Alejandro Parisi

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martes, 23 de enero de 2024

Balestra y Angelito Gómez, el futbolista atormentado.

 



Los Pájaros Negros, Ed. Sudamericana, 2021 (fragmento)

Buenos Aires. 2009.

 

Al verlo sentado en el suelo con un tobillo atado a la pata de la cama, cubriéndose el rostro con las manos manchadas de sangre y el cuerpo sacudiéndose por el llanto, nadie hubiera podido imaginar que ese pibe de dieciocho años llamado Ángel Gómez valía catorce millones de dólares libres de impuestos. 

Sin despegar la vista del pibe, Balestra contaba los minutos que faltaban para terminar su trabajo. Afuera amanecía, y la llovizna parecía flotar en el aire brumoso de abril que cubría los campos de Ezeiza. Sorbió un trago de whisky y cerró los ojos pensando en la isla, en la tranquilidad de la isla. Pronto, a más tardar a las dos de la tarde, estaría en el Tigre y todo lo que había vivido en los últimos once días sería una anécdota para contarle a Obdulio.

Eso si Gómez llegaba vivo a las ocho y cuarto de la mañana.

Más allá del hastío que le había dejado aquel trabajo sórdido de niñera muy bien paga, el detective no podía sentir más que lástima por Ángel Gómez. Su currículum era el mismo que el de casi todos los jugadores de fútbol: infancia en una villa miseria, siete hermanos menores de una madre abnegada y un padre alcohólico, violencia familiar, una habilidad innata para jugar al fútbol, fracaso escolar y luego, a los quince años, la llegada al club donde había hecho las divisiones inferiores y en el que había debutado en el asenso, apenas seis meses atrás. El éxito repentino se había traducido en la citación a la Selección Argentina Sub-20 y un contrato profesional con una altísima cláusula de venta. La repentina lluvia de popularidad y dinero habían llevado a Angelito Gómez a creerse el dueño del mundo y, sin saber conducir, a comprarse el auto importado con el que terminó atropellando a un nene que iba en bicicleta por una calle oscura de Lomas de Zamora. Se había salvado de cualquier tipo de condena gracias al estudio de abogados que había contratado su representante y a los quince mil dólares que aplacaron el dolor de la familia del nene atropellado. Sin embargo, su futuro había quedado pendiendo de un hilo. Y para evitar perder la gallina de los huevos de oro, tanto el club como su representante habían aceptado una venta precipitada a un ignoto club de Ucrania propiedad de un jeque árabe, asegurándose una montaña de plata tanto para su representante como para la familia de Gómez y el club, que gracias a esa venta podría evitar la quiebra y la clausura del estadio.

Tras confirmarse la venta Gómez había empezado a tener pesadillas de noche y alucinaciones durante el día. Al fin, el recuerdo del accidente lo había enloquecido al punto de abandonar los entrenamientos y ser apartado del plantel. Privado de su mejor jugador y goleador, el equipo había caído en desgracia acercándose a los puestos de descenso. Algo que la barra brava no podía permitir. Se lo hicieron saber con una llamada anónima: “Si te vas antes de que nos salvemos del descenso te pegamos dos tiros en la pierna y no jugás más”.

Asediado por tantos frentes externos e internos, la poca entereza que le quedaba a Ángel Gómez había terminado por convertirse en gelatina. Once días antes de su viaje, el masajista del club lo encontró colgado de una soga atada a una de las vigas del techo del vestuario. De inmediato, el representante y el presidente del club decidieron sacarlo de circulación para protegerlo de la barra y de él mismo, y ponerlo al cuidado de Balestra hasta que se subiera al avión que lo llevaría a Ucrania.

Durante los primeros días el detective había sido su sombra, acompañándolo a cada uno de los lugares a los que Angelito había querido ir para emborracharse y exorcizar sus demonios. En ese lapso, Balestra había tenido que defenderlo en tres peleas callejeras, evitar que se estrellara con el auto contra una columna de autopista y revivirlo segundos antes de que entrara en un coma alcohólico. El viernes anterior, cuando volvían de un boliche de González Catán, un grupo de barrabravas comenzó a dispararles a plena luz del día. Después de perderlos, Balestra decidió que la única posibilidad de mantener al pibe con vida hasta el día del viaje era escondiéndolo en un hotel cercano al aeropuerto.

Ahí estaba Ángel Gómez ahora, la mañana de su viaje: atado a la cama con el cinturón de Balestra, en calzoncillos, con las manos ensangrentadas porque había intentado cortarse las venas, llorando en aquella habitación en la que llevaban tres días encerrados.

Balestra tomó un trago y consultó el reloj. Las siete y quince de la mañana. En una hora, al fin, todo habría terminado.

¾    Lo sigo viendo… ahí está - gimió Gómez.

¾    ¿Qué ves? – preguntó el detective, aburrido de esa conversación que se había repetido hasta el infinito entre aquellas cuatro paredes.

¾    La cabeza explotando contra el parabrisas. Y el ruido seco.

Ahora Gómez se cubría los oídos con ambas manos.

¾    El ruido, el ruido…

Balestra se compadeció, y lo liberó de la cama desatando el cinturón.

¾    No aguanto el ruido… - gritó Gómez de pronto, poniéndose de pie y corriendo hacia la ventana.

