Alejandro Parisi

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viernes, 2 de diciembre de 2022

Lecturas Escritas: Para que sepan que vinimos.

 



Pensar que estuve a punto de abandonar esta novela en la pag. 50, me hubiera perdido un montón de cosas. Pero no la dejé por consejo de Ana, que insistió con que siguiera. Y seguí. No solo por la recomendación de Ana, sino porque desde la primera frase toda la novela está escrita de manera perfecta. Cada palabra, cada descripción, cada metáfora. Nunca había leído nada de la autora, y la vedad es que su escritura es para aplaudir. La disfruté mucho, me entretuvo, me mantuvo en vilo.

Si bien el tema de “los padres” no sea algo que me guste leer (me aburre esa cuestión adolescente de echarle la culpa a los padres), “Para que sepan que vinimos” tiene un manejo del duelo muy complejo: empieza como una ausencia y termina con una presencia que aterra a la protagonista (y a los lectores). Muta de género, parece una novela de clase media psicoanalizada y se va desenvolviendo para mostrar el horror. Me encantó eso, y entré como un caballo. Impecable.

Como crítica, creo que es una novela que tarda mucho en empezar y termina de manera abrupta. De las primeras 100 páginas, me parece que con la mitad bastaba para crear el clima denso que exige la trama, y hubiera estirado un poco más el final, hubiera dado mas detalles. Ahora bien, ¿a quién le importa mi opinión? A nadie. Pero bueno, los lectores no podemos callarnos. Y cuando hablamos después de una lectura, es porque nos movió algo. Y esta novela te mueve un montón de cosas. Pulcra, oscura, de una escritura admirable.

La recomiendo.


viernes, 3 de diciembre de 2021

Lecturas escritas: Montalbano se rebela.



Este libro de breves relatos de Andrea Camilleri pertenece a la saga del Comisario Montalbano, y sus argumentos sirvieron para varios de los capítulos de la serie que pueden ver en el canal Europa Europa. Después de Pepe Carvalho y antes que Mario Conde, Montalbano integra la santa trinidad de protagonistas de novela negra "latinas". Más allá, en los fríos de Ystad, está el magnánimo Wallander, que por formas, estilos y género, vive en la excelencia narrativa de la austeridad escandinava, muy distinta a las risas y atracones de Pepe, el Salvo y el Conde.

Leyendo estos textos, me encontré con el relato "Montalbano se rebela", que contrasta mucho con los argumentos pasionales que se tejen en la saga. Al final Camilleri se ve obligado a explicar por qué, y esa explicación resulta maravillosa, una burla para los detractores y una larga carcajada para los lectores que tantos queremos a Montalbano. 

Los dejo con Salvo.


MONTALBANO SE REBELA

(fragmento)


"(...) El comisario salió de la casa, pero antes de alcanzar el coche se vio obligado a detenerse para vomitar, procurando que no le oyeran mientras los esfuerzos que hacía por reprimir las arcadas le provocaban dolorosos retorcijones en el vientre. Al llegar al coche, abrió el maletero, sacó el bidón de gasolina que siempre llevaba, regresó a la casa y vació el bidón justo delante de la puerta. Estaba seguro de que los dos asesinos no percibirían el olor de la gasolina, enmascarado por los olores mucho mas intensos de un par de ojos fritos y de una pantorrilla hervida o en salsa, vete tú a saber. Su plan era muy sencillo; prender fuego a la gasolina y obligar a los asesinos a arrojarse por la ventana de la cocina de la parte de atrás. Allí los estaría esperando él.

Regresó al automóvil, abrió la guantera, sacó la pistola y quitó el seguro. Y aquí se paró.

Devolvió la pistola a la guantera, introdujo una mano en el bolsillo y sacó el billetero: sí, tenía una tarjeta telefónica. Por el camino había visto una cabina a unos cien metros de distancia. Dejó el coche donde estaba y se dirigió a pie a la cabina tras encender un cigarrillo. Milagrosamente, el teléfono funcionaba. Insertó la tarjeta y marcó un número.

El septuagenario que, en la noche romana, estaba escribiendo a máquina se levantó de golpe y fue a coger el teléfono, preocupado. ¿Quién podría ser a aquella hora?

¾     ¿Diga? ¿Quién habla?

