Alejandro Parisi

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viernes, 21 de agosto de 2020

Su rostro en el tiempo. Fragmento: nace Giuseppina.

"Los vecinos habían salido a la calle para celebrar la fiesta de la Madonna. 
Aquella coincidencia en el calendario, a Giuseppina siempre la llevaba 
a creer que lo que todos festejaban era su propio cumpleaños."

Hoy, 21 de agosto, en Castellamare se celebró el día de la Madonna del Soccorso. Cuenta la leyenda que en el siglo XIX los ingleses atacaron el puerto y el antiguo castillo del pueblo y la Madonna envió su ejército de ángeles a salvar a los sicilianos. Cada año, se recrea el mito con una peregrinación y la fiesta donde se recrea el bombardeo de cañones ingleses. La fiesta coincide con el verano y la cosecha, y también con el nacimiento de la princesa pobre de la isla: Giuseppina, protagonista de Su rostro en el tiempo (Sudamericana 2016, Lumen 2017). Acá, una foto de la celebración y, más abajo, el nacimiento de la bella Giuseppina.




"Castellamare del Golfo ocupaba una pequeña porción de tierra entre las montañas y el mar; apiñadas unas encima de otras alrededor de la orilla, las casas formaban un mosaico de blancos y ocres deslucidos. Sobre el promontorio que dominaba el golfo se alzaba un antiguo castillo, construido por los musulmanes en los tiempos en que se apropiaron de la costa, del pueblo y de la isla entera, una isla que a lo largo de veinticinco siglos también había sido invadida por griegos, cartagineses, romanos, normandos, franceses, españoles, saboyanos… Las ruinas de sus imperios ahora yacían desparramadas al sol, olvidadas en esa isla abandonada a su propio olvido.


