UNA MUJER CON DOS TERRIBLES SECRETOS
por Jorge F. Díaz (publicado en La Nación, 13/6/9)
Hace cuatro años la mujer citó a sus seis nietos para contarles dos
terribles secretos que había ocultado durante décadas y que involucraban
un suicidio, la falsa identidad de su hijo y el horror del Ghetto de
Varsovia. Los invitó a cenar en su departamento del barrio Belgrano con
sus respectivas parejas, y cuando todos pasaron al living les pidió a
sus empleadas que sirvieran café, desconectaran los teléfonos y se
retiraran. Uno de los nietos encendió una cámara para filmar el momento
histórico. Entonces, Mira Ostromoglinsky, que acababa de enviudar, los
hizo llorar y estremecer con su historia de amor, persecución,
homicidios, ocultamientos, esperanzas y redenciones.
Los nietos conocían sólo partes de la odisea de aquella familia judía, y
quienes sabían esos secretos jamás se habían atrevido a comentarlos
delante de su abuela. Esa noche inolvidable oyeron de su propia boca que
por deudas con un prestamista el padre de Mira se había suicidado
aspirando gas a través de la manguera de un calentador. Eso que se calló
durante tanto tiempo sucedió en 1929, en la ciudad polaca de Lodz,
donde Mira y su hermana mayor, Edwarda, fueron criadas, y desde donde
tuvieron que emigrar para ganarse la vida. Varsovia era, en 1932, una
urbe enorme y moderna donde se aceptaba a los judíos a regañadientes.
Tres años más tarde, Hitler ganaba las elecciones en Alemania.
Edwarda conoció allí a un hombre rubio que trabajaba en una fábrica
textil: Boris Lewin. Se enamoró, se casó, quedó embarazada y dio a luz a
Teo, el otro protagonista de esta historia. A los 17 años, Mira también
comenzó a trabajar y a escuchar la BBC de Londres: los nazis atacaban
las casas y los negocios de los judíos en toda Alemania.
El 1° de septiembre de 1939, los alemanes comenzaron sus maniobras para
invadir Polonia. Preventivamente, a Mira la despidieron por judía.
Pronto comenzaron los bombardeos, las sirenas, las corridas, los
temblores y el dolor. Cayó el gobierno polaco y las tropas hitlerianas
entraron en Varsovia con la nieve.
Las hermanas Ostromoglinsky tenían una esperanza: que no las
reconocieran como hebreas. Edek Erlich, el mejor empleado de la fábrica,
se les unió en la desgracia. Era un hombre guapo de ojos azules, y a
Mira le pareció hermoso. Pasaron esos primeros días todos encerrados en
un sótano, y cuando salieron a la superficie comprobaron que una cuarta
parte de Varsovia era puro escombro.
Vieron que llevaban pilas de cadáveres en carros, y que había cientos de
mutilados y niños huérfanos. Pero la fábrica todavía necesitaba de la
pericia de Boris y de Edek, de modo que ellos se reintegraron a sus
puestos, mientras los nazis cerraban diarios y confiscaban radios para
aislar a los polacos del mundo. Expropiaban las tiendas y las fábricas
de los judíos, y los obligaban a bajar la mirada al cruzarse con un
alemán y a llevar un brazalete con la estrella de David.
Mira intentó vender sombreros y guantes en las calles, pero una patrulla
alemana le arrebató la mercadería. Luego entró a trabajar en la fábrica
con Edek, que al principio parecía ignorarla. Un día, un grupo de
alemanes se llevó a las hermanas al cuartel de la Gestapo para que
limpiaran los pisos y un soldado intentó violar a Mira. La salvaron los
gritos desesperados de Edwarda y la intervención de un oficial de alto
rango.
