. Si bien el lector sabía que el personaje había sobrevivido, porque es la historia de un sobreviviente, había algo que se había despertado con la idea del viaje (NdelR: Hanka es invitada por ORT a participar de Marcha por la Vida) que era importante tenerlo porque era el cierre del círculo, y al mismo tiempo ver a Hanka con 87 años, una mujer fuerte, le era más fácil al lector poder sobrellevar la historia. Yo no quería que se me cayera el lector al final de la novela, entonces esa historia del presente era una zanahoria para que el lector continuará avanzando sabiendo que detrás de toda esa tristeza algo bueno iba a suceder.

– Cuando relatas la historia del viaje a Marcha por la Vida lo haces como si vos hubieras estado en todas las charlas que se mantuvieron hasta que Hanka toma la decisión, ¿las presenciaste o así lo que querías mostrar narrativamente?
– Yo con Hanka hable un año. Nos juntábamos en su casa a armar la historia, pero lo primero que me dijo fue: “Quiero contar lo que vi yo. No quiero inventar nada” A mí me pareció perfecto porque yo había escrito ya dos libros de la temática; en “El Gheto de las Ocho Puertas”, es más enciclopédico porque es mi introducción en el tema y en “La Niña y su Doble” se habla de los nazis porque Nusia interactúa con ellos. Pero este último libro es el más minimalista de la trilogía, la cámara está puesta en Hanka. Hace casi diez que comencé con esto, pero me di cuenta que son estas particularidades que muestran la dimensión de lo que sucedió porque si yo te cuento que murieron seis millones de personas vos decís: “Que fuerte, pero queda ahí”. Pero si yo te cuento como Hanka tuvo que dejar su álbum de figuritas para irse al gueto, y su preocupación de cómo iba a aprender a leer o te relato cómo se llevaron al padre. Te conmueve mucho más que hablar de números. Las pequeñas historias son las dan las dimensiones. (…) Cuando me senté a novelar ya sabía la historia y cómo iba a dividirlo. Yo pensaba que el viaje a Polonia iba a ser un epílogo, pero después me di cuenta que para hacer ese viaje Hanka tuvo que convencer a los hijos, mentirle y convencer al médico y ella tomar la decisión de afrontar el dolor. Ese viaje le explicó a ella misma un montón de cosas.

– ¿Cómo fue el proceso de aislamiento literario para que Hanka no pudiera aportar información que después investigó?
– El recurso fue obligarla a escuchar a escondidas conversaciones. Hay varios momentos de la novela en la que el padre Mordejai le dice que vaya a la otra habitación y ella se queda escuchando del otro lado de la puerta, eso es responsabilidad mía, pero eso es una forma de que el lector supiera que estaba pasando sin traicionar el conocimiento de ella. Desteto la película “La vida es bella”, me parece una gran mentira. El padre de Hanka la protegió, al ser la menor de sus hijas, pero hubo un momento que no la podía proteger más y le dijo: “No te acerques a las ventanas”. Me parece que ella lo sabía, pero no lo tenía aprendido. Yo tenía que hacer justicia.

– ¿Cuándo fue consciente de que debía hacer el viaje a Marcha por la Vida?
– Yo creo que, desde el primer momento, aunque no lo hable con ella. Cuando la invitaron se le despertó algo que no podía ponerle palabras. Ella y marido eran polacos, pero se comunicaban en sueco, porque para ellos Polonia había sido su infancia, pero al mismo tiempo su cadalso. En un momento en el libro yo escribo, que tiene que ver un poco con lo que pienso yo: “La tierra no es culpable de lo que hacen los hombres”. Los polacos de esa época no son los mismos que los de ahora y lo mismo sucede con los alemanes. Cuando ella llegó a Polonia se sintió rejuvenecida. Hay una escena que Hanka le cuenta a Marcelo Feiguin una historia, durante el viaje de Marcha por la Vida, y le dice a Marcelo: “¿No te reís’” y él le contesta: “Me lo contaste en polaco”? Ella en ningún momento se dio cuenta que comenzó a hablar polaco. Hay otra cuestión que la influyó mucho a hacer ese viaje, que fue algo que le inculcó Leon, su esposo, que es la importancia del testimonio. Yo creo que si el viaje hubiera sido con un grupo de adultos no hubiera ido, pero eran chicos que iban a conocer lo que sucedió. Ella vivió todo el Holocausto porque era una nena sin racionalizar, recién después de la guerra pudo racionalizar lo que había sucedido. Le jugó a favor la edad que tuvo durante la guerra.

– En el libro Dios tiene un papel preponderante, ¿por qué crees que en ese momento de angustia y horror Hanka lo evocaba?
– Yo creo que es una construcción psicológica. ¿Qué era Dios para ella en ese momento? Era la mente en blanco. Pero al mismo tiempo ella dice: ¿por qué Dios no hizo nada antes? Es dual el sentimiento con Dios, pero hay algo que no fue suerte. Con los años ella fue construyendo psicológicamente, tenes que construirlo porque si no se te rompe el cerebro. Cuando uno le paso algo malo, sea creyente o no, levantas la vista al cielo, y a ella le caían las bombas y a ¿quién le iba a pedir a algo? a Dios. Eso la ayudó mucho tanto en el momento de la barbarie como al momento de la reconstrucción.