Entre el castillo y el puerto de Castellamare se extendía una almadraba donde los pescadores faenaban sus botines al sol: en el suelo, los peces brillaban con una agonía de espejos inquietos. Seducidos por aquellos reflejos y por los altos muros del castillo, los marineros que navegaban por primera vez frente a esas costas imaginaban que Castellamare debía guardar enormes riquezas. Sin embargo, al desembarcar sólo encontraban un pueblo de pescadores y campesinos pobres.
En Castellamare todos vivían de cara al mar; para ellos el Mediterráneo era un paño calmo y generoso que hacia el horizonte se fundía con otro paño, aún más sereno, de un azul infranqueable. Por entonces en el pueblo nadie imaginaba que podían descender tantos paracaidistas de ese cielo alto, limpio y resplandeciente.
Junto a la ladera de la montaña, en los márgenes del pueblo, había un pozo de agua y por la mañana las mujeres se reunían en torno a él cargando cubos, botellones y todo tipo de recipientes. Se saludaban a los gritos, rodeadas por enjambres de niños que corrían alrededor de sus piernas. Vestidas de negro, guardaban luto por sus muertos, rezaban por el sufrimiento de los vivos y contemplaban el mar que surgía más abajo, hacia el final de la calle.
Las tardes de verano transcurrían silenciosas en Castellamare, y sólo se oía el sonido de las hojas que se mecían con el viento. El veintiuno de agosto de 1923, día de la Santísima Madonna del Socorro, el calor era agobiante. Por la mañana todos habían caminado en procesión detrás de la estatua de la Madonna desde la orilla del mar hasta la iglesia. Ahora estaban durmiendo bajo los árboles o dentro de las casas: a esa hora en que el sol cegaba la vista, sólo algunos pocos se atrevían a salir y los pájaros permanecían refugiados en la copa de los árboles.
Junto al pozo, sentadas a la sombra de una higuera, tres ancianas guardaban silencio; tenían los ojos cerrados para que no les entrara el polvo y sus ropas vibraban, impulsadas por el Sirocco abrasador.
Pero de pronto alguien gritó en la casa contigua al pozo. Entonces las tres mujeres abrieron los ojos y, muy poco a poco, fueron despertando de su sopor.
Dentro de la casa, trozos blancos de sábanas gastadas y una fuente con agua hervida que comenzaba a teñirse de rojo. Rosalía se revolvía sobre la cama de hierro forjado mientras su madre le enjugaba la frente con un paño mojado en agua fría, recién sacada del pozo; a los pies de la cama, Antonia, la hermana mayor de Marianno Licatesi, el marido de Rosalía, daba órdenes que ella apenas si podía obedecer. El parto iba mal: podía notarlo en la cara de desconcierto de su madre y en la mancha viscosa que comenzaba a extenderse bajo su cuerpo. Desde la mañana las punzadas habían sido cada vez más violentas, tanto que la habían obligado a abandonar la procesión para regresar a la cama. A esa altura de la tarde, Rosalía ya no podía soportar el dolor.
Gritaba con los dientes apretados.
Respiraba profundamente.
Después lloraba en silencio.
Y volvía a gritar.
Marianno se había llevado a Vito, Giovanni y Nino, sus hijos mayores, para que no molestasen. Aquello era cosa de mujeres. Por eso las mujeres del pozo se incorporaron para espiar a través de la pequeña ventana del cuarto: pegadas al cristal, gesticulaban y alzaban las manos al cielo.
Rogaban
—Santa Madonna
y se lamentaban
—Santa Madonna
ante las demás vecinas que salían a la calle atraídas por sus gritos.
Al fin la madre de Rosalía logró retirar el pequeño cuerpo cubierto de sangre. Derrotada, Antonia se demoró en cortar y quitarle el cordón umbilical que traía enroscado al cuello. Después, entre las dos envolvieron el cuerpo con una manta y lo depositaron junto a Rosalía.
—Era una niña —se lamentó su cuñada mientras se persignaba.
—Te hubiera podido ayudar con la casa —dijo su madre.
Rosalía pudo ver que la niña tenía el rostro morado, pálido el cuerpo. No respiraba, pero aún conservaba la tibieza de su vientre. Tal como lo había hecho en los tres partos anteriores, escarbó entre los pliegues de la manta y contó cuántos dedos había en cada mano, en cada pie. Se alegró de saber que su hija era perfecta, aunque aquella perfección fuera inútil, desgraciada.