Cuando la abrió y sacó medio cuerpo afuera con la intensión de tirarse, Balestra se hartó. No iba a permitir que Gómez se matara y le impidiera cobrar el dinero que él se había ganado. Arrojó el vaso contra el espejo del ropero, se incorporó, sacó el arma y corrió hacia la ventana. Con fuerzas, sujetó a Gómez del cuello y lo obligó a que lo mirara a los ojos. Entonces le puso el cañón del arma dentro de la boca y dijo:

¾    El pibe que atropellaste ya está muerto. Vas a cargar con su muerte hasta que te mueras vos. Pero no va a ser hoy. Hay mucha gente que depende de tu viaje. Tu familia, el club, tu representante… y yo. Casi me matan por cuidarte. Así que escuchame bien: ahora te vas a bañar. Después te vas a poner ese traje y te vas a subir al avión sin hacer un solo quilombo más, ¿me escuchaste?

Gómez sacudió la cabeza, resistiéndose. Balestra metió el cañón del arma cinco centímetros mas adentro de la boca del pibe, que comenzó a retorcerse por las arcadas.

¾    Podrías estar en la cárcel, infeliz, pero no. Tenés dieciocho años. Te vas a Ucrania a vivir como un rey, a jugar en canchas que tienen más césped que todo el que viste en tu puta vida. Con la guita que juntes, si seguís pensando en el pibe que mataste poné una fundación y ayudá a las víctimas de los accidentes de tránsito. Y si eso no te alcanza, cuando te retires te podés suicidar. Pero ahora no. Ahora te vas a bañar y te vas a portar bien porque si no te voy a cagar a tiros y no te va a reconocer ni tu vieja. ¿Me escuchaste? ¿Vas a hacer lo que yo te digo?

Ahora asintió, pálido. Cuando el detective le retiró el arma de la boca, Gómez vomitó.

¾    Usted está loco.

¾    No sabés lo loco que puedo estar – dijo Balestra, obligándolo a levantarse.

Lo condujo hasta el baño y abrió la ducha diciendo:

¾    Que no te quede sangre en ninguna parte del cuerpo. ¿Me escuchás?

¾    Sí, sí… Váyase.

¾    No, no me voy a ir. 

Gómez comenzó a bañarse con fruición, como si quisiera quitarse la piel que cubría su cuerpo atormentado. Sentado sobre la tapa del inodoro, Balestra fumaba mezclando el humo del cigarrillo con el vapor de la ducha. Cuando el pibe terminó, le alcanzó una toalla y lo acompañó de regreso a la habitación para que se vistiera con el traje que el representante le había enviado, junto con una valija de ropa y el pasaporte. Apuntándole con el arma, Balestra dijo:

¾    Ponete lindo que vas a salir en la tele.

Las ocho de la mañana. En quince minutos el auto del representante estaría en la puerta del hotel. Balestra se colocó el cinturón, se acomodó la camisa que llevaba puesta desde hacía tres días y fue al baño a lavarse la cara.

Cuando Gómez estuvo vestido, Balestra lo obligó a que se mirara en el espejo roto. Pero fue Balestra el que se sorprendió al ver su propio cuerpo. Todavía no se acostumbraba al cambio, y a veces hasta sentía nostalgia por los doce kilos que se había visto obligado a bajar hacía cinco meses. O seis. No lo recordaba, las fechas se habían mezclado durante las dos semanas que había pasado internado en terapia intensiva a causa de aquel pre infarto que lo había obligado a consumir menos grasas, a caminar dos veces al día y… y nada más. Bastante tenía con eso. Y con Gómez.

Le acomodó la corbata al pibe y le dijo:

¾    Sonreí que el Aeropuerto va a estar lleno de periodistas. Tenés que contestar dos o tres preguntas, y agradecerle sobre todo a la hinchada. Les vas a desear que puedan zafar del descenso y vas a prometer volver para retirarte en el club. ¿Está?

¾    Sí.

¾    Y ahora agarrá la valija que nos vamos.

En la recepción, Garfunkell, el representante del pibe, estaba hablando con el encargado del hotel.

¾    Dejales bastante propina que la habitación es un desastre… - dijo Balestra.

Garfunkell miró a Gómez y se sorprendió por su buen aspecto.

¾    Qué pinta, crack. ¿Listo para romperla en Europa?

Gómez se encogió de hombros sin responder, pero al ver el gesto amenazante de Balestra, asintió.

Los tres salieron a la calle bajo una fina llovizna. El BMW negro de Garfunkell estaba en la puerta. Balestra encendió un cigarrillo para despejar el cansancio que le atería el cuerpo. Mientras el chofer tomaba la valija y la metía en el baúl, Balestra le palmeó el hombro a Ángel Gómez.

¾    Saludos al jeque.

¾    Entrá que te vas a mojar, crack – le dijo Garfunkell, señalando la puerta trasera del auto.

Cuando Gómez estuvo dentro del auto y la puerta cerrada, Balestra suspiró.

¾    Listo. Ahora el pibe es problema tuyo.

¾    Gracias, Balestra – dijo Garfunkell entregándole un sobre - Los tres mil que pediste, más otros dos para que arregles los balazos que tiene el coche.

¾    ¿Vos sabés que ese pibe es una bomba de tiempo, no?

¾    Claro. Cuando él firme el contrato y yo cobre la comisión del pase, dejo de representarlo.

¾    Ah, sos un humanista.

¾    Hay que saber cuidarse, Balestra. Y va para vos también. Guardate por un tiempo. Los muchachos de la barra saben tu nombre. No creo que pase nada, pero por las dudas cuidate.

Se estrecharon la mano. Garfunkell entró al BMW y se alejó en dirección al aeropuerto de Ezeiza. ¿Qué iba a hacer ese pobre pibe, solo en Ucrania? ¿Cuánto podía tardar en suicidarse o en contar la verdad, que era lo mismo?