– ¿Qué fue lo más complicado de reconstruir de la historia?
– Lo complicado era construir esos momentos felices que tuvo ella antes de la llegada de los nazis que por una cuestión de edad no los recordaba tanto. Pero a lo largo de un año fueron saliendo recuerdos como la imagen de la hermana patinando en el hielo con un chico llamado Jacobo, quien también sobrevivió a la guerra y se termina casando. El padre le enseñaba como era el mundo con las figuritas de los animales. Es por eso que generé una construcción literaria acerca de las “ardillas voladoras” porque necesitaba un recurso que acompañará la novela. Hablando con mi hijo que tiene la misma edad de Hanka en ese momento me dice: “Tienen que ser ardillas voladoras”. Primero googleo si existe ese animal en Polonia, sí había, y mi hijo me explicó que cuando las caen las bombas las ardillas voladoras van de árbol en árbol y escapan.

– ¿Qué sentís que aprendiste al escribir esta triglogía?
– Yo no hubiera sobrevivido…porque (piensa) hay una fuerza de voluntad que excede cualquier racionalidad. Nusia es una entrevista dijo que sobrevivió porque era una inconsciente. Hanka sobrevivió porque tenía que sobrevivir, pero no sabe por qué. A veces se lo explica con el personaje de Dios en la novela. Mis abuelos son sicilianos, pasaron la guerra y el hambre, y después levantaron una familia. Salvando las diferencias que ellos no fueron perseguidos por su religión, hay una fuerza de esa generación que no tuvo la generación siguiente. Yo tengo muchas críticas a la generación de mis padres, no por mis padres en sí. Las generaciones de mis abuelos nacieron con Telegrafo y hoy usan Whatsapp. Es una generación que pasó por todo. Hay algo de una fuerza contra todo, aunque no todos sobrevivieron. Yo no sé qué hubiera sucedido con la hermana de Hanka si no la obligaba a comer, es probable que no hubiera sobrevivido, porque al mínimo rasgo de debilidad de un prisionero los nazis lo mataban. También consideró que el hecho de que las tres hermanas se mantuvieron juntas las ayudó a sobrevivir. En los tres casos que escribí tenían dónde apoyarse, aunque fuera en silencio. Yo aprendí que la Humanidad es una porquería. Mi visión particular es muy negativa. Yo con las tres mujeres sobre las cuáles escribí les pregunté ¿por qué querían dejar su testimonio? Y las tres me aseguraron para que no se vuelva a repetir, aunque las tres me afirmaron que puede volver a suceder. Pero al mismo tiempo, aprendí a estar en un estado de alerta para estar atento. Occidente tiene muy desarrollado el discurso del marketing, pero hay que estar atento porque algunas veces se callan por conveniencias políticas y económicas. Lo que más admiró de los sobrevivientes es que la realización de sus vidas no pasa por su supervivencia sino por su testimonio. Hay que tener muchas fuerzas para hacerlo y abrir las heridas delante de otras personas, es muy complicado.

martes, 17 de octubre de 2017

Charla "Comisarios y detectives".

Este jueves, 19 de octubre, vamos estar a las 19 horas en el Museo del Libro y de la Lengua junto a estos grandes autores charlando un poco de novelas policiales, Balestra, el Comisario Domínguez y la imposibilidad de nuestra generación de hablar de ciertos temas.


lunes, 4 de septiembre de 2017

Entrevista TV. Olavarría.

Acá, la breve conversación que tuvimos con la gente del Canal Local de Olavarría, la semana pasada, durante la Feria del Libro de la Ciudad. Cosas que uno sólo piensa cuando le preguntan, y que no razona mientras escribe.


jueves, 31 de agosto de 2017

Feria del Libro de Olavarría



Hace unas semanas, el amigo Rodrigo Fernández del diario El Popular me propuso viajar a Olavarría para participar de la Feria del Libro que se iba a desarrollar en la ciudad. El último viaje había sido a Rosario, y Dante, mi hijo, se había quedado con las ganas de venir. Así que aproveché la invitación del querido Fernández para saldar esa deuda con Dante y para conocer a ese periodista, hasta ahora amigo virtual, con quien mantenemos una amistad vía chat y que hizo tan lindas lecturas y reseñas de muchos de mis libros.

Nos despertamos bien temprano el martes y allá fuimos, viendo la lluvia caer sobre la Pampa Húmeda, con la ansiedad y la incertidumbre que siempre me provoca salir de la cueva que habito y donde paso la mayoría del tiempo, escribiendo, leyendo o mirando fútbol.

Desde que llegamos, toda la gente de Olavarría nos trató como si fuéramos más de lo que somos: un trato afable, atento, tan cordial que emociona y que, sólo por un momento, me llevó a pensar que debería salir más de mi casa.  

En el día y medio que pasamos en la ciudad, tuve la posibilidad de conversar con los libreros de El Faro, lectores y vendedores de Balestra, que reclamaron la segunda parte. También charlamos con la gente que se acercó y con los alumnos de una escuela rural de la zona, que si bien no me conocían a mí ni a mis libros, se abrieron a la charla con esa atención despreocupada de la cual sólo son capaces los jóvenes.

El tiempo pasó muy rápido, pero sirvió para hacerme pensar en esas cosas que uno no piensa cuando escribe. Porque, creo, la teoría es muy posterior a la escritura. Sólo al hablar de mis textos es que pienso racionalmente en ellos, como si el que los hubiera escrito hubiese sido otro. 

Mi agradecimiento a toda la gente de cultura del municipio, a los libreros, al público, a los muchachos de la peña de CASLA, que desde su puesto de la feria escucharon con atención lo que yo decía, y en especial a Rodrigo Fernández, por su generosidad, su interés, por las charlas y su trato tan amable. Mi única crítica es su altura de jugador de basket: me hizo sentir un liliputiense en cada foto que nos sacamos.

La verdad, la pasamos tan bien que ya pensamos en volver algún día.Mientras tanto, vuelvo a la cueva para revisar las pruebas de galeras de HANKA 753, con la satisfacción de haber participado en la Feria del Libro de Olavarría.