En un rincón del cuarto, ensimismada, Antonia intentaba comprender los misteriosos designios de la Providencia… La primera vez que ella había perdido un hijo, el párroco le había dicho que los niños muertos se convertían en ángeles y gozaban eternamente de la gracia de Dios. En su momento aquellas palabras habían sabido tranquilizarla, aunque después de tantos años seguían sin convencerla.
Pero la Providencia tenía otros planes para la pequeña Giuseppina. Y como si ella pudiera adivinarlos, por un momento se resistió a aceptar el destino que le había tocado en gracia. Fueron apenas uno, dos, tres minutos.
Después abrió los ojos.
Su primer llanto fue débil, casi un lamento, pero sin embargo consiguió asustar a los pájaros, que batieron las alas y se alejaron hacia el mar por sobre el coro de mujeres que levantaban las manos al cielo
—Santa Madonna
agradecidas,
—Santa Madonna y volvían a apretujarse en la ventana para ver que Rosalía abrazaba a la niña y le besaba las manos, los pies. Madre e hija se durmieron escuchando el rosario que las mujeres le dedicaban a la misericordiosa bondad de Nuestra Santísima Madonna del Socorro.
Cuando Giuseppina aprendió a entender las palabras, esa fue la primera historia que le contó su madre: como Cristo a Lázaro, la Madonna la había hecho resucitar de entre los muertos convertida en una niña bellísima. Y para que nunca olvidara el milagro, Rosalía la bautizó con el nombre de María Giuseppina del Socorro. Aunque todos la llamaban Pina.
Tres años después, el pozo aún seguía allí; las mujeres, como los pájaros y el Sirocco, iban y venían de un lado a otro de la isla. Por la mañana, cuando regresaban del lavadero, la pequeña Giuseppina las veía inclinarse para sacar agua del pozo. Su madre no la dejaba acercarse porque era pequeña y temía que pudiera caerse en el interior. Pero por la tarde, cuando Rosalía y las demás mujeres se encerraban a cocinar y la calle quedaba vacía, Giuseppina se inclinaba sobre el pozo para descubrir el milagro reflejado en el agua: en puntas de pie (unos pies perfectos —y sucios—) Giuseppina podía ver cómo sus ojos, su nariz y sus mejillas ondeaban hasta desdibujarle el rostro cada vez que ella lanzaba una piedra.
Vito ya había cumplido nueve años, pero sus ropas holgadas lo hacían parecer más pequeño de lo que era. Mientras se colocaba la camisa, de pie junto a la cama que compartía con sus hermanos, los veía dormir en silencio. En especial le gustaba mirar a Giuseppina: aquellos párpados cerrados que guardaban unos ojos verdes como las olivas, las mejillas suaves y el cabello ensortijado derramado sobre las mantas… su hermana era bellísima, lo decían todos en la casa y en el pueblo, y por eso él no podía dejar de observarla, y se inclinaba para besarle la frente cuando nadie lo veía. A veces, Giuseppina abría los ojos y al ver a su hermano estiraba los brazos para sujetarlo y besarlo por última vez antes de que se marchara al campo.
Después Vito guardaba en una bolsa de hilo el pan que él y su padre comerían durante la semana y salía a la calle, donde Marianno lo esperaba sentado en el pescante del carro. A lo lejos, el horizonte se tragaba las siluetas de los botes pesqueros que desaparecían entre el cielo y el mar justo en el momento en que Vito y su padre partían hacia el campo.
Porque en Castellamare del Golfo los hombres vivían y morían en el campo o en el mar. En tiempos de guerra morían en la playa, resistiendo el desembarco de los invasores con los pies sumergidos en el agua o agazapados en las trincheras, intentando adivinar en cuál de todas las colinas se detonaría el disparo enemigo. Sin embargo el mar y las colinas se volvían más crueles cuando nadie disparaba. Entonces los hombres morían extenuados sobre la cubierta de los botes pesqueros, soportando el peso de las redes o arrodillados sobre la tierra reseca que intentaban cultivar. Paz y guerra variaban sólo en ese detalle: a veces los cuerpos caían entre olas y olivares, otras veces se desplomaban en orillas y trincheras. Pero, irremediablemente, los hombres de Castellamare morían atrapados entre las montañas y aquel mar impasible, bellísimo. Siempre.

