Alejandro Parisi

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lunes, 3 de junio de 2019

viernes, 16 de noviembre de 2018

Lecturas para viajar sin salir de casa.

El verano pinta muy jodido, pero siempre está la alternativa de viajar sin salir de casa:

-El placer del viajero, de Ian McEwan, para ir a Venecia sin perderse, o perderse con estilo.

-El mundo perdido, de Sir Arthur Conan Doyle, para ir al Amazonas a buscar dinosaurios y que no contárselo a nadie.

-Las nubes, de Saer, para custodiar una caravana de locos sin contagiarse.
 

-El corazón de las tinieblas, de Conrad, para viajar por el Congo y el Támesis al mismo tiempo y ver al mejor asesino de todos los tiempos.
 

-La Odisea, de Homero, para volver a casa y arruinarle la fiesta a Penélope.

viernes, 14 de agosto de 2015

Hablar y escribir: una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

En una de las conversaciones que mantuve con un periodista en Montevideo, él me dijo que había algunas palabras en mi escritura que le hacían ruido. Pregunté cuales, y respondió: “beber, incorporarse, tomar y rostro”. Asentí, porque eran decisiones que había tomado a partir de una idea, no por casualidad.
Él insistió: “nadie habla así, la gente dice “tomar, levantarse, agarrar y cara””. Entonces pregunté: “¿en los diálogos mis personajes dicen beber en lugar de tomar?”
“No, los diálogos están bien. Lo que me molesta es el narrador hablando con un tono distinto al que se usa en la calle”, dijo.
Le conté que en Delivery respeté el lenguaje de la calle porque era pertinente para la novela. Después no, porque mis otras novelas exigían otra cosa. Además, es aburrido leer solo cómo habla la gente.
No me dijo nada, pero me quedé pensando.
¿Por qué la literatura tiene que limitarse a reproducir solo cómo habla la gente? ¿Por qué el narrador no puede hablar mejor? ¿La literatura tiene que limitarse sólo a la reproducción del lenguaje de la calle? ¿Cuál es su aporte, entonces?
En el año 2000 me parecía relevante esa discusión. Hoy creo que está pasada de moda.