Caminó hasta el estacionamiento del subsuelo del hotel y contempló los agujeros de bala en el baúl de su viejo Peugeot. Se sentó al volante y arrancó. Cuando salió a la calle, las gotas de lluvia se estrellaron contra el parabrisas como cabezas de niños atropellados.


martes, 6 de diciembre de 2022

La Escuela 288, o los detectives del pasado.

 

En abril de este año me escribió Lorena Amitrano, profesora de Literatura, para contarme que había leído “Los pájaros negros” y pensaba trabajarlo con sus alumnos y alumnas de 6to año de la Escuela 288 “Antonio E. Agüero” Villa de Merlo, provincia de San Luis. Más tarde, me enteré que Natalia Iglesias, profe de Historia de la misma escuela, le contó a Lorena que iba a trabajar el tema “Migraciones” con los mismos chicos. ¿Qué hizo Lorena? Le prestó la novela a Natalia y finalmente entre las dos decidieron trabajar el libro de manera integral e interdisciplinaria entre Literatura y Historia, pero también con Turismo y Geografía.

Para quienes no leyeron la novela, “Los pájaros negros”, entre otras cosas, trata sobre un anciano que quiere reencontrarse con los dos amigos de su infancia en Mar del Plata, inmigrantes que, como él, llegaron a la Argentina desde distintos lugares de Europa escapando de distintas guerras.

Antes de “Los pájaros negros”, los chicos ya habían comenzado a indagar entre sus propias familias buscando realizar un árbol genealógico. Así, la mayoría fue enterándose que sus bisabuelos habían venido al país desde lugares lejanos, como lo habían hecho Vito, Samuel y Javier, los protagonistas de la novela.

Incluso grabaron un video caracterizados con ropas de esos tiempos en que la Argentina recibía a inmigrantes de todo el mundo. Lo musicalizaron con un el tema “Clandestino”, de Manu Chao, que es casi un himno de la inmigración y la persecución de los inmigrantes que buscan un lugar donde poder trabajar y vivir en paz.


 


Pero la cosa no terminó ahí.

Lorena les propuso a sus alumnos que además del árbol genealógico comenzaran a indagar en el pasado de sus familias, buscando anécdotas que pudieran servirles a ellos como argumento para un texto que debían escribir en el contexto de la materia que ella daba. Así, como buenos colegas de Balestra, los pibes y las pibas de 6to. año de Escuela 288 empezaron a hacer preguntas, buscando en su propio pasado y en el de sus familiares. Este ejercicio de la memoria los enfrentó con muchas historias que conocían o que sus familias habían decidido callar para evitar conflictos, tristezas. Y los pibes no se asustaron: se enfrentaron a sus propios fantasmas y encontraron historias que hablaban de exilios, persecuciones, muerte y desgracias.

Todo lo que encontraron cada uno lo utilizó para escribir un texto, con mucho esfuerzo y valentía, insisto, valentía, transformando los secretos familiares en textos conmovedores que hablan de su propia historia.

Pero la cosa tampoco terminó ahí.

Lorena y Natalia, que además de ser grandes docentes son dos mujeres tan soñadoras y valientes como sus alumnos, pergeñaron una idea maravillosa: ¿y si publicaban esos textos en forma de libro?

Me cuentan que la comunidad de Piedra Blanca Abajo colaboró con la idea, que contaron con el apoyo de los directivos de la escuela, pero sobre todo con una fuerza inmensa, una tracción que superó las limitaciones que, voluntarias o no, muchas veces deben enfrentar los y las docentes para concretar sueños como este.

Y lo cumplieron.

Hace una semana me enviaron este maravilloso libro del cual me siento parte. Si bien tuve el privilegio de escribir el prólogo, siento tanto agradecimiento que no me alcanzan las palabras. O sí: les agradezco de corazón, ya no como el autor de la novela que leyeron sus alumnas y alumnos, sino como un padre que envía a sus hijos a la escuela pública: el futuro se construye con docentes que despiertan el interés de nuestros hijos, que los forman y los acompañan, porque si bien los chicos y las chicas tienen una enorme cantidad de cosas para dar y decir, no siempre se cruzan con docentes como ustedes que les dan el espacio y las herramientas para pensar y para pensarse.


Y a los chicos y chicas, mis nuevos colegas escritores, los aplaudo como los aplaudí ayer, en el zoom que hicimos para conocernos y festejar la publicación de “Voces del ayer”, este libro maravilloso que escribieron y que acaban de publicar. Pocos pueden decir que terminaron el año tan pero tan bien como ustedes.

A todos y todas, mi cariño y mi admiración.

 


 


jueves, 22 de septiembre de 2022

Balestra y Angelito Gómez.

 




"Al verlo sentado en el suelo con un tobillo atado a la pata de la cama, cubriéndose el rostro con las manos manchadas de sangre y el cuerpo sacudiéndose por el llanto, nadie hubiera podido imaginar que ese pibe de dieciocho años llamado Ángel Gómez valía catorce millones de dólares libres de impuestos. 

Sin despegar la vista del pibe, Balestra contaba los minutos que faltaban para terminar su trabajo. Afuera amanecía, y la llovizna parecía flotar en el aire brumoso de abril que cubría los campos de Ezeiza. Sorbió un trago de whisky y cerró los ojos pensando en la isla, en la tranquilidad de la isla. Pronto, a más tardar a las dos de la tarde, estaría en el Tigre y todo lo que había vivido en los últimos once días sería una anécdota para contarle a Obdulio.

Eso si Gómez llegaba vivo a las ocho y cuarto de la mañana.