viernes, 31 de enero de 2020

Una mujer de la Edad Media: cinco minutos en la infancia de Juana de Arco.


 
Entrada triunfal de Juana de Arco en Orleans, de Jean-Jacques Scherrer, Musée des Beaux-Arts d'Orléans (1887)

Acostada en medio de los pastizales que rodeaban la casa, Juana contemplaba el cielo tormentoso de aquella mañana de invierno. Le gustaba descubrir formas uniendo con su imaginación los cúmulos de las nubes grises que venían desde el norte y se cernían sobre las tierras de su padre, sobre la casa y sobre todo Domrémy. El viento anunciaba lluvia con un olor que parecía asustar a los hombres que trabajaban las tierras, y que ahora alzaban sus cuerpos de entre los cultivos donde habían permanecido arrodillados desde el amanecer. El rumor de pasos apresurados retumbaba en el suelo, y el murmullo del trajín de los hombres que se alejaban cargando herramientas parecía tan espeso como el aire húmedo que envolvía su cuerpo y el caserío.
Con los ojos cerrados, Juana dejaba que aquel aire entrara por su cuerpo buscando mantener la calma. Entonces comenzó a soplar un fuerte viento. Sobre ella, los pájaros asustados alzaron su vuelo soltando graznidos de terror ante la inminencia del temporal.
Pronto, un trueno rompió la quietud, y los jornaleros apuraron su partida. El temor a la caída de un rayo alteraba incluso a los viejos caballos que arrastraban los arados, y a los cerdos y las aves encerrados en los corrales de la finca. Juana abrió los ojos para descubrir que las nubes negras ya estaban sobre ella, formando un paño oscuro, pesado, que amenazaba con derrumbarse sobre ella.
El segundo trueno retumbó en el aire, haciendo vibrar el pecho de Juana, que se estremeció por el miedo. Pero debía confiar en Dios. ¿Cómo podría salvar a Francia si su cuerpo se estremecía por el simple sonido de un rayo?
Quizá ella hubiera confundido el mensaje de las voces. ¿Cómo podía ser que la suerte del reino estuviera en manos de una jovencita de trece años como ella? Quizá el sacerdote tuviera razón: a veces, la Providencia se manifestaba de maneras extrañas, imposibles de comprender, y menos para una mujer. “Juana, si tú eres la salvación, ha de ser que la salvación está en tu vientre, como le ocurrió a la Virgen María, madre del Salvador de los Hombres”. Por eso, tanto el sacerdote como su madre le habían aconsejado que sólo podría cumplir el pedido divino casándose, teniendo un buen matrimonio y sobreviviendo a cada uno de los partos.
Juana apretó los dientes con tanta fuerza que un hilillo de sangre humedeció sus labios. No. Ella no podía ser apenas el vientre en el que surgiría el glorioso redentor de Francia. Debía ser ella quien empuñase la espada y librara Orleáns del yugo inglés. Dios se lo había pedido por intermedio de las voces, y ella no estaba dispuesta a rechazar su misión por más mujer que fuera. Por más que no supiera leer, por más que su padre le impidiera aprender a montar. Ella sería el castigo de los ingleses y convertiría al Delfín en Carlos, Rey de Francia.
El tercer trueno fue tan atronador que pareció abrir la tierra. Pero Juana no se movió. Con los ojos abiertos, decidió enfrentar la tormenta, que ya dejaba caer sus primeras cortinas de lluvia. Soportó el sonido del cuarto y el quinto trueno sin siquiera mover los párpados. Con una mano, blandía una espada imaginaria y desafiaba a esos ingleses que ella aún no había podido conocer pero que, lo sabía, tendría que enfrentar en el campo de batalla.
Desde lejos le llegaban los gritos de su madre, que la estaba buscando por el campo.
Aunque hubiera preferido permanecer allí, recibiendo la tormenta entre los pastos con la misma serenidad que las espigas de trigo que se perdían en el horizonte, Juana se incorporó. No quería asustar a su madre. Y además debía ayudarla a con la comida.
Al verla, su madre comenzó a hacerle señas para que corriera hacia la casa. Dentro de la casa, su abuela controlaba el fogón con la olla donde se cocían las verduras y la carne de cerdo. La anciana se quejó de aquella tormenta, de aquel cielo negro que le recordaba la peste que había asolado Francia en tiempos de su propia abuela, una peste asesina que había matado a millones de personas, mucho más peligrosa que esa otra peste que eran los ingleses.
En 1425 Francia aún buscaba recuperarse de la peste bubónica, llamada peste negra por la decoloración que infligía en los enfermos, que había asolado a la Europa del siglo XIV. La enfermedad, transmitida por las pulgas de los roedores y potenciada por el hacinamiento, la falta de de higiene y las malas condiciones generales en que vivía la mayoría de los europeos, salvo las familias nobles, se había extendido por el continente aniquilado a un tercio de la población europea. En aquel mundo signado por la religión católica, la peste se había explicado como un castigo de Dios. Para los franceses, la llegada de la peste negra coincidió con la invasión de inglesa y la pérdida por parte de la corona de Francia de varios de sus ducados más importantes en el norte del país.
En esa tierra desolada e invadida había nacido Juana, en 1412. América no había sida descubierta por los europeos, los hombres creían que la Tierra giraba alrededor del Sol, la expectativa de vida de una persona no superaba los 30 años y el lugar de la mujer, tanto entre los pobres campesinos como entre la opulencia de la nobleza, era tan pequeño y destratado que Juana, ejemplo de su tiempo, ni siquiera había podido aprender a leer. Debía crecer para convertirse en esposa, para obedecer a su marido y darle la mayor cantidad de hijos que pudieran trabajar el campo.
Y sin embargo, al acercarse al fogón y contemplar las llamas, supo que su destino era otro. Debía liberar Orléans, a fuego, sangre y espada. Por Dios, por Francia. Pero sobre todo, por ella misma: Juana de Arco.

martes, 11 de octubre de 2016

Work in progress: El jinete de la medianera.



