Alejandro Parisi

Alejandro Parisi

jueves, 22 de septiembre de 2022

Balestra y Angelito Gómez.

 




"Al verlo sentado en el suelo con un tobillo atado a la pata de la cama, cubriéndose el rostro con las manos manchadas de sangre y el cuerpo sacudiéndose por el llanto, nadie hubiera podido imaginar que ese pibe de dieciocho años llamado Ángel Gómez valía catorce millones de dólares libres de impuestos. 

Sin despegar la vista del pibe, Balestra contaba los minutos que faltaban para terminar su trabajo. Afuera amanecía, y la llovizna parecía flotar en el aire brumoso de abril que cubría los campos de Ezeiza. Sorbió un trago de whisky y cerró los ojos pensando en la isla, en la tranquilidad de la isla. Pronto, a más tardar a las dos de la tarde, estaría en el Tigre y todo lo que había vivido en los últimos once días sería una anécdota para contarle a Obdulio.

Eso si Gómez llegaba vivo a las ocho y cuarto de la mañana.

Más allá del hastío que le había dejado aquel trabajo sórdido de niñera muy bien paga, el detective no podía sentir más que lástima por Ángel Gómez. Su currículum era el mismo que el de casi todos los jugadores de fútbol: infancia en una villa miseria, siete hermanos menores de una madre abnegada y un padre alcohólico, violencia familiar, una habilidad innata para jugar al fútbol, fracaso escolar y luego, a los quince años, la llegada al club donde había hecho las divisiones inferiores y en el que había debutado en el asenso, apenas seis meses atrás. El éxito repentino se había traducido en la citación a la Selección Argentina Sub-20 y un contrato profesional con una altísima cláusula de venta. La repentina lluvia de popularidad y dinero habían llevado a Angelito Gómez a creerse el dueño del mundo y, sin saber conducir, a comprarse el auto importado con el que terminó atropellando a un nene que iba en bicicleta por una calle oscura de Lomas de Zamora. Se había salvado de cualquier tipo de condena gracias al estudio de abogados que había contratado su representante y a los quince mil dólares que aplacaron el dolor de la familia del nene atropellado. Sin embargo, su futuro había quedado pendiendo de un hilo. Y para evitar perder la gallina de los huevos de oro, tanto el club como su representante habían aceptado una venta precipitada a un ignoto club de Ucrania propiedad de un jeque árabe, asegurándose una montaña de plata tanto para su representante como para la familia de Gómez y el club, que gracias a esa venta podría evitar la quiebra y la clausura del estadio.

Tras confirmarse la venta Gómez había empezado a tener pesadillas de noche y alucinaciones durante el día. Al fin, el recuerdo del accidente lo había enloquecido al punto de abandonar los entrenamientos y ser apartado del plantel. Privado de su mejor jugador y goleador, el equipo había caído en desgracia acercándose a los puestos de descenso. Algo que la barra brava no podía permitir. Se lo hicieron saber con una llamada anónima: “Si te vas antes de que nos salvemos del descenso te pegamos dos tiros en la pierna y no jugás más”.

Asediado por tantos frentes externos e internos, la poca entereza que le quedaba a Ángel Gómez había terminado por convertirse en gelatina. Once días antes de su viaje, el masajista del club lo encontró colgado de una soga atada a una de las vigas del techo del vestuario. De inmediato, el representante y el presidente del club decidieron sacarlo de circulación para protegerlo de la barra y de él mismo, y ponerlo al cuidado de Balestra hasta que se subiera al avión que lo llevaría a Ucrania.

Durante los primeros días el detective había sido su sombra, acompañándolo a cada uno de los lugares a los que Angelito había querido ir para emborracharse y exorcizar sus demonios. En ese lapso, Balestra había tenido que defenderlo en tres peleas callejeras, evitar que se estrellara con el auto contra una columna de autopista y revivirlo segundos antes de que entrara en un coma alcohólico. El viernes anterior, cuando volvían de un boliche de González Catán, un grupo de barrabravas comenzó a dispararles a plena luz del día. Después de perderlos, Balestra decidió que la única posibilidad de mantener al pibe con vida hasta el día del viaje era escondiéndolo en un hotel cercano al aeropuerto.