¾     Soy Montalbano. ¿Qué estás haciendo?

¾     ¿No sabes qué estoy haciendo? Escribo el relato del cual tú eres protagonista. He llegado al momento en que tú estás dentro del coche y le quitas el seguro a la pistola. ¿De dónde me llamas?

¾     Desde una cabina.

¾     ¿Y cómo has llegado hasta ella?

¾     Eso a ti no te importa.

¾     ¿Por qué me llamas?

¾     Porque no me gusta este relato. No quiero entrar en él, no va conmigo. Y, además, la historia de los ojos fritos y de la pantorrilla guisada es absolutamente ridícula, una auténtica gilipollez, y perdona que te lo diga.

¾     Salvo, estoy de acuerdo contigo.

¾     Pues entonces, ¿por qué lo escribes?

¾     Hijo mío, trata de comprenderme. Algunos dicen que soy eso que se llama un “buenista”, uno que se dedica a contar historias almibaradas y tranquilizadoras; otros dicen, en cambio, que el éxito que he alcanzado gracias a ti no me ha sentado muy bien, que me repito demasiado, con la mirada puesta tan sólo en los derechos de autor… Afirman que soy un escritor fácil, aunque después se maten tratando de entender cómo escribo. Estoy intentando ponerme al día, Salvo. Un poquito de sangre sobre el papel no le hace daño a nadie. ¿Qué quieres, perderte en disquisiciones? Y, además, te pregunto a ti, que eres un sibarita: ¿has probado alguna vez un par de ojos humanos fritos, quizá con un poco de cebolla?

¾     No te hagas el gracioso. Óyeme bien, te voy a decir una cosa que jamás repetiré. Para mí, Salvo Montalbano, un relato de esta clase es inadmisible. Eres muy dueño de escribir otros del mismo estilo, pero, en tal caso, tendrás que inventarte otro protagonista. ¿Está claro?

¾     Clarísimo. Pero, entre tanto, ¿cómo termino esta historia?

¾     Así – contestó el comisario.

 Y Y colgó." 


Aplausos.

viernes, 15 de enero de 2021

Lecturas escritas: El planeta de los simios.

 

La literatura está sobrevaluada. Pero más sobrevaluados estamos los autores. Todo está inventado, incluso el ego de priorizar cambiar eso que ya existe por sobre lo que se escribe. Salvo algunos pocos casos, somos simios repitiendo y juntando argumentos y palabras. Incluso los que cabalgan en pony.

Pero leamos a Pierre Boulle, que lo explica mejor que nadie en El planeta de los simios.

 

 


 

“Reconozcamos qué son, ante todo, las artes y, en primer plano, la literatura. ¿Es que ella está fuera de alcance de nuestros grandes simios superiores, si reconocemos que son capaces de juntar palabras? ¿De qué está hecha nuestra literatura? ¿De obras maestras? Una vez más, no. Pero una vez que se escribe un libro original – no hay más de uno o dos por siglo -, los hombres de letras lo imitan, es decir, lo copian de manera tal que se publican cientos de miles de obras que tratan exactamente las mismas materias, con títulos un poco distintos y combinaciones de frases modificadas. Esto los simios, imitadores por esencia, deben de ser capaces de realizarlo, siempre que puedan utilizar el lenguaje.

En resumen, es el lenguaje lo que constituye la única objeción válida. Pero ¡cuidado! No es indispensable que los simios comprendan lo que copian para componer cien mil volúmenes a partir de uno solo. Es evidente que no les es más necesario que a nosotros. Como a nosotros, les basta con poder repetir frases después de haberlas oído. Todo lo demás del proceso literario es puramente mecánico. Es aquí donde la opinión de algunos sabios biólogos adquiere todo su valor: no existe nada en la anatomía del simio, sostienen, que se oponga al uso de la palabra; nada, sino la voluntad. Se puede concebir muy bien que la voluntad les haya llegado un día, después de una mutación brusca.

La perpetuación de una literatura como la nuestra por simios parlantes no choca, por lo tanto, de ningún modo con el raciocinio. Por consiguiente, tal vez, algunos simios de letras se elevaran un grado en la escala intelectual. Como lo dice mi sabio amigo Cornelius, el espíritu se encarna en el gesto – aquí, en el mecanismo de la palabra -, y algunas ideas originales pudieron aparecer en el nuevo mundo simio, al ritmo de una por siglo; como en la Tierra.”

martes, 27 de octubre de 2020

Lecturas escritas I: Patroclo, mi abuelo.