Soy de expulsar rápidamente las primeras versiones de textos que, generalmente, primero deben pasar meses, años, en el exilio de la carpeta "En proceso". Hoy encontré este comienzo de una novela que si bien tiene título ("El jinete de la medianera") y está por la mitad, todavía no pasó por la lupa que da el paso del tiempo. Sin embargo me sigue gustando. No sé si es el clima incómodo, si es que la madre se parece tanto a mi vecina, o esos hijos que parecen personajes de Tim Burton a la porteña. En fin. Volví a leerlo y me dio ganas de continuarlo. Pero para eso falta.



"Las macetas están ahí desde hace seis años. Quince cubos de cemento gris que ocupan el patio de casa. Mamá dice que las trajeron un día de sol. Pero yo estoy seguro de que llovía, porque los hombres que descargaron las macetas dejaron sus pisadas de barro por toda la casa, y mamá, que por entonces se preocupaba mucho por la limpieza, no los dejó ir hasta que fregaron el piso. Mirna no recuerda nada, seguro que no estaba. Nunca está. Es tan distinta a mamá. Lo único que tienen en común son las pastillas. Pero con una diferencia: mamá las toma para poder seguir atornillada a la cama y Mirna para poder pasar de cama en cama sin que ningún hijo la atornille a un matrimonio.
Dice que los hijos te amargan la vida como nosotros amargamos la de mamá. Nunca se lo dije, pero yo no creo que mamá esté así por culpa nuestra. Antes era alegre, cantaba, y nosotros ya habíamos nacido.
Lo que hizo cambiar a mamá fue el asesinato. Ese día sí que había sol. Si no, el policía que tocó el timbre para darnos la noticia no hubiera llevado anteojos negros. Mamá nos había ido a buscar a la escuela con Sabina, que dormía en el cochecito. Caminamos hasta nuestra casa sin decir nada. Mamá parecía triste. Algunas cosas se presienten, porque las personas que se quieren están conectadas de alguna forma extraña. Pobre papá. Ni siquiera tuvo tiempo para pedir las plantas y las semillas al vivero. Por eso las macetas siguen en la misma posición en que la dejaron aquellos hombres, y ahora están abandonadas y verdes de moho, acumulando el polvo y el agua de lluvia donde se crían los enjambres de mosquitos que sobrevuelan la casa.
-        Poné espirales, putaaaaaaaaaa – grita mamá desde el cuarto.
Son las once de la mañana. Anoche Mirna tampoco vino a dormir.
-        No está, los pongo yo – grito mientras entorno los ojos y hago una mueca graciosa para que Sabina se ría y no le preste atención a lo que mamá dice.
-        Esa me va a escuchar – grita mamá con todas sus fuerzas.
Me quito el sombrero y lo dejo sobre las macetas para que mamá no lo vea. La única vez que me vio con el sombrero puesto me dio vuelta la cara de un cachetazo. “No toques las cosas de tu papá”, dijo entonces.  
-        Lucaaaaaaaaaaaaaassssssss, estúuuuuuuupidoooooooooo.