Ahí estaba Ángel Gómez ahora, la mañana de su viaje: atado a la cama con el cinturón de Balestra, en calzoncillos, con las manos ensangrentadas porque había intentado cortarse las venas, llorando en aquella habitación en la que llevaban tres días encerrados.

Balestra tomó un trago y consultó el reloj. Las siete y quince de la mañana. En una hora, al fin, todo habría terminado.

¾    Lo sigo viendo… ahí está - gimió Gómez.

¾    ¿Qué ves? – preguntó el detective, aburrido de esa conversación que se había repetido hasta el infinito entre aquellas cuatro paredes.

¾    La cabeza explotando contra el parabrisas. Y el ruido seco.

Ahora Gómez se cubría los oídos con ambas manos.

¾    El ruido, el ruido…

Balestra se compadeció, y lo liberó de la cama desatando el cinturón.

¾    No aguanto el ruido… - gritó Gómez de pronto, poniéndose de pie y corriendo hacia la ventana.

Cuando la abrió y sacó medio cuerpo afuera con la intensión de tirarse, Balestra se hartó. No iba a permitir que Gómez se matara y le impidiera cobrar el dinero que él se había ganado. Arrojó el vaso contra el espejo del ropero, se incorporó, sacó el arma y corrió hacia la ventana. Con fuerzas, sujetó a Gómez del cuello y lo obligó a que lo mirara a los ojos. Entonces le puso el cañón del arma dentro de la boca y dijo:

¾    El pibe que atropellaste ya está muerto. Vas a cargar con su muerte hasta que te mueras vos. Pero no va a ser hoy. Hay mucha gente que depende de tu viaje. Tu familia, el club, tu representante… y yo. Casi me matan por cuidarte. Así que escuchame bien: ahora te vas a bañar. Después te vas a poner ese traje y te vas a subir al avión sin hacer un solo quilombo más, ¿me escuchaste?

Gómez sacudió la cabeza, resistiéndose. Balestra metió el cañón del arma cinco centímetros mas adentro de la boca del pibe, que comenzó a retorcerse por las arcadas.

¾    Podrías estar en la cárcel, infeliz, pero no. Tenés dieciocho años. Te vas a Ucrania a vivir como un rey, a jugar en canchas que tienen más césped que todo el que viste en tu puta vida. Con la guita que juntes, si seguís pensando en el pibe que mataste poné una fundación y ayudá a las víctimas de los accidentes de tránsito. Y si eso no te alcanza, cuando te retires te podés suicidar. Pero ahora no. Ahora te vas a bañar y te vas a portar bien porque si no te voy a cagar a tiros y no te va a reconocer ni tu vieja. ¿Me escuchaste? ¿Vas a hacer lo que yo te digo?

Ahora asintió, pálido. Cuando el detective le retiró el arma de la boca, Gómez vomitó.

¾    Usted está loco.

¾    No sabés lo loco que puedo estar – dijo Balestra, obligándolo a levantarse.

Lo condujo hasta el baño y abrió la ducha diciendo:

¾    Que no te quede sangre en ninguna parte del cuerpo. ¿Me escuchás?

¾    Sí, sí… Váyase.

¾    No, no me voy a ir. 

Gómez comenzó a bañarse con fruición, como si quisiera quitarse la piel que cubría su cuerpo atormentado. Sentado sobre la tapa del inodoro, Balestra fumaba mezclando el humo del cigarrillo con el vapor de la ducha. Cuando el pibe terminó, le alcanzó una toalla y lo acompañó de regreso a la habitación para que se vistiera con el traje que el representante le había enviado, junto con una valija de ropa y el pasaporte. Apuntándole con el arma, Balestra dijo:

¾    Ponete lindo que vas a salir en la tele.

Las ocho de la mañana. En quince minutos el auto del representante estaría en la puerta del hotel. Balestra se colocó el cinturón, se acomodó la camisa que llevaba puesta desde hacía tres días y fue al baño a lavarse la cara.

Cuando Gómez estuvo vestido, Balestra lo obligó a que se mirara en el espejo roto. Pero fue Balestra el que se sorprendió al ver su propio cuerpo. Todavía no se acostumbraba al cambio, y a veces hasta sentía nostalgia por los doce kilos que se había visto obligado a bajar hacía cinco meses. O seis. No lo recordaba, las fechas se habían mezclado durante las dos semanas que había pasado internado en terapia intensiva a causa de aquel pre infarto que lo había obligado a consumir menos grasas, a caminar dos veces al día y… y nada más. Bastante tenía con eso. Y con Gómez.