Hace más de diez años leí el original de la Ilíada de Homero. Original es una palabra demasiado pretenciosa, vaya uno a saber cuántas cosas se perdieron desde aquel primer relato oral que los griegos repetían en las plazas, y de los idiomas y las miradas de tantos y tantos traductores a través de los siglos.
La semana pasada terminé de leer la reescritura que Alessandro Baricco hizo de ese texto. Los puristas quizá se quejen de que Baricco la bastardeó al pasarla a prosa, pero a mí gustó. Le dio una velocidad que, como lector, se agradece. 

Más allá de toda la belleza narrativa que muestra el texto, tanto en el original como esta reescritura, me resultó curioso cómo se individualiza a los guerreros. Se dicen sus nombres, sus orígenes, sus logros, sus apariencias físicas, sus mezquindades y grandezas. También me asombró la sinceridad del relato: los aqueos van a Troya para saquearla, recuperar a la mujer raptada por Paris y matar a cada uno de los troyanos sin ningún discurso que intente solapar su verdadero objetivo: destruir Troya. Sin embargo, justamente esa destrucción terminaría haciéndola eterna.

Pero sin dudas lo que más me emocionó fue la escena en que Aquiles, tan lejos de su hogar, llora desgarradoramente sobre el cadáver de Patroclo, su amigo, su hermano, su amante.
Me hizo recordar una escena que viví hace casi 20 años en el velorio de mi abuelo Mariano.
Mi abuelo era siciliano.

Eneas, el héroe troyano, también pasó por Sicilia en su escape a la región del Lazio, donde, dicen, dio origen a la estirpe que terminaría fundando Roma.

Güerino, el amigo de mi abuelo, era romano. Nunca supe cómo se escribía su nombre, pero su fonética es inolvidable. Güerino. Tenía una parra con las uvas blancas más dulces de toda Villa Insuperable. Como mi abuelo, él también había estado en la guerra. Pasó dos años preso en África hasta que cayó Mussolini. 

Los recuerdo a los dos, a Güerino y a mi abuelo Mariano, con la cabeza cubierta por una gorra, fumando en la esquina, invocando recuerdos, esperando que Italia les enviara la jubilación y la pensión que les correspondía como ex combatientes. Eran apenas eso: dos viejos italianos en una esquina de Villa Insuperable, pequeño reducto de la Italia bonaerense.

Se saludaban con gestos, nunca se tocaban. Los hombres no necesitan tocarse para demostrar afecto.
Tenían la misma edad, pero mi abuelo murió primero. Lo velamos en un sepelio de Avenida San Martín, por donde habían pasado todos los muertos del barrio y de mi familia. El desfile de parientes y vecinos duró todo el día. 

A la mañana siguiente, poco antes de que se llevaran el cajón, Güerino entró arrastrando los pies, sin saludar a nadie, sin decir nada.Se detuvo ante el cajón. Primero se quitó la gorra. Después abrazó a mi abuelo y se largó a llorar como un chico. Al despegarse de él, lo miró, algo enojado.

“Me dejaste solo, Mariano. ¿Y ahora qué hago?”, dijo Güerino.

Y se fue.

Ni mi abuelo era Patroclo ni Güerino Aquiles. Pero nunca me voy a olvidar que ese viejo lloró desgarradoramente sobre el cadaver de su amigo.

Septiembre, 2014.
Lectura: Homero, Ilíada. (Alessandro Baricco. 2004)

martes, 16 de junio de 2020

El Padrino, Giuliano y el recuerdo de Ítaca.




Anoche volví a ver por enésima vez El Padrino I, quizá la mejor película de todos los tiempos. No vale la pena citar el argumento porque es tan conocido como cualquier historia de la Biblia occidental. Al margen de eso, volví a sorprenderme con la calidad fílmica de Coppola: los planos abiertos como postales, la actuación excelente de cada uno de los actores y actrices que aparecen en escena y esa manera minimalista de narrar. Escenas cortas y contundentes como puñaladas.