El mentón de Sabina empieza a temblar antes de que el grito de mamá se diluya en el patio. Si no actúo rápido, va a empezar a faltarle el aire. Le hago señas para que se cubra los oídos. Ella extiende los dedos de sus manos, presiona las palmas contra las orejas y cierra los ojos. Siempre me hace caso. Le acaricio el cabello y le beso la mejilla. Pobrecita. Ella nunca conoció a papá, pero tampoco a nuestra otra mamá, la de antes del asesinato. Era buena, cariñosa, y le gustaba mucho la música. Pero ahora no: lo único que podemos escuchar en la casa es el silencio apenas alterado por el zumbido de los mosquitos.
Y sus gritos.
-        Lucaaaaaaaaaaaassss.
Desde el otro lado de la pared que delimita el patio llegan los murmullos del Profesor X. Con Sabina lo llamamos así desde el día en que lo vimos llegar, pelado y en silla de ruedas como el jefe de los X-MAN, ese que lee la mente. El Profesor X nunca habla fuerte. Murmura, solo o con su mujer, siempre murmura, y en las dos semanas que lleva viviendo en el departamento de al lado pude aprender a descifrar sus murmullos:
-        Qué mujer insoportable.
Entro a casa.
-        ¿Dónde está tu hermana? – grita mamá.
-        No sé – le contesto mientras comienzo a despegar los espirales sin que se rompan. Lo consigo sin problemas. Es una de las habilidades que tengo.
Con cuidado, inserto en el centro de cada uno de los seis espirales un escarbadientes, que después clavo sobre trozos de telgopor que distribuyo por todo el piso. En cámara lenta, las volutas de humo gris se unen para formar una nube repelente que comienza a expandirse por toda la casa.
Al entrar al cuarto de mamá descubro que se quitó el camisón. Hacía un mes que tenía puesta la misma ropa. Sonrío. Cuando mamá está desnuda parece otra. Su cuerpo no se contaminó con la tristeza. Mamá es hermosa.
-        ¿Qué me mirás? – dice, encendiendo un cigarrillo. Después, recorre el cuarto con la mirada y pregunta: - ¿Dónde está la nena? Si se manda una cagada la mato a ella y te mato a vos.
Pero yo sé que no va a matarnos. Si nos matara cada vez que lo dice, ya hubiéramos resucitado más veces que un gato.  
-        Está con las macetas. ¿Querés un mate cocido?
-        Después. Primero llename la bañadera.
-        ¿Te vas a bañar? – pregunto asombrado.
Mirna dice que mamá ya está muerta, que respira, que fuma y grita, pero que lo hace como si fuera un cadáver. “Ella se murió, pero su cuerpo todavía no lo sabe”, dice Mirna. Pero a veces, cuando mamá hace cosas distintas a dormir, gritar, fumar y ver la tele, creo que es el principio de un cambio, que ella se va a poner bien y que todo va a ser como antes.
-        Hoy es cinco – dice mamá y apaga el televisor, donde un policía mira el cadáver de un ladrón abatido.
Es difícil saber en cuál vivimos porque nuestros días son todos iguales.  
-        Dale, serví para algo. Ponéme a llenar la bañadera y cambiate la ropa. Sacate ese jogging de mierda. Vestí a la nena y espérenme en el living.
Mirna tendría que ver esto: en treinta segundos, mamá hizo y dijo más cosas que en los últimos seis meses.  