Más allá del hastío que le había dejado aquel trabajo sórdido de niñera muy bien paga, el detective no podía sentir más que lástima por Ángel Gómez. Su currículum era el mismo que el de casi todos los jugadores de fútbol: infancia en una villa miseria, siete hermanos menores de una madre abnegada y un padre alcohólico, violencia familiar, una habilidad innata para jugar al fútbol, fracaso escolar y luego, a los quince años, la llegada al club donde había hecho las divisiones inferiores y en el que había debutado en el asenso, apenas seis meses atrás. El éxito repentino se había traducido en la citación a la Selección Argentina Sub-20 y un contrato profesional con una altísima cláusula de venta. La repentina lluvia de popularidad y dinero habían llevado a Angelito Gómez a creerse el dueño del mundo y, sin saber conducir, a comprarse el auto importado con el que terminó atropellando a un nene que iba en bicicleta por una calle oscura de Lomas de Zamora. Se había salvado de cualquier tipo de condena gracias al estudio de abogados que había contratado su representante y a los quince mil dólares que aplacaron el dolor de la familia del nene atropellado. Sin embargo, su futuro había quedado pendiendo de un hilo. Y para evitar perder la gallina de los huevos de oro, tanto el club como su representante habían aceptado una venta precipitada a un ignoto club de Ucrania propiedad de un jeque árabe, asegurándose una montaña de plata tanto para su representante como para la familia de Gómez y el club, que gracias a esa venta podría evitar la quiebra y la clausura del estadio.

Tras confirmarse la venta Gómez había empezado a tener pesadillas de noche y alucinaciones durante el día. Al fin, el recuerdo del accidente lo había enloquecido al punto de abandonar los entrenamientos y ser apartado del plantel. Privado de su mejor jugador y goleador, el equipo había caído en desgracia acercándose a los puestos de descenso. Algo que la barra brava no podía permitir. Se lo hicieron saber con una llamada anónima: “Si te vas antes de que nos salvemos del descenso te pegamos dos tiros en la pierna y no jugás más”.

Asediado por tantos frentes externos e internos, la poca entereza que le quedaba a Ángel Gómez había terminado por convertirse en gelatina. Once días antes de su viaje, el masajista del club lo encontró colgado de una soga atada a una de las vigas del techo del vestuario. De inmediato, el representante y el presidente del club decidieron sacarlo de circulación para protegerlo de la barra y de él mismo, y ponerlo al cuidado de Balestra hasta que se subiera al avión que lo llevaría a Ucrania.

Durante los primeros días el detective había sido su sombra, acompañándolo a cada uno de los lugares a los que Angelito había querido ir para emborracharse y exorcizar sus demonios. En ese lapso, Balestra había tenido que defenderlo en tres peleas callejeras, evitar que se estrellara con el auto contra una columna de autopista y revivirlo segundos antes de que entrara en un coma alcohólico. El viernes anterior, cuando volvían de un boliche de González Catán, un grupo de barrabravas comenzó a dispararles a plena luz del día. Después de perderlos, Balestra decidió que la única posibilidad de mantener al pibe con vida hasta el día del viaje era escondiéndolo en un hotel cercano al aeropuerto.

Ahí estaba Ángel Gómez ahora, la mañana de su viaje: atado a la cama con el cinturón de Balestra, en calzoncillos, con las manos ensangrentadas porque había intentado cortarse las venas, llorando en aquella habitación en la que llevaban tres días encerrados.

Balestra tomó un trago y consultó el reloj. Las siete y quince de la mañana. En una hora, al fin, todo habría terminado.

¾    Lo sigo viendo… ahí está - gimió Gómez.

¾    ¿Qué ves? – preguntó el detective, aburrido de esa conversación que se había repetido hasta el infinito entre aquellas cuatro paredes.

¾    La cabeza explotando contra el parabrisas. Y el ruido seco.

Ahora Gómez se cubría los oídos con ambas manos.

¾    El ruido, el ruido…

Balestra se compadeció, y lo liberó de la cama desatando el cinturón.

¾    No aguanto el ruido… - gritó Gómez de pronto, poniéndose de pie y corriendo hacia la ventana.

Cuando la abrió y sacó medio cuerpo afuera con la intensión de tirarse, Balestra se hartó. No iba a permitir que Gómez se matara y le impidiera cobrar el dinero que él se había ganado. Arrojó el vaso contra el espejo del ropero, se incorporó, sacó el arma y corrió hacia la ventana. Con fuerzas, sujetó a Gómez del cuello y lo obligó a que lo mirara a los ojos. Entonces le puso el cañón del arma dentro de la boca y dijo:

¾    El pibe que atropellaste ya está muerto. Vas a cargar con su muerte hasta que te mueras vos. Pero no va a ser hoy. Hay mucha gente que depende de tu viaje. Tu familia, el club, tu representante… y yo. Casi me matan por cuidarte. Así que escuchame bien: ahora te vas a bañar. Después te vas a poner ese traje y te vas a subir al avión sin hacer un solo quilombo más, ¿me escuchaste?

Gómez sacudió la cabeza, resistiéndose. Balestra metió el cañón del arma cinco centímetros mas adentro de la boca del pibe, que comenzó a retorcerse por las arcadas.

¾    Podrías estar en la cárcel, infeliz, pero no. Tenés dieciocho años. Te vas a Ucrania a vivir como un rey, a jugar en canchas que tienen más césped que todo el que viste en tu puta vida. Con la guita que juntes, si seguís pensando en el pibe que mataste poné una fundación y ayudá a las víctimas de los accidentes de tránsito. Y si eso no te alcanza, cuando te retires te podés suicidar. Pero ahora no. Ahora te vas a bañar y te vas a portar bien porque si no te voy a cagar a tiros y no te va a reconocer ni tu vieja. ¿Me escuchaste? ¿Vas a hacer lo que yo te digo?