Como siempre que la veo, vuelvo a mis abuelos sicilianos. Será por la música omnipresente, como la comida, la risa alta, la burla constante por cualquier defecto o debilidad ajena, y un detalle que las otras veces había pasado por alto. En la escena que muere Don Corleone (bellísima por la locación pero también por el contraste entre lo que está haciendo ese abuelo antes de morir) me acordé que de chico, en la mesa, después de comer, yo también agarraba la cáscara de un cuarto de naranja y, haciéndole un corte horizontal y pequeños cortes verticales para simular dientes, me la ponía en la boca como si fuera una dentadura postiza y sacaba la lengua para asustar al que estuviera desprevenido.

Más allá del talento de Coppola, detrás de todo eso está el gran Mario Puzo, que además de escribir la novela en la que está basada la película fue responsable del guión. Un autor bastardeado porque era demasiado popular como para que la crítica lo tomara en serio. “El último Don”, “Omertá”, “La arena sucia”, “Siete tumbas en Múnich” y “El Padrino” son libros que vale la pena leer.  

Sin embargo, para mí la obra maestra de Puzo es “El Siciliano”, una novela basada en la vida de Salvatore Giuliano, héroe nacional de la isla. Un campesino que se opone a la opresión del gobierno y la mafia siciliana de la posguerra y termina convirtiéndose en una especie de Espartaco que, dos mil años después que el original, logra que el sur se rebele ante Roma. Un libro hermoso, mezcla de documento histórico, tragedia, novela de acción y un canto al honor de los desposeídos. Una vez mi abuela Francisca me contó que su marido, mi abuelo Mariano, conocía bastante a Giuliano. Nunca busqué confirmar o refutar ese dato: me bastó con saberlo para convencerme de que fue así. Quizá las leyendas consistan en eso. Datos remotos que se convierten en bronce.

En El Padrino, Michael Corleone debe exiliarse durante un año en Sicilia. Y la novela “El Siciliano” arranca con Michael Corleone mirando partir un buque en el puerto de Palermo, ansioso por regresar a América. Pero no puede marcharse porque su padre le puso una condición: sacar de Sicilia a Salvatore Giuliano para salvarle la vida.

Después, la novela cuenta de manera hermosa el nacimiento, auge y caída de ese héroe campesino contestatario, idealista, devorado por su orgullo y por las presiones políticas de “la nueva Italia” impuesta por la democracia cristiana, la iglesia, la mafia y los americanos.

En “El Siciliano” está todo el espíritu que sobrevuela a los Corleone, contado con detalle, como una Biblia que da sentido a esa película que volví a ver. Siempre vamos a extrañar a Don Vito, a Michael pero también a Giuliano y a esos abuelos que recorrían la isla buscando salir de la pobreza y la explotación.

lunes, 2 de marzo de 2020

Lecturas escritas: cuando las arenas movedizas se tragaron mis raíces.


Hace diez días internaron a mi abuela en un hospital que queda a más de una hora de colectivo de mi casa. Acababa de terminar de leer una gran novela, tenía un viaje largo y largas horas al lado de su cama, viendo cómo las raíces de mi familia se iban cortando poco a poco, a medida que mi abuela se apagaba.

Necesitaba leer algo, pero sabía que sería imposible encarar una novela. Entonces busqué el libro que había comprado hacía unos meses: “Arenas movedizas”, de Mankell. Un autor que venero y que, como yo viendo morir a mi abuela, escribió ese libro resistiendo a que se lo traguen las arenas movedizas del tiempo cuando le diagnosticaron cáncer.

No me gustan las novelas autorreferenciales, donde el autor habla de sí mismo. Sin embargo, este libro no es una novela. Es una catarsis de un tipo enfermo que no sabe (y no quiere) hacer otra cosa más que escribir. El cáncer, la quimioterapia y la terapia de rayos, pero sobre todo aceptar la finitud de la vida (esa finitud que yo también veía en la respiración agitada de mi abuela) lo llevan a evocar con una sensibilidad y una inteligencia que pocos tienen, anécdotas de su vida personal, a pensar en la extinción de la humanidad, el paso de las generaciones, el efecto en la naturaleza del progreso industrial y nuclear y aceptar que, como personas, incluso como especie, ocupamos un mínimo instante en la larga historia del universo.