Le acomodó la corbata al pibe y le dijo:

¾    Sonreí que el Aeropuerto va a estar lleno de periodistas. Tenés que contestar dos o tres preguntas, y agradecerle sobre todo a la hinchada. Les vas a desear que puedan zafar del descenso y vas a prometer volver para retirarte en el club. ¿Está?

¾    Sí.

¾    Y ahora agarrá la valija que nos vamos.

En la recepción, Garfunkell, el representante del pibe, estaba hablando con el encargado del hotel.

¾    Dejales bastante propina que la habitación es un desastre… - dijo Balestra.

Garfunkell miró a Gómez y se sorprendió por su buen aspecto.

¾    Qué pinta, crack. ¿Listo para romperla en Europa?

Gómez se encogió de hombros sin responder, pero al ver el gesto amenazante de Balestra, asintió.

Los tres salieron a la calle bajo una fina llovizna. El BMW negro de Garfunkell estaba en la puerta. Balestra encendió un cigarrillo para despejar el cansancio que le atería el cuerpo. Mientras el chofer tomaba la valija y la metía en el baúl, Balestra le palmeó el hombro a Ángel Gómez.

¾    Saludos al jeque.

¾    Entrá que te vas a mojar, crack – le dijo Garfunkell, señalando la puerta trasera del auto.

Cuando Gómez estuvo dentro del auto y la puerta cerrada, Balestra suspiró.

¾    Listo. Ahora el pibe es problema tuyo.

¾    Gracias, Balestra – dijo Garfunkell entregándole un sobre - Los tres mil que pediste, más otros dos para que arregles los balazos que tiene el coche.

¾    ¿Vos sabés que ese pibe es una bomba de tiempo, no?

¾    Claro. Cuando él firme el contrato y yo cobre la comisión del pase, dejo de representarlo.

¾    Ah, sos un humanista.

¾    Hay que saber cuidarse, Balestra. Y va para vos también. Guardate por un tiempo. Los muchachos de la barra saben tu nombre. No creo que pase nada, pero por las dudas cuidate.

Se estrecharon la mano. Garfunkell entró al BMW y se alejó en dirección al aeropuerto de Ezeiza. ¿Qué iba a hacer ese pobre pibe, solo en Ucrania? ¿Cuánto podía tardar en suicidarse o en contar la verdad, que era lo mismo?

Caminó hasta el estacionamiento del subsuelo del hotel y contempló los agujeros de bala en el baúl de su viejo Peugeot. Se sentó al volante y arrancó. Cuando salió a la calle, las gotas de lluvia se estrellaron contra el parabrisas como cabezas de niños atropellados.

 

Al bajarse del auto en el barrio de Congreso sintió que el alma le volvía a los tobillos. Para que le volviera al cuerpo entero primero debía llegar a la isla. “Pronto”, se prometió Balestra, frente a aquel valle de cemento que era la avenida Entre Ríos, rodeada por laderas de hormigón repletas de departamentos de oficinas y viviendas y atravesada por decenas de autos y colectivos ruidosos, un paisaje agrio que siempre lo reconfortaba. Entonces volvió a sentirse como lo que era: un hombre de medio siglo que vivía de los secretos, errores y pecados ajenos, con antecedentes cardíacos y varias visitas y llamados pendientes.

Entre la humedad del aire que se mezclaba con la llovizna, se echó a andar por el barrio. La primera escala fue a una cuadra del Congreso. El bar del Polaco estaba repleto de asesores de diputados y senadores, periodistas en tiempo muerto, administrativos almorzando hamburguesas grasosas, macrobióticos cuarentones frente a ensaladas escuálidas y peatones que le escapaban a la llovizna que caía sobre esa ciudad marchita que comenzaba a recibir el otoño.

¾    ¿Se fue? – preguntó el Polaco.

¾    Sí.

¾    ¿Vivo?

¾    Por ahora, sí.

¾    Felicidades. Nuestra selección necesita hombres probos como Angelito Gómez – dijo con seriedad el Polaco, tan uruguayo como el propio Balestra.  

¾    Servime un café doble.

Lo bebió de pie en la barra, mirando la colección de adornos horribles que el Polaco tenía exhibidos en una repisa.