Ahora asintió, pálido. Cuando el detective le retiró el arma de la boca, Gómez vomitó.

¾    Usted está loco.

¾    No sabés lo loco que puedo estar – dijo Balestra, obligándolo a levantarse.

Lo condujo hasta el baño y abrió la ducha diciendo:

¾    Que no te quede sangre en ninguna parte del cuerpo. ¿Me escuchás?

¾    Sí, sí… Váyase.

¾    No, no me voy a ir. 

Gómez comenzó a bañarse con fruición, como si quisiera quitarse la piel que cubría su cuerpo atormentado. Sentado sobre la tapa del inodoro, Balestra fumaba mezclando el humo del cigarrillo con el vapor de la ducha. Cuando el pibe terminó, le alcanzó una toalla y lo acompañó de regreso a la habitación para que se vistiera con el traje que el representante le había enviado, junto con una valija de ropa y el pasaporte. Apuntándole con el arma, Balestra dijo:

¾    Ponete lindo que vas a salir en la tele.

Las ocho de la mañana. En quince minutos el auto del representante estaría en la puerta del hotel. Balestra se colocó el cinturón, se acomodó la camisa que llevaba puesta desde hacía tres días y fue al baño a lavarse la cara.

Cuando Gómez estuvo vestido, Balestra lo obligó a que se mirara en el espejo roto. Pero fue Balestra el que se sorprendió al ver su propio cuerpo. Todavía no se acostumbraba al cambio, y a veces hasta sentía nostalgia por los doce kilos que se había visto obligado a bajar hacía cinco meses. O seis. No lo recordaba, las fechas se habían mezclado durante las dos semanas que había pasado internado en terapia intensiva a causa de aquel pre infarto que lo había obligado a consumir menos grasas, a caminar dos veces al día y… y nada más. Bastante tenía con eso. Y con Gómez.

Le acomodó la corbata al pibe y le dijo:

¾    Sonreí que el Aeropuerto va a estar lleno de periodistas. Tenés que contestar dos o tres preguntas, y agradecerle sobre todo a la hinchada. Les vas a desear que puedan zafar del descenso y vas a prometer volver para retirarte en el club. ¿Está?

¾    Sí.

¾    Y ahora agarrá la valija que nos vamos.

En la recepción, Garfunkell, el representante del pibe, estaba hablando con el encargado del hotel.

¾    Dejales bastante propina que la habitación es un desastre… - dijo Balestra.

Garfunkell miró a Gómez y se sorprendió por su buen aspecto.

¾    Qué pinta, crack. ¿Listo para romperla en Europa?

Gómez se encogió de hombros sin responder, pero al ver el gesto amenazante de Balestra, asintió.

Los tres salieron a la calle bajo una fina llovizna. El BMW negro de Garfunkell estaba en la puerta. Balestra encendió un cigarrillo para despejar el cansancio que le atería el cuerpo. Mientras el chofer tomaba la valija y la metía en el baúl, Balestra le palmeó el hombro a Ángel Gómez.

¾    Saludos al jeque.

¾    Entrá que te vas a mojar, crack – le dijo Garfunkell, señalando la puerta trasera del auto.

Cuando Gómez estuvo dentro del auto y la puerta cerrada, Balestra suspiró.

¾    Listo. Ahora el pibe es problema tuyo.

¾    Gracias, Balestra – dijo Garfunkell entregándole un sobre - Los tres mil que pediste, más otros dos para que arregles los balazos que tiene el coche.

¾    ¿Vos sabés que ese pibe es una bomba de tiempo, no?

¾    Claro. Cuando él firme el contrato y yo cobre la comisión del pase, dejo de representarlo.

¾    Ah, sos un humanista.

¾    Hay que saber cuidarse, Balestra. Y va para vos también. Guardate por un tiempo. Los muchachos de la barra saben tu nombre. No creo que pase nada, pero por las dudas cuidate.

Se estrecharon la mano. Garfunkell entró al BMW y se alejó en dirección al aeropuerto de Ezeiza. ¿Qué iba a hacer ese pobre pibe, solo en Ucrania? ¿Cuánto podía tardar en suicidarse o en contar la verdad, que era lo mismo?

Caminó hasta el estacionamiento del subsuelo del hotel y contempló los agujeros de bala en el baúl de su viejo Peugeot. Se sentó al volante y arrancó. Cuando salió a la calle, las gotas de lluvia se estrellaron contra el parabrisas como cabezas de niños atropellados.

 

Al bajarse del auto en el barrio de Congreso sintió que el alma le volvía a los tobillos. Para que le volviera al cuerpo entero primero debía llegar a la isla. “Pronto”, se prometió Balestra, frente a aquel valle de cemento que era la avenida Entre Ríos, rodeada por laderas de hormigón repletas de departamentos de oficinas y viviendas y atravesada por decenas de autos y colectivos ruidosos, un paisaje agrio que siempre lo reconfortaba. Entonces volvió a sentirse como lo que era: un hombre de medio siglo que vivía de los secretos, errores y pecados ajenos, con antecedentes cardíacos y varias visitas y llamados pendientes.

Entre la humedad del aire que se mezclaba con la llovizna, se echó a andar por el barrio. La primera escala fue a una cuadra del Congreso. El bar del Polaco estaba repleto de asesores de diputados y senadores, periodistas en tiempo muerto, administrativos almorzando hamburguesas grasosas, macrobióticos cuarentones frente a ensaladas escuálidas y peatones que le escapaban a la llovizna que caía sobre esa ciudad marchita que comenzaba a recibir el otoño.

¾    ¿Se fue? – preguntó el Polaco.