“Arenas movedizas” me acompañó en esa larga semana en que mis raíces, mi abuela, desaparecieron en nuestras propias arenas movedizas allá en Tapiales, tan lejos de la Suecia de Mankell. Acá, un fragmento sobre las ganas de vivir. Algo que mi abuela sostuvo hasta el último segundo que estuvo con nosotros.




“Pero, ¿y la alegría y el ansia de vivir? Supongo que puede describirse de la siguiente manera: un niño jugando, Totalmente inmerso en el juego y en sus pensamientos. Y está cantando. Una cancioncilla que tararea sin letra.
El tiempo se ha detenido. No existe. Las paredes de la habitación son blandas y ondulantes. Mirar hacia afuera y mirar hacia adentro es lo mismo.
El niño juega y canturrea. La vida es perfecta.
¿No será que hay sentimientos tan fuertes que, sencillamente, no pueden expresarse con palabras, sino que hay que cantarlos? El tararear del niño expresa lo mismo que el cantante de fado portugués o que la soprano que canta el aria “Reina de la noche” de La Flauta Mágica.
Sin la alegría de vivir, sin el ansia de vivir, no hay seres humanos. Quienes se ven privados de su dignidad y luchan por recuperarla, luchan en la misma medida por su derecho a reconquistar las ganas de vivir. Las personas que tratan de salir de un campo de concentración o de sociedades agrarias depauperadas e ir a los prósperos países de Europa, y cuyos cadáveres arriban a las playas de Lampedusa y de Sicilia, también pretendían recuperar la alegría de vivir.
A veces oigo a gente que habla con desprecio de los emigrantes que llegan a Europa como “buscavidas”.
Por supuesto que lo son. Todos somos, todos buscamos la felicidad, aunque la palabra “felicidad” nos resulte difícil cuando nos han destrozado la vida fuerzas sentimentales o comerciales, eso es lo que buscamos, precisamente, la posibilidad de una vida decente basada en el ansia de vivir.
¿Por qué partieron millones de europeos a Norteamérica y a Sudamérica hace ciento cincuenta años? Exactamente por las mismas razones.
El niño sigue tarareando en la playa o en el jardín o en la vereda, jugando y cantando una canción sin letra.
No hay humanidad ni civilización posible sin la figura de ese niño. En el árido mundo de la biología, no hay otro objetivo que el de que nos reproduzcamos en la espaciosa danza permanente de las generaciones. Pero en una definición algo más profunda del sentido de la vida podríamos decir que cada generación está obligada a dejar todas las preguntas sin respuestas que nosotros no hemos sido capaces de encontrar.
Naturalmente, llegará un día en que finalizará esa danza que iniciamos en los profundos y nebulosos orígenes de la historia, cuando dijimos adiós al chimpancé y emprendimos un camino por cuenta propia. Si algo sabemos de nuestra historia es que, tarde o temprano, todas las especies se extinguen o se convierten en algo totalmente distinto. No hay razones para creer que no le vaya a ocurrir lo mismo a aquella a la que nosotros pertenecemos. El hecho de que seamos lo más logrado del desarrollo no nos salvará de que un día nosotros también nos extingamos.
Nadie sabe cuándo ni cómo. Quizá podamos suponer que tenemos en nosotros unas fuerzas destructivas tan enormes que terminemos aniquilándonos a nosotros mismos. Pero no podemos saberlo con certeza. Un loco con acceso a un gran arsenal de armas nucleares podría acabar con todo hoy mismo, simplemente apretando un botón.
Contra lo que acabo de decir se puede esgrimir lo que yo llamo la “historia de las barricadas”. Todas las revueltas o revoluciones tratan de que los últimos de una sociedad exigen el derecho al deseo y la alegría de vivir. Por lo general, quienes consideran que tienen derecho a decidir sobre las condiciones de vida de los demás sofocan brutalmente dichas insurrecciones.
Después de las revueltas estudiantiles de Mayo del 68 en París, las autoridades francesas asfaltaron las calles del entorno de la Sorbona. Hoy no hay modo de levantar los adoquines que las forman, pero, naturalmente, nada puede impedir que quienes quieran rebelarse encuentren otros medios para construir barricadas.
Entre tanto, el niño sigue jugando, tarareando esa melodía sin letra”.

miércoles, 19 de febrero de 2020

Lecturas escritas: La fragilidad de los cuerpos y la nostalgia.



