Alejandro Parisi

Alejandro Parisi

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Texto navideño: Frattini y los reyes magos chorros.


Obsesivos y aplicados, Frattini y el Tano Martinelli trabajaban los siete días de la semana. Durante aquellos meses lograron botines extraordinarios. En el camino, Perón había sido derrocado, y había cambiado la casa de Gobierno por un carguero de bandera paraguaya mientras el General Lonardi se autonombraba Presidente de la República.
A fin de año, Frattini le preguntó al Tano dónde pasaría las fiestas.
-        Con vos en la calle, pelotudo – dijo el Tano.
Así fue que, el 24 de diciembre de 1955 a las nueve de la noche, los dos socios recorrieron la avenida Santa Fe vestidos con sus mejores ropas. A esa hora, los porteños ya se encontraban sentados a una mesa que los vería embutirse de comida y alcohol hasta pasada la medianoche. Y ellos, como los Reyes Magos Chorros que eran, abrían puertas y desvalijaban departamentos mientras el país celebraba la Navidad. 
Por los departamentos decorados con árboles de Navidad, por las joyas abandonadas, por el dinero que todos habían cobrado del aguinaldo, por la soledad de las calles, por la ausencia de la policía que se encerraba en las comisarías a brindar y beber sin prestarle atención a los delitos, aquellos días fueron espectaculares.
El 31, al forzar una puerta de un tercer piso de Recoleta, los ruidos llamaron la atención de un vecino. Cuando lo vieron en el palier, Frattini le mostró la caja vacía envuelta en papel de regalo que llevaba para la ocasión.
-        Vinimos de Rosario de sorpresa a visitar a nuestros primos – dijo, mostrando el falso paquete.
-        Qué lástima, se fueron hace un rato – dijo el vecino.
-        Feliz Navidad – gritaron Frattini y el Tano a coro, conteniendo la carcajada, mientras se alejaban escaleras abajo.
A las doce de la noche, las explosiones de los petardos que saludaban el año nuevo acallaron el ruido de las puertas que Frattini y el Tano cerraban. Sólo entonces, cargados de dinero, de oro y brillantes, se marcharon a una cantina a cenar y festejar, y bailaron hasta el amanecer con bellas mujeres que eclipsaban las luces titilantes de las marquesinas decoradas con bolas rojas y hojas de muérdago.