¾    Sí.

¾    ¿Vivo?

¾    Por ahora, sí.

¾    Felicidades. Nuestra selección necesita hombres probos como Angelito Gómez – dijo con seriedad el Polaco, tan uruguayo como el propio Balestra.  

¾    Servime un café doble.

Lo bebió de pie en la barra, mirando la colección de adornos horribles que el Polaco tenía exhibidos en una repisa.

¾    Mucha gente. Venite a la tarde y tomamos algo más tranquilos – dijo el Polaco, después de que Balestra pagara su café.

¾    No. Hoy me voy al Tigre. 

¾    Pará. Tengo un regalo – dijo el Polaco y, con movimientos calculados de desactivador de bombas nucleares, abrió la heladera ubicada debajo del mostrador para anunciar: - Sonia hizo gulash hace unos días y frizó una parte para vos.

Balestra se emocionó al ver el tupper cargado con esa carne mechada que tan bien cocinaba la mujer del Polaco, hija de polacos católicos, no como su marido, descendiente de judíos. Un matrimonio mixto que si bien en otro tiempo les hubiera valido una condena a muerte ahora podía permitirse la convivencia y la degustación alternada de knishes y gulash sin temor a indigestarse o a recibir un castigo divino. Se despidió de su amigo y volvió a la llovizna de la calle.

Eran las once y media de la mañana y Balestra entró en un dilema: ir a darse una ducha o dedicarse a comprar los víveres que se llevaría al Tigre."


Los Pájaros Negros, Sudamericana, 2021.


martes, 14 de septiembre de 2021

El vuelo errado de Balestra.

 




"Con los ojos cerrados y las manos clavadas en el apoyabrazos de la butaca, Balestra contenía el aliento. En sus años de alumno del Colegio Maristas de Durazno había estudiado física, e incluso había sacado buenas calificaciones. Pero ahora desconfiaba de las leyes que mantenían aquel avión en el aire, próximo a aterrizar en el Aeroparque de Buenos Aires. 

Había pasado la primera media hora del vuelo ordenando cada uno de los hechos que había vivido en la última semana, integrando un contingente alucinado de veinte personas que deseaban vivir “una experiencia sobrenatural e irrepetible” en las sierras cordobesas, como decía el folleto que aún conservaba en el bolsillo interior del saco. En la segunda media hora había escrito los puntos más importantes del informe que debía entregarle a Damián Blatt, su cliente, para cobrar el resto del trabajo. Pero después, ya sin excusas o entretenimientos, cuando faltaban veinte minutos para llegar a destino, su mente y su cuerpo se habían entregado por completo a la angustia del aterrizaje y, si el mal clima anunciado por el piloto continuaba, a la posibilidad de que el avión fuera atacado por un rayo o cayera en picada confundido por las nubes.

Por eso ahora, con los ojos cerrados y las manos como garras clavadas en la butaca, se prometía dejar de fumar, de beber, de mirar televisión, de coger, dejaría de hacer todo lo que fuera placentero en la vida si salía ileso de ese vuelo. Es más, si lograba sobrevivir se convertiría en uno de esos piadosos que se encerraban en un establo con la Biblia, la Torá o el Corán y pasaban su vida leyendo y orando con votos de silencio, humildad y abstinencia generalizada. Pero para eso primero debía salvarse. 

Al descubrir el Río de la Plata en la ventanilla, acechando la escueta pista de aterrizaje del Aeroparque, Balestra se maldijo por haber abierto los ojos. Volvió a cerrarlos cuando el avión completó el giro y se dispuso a lanzarse sobre la pista o el río, según la puntería de los pilotos. “Va a aterrizar perfecto, no me va a pasar nada y voy a encerrarme en el Tigre a leer libros religiosos para escribir libros de autoayuda”, se prometió Balestra, y subrayó mentalmente: “Sin fumar, beber, comer ni coger, tan sólo viendo morir los jazmines”.

Cuando las ruedas tocaron el piso y el avión sufrió un leve sacudón, Balestra soltó el aire con tanta violencia que le provocó un ataque de tos. Poco a poco el avión fue perdiendo velocidad con un sonido atronador, hasta que al fin se detuvo. Los demás pasajeros comenzaron a aplaudir: un ritual que evidenciaba el temor oculto a convertirse en mierda de paloma estrellada contra el piso.

Las luces de aviso se apagaron y Balestra se quitó el cinturón de seguridad. A su alrededor todos manipulaban sus teléfonos celulares. A los codazos, cagándose en todas normas de convivencia y tolerancia social, logró incorporarse, salir al pasillo, tomar su pequeña valija de mano y alcanzar la puerta delantera del avión justo cuando esta se abría.

¾    - Espero que haya disfrutado el viaje – dijo la azafata con tono alegre.

¾    - Sádica – fue la única respuesta de Balestra.

Bajó por la escalera hacia la pista mojada por la lluvia. Respiró hondo y encendió un cigarrillo. Ya tendría tiempo para convertirse en monje en otra vida.

Uno de los empleados de pista, protegido con auriculares y casco, le gritó que no podía fumar ahí y Balestra, recargado de energía gracias a aquellas dos pitadas subversivas, arrojó el cigarro y se encaminó hacia la salida.

Tomó un taxi en la puerta del Aeroparque y le indicó la dirección donde debía ir. Superadas sus promesas de dejar todo, ahora, mientras Buenos Aires pasaba por las ventanillas, hizo un listado mental de todo lo que se llevaría al Tigre, luego de darle el informe final a Blatt y al fin pudiera subirse a su lancha para internarse en aquellos canales que no eran tierra firme, pero que junto con las islas del Delta componían toda la firmeza que él necesitaba.