En Varsovia todo era desolación y saqueo. Los propios judíos debieron
poner los postes, tender los alambres de púas y levantar un muro de 18
kilómetros para construir ese barrio tristemente célebre. Pero dentro de
sus límites, Mira y Edek construyeron su amor, y Boris y Edwarda
criaron a Teo, mientras una epidemia de tifus liquidaba a miles de
personas por día y los cadáveres sembraban la nieve con su hedor. Mira
vio en una esquina cómo unos niños le hacían cosquillas al cuerpo inerte
de un anciano que había sido asesinado de un tiro en la frente.
Los nazis ahogaron a treinta niños judíos en los pozos de arcilla de la
calle Okopowa y la difteria estuvo a punto de acabar con la vida de Teo.
Las dos cosas persuadieron a sus padres de que debían tomar una
decisión dolorosa: hacerlo pasar por católico y entregarlo a una familia
polaca para que lo criara mientras durara la invasión. A cambio de ese
delicado servicio, le entregaron un cofre con todo el dinero y las joyas
que habían podido esconder. Mira todavía recuerda a su hermana y a su
cuñado abrazados, en luto, y al día siguiente sus caras al recibir la
noticia de que habían sacado a Teo del gueto por las alcantarillas y que
estaba en la casa de la señora Stempke.
Pocos días más tarde, el líder del Consejo Judío del gueto de Varsovia
se quitó la vida, y Mira y los demás se dieron cuenta de que se
avecinaba lo peor. Los nazis comenzaron, en efecto, a ofrecer raciones
dobles de alimento para quienes se presentaran como voluntarios a ser
deportados. Los hambrientos se anotaban en masa, aunque ninguno sabía
adónde iba a ser enviado ni por qué motivo. Junto a las mesas había una
montaña de efectos personales: en el sitio al que se dirigían no
necesitarían nada, según les aseguraban. Se los proveería de todo lo
necesario para comenzar una nueva vida.
Los llevaban, luego, en camiones hasta el tren, que los sacaba de
Varsovia. La ciudad fue vaciándose a gran velocidad: al final, los nazis
entraban en las casas y capturaban a cualquier judío que no pudiera
trabajar para "deportarlo". Ya habían bajado a 85 calorías diarias la
alimentación: eso equivalía a media rodaja de pan. Se trataba claramente
de una campaña de exterminio.
Un día de agosto, las SS los arrearon hacia la zona del registro. Un
judío intentó escapar y lo asesinaron de un disparo. Formaron dos filas,
y Boris, Edwarda y Mira lograron colocarse en la cola de la derecha:
sabían que, por lo general, formaban allí los que se salvaban. Edek
quedó en la fila izquierda, pero un ingeniero polaco que lo estimaba
empezó a empujarlo y a insultarlo de arriba abajo frente a las sonrisas
de los alemanes. Tanto lo empujó que fue a parar a la fila de la derecha
y así evitó por un pelo el traslado final.
La madre de las hermanas desapareció para siempre en aquellos días
infaustos, y el pequeño grupo de familia tuvo la certidumbre de que
ellos no pasarían la próxima "selección". Edek aprovechó el interregno
para proponerle a Mira casamiento. Se casaron en un cuarto polvoriento y
se juramentaron atravesar juntos la terrible tempestad del destino.
El día en que Mira cumplió 21 años tuvieron la plena seguridad de que
los nazis matarían a todos los judíos que quedaran en el gueto. La
resistencia había comenzado a arrojar molotov y a formar barricadas.
Ellos se escondieron en un sótano, bajo una escalera, junto con otros
hombres y con una mujer que llevaba un bebe en brazos. El habitáculo era
estrecho e irrespirable. Debían permanecer en silencio absoluto y en
oscuridad total. Afuera había disparos y explosiones, y alarmas de toque
de queda, y gritos de dolor y de festejo. Pasaron horas y horas. Un
hombre pidió perdón y se orinó encima. Y lo siguieron los otros. Pasaban
todo el día y la noche ciegos y mudos, allí escondidos, comiendo de
cuando en cuando trozos de pan y bebiendo pequeños sorbos de vino.