Sentados en el living, cambiados y peinados, Sabina y yo ahora jugamos a dígalo con mímica. Es uno de nuestros juegos preferidos, porque podemos jugar sin que mamá se altere. Sabina está imitando a un mono, pero yo finjo que no lo sé, así el juego se alarga y ella se mantiene entretenida y feliz por más tiempo. Pero entonces se abre la puerta del baño y mamá surge desde una nube de vapor, envuelta en una toalla. Al verla, el mono se convierte en Sabina asustada. Mamá se acerca e intenta acariciarla, pero ella se trepa por mis piernas para que la abrace fuerte. Está temblando otra vez. Mamá nos mira y de pronto tengo miedo de que no le guste cómo nos vestimos: yo me puse un jean y una camisa que eran de papá, y a Sabina un vestidito floreado que usaba Mirna cuando era chica y mamá tenía fuerzas para comprarnos ropa.
-        Qué linda que estás, Sabi – dice mamá, y le tiemblan los labios, como cuando no toma las pastillas.
Al pasar junto a la ventana de vidrios sucios, un rayo de sol rebota contra su cabello húmedo, arrancándole cientos de destellos rojos que brillan como el fuego de una estufa. 

No me acuerdo cuándo fue la primera vez que limpié la casa. Sé que fue hace mucho, después de que la tía Sofía se fuera a España, cuando los sillones aún no estaban rotos y la alfombra era gris y no tenía los manchones que la cubren ahora.
Mamá fuma con las piernas abiertas y la espalda contra el respaldo del sillón. Mira el techo. Es una de las dos cosas que mira. El techo y la tele. Sabina no quiere salir de entre mis brazos. Siempre fue igual. Tiene seis años pero cuando mamá está adelante se vuelve todavía más pequeña, casi un bebé, que tiembla y emite en mi oído esos ruiditos que sólo yo entiendo.
Sobre la mesa que separa los sillones hay una vieja tetera con agua caliente, y vasos y tres saquitos de mate cocido. Las tazas se fueron rompiendo con el tiempo. Por eso tomamos todo en vasos. Todo es una forma de decir, porque en casa sólo tomamos agua y mate cocido. Pero me da igual: ninguna bebida es más importante que desayunar con mamá, los días cinco, antes de salir a cobrar el alquiler. Desayunamos en silencio, un silencio placentero que se termina con el último sorbo de mate cocido.
-        ¿Cerraste la puerta del patio? – pregunta mamá.
-        Sí.
-        Andá a revisar. Si la puerta está abierta… – insiste, siempre pendiente de nuestra inseguridad.
-        Si querés voy de nuevo.
-        Por favor, Luqui – dice, y por los pocos segundos que demora en decir ese sobrenombre, el que usaba papá para llamarme, mamá vuelve a ser la misma de antes.
Trato de pararme, pero no es fácil. Sabina está aferrada a mi cuerpo como un koala de rulos colorados y piel blanca como la leche.
-        Bajate que ya vengo.
-        No te vayas – me susurra al oído.
Siento sus uñitas clavándose en la piel de mi cuello.  
-        ¿Podés revisar la puerta, inútil? – grita mamá.
Entonces me incorporo, haciendo un esfuerzo enorme para que mis piernas soporten mi peso y el de Sabina, que al fin deja de clavarme las uñas. Camino hasta la puerta que da al patio. Está bien cerrada. Ya lo sabía. Sin poder evitarlo, miro hacia afuera con la esperanza de que haya ocurrido un milagro. Pero las macetas siguen ruinosas y vacías, como toda la casa.
-        Vamos – dice mamá.
Se incorpora del sillón, tira el cigarrillo por la mitad al suelo y se acerca a la puerta. Sin que lo note, recojo el cigarrillo y me lo guardo en el bolsillo. Junto a la puerta, mamá se queda tiesa, como congelada. Todos los días cinco le pasa lo mismo. Pobre mamá. Ni siquiera se atreve a salir al pasillo que conecta los tres departamentos que alguna vez fueron una sola, nuestra casa.
-        No va a pasarnos nada, ma – digo para alentarla.
-        ¿Seguro, Luqui?
-        Te lo juro.
Soy el único que puede tranquilizarla. Esa es otra de mis habilidades.
Abro las tres cerraduras de la puerta y salgo con Sabina en brazos. Mamá nos mira desde dentro de la casa. Da un paso, asoma la cabeza y mira hacia el pasillo.
-        Dale, no hay nadie – digo y comienzo a andar.
Paso delante de la puerta del Profesor X, que está escuchando música, la misma música triste de siempre, y continúo hasta el primer departamento, junto a la puerta de calle.
-        ¿Podemos salir? – me pregunta Sabina en voz baja.
-        No, la calle es peligrosa y la gente es mala – le digo.
Detrás, puedo sentir las pisadas dubitativas de mamá. Ni siquiera soporta estar cerca de la calle. Me detengo junto a la puerta del primer departamento y toco el timbre de los perucas. Mamá los llama así. Dice que son ladrones y narcotraficantes. A mí me resultan simpáticos. Son como diez, y los sábados se ríen hasta tarde. Quizá sea eso lo que le molesta a mamá.
Cuando se abre la puerta, ella me toma de la mano.
-        Buenos días, señora – dice la peruca.