 ***


1977 terminó con una gran cena en casa de Frattini. Había comprado regalos para toda su familia, había comprado comida y bebidas, hasta un árbol de navidad que su hija decoró con los dibujos que ella misma había pintado. La felicidad de Maga lo emocionaba tanto a veces olvidaba el engaño.
El primer domingo de enero, mientras Maga y los chicos dormían la siesta, a Frattini se le ocurrió una idea. Llevaría a su familia a descansar a la Costa. Ya podía imaginar a Ana corriendo tras las olas, a Alejandro en brazos de su madre, hermosa, inocente, bronceada. Pero para eso debía juntar más dinero.
Miró el reloj. Le quedaban unas horas antes de la cena. Tenía un presentimiento.  Con cuidado, se visitó sin hacer ruido y garabateó una nota con cualquier excusa.
En el primer departamento al que entró confirmó todos sus presentimientos. Una vitrina de cristal le ofrecía un juego de tres piezas de plata. Con cuidado, abrió la cristalera y tomó una de las piezas para sopesarla. Se sorprendió de lo pesada que era. La hizo girar, la raspó con una llave. Con ansiedad, se guardó las piezas que pagarían las vacaciones y regresó a su casa.
Al verlo entrar, Maga le preguntó dónde había estado.
-        Me llamaron para hacer un viaje. El doctor tenía que ir a Ezeiza para tomar un vuelo.
-        No escuché el teléfono – dijo Maga, mientras le daba de mamar a Alejandro.
Frattini sonrió para ahuyentar su vergüenza.
-        Si dormían como troncos – dijo, besando a su hijo en la frente.
Al día siguiente, Carlos lo esperaba en la puerta con la mirada y el ánimo en el piso.
-        Ojalá que nos vaya bien – dijo a modo de saludo -, necesito plata.
Los deseos de Carlos se convirtieron en una sombra que los persiguió todo el día. Cada cajón que abrían, cada ropero, parecía burlarse de la necesidad del pobre portero de edificio.
-        Volvamos – dijo Frattini, cuando su reloj marcó las seis y media de la tarde.
-        Sigamos un poco más, a ver si consigo plata.
-        No, nos vamos.
Habían visitado siete edificios de los que sólo les había quedado unos pocos billetes y cuatro piernas entumecidas de cansancio. Últimamente, Frattini sentía que las fuerzas lo abandonaban. Ya no era un tan ágil, y con la agilidad, también había perdido algo de su antigua inconsciencia.
Quería estar en su casa. Sin embargo, el rostro abatido del portero le daba lástima. Más de una vez algún compañero suyo le había dado dinero para calmar sus necesidades. Frattini no lo olvidaba. Por eso, al llegar al edificio en que vivían, le pidió al portero que lo esperara en la calle.
Cansado, subió las escaleras hasta su casa, saludó a su familia y se metió en el cuarto. Después, con los bolsillos cargados de joyas disimuladas, le dijo a Maga que debía salir un momento.
-        No te vayas, papi, vienen los reyes magos. Esperalos vos que yo me tengo que ir a lo del abuelo… - dijo Ana.
-        Vuelvo en un rato para esperarlos – respondió Frattini.
De regreso en la calle, rebuscó en sus bolsillos hasta encontrar una de las tres piezas de plata que había robado el día anterior. Sin agregar nada, se la tendió a Carlos.
-        Esto vale una fortuna, Carlos – dijo el portero.
-        Te va a ayudar por unos días – dijo Frattini, y al ver que su compañero seguía mirando la pieza en plena calle, se apuró en decir: - Guardala, ¿o querés que sospechen los vecinos?
-        Gracias.
Se despidió del portero y tomó un taxi en dirección al Centro. Últimamente no se animaba a conservar sus botines más de veinticuatro horas. José no pudo evitar sus gestos fastidiosos al ver semejantes piezas.
-        No me canso de decirlo, Pistola: sos el mejor.
-        Gracias, pero me tengo que ir rápido.
-        Tomá.
Las piezas valían tanto que José ni siquiera se molestó en contar los billetes que le daba. Al fin, con los bolsillos llenos de dinero, Frattini salió a la calle y tomó un colectivo hacia el barrio de Once. Buenos Aires anochecía impregnada de una humedad que parecía bañar la ciudad con una parsimonia que demoraba cada movimiento de las calles. El aire parecía detenido. Al bajar del colectivo, Frattini sintió la camisa pegada a su cuerpo sudado. Necesitaba una ducha.
Maga estaba preparando los morrones asados que a él tanto le gustaban. Al verla inclinada sobre la mesada de la cocina, con las piernas aún hinchadas por el parto, la quiso más que nunca. 
Su hijo dormía con la placidez que sólo se les permite a los niños.
Frattini se alejó de la cuna para acercarse a su mujer.
-        No trabajes más. Basta – dijo, quitándole el delantal de cocina y el cuchillo que tenía en la mano. Después, mirándola a los ojos, le anunció: - Ponete linda. Vamos a comer afuera con Alejandro.
Maga sonrió.
-        ¿Y los morrones?
-        Los dejamos para mañana. Dale, me pego una ducha y salimos.
Besó a Maga y entró al baño.
Se quitó la ropa, entró en la ducha.
Abrió el agua caliente. Acercó el rostro.
Entonces, en el mismo instante en que el agua tibia le caía sobre la cabeza, la puerta del baño se estremeció con un golpe. Antes de que pudiera cerrar la canilla, vio que un tipo corría la cortina y lo encañonaba.
-        Frattini, estás detenido.
“Maga”, pensó Frattini mientras alzaba los brazos. “La perdí para siempre”.
-        Vestite, hijo de puta.
Mientras volvía a ponerse la ropa que se acababa de quitar, sobre el cuerpo mojado, oyó que afuera del baño un policía decía:
-        Su marido está metido con la guerrilla, señora.
-        No – comenzó a decir, pero un golpe le impidió seguir hablando.
Lo esposaron ahí mismo, en el baño. Luego, lo empujaron hacia el living. Con la mirada en el suelo, Frattini buscó los pies de Maga. No hubiera soportado mirarla a los ojos. Pero ella no estaba, y Alejandro tampoco. Mientras salía del departamento, rodeado de policías, pudo sentir el olor de los morrones asados, como el perfume de un cadáver en plena descomposición.
-        Caminá hijo de puta.
Estaba muerto en vida. Lo había perdido todo. Ni siquiera tenía fuerzas para mover los pies. En la puerta del edificio lo esperaban dos Falcons. En el segundo, el idiota del portero lo miraba con los ojos llenos de lágrimas. Lo subieron al primer auto y junto a él, se sentaron dos tipos que le apuntaban con Itakas. Cuando la caravana comenzó a alejarse, Frattini tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no ceder al llanto.
El viaje fue más corto de lo que pensaba. Al llegar a Plaza Once, los autos se detuvieron. Lo obligaron a bajar y también lo obligaron a acostarse boca abajo en el piso húmedo de la plaza. El calor era insoportable. Si lo habían confundido con un guerrillero podían asesinarlo ahí mismo y luego declarar que había intentado escaparse.
Al fin, por alguna razón que no podía comprender, los policías le patearon la cabeza y lo obligaron a que se levantara. Volvieron al auto, volvieron a girar por las calles. No le importaba a dónde lo llevaban. No le importaba nada. Sólo le importaba el dolor, la tristeza y la desilusión que Maga debía estar sintiendo en ese momento, sola, abandonada a su suerte con dos niños tan pequeños.
Lo condujeron hasta una oficina que tenía las ventanas tapiadas y una cama sin colchón. Cuando lo desnudaron y lo tendieron sobre los elásticos de la cama, Frattini aceptó que merecía el encierro y la brutalidad de la tortura.


Fragmento de "Un caballero en el purgatorio", Sudamericana, 2012.

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