Al quinto día se acabó la comida, y el bebe comenzó a llorar. No podían
pararlo con nada. Pasadas las bombas y los otros estruendos, caída la
noche, el llanto seguía y era peligrosísimo. Mira trató de calmarlo y en
la oscuridad vio que el padre sacaba de sus bolsillos un sobre de color
blanco. "Es cianuro -dijo-. Dénselo al niño antes de que nos delate. Yo
no puedo: soy el padre." Lo sacaron carpiendo. No valía la pena matar a
un niño para salvar diez vidas. Pero allí se veían nítidamente los
extremos horrorosos del género humano.
El niño se durmió, agotado de tanto llorar, y al noveno día los vinieron
a buscar unos miembros de la resistencia. Después de nueve días de
oscuridad y silencio, Mira sentía un frío demencial en el cuerpo y en el
alma. Las calles estaban infestadas de soldados y francotiradores, y un
amigo de la antigua fábrica colocó a Edek y a su flamante esposa dentro
de una caja de madera, selló los bordes con enormes clavos y dejó que
trasladaran el "paquete" fuera del gueto: se suponía que en su interior
iba una máquina valiosa.
De un sótano a una caja: Mira ya prefería las balas al encierro. Se
quedó dormida después de los zarandeos y a poco de despertar los sacaron
de la caja de madera y les permitieron quedarse un momento en una casa
de la zona aria. Allí les informaron que Teo crecía fuerte y sano, y
totalmente integrado a la vida cristiana de la familia Stempke.
Enseguida se reunieron con Edwarda y Boris, que también habían escapado
del gueto, y se quedaron escondidos en la casa de una familia polaca,
que bajo una alfombra tenía una especie de fosa de mecánico para las
emergencias.
Edwarda se admiraba de la suerte de Mira, y era fatalista acerca de su
propio sino. Le apretaba las manos y le decía: "Tenés que salvarte para
cuidar a Teo". Mira rechazaba esos malos augurios, pero al poco tiempo
los nazis apretaron el cerco sobre los polacos que escondían judíos, y
las dos parejas tuvieron que meterse en la fosa. La situación se volvió
insostenible: los cuatro abandonaron la casa e ingresaron en la
resistencia a las órdenes de una partisana comunista. Los aliados
estaban invadiendo Francia y Stalin venía en camino.
En septiembre, Edwarda no podía más. Quería saber de Teo. Era un riesgo
demasiado alto: "Si descubren que el niño es judío, conseguirá que lo
deporten. No podrá acercarse a él ni hablarle; sólo podrá verlo de
lejos", le dijeron. La madre aceptó llorando, y cuando una anciana trajo
a tres niños rubios, desde lejos la hermana de Mira reconoció al suyo.
Teo se apartó en un momento para orinar en un árbol alejado de un
jardín, y Edwarda se le acercó para ayudarlo sin decirle una palabra,
vibrando de impotencia. El niño terminó, la miró en silencio, le besó la
frente y se fue con sus "hermanos".
En la resistencia polaca, los dos hombres integraron un grupo que
lanzaban por las noches bombas a los coches y a los tanques alemanes, y
las mujeres otro dedicado a tareas de logística. Una vez, haciendo un
inventario en una despensa, Mira revisó una enorme bolsa de porotos y
encontró en su interior una caja de metal con una fortuna en billetes.
Alguien, en la desesperación, había guardado allí sus ahorros.
Las hermanas se dividieron el dinero y aguantaron con sus maridos el
bombardeo de la Ciudad Vieja: la resistencia no tenía artillería
antiaérea y los rusos no terminaban de llegar. Llegó, entonces, la
evacuación de la zona. La orden era escapar en tandas.
Las hermanas se despidieron y quedaron en encontrarse luego. Mira y Edek
se metieron por los túneles de las cloacas y atravesaron la ciudad; se
cambiaron ropas en la zona oeste; durmieron abrazados en un portal, y
estuvieron esperando dos días a Edwarda y a Boris.