El taxi lo dejó en la calle Roseti, en el barrio de Chacarita, justo delante de la enorme productora de Blatt. Cargando la valija, se detuvo justo antes de tocar el portero eléctrico. Necesitaba serenarse. Nunca era bueno dar un informe estando apurado o fastidioso. Se ubicó bajo el alero de la puerta, a salvo de la llovizna. Eran las nueve y veintitrés de la mañana.

Dos cigarrillos más tarde, tocó timbre.

 

Al entrar lo recibió la sonrisa de una recepcionista demasiado joven ubicada detrás de un mostrador de diseño. Balestra contuvo sus ganas de quitarse los zapatos, sentarse en los sillones mullidos y dejar que la goma espuma tapizada absorbiera sus huesos cansados.

¾    Vengo a ver al señor Blatt.

¾    Buenos días. ¿Su nombre?

¾    Balestra.

¾    Espere un segundo.

El detective se volvió para contemplar aquella planta baja decorada con gigantografías de los personajes ácidos e irreverentes que Blatt había creado con un talento indiscutible. Bien a la vista de todos los visitantes, una cristalera exhibía los premios de cine y televisión de las distintas producciones interpretadas por esos muñecos animados que, a escala, también en la cristalera, sugerían la enorme cantidad de dinero que Blatt debía haber ganado con la comercialización del merchandising de sus creaciones.

Al otro lado de un cristal alto hasta el techo, dos muchachos fumaban de pie en un patio en el que se alzaban dos bancos de plaza sobre un rectángulo cubierto piedras y macetas con cañas barnizadas y gruesas: un jardín seco, moderno y carente de vida. Más allá de aquella pecera para fumadores de tabaco armado, vio filas y filas de escritorios con computadoras de grandes monitores conectadas a dibujantes, diseñadores y guionistas tan jóvenes que Balestra se sintió aún más viejo. 

¾    Ya puede subir.

Se alejó rápido de aquella juventud digitalizada y alcanzó el ascensor, ubicado junto a distintas puertas con carteles de neón que anunciaban los distintos sets de grabación, islas de edición y dos baños.

En el espejo vio su cuerpo delgado. Todavía no se acostumbraba al cambio, y a veces hasta sentía nostalgia por los doce kilos que se había visto obligado a bajar hacía cinco meses. O seis. No lo recordaba, las fechas se habían mezclado durante las dos semanas que había pasado internado en terapia intensiva a causa de aquel pre infarto que lo había obligado a consumir menos grasas, a caminar dos veces al día y… y nada más. Bastante tenía con eso.

Cuando las puertas automáticas se abrieron, el secretario de Blatt lo recibió con una sonrisa, conectado a cables que le salían de los oídos y se perdían por detrás de su cuerpo delgado. Mientras conversaba con otra persona o algún ser  imaginario, le indicó que podía entrar a la oficina.

Las dos veces que se habían visto, Balestra había reparado en que Blatt se vestía con la impunidad del talento: esta vez llevaba una remera negra estampada con el afiche de una película de terror, pantalones rojos y zapatillas verdes. Lo esperaba de pie apoyado contra el escritorio. En la pared del fondo, un poster de su primer éxito: una película animada coproducida entre Argentina, Francia y Estados Unidos. Era el único poster que había en toda la oficina y mostraba a Wilson, su protagonista, una mezcla mutante de conejo y galgo y pato de felpa, sonriendo con amargura aferrado a los barrotes de una celda carcelaria con forma de corazón.

Blatt le estrechó la mano mostrando el semblante serio que el detective esperaba.

¾    Va a tener que explicarme un par de cosas, Balestra.

¾    Son las nueve de la mañana. Casi me estrello con el avión… si me sirve algo, le cuento todo lo que quiera.

¾    ¿Tostadas, café?

¾    Me hace mal en ayunas. Mejor póngame un poco de eso – Balestra señaló el mini bar que había sobre una mesa oscura, junto a un viejo proyector cinematográfico restaurado y exhibido.

Blatt sirvió una generosa medida de Jonnhie Walker Blue Label y luego se sentaron. Balestra se llevó el vaso a la boca. Estaba a punto de bebérselo de un trago cuando el maldito Wilson se transfiguró en su médico de cabecera y desde detrás de los barrotes lo instó a cuidar su cuerpo malogrado. Entonces no pudo más que resoplar, cerrar las alas de cóndor sediento y beber un trago corto de colibrí. Apoyando el vaso, preguntó:

¾    ¿Su hijo está bien?

¾    Asustado y arrepentido, pero bien.

¾    Me alegro.

¾    Cuando lo contraté no esperaba tener que alquilar un avión privado y viajar de urgencia a Córdoba para sacar mi hijo de la cárcel – dijo Blatt a modo de reproche.

Balestra no se hizo cargo de sus palabras, o al menos las tomó como un efecto secundario de la noche del sábado. Sacó el papel que había escrito durante el vuelo, lo repasó y, tras beber otro pequeño sorbo de whisky, comenzó a hablar como si más que un detective fuera uno de los guionistas de la productora:

¾    La Sociedad Científica Interplanetaria tiene sedes en varios países del mundo. Basan todos sus postulados en desconfiar de la capacidad humana. Para ellos, es imposible que los humanos hayamos pasado miles de años dibujando las paredes de las cavernas y que después, cuando terminó la última glaciación, hayamos formado civilizaciones capaces de pensar por sí mismas, sembrar, cosechar, domesticar animales y construir pirámides y monumentos. Para ellos, todo lo que se construyó antes de la edad media lo hicieron los extraterrestres. Parece estúpido, pero es un negocio redondo. Durante todo el año los clientes… no, los Amigos Estelares, como llaman a los que aportan dinero, reciben información variada de hechos incomprobables e imágenes adulteradas que sirven de base para teorías conspiratorias sobre imágenes de extraterrestres escondidas en pinturas rupestres, esculturas mexicanas y grabados sumerios, supuestamente confirmadas por textos antiguos y avistamientos de ovnis en Alabama, Cuzco y Capilla del Monte…

¾    Hasta ahí, todo inofensivo – dijo Blatt.