-        La plata – dice mamá, con un esfuerzo sobrehumano, mirando de reojo las sombras que se mueven en la rendija de la puerta de calle.
La inquilina retira unos billetes de dentro de su escote y se los extiende a mamá, que mira la plata con tanto asco como si fuera un pañal sucio.
Me adelanto al estallido y recojo los billetes con un movimiento rápido.
-        No los toques, mirá si te contagia algo – dice mamá.
Las uñas de Sabina se entierran en mi cuello.
-        Tranquila – le digo a Sabina, y: -, disculpe – le digo a la inquilina, mientras tiro de la mano de mamá para alejarnos.
A mitad del pasillo, mamá se detiene junto a la puerta del Profesor X.
-        ¿No vamos a casa? – pregunto.
-        Primero quiero presentarme con el vecino nuevo.
Su voluntad me conmueve. Llama a la puerta y de pronto, la música se apaga.
-                 -        ¿Quién es? – pregunta el Profesor X al otro lado de la puerta.
-                -         La vecina – dice mamá.
La puerta se abre para mostrarnos la silla de ruedas y la cara enojada del Profesor X. Siempre está enojado. Sabina dice que es porque los X-MAN lo abandonaron en Argentina. Yo creo que es por su mujer. A veces, aunque no entiendo lo que dicen, los escucho discutir desde el patio.
Ahora Sabina se desliza por entre mis brazos hasta que sus pies tocan el suelo. Lo mira con la vista fija y le pregunta:
-                 -        ¿Qué estoy pensando?
Es la primera vez que la escucho hablar con alguien que no sea de la familia. Pero el Profesor X no lo sabe, y vuelve a poner su mejor cara de enojado para contestarle:
-                  -        Yo qué sé.
Sabina se vuelve y me mira con un gesto triste, desencantado. Extiende los brazos y cuando la alzo, me dice:
-                  -        No es el Profesor X.
-                  -        Estúpida, no molestes al señor – dice mamá.
Las uñas de Sabina vuelven a clavarse en mi cuello. La acaricio. Haría cualquier cosa con tal de calmarla.
-                -        Mucho gusto. Nosotros vivimos en el fondo. Quería pedirle un favor: siempre revise que la puerta de calle esté bien cerrada. Hay muchos robos  – dice mamá, inquieta, ansiosa por regresar a casa.
-                  -        No se preocupe – dice el Profesor X.
-                  -        Gracias – dice mamá.
Entonces el Profesor X dice:
-                   -        ¿Y yo le puedo pedir que no grite todo el tiempo?
Sin contestarle, mamá se aleja rápidamente hacia el fondo del pasillo, para detenerse junto a la puerta de nuestra casa. 
Sin embargo yo me quedo allí, mirando con sorpresa al Profesor X, que mueve las manos para alejar a los mosquitos.
-                        -        ¿Te puedo hacer una pregunta? – murmura.
Digo que sí con la cabeza.
-                        -        Ustedes no van a la escuela, ¿no?  
Sabina se revuelve entre mis brazos y gira la cabeza para mirar al Profesor X con una sonrisa. Mamá se acerca a nosotros, me toma de la mano y nos arrastra hasta nuestra puerta.
-                       -        Rápido, entren – grita, sacando las llaves con torpeza.
Va directamente a su cuarto mientras yo guardo la plata en el escondite.
-                        -        Vení, Lucas – grita mamá desde el cuarto.
Ya se quitó la ropa y encendió la tele. En la pantalla, un auto está volcado sobre una ruta de la Costa Atlántica. Mientras mamá se coloca el camisón para volver a acostarse, dice:
-                      -        Traeme un vaso de agua.
Voy a la cocina, lleno un vaso con agua de la canilla y vuelvo a su cuarto. Ella se mete una pastilla en la boca y bebe un largo trago de agua. Le quito el vaso y lo dejo sobre su mesa de luz, donde papá sonríe desde distintas fotos. Entonces mamá me lanza un cachetazo que me toma desprevenido.  
-                        -        Te prohíbo que hables con ese tipo, ¿me escuchaste? – grita.
-                        -        Sí – digo, tocándome la cara.
Ahora mamá me abraza y llora. Después de pegarme siempre llora.
-                        -        No sé qué haría sin vos, Luqui.
Al salir, busco a Sabina con la mirada, sabiendo que el grito de mamá la debe estar ahogando por dentro. Pero no está por ninguna parte. Seguro que se desmayó. La busco entre los muebles rotos, debajo de su cama.
-                       -        Sabiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii – grito.
-                       -        Si le pasó algo a la nena te mato – grita mamá.
Pero Sabina no dice nada. No contesta. No sé dónde está.
Desesperado, salgo al patio y la encuentro parada sobre la pila inestable de macetas, rodeada por una nube de mosquitos. A pesar de su esfuerzo, no logra alcanzar el canto de la pared que da al departamento del Profesor X.
-                        -        ¿Qué hacés? Te vas a caer… - le digo al bajarla.
Ella me mira, y en sus ojos veo algo nuevo, distinto.
-                      -        Es él - dice."