Varsovia había quedado reducida a cenizas. Boris apareció solo y
llorando, sin saber qué había pasado con Edwarda. Ella y otros
partisanos, se supo después, quedaron atrapados abajo porque una bomba
había bloqueado la salida del túnel y los había obligado a vagar como
fantasmas por las entrañas de la tierra. Boris Lewin se quedó atrás con
un grupo, y ellos siguieron hacia el bosque, y en un momento quedaron
solos, absolutamente solos.
Lo que sigue es una fuga por campos y caminos mortales, entre pelotones
de las SS, tropas soviéticas y polacos de dudosas intenciones. Cayeron
prisioneros y lograron escapar en medio de un ataque del Ejército Rojo.
Un baño reparador después de muchísimo tiempo, la culpa de haber
sobrevivido y la búsqueda en vano de Boris, Edwarda y los demás. Era
obvio que los nazis los habían aniquilado, pero tardaron un tiempo en
darlo casi todo por perdido.
Quedaba, obviamente, el pequeño Teo. ¿Lo devolvería la señora Stempke
después de tenerlo tanto tiempo dentro de su familia? Mira y su marido
viajaron a Varsovia para buscarlo. Atravesaron esa molienda de edificios
y recuerdos, y llegaron con el corazón en la boca a la casa de aquella
polaca bajo una lluvia torrencial. Sólo había ruinas y el solitario e
inútil marco de la puerta. Mira gritó en un ataque de odio. Puteó al
mundo y maldijo la suerte de todos, pero de repente advirtió que bajo
una piedra había un papel mancillado por el fango. Decía simplemente:
"Estamos en Praga". Y una dirección del barrio popular al otro lado del
río. Una piedra, un papel en medio del infierno, la soledad y la
tormenta: un milagro.
La señora Stempke la hizo pasar y le contó que Edwarda, durante el
levantamiento, había pasado por allí y le había entregado, para pagar
los gastos de su hijo, el dinero que había hallado en la bolsa de
porotos.
"Le expliqué a su hermana que podía quedarse, pero no quería poner en
peligro a Teo", aseguró la polaca. "Quiero llevarme a Teo: soy su tía",
le dijo Mira llorando. "Déjeme su dirección y en Pascua le llevaré al
niño", le respondió. Pero cuando cerró la puerta, llegó a los oídos de
Mira la voz de la señora Stempke diciéndole a su amante: "¿Qué haremos?
¿Le daremos el niño?".
Finalmente, se lo dieron. Estaba grande y fornido, y muy desconfiado.
Stempke dejó a uno de sus propios hijos para que lo acompañara en la
adaptación. Y Mira y Edek lo mimaron con pasión. Al despedirse de su
"hermano", dos o tres semanas después, Teo los culpó a ellos de su gran
dolor. Fueron días intensos y difíciles. Hitler se había pegado un tiro
en su búnker, había caído la bomba de Hiroshima y se anunciaban los
juicios de Nüremberg. Pero Mira sólo tenía una preocupación: Teo.
Ganarse al niño, y protegerlo de todo mal; protegerlo, por ejemplo, de
la invasión rusa.
"Tenemos que irnos de aquí", le dijo a Edek. No poseían papeles; ni
siquiera un acta de nacimiento, y escapar de Polonia significaba
contradecir la voluntad del régimen soviético. Vivieron un sinfín de
peripecias, se instalaron un tiempo en Francfort, Mira quedó embarazada y
dio a luz a una niña, y Edek consiguió trabajo y en Francia desarrolló
negocios textiles.
Cada vez que Mira, para mantener viva la imagen de su hermana muerta, le
hablaba a Teo de ella, el niño sufría y cambiaba de tema. Así que Mira y
Edek evitaron el asunto. Un amigo le propuso a Edek una aventura: ser
su socio en una fábrica textil ubicada en un país ignoto. Ese país era
la Argentina.
Hubo que fraguar pasaportes para viajar a esa nación pujante que
dirigían unos militares nacionalistas. El hombre fuerte del régimen se
llamaba Juan Domingo Perón y sólo le había declarado la guerra a
Alemania cuando ésta ya se estaba desbarrancando.