¾    El tema es que desde hace un par de años esta gente comenzó a agitar a sus clientes para que donaran plata, mucha plata, y poder construir entre todos un observatorio alienígena allá, en Córdoba.

Blatt rió soltando el aire por la nariz. Y dijo con melancolía:

¾    Y pensar que en mi época nos íbamos a las sierras a drogarnos y armar bandas de rock... – y agregó: - Entonces la plata era para eso.

¾    Sí, los quince mil dólares que su hijo le robó fueron a parar a ese lugar. Este año, los aportantes fueron invitados, previo pago de otros cinco mil dólares, a estrenar el observatorio y avistar platos voladores. Ahí fue su hijo, junto con los demás Amigos Estelares. Gente distinta, eh. Desde nerds quinceañeros como su hijo hasta un cantante de rock convertido en ex drogadicto, ex violador y ex cantante de rock. Se alojaron en unas cabañas, se pasaron nueve días viendo documentales, escuchando conferencias por internet, y el día nueve los fue a ver un chino que habló durante una hora sobre no sé qué. Me hubiera gustado hablar chino mandarín para saber si el que traducía estaba realmente traduciendo o inventaba lo que decía. La noche del sábado subieron a la montaña a avistar ovnis. Yo fui con ellos. Me había comido nueve días escuchando estupideces y no pensaba perderme el final.

¾    Mi hijo dijo que hubo un tiroteo y que por eso los detuvieron a todos. ¿Fue usted?

¾    Mire, le voy a ser franco. Detesto más a la gente pelotuda como su hijo que a los chantas. Pero tengo mis límites. El sábado los organizadores les dieron de tomar un té a todos los que integraban el contingente. Dijeron que era lo mismo que tomaban los antiguos chamanes para conectarse con nuestros ancestros extraterrestres. Cuando llegaron arriba de la montaña se hizo evidente que los habían drogado con algo, LSD, hongos, aceite de cannabis, no sé, algún alucinógeno les dieron seguro. Cuestión que en ese momento apareció una luz potente en el cielo, soltando refucilos verdes y rojos, como de láser. Su hijo y los demás comenzaron a sacarse la ropa, a gritar, a bailar, desbordados por la droga y por la emoción que les despertaba la luz, que además emitía unos sonidos metálicos muy potentes. Me entró la duda, así que saqué el arma y disparé al cielo. Con apenas tres tiros bajé el ovni, que no era un ovni sino un dron, uno de esos aparatos nuevos con hélices y motor, pero adaptado con lásers y parlantes. Fin del cuento. A su hijo lo estafaron. Pero puede quedarse tranquilo que no usó la plata para pagar deudas de juego, ni drogas ni armas para hacer la revolución.

Blatt soltó una breve carcajada, que debió interrumpir al sentirse arrepentido.

¾    Pobre Tomy. Qué desilusión. Se pasó tantos años leyendo y mirando cosas sobre este tema…  

¾    No es tan terrible. Usted no sabe las crueldades que hacen algunos adolescentes de hoy para divertirse. 

¾    ¿Y la policía? ¿Por qué lo metieron preso?

¾    Porque cuando los policías subieron a ver de dónde venían los tiros, se encontraron a toda esa gente desnuda y drogada y pensaron que era una orgía. Para entonces los organizadores del tour intergaláctico ya estaban en Hurlingam o Saturno.

Durante el relato de Balestra, Blatt había pasado del enojo a la decepción hasta alcanzar esa sonrisa idiota que ahora se le dibujaba en la boca. Sacudiendo la cabeza, abrió un cajón y retiró un sobre.

¾    Gracias, Balestra. Aunque todo podría haber terminado de otra manera, ¿no cree? Cuando se dio cuenta de que era una estafa podría haberle dicho algo a Tomy y traérselo con usted.

¾    Yo no soy niñera de nadie. Pero soy un pedagogo: ¿o me va a decir que a Tomy no le hizo bien ver caer el ovni y terminar en cana?

Blatt asintió y volvió a sonreír con vergüenza.

¾    Es mi único hijo. Le di todo… algo hice mal.

¾    Demasiado.

¾    Tiene razón – aceptó Blatt. - Después de muchos años ayer al fin tuvimos una charla sincera. “Pa, te robé plata. Perdoname. Quiero hacer algo con mi vida”, dijo.  

¾    Con la imaginación que tiene, quizá podría trabajar acá con usted. Mire si se está perdiendo un buen guionista...

¾    Ya lo pensé. Y él también. Va a terminar el secundario de noche y va a empezar a trabajar acá… – sonrió Blatt.

¾    Brindo por este final feliz – dijo Balestra, terminándose el whisky. - Si hace una película con esto, acuérdese de mí.

¾    Va a estar en los agradecimientos, se lo prometo – dijo Blatt tendiéndole el sobre.

¾    Falta algo más – dijo el detective, señalando el mueble del minibar: - Me vendría bien una de esas botellas.

¾    Con lo que le acabo de pagar puede comprarse varias cajas.

El detective hizo un gesto para mostrarse ofendido en sus sentimientos.

¾    Es que a mí me gustan los regalos."