Acabo de terminar una de las mejores novelas que leí en los últimos tiempos. Y no exagero. Desde la primera página hasta la última, sentí esa comodidad aletargada que te inyectan las historias que no podés parar de leer y que al mismo tiempo no querés que terminen nunca.

Y la protagonista, una antiheroína con sus blancos y negros, como debe ser todo personaje de novela negra. Porque sí, “La fragilidad de los cuerpos” (Sergio Olguín, Tusquets, 2012) es una novela negra que, como tal, se mueve entre los escombros de la sociedad, entre la corrupción, la violencia y la desprotección de los más relegados. Como si la historia fuera la excusa para mostrar ese mapa derruido que es el sur de la Ciudad de Buenos Aires y el primer cordón del Conurbano.

La novela comienza con un empleado ferroviario que en sus años de servicio atropelló y mató involuntariamente a un puñado de personas que querían suicidarse o murieron de manera involuntaria. Sin embargo, lo que termina por destrozarlo psicológicamente es haber atropellado a un nene bajo las vías del Tren Sarmiento. Verónica Rosenthal es una periodista de investigación que intuye que ese suicidio esconde razones oscuras. Como un perro de caza (“Perra sonaría mal”, diría García), va siguiendo el rastro de la historia para descubrir una escena que se repite una vez por mes: dos chicos esperan el tren de frente, hasta que llega y saltan de la vía. O no. No es un juego para ellos, es una forma de conseguir plata. Detrás, una red de tipos que hacen apuestas para ver cuál de los chicos gana ese juego macabro. 

Verónica tiene intuición, belleza, inteligencia y muchas contradicciones que la hacen de carne y hueso. Más que un punto a favor, el personaje de Verónica es un punto disruptivo: Olguín le permite a su protagonista comportarse con una autonomía casi postfeminista. En tiempos donde es imprescindible que la sociedad entienda que hombres y mujeres somos iguales, Verónica no sabe si quiere ser madre, es una gran profesional, no se deja correr ni por derecha ni por izquierda, no le interesa tener pareja, se enamora, seduce sin o con amor, usa su cuerpo como le da la gana, con tanta libertad y seguridad como para cogerse a un tipo cualquiera para poder pensar en otra cosa. Y no lo hace siguiendo las pautas del macho, es decir, convirtiéndose en una mujer machista. No: lo hace desde su singularidad, desde su feminidad, por el sólo hecho de disfrutar su profesión, la amistad, el amor o el sexo. Sexo: la novela tiene varias escenas narradas de manera escueta, sin florituras "al pedum" pero que te dejan excitado como si estuvieras frente a Verónica.

Para poder llegar a la verdad, ella recurre o recibe ayuda de personajes divinos. El chino Julián, el Peque y el Dientes, Rafael, Federico, incluso Rivero y García. Y Lucio, ese conductor de trenes rudo, confundido, obnubilado que en un momento tiene una epifanía: “Esa vida secreta donde convivían el cuerpo de Verónica y los cuerpos aplastados en las vías volvía a presentarse como lo que era: la realidad. El sueño era lo otro.”

Por último, la nostalgia de leer los escenarios de mi infancia. Me crié en Lugano, y jugué al fútbol en Soldatti y Mataderos… El tren era muerte: tuve un compañero que se salvó por poco en las vías de Soldatti  y una maestra que murió atropellada en las vías de Lugano. Pero el tren también era vida: mi abuelo Carlos, el Negro, que vivía a metros de las vías de Tapiales, fue ferroviario hasta que la salud se lo permitió y en sus días libres iba a ocupar un puesto de banderillero para que su amigo, el famoso Virulazo, pudiera ir a bailar tango a la televisión.

Insisto: hace mucho que no leía una novela tan compleja, tan llena de personajes, tan atractiva y tan contundente. Y lo mejor es que “La fragilidad de los cuerpos” es apenas el debut de Verónica Rosenthal. Cuando ella se recupere de este caso, se termine el Jim Beam y vuelva al trabajo, voy a buscar el libro que le sigue a este para seguir disfrutando con ella.