Ocultaron la condición de judíos para conseguir la visa argentina. Un
judío convertido en cura católico les consiguió un certificado falso. Y
dos amigos aseguraron bajo juramento que eran marido y mujer, y que Teo y
la niña eran sus hijos. Sacar de Europa a un sobrino era otra
complicación. Teo se había adaptado completamente a ellos, funcionaba
como un hijo más, pero seguía reaccionando con llantos y mutismo cuando
Edek o Mira le hablaban de sus verdaderos padres. Entonces, ella le
dijo: "Si alguna vez querés saber quiénes fueron tus verdaderos padres y
qué les pasó, no tenés más que preguntar". Y agregó: "Si vos no me
preguntás, yo nunca más voy a hablar de esto". Ese pacto de silencio
entre los tres duró más de cincuenta años.
Llegaron a Buenos Aires en 1952 y descubrieron que era una sociedad
abierta, formada de inmigrantes, y que a nadie le preocupaba si eran
españoles, italianos o sefardíes.
Rememoraron el miedo el día en que los aviones de la Marina bombardearon
la Plaza de Mayo, pero la vida en la Argentina les resultó benigna.
Prosperaron, y mucho. Para absolutamente todos, amigos y familiares, Teo
era el hijo de Mira y Edek. Cuando el chico salió del secundario, quiso
estudiar ingeniería textil y pidió hacer la carrera en Canadá. La hizo y
volvió. Y se casó con una católica. Y aunque Mira y Edek viajaron por
negocios y placer muchas veces a Europa, nunca se atrevieron a volver a
Varsovia.
Hasta que ya ancianos, en 1987, padres e hijos compartieron esa travesía
al pasado. La ciudad estaba totalmente cambiada, pero fue un
reencuentro conmovedor. El último viaje fue en 1995, con sus nietos.
"Acá estamos, Polonia: sobrevivimos", dijo Mira. Una tarde descendieron a
las cloacas por las que habían escapado. Esas alcantarillas ya eran un
monumento a la memoria.
El gran secreto de Teo ya no era tan secreto. Los hijos y nietos lo
sabían: se lo habían comunicado unos a otros en murmullos, pero con la
prohibición total de hablar con los viejos.
A los nietos no les cerraban las historias vagas de Mira y Edek acerca
de aquellos días del Holocausto, y cada uno tenía una composición de
lugar. Pero sólo cuando Edek murió, hace cuatro años, Mira decidió
quebrantar con permiso de Teo aquel pacto.
Ahora están todos en este living, donde me ofrecen un té con dulces
manjares. Mira es una mujer de 86 años que está vestida y peinada para
la foto. Sus hijos y sus nietos la rodean e intervienen en la
conversación. Teo derrama lágrimas. Quiere que se conozca esta historia.
Asoció a un escritor profesional, que, además, es amigo de la familia,
para que escriba un libro. Le anticipo que será un libro maravilloso y
también una buena película.
Percibo que Teo quiere lo mismo que Mira: terminar de algún modo con la
clandestinidad. Son judíos que no han sido educados en el odio, pero sí
en el silencio del perseguido.
Teo me cuenta que vivió y estudió en Canadá como católico para no tener
problemas, y que sólo hace unos años, cuando se reencontró con sus
viejos compañeros y comprobó que ese país se había modernizado y vuelto
mucho más tolerante, les dijo al fin la verdad. Iba a misa y a retiros
espirituales; cumplía los ritos católicos para sobrevivir. Y tardó años
en entender que tenía derechos.
Me avergüenzan las sociedades que consienten la intolerancia. También me
impactan los héroes que han sobrevivido a la maldad absoluta. Le doy un
abrazo a Teo y beso a Mira. Le digo a ella que es un honor conocerla. Y
veo algo extraño en el fondo de sus ojos. Veo la sombra de Edek, el
hombre que la amó en el infierno, y más allá diviso la nieve, la sangre,
los gritos, las risas, las esperanzas y el muro derribado para siempre
del gueto de Varsovia.