¾    Mucha gente. Venite a la tarde y tomamos algo más tranquilos – dijo el Polaco, después de que Balestra pagara su café.

¾    No. Hoy me voy al Tigre. 

¾    Pará. Tengo un regalo – dijo el Polaco y, con movimientos calculados de desactivador de bombas nucleares, abrió la heladera ubicada debajo del mostrador para anunciar: - Sonia hizo gulash hace unos días y frizó una parte para vos.

Balestra se emocionó al ver el tupper cargado con esa carne mechada que tan bien cocinaba la mujer del Polaco, hija de polacos católicos, no como su marido, descendiente de judíos. Un matrimonio mixto que si bien en otro tiempo les hubiera valido una condena a muerte ahora podía permitirse la convivencia y la degustación alternada de knishes y gulash sin temor a indigestarse o a recibir un castigo divino. Se despidió de su amigo y volvió a la llovizna de la calle.

Eran las once y media de la mañana y Balestra entró en un dilema: ir a darse una ducha o dedicarse a comprar los víveres que se llevaría al Tigre."


Los Pájaros Negros, Sudamericana, 2021.


viernes, 19 de agosto de 2022

Mira, Nusia y Hanka en las colonias del Barón Hirsch


El jueves 18 de agosto tuve la suerte de poder visitar a las kehila de San Salvador y la kehila de General Campos, en la provincia de Entre Ríos, donde residen los descendientes de las familias judías que escaparon de los pogromos de la Rusia Zarista a fines del siglo XIX y llegaron a la Argentina en busca de un lugar donde poder vivir y progresar.


El motivo del viaje fue hablar con los chicos y chicas que están cursando el último año del secundario en distintas escuelas de la zona y contarles las historias de Mira, Nusia y Hanka, y cómo se convirtieron en sobrevivientes del Holocausto. Como siempre, el respeto, la emoción y el interés de las chicas, los chicos y sus docentes me convenció de que ellas tres deben estar felices de que su testimonio siga sonando en los oídos de las nuevas generaciones. Ese fue el único motivo que las llevó a confiarme las historias que dieron origen a El ghetto de las ocho puertas, La niña y su doble y Hanka 753.




Las charlas, de las que participaron docentes, los intendentes de ambas localidades, periodistas y vecinos, fueron parte del lanzamiento del concurso de ensayo SHOA, que tiene como objetivo aprender por qué, cómo, cuándo y dónde ocurrió se llevó a cabo una de las peores barbaries de la Humanidad.  




Gracias a Luis Golden y a Paola Visnevetzky, presidentes de ambas comunidades por el recibimiento, la confianza y el trato afable. Aunque sólo estuve 24 horas, me traigo las historias que me contaron los miembros de la comunidad, sobre sus abuelas y abuelos, primeros colonos judíos de la zona. Tanto Luis como Paola vienen haciendo un trabajo inmenso para mantener viva la memoria de aquellos judíos rusos que llegaron al país gracias al Barón Hirsch y, sin saber nada del tema, lograron convertirse en expertos agricultores, los famosos Gauchos Judíos de Alberto Gerchunoff.


Gracias como siempre a AMIA y a Vaad Hakehilot, y en especial a Tamara y Eve, que confían en mí y en mis libros.



miércoles, 3 de agosto de 2022

Viruela. Giuseppina en Segesta.




"Su rostro en el tiempo", Editorial Sudamericana, 2015.

Fragmento:


"Cuando oía el sonido de un avión o el eco de las explosiones, Rosalía llamaba a sus hijos a los gritos y ellos se sentaban junto a su madre, sobre ella, a su alrededor, y ella extendía los brazos como si eso bastara para protegerlos. Giuseppina la observaba y se preguntaba si con los años ella también terminaría por convertirse en eso. Rodeada de hijos de Filippo, lejos de la isla, de Vito.

 Aquel día, Giuseppina debía ir a pie hasta Bruca para llevarle unas medicinas a su tía Antonia, la hermana de su padre, que padecía una terrible enfermedad. Si terminaba temprano podría regresar en el carro junto con su padre y sus hermanos, que por entonces pasaban menos tiempo en el campo.

Su abuela le pidió que se cuidara: no era bueno que una muchacha comprometida anduviera sola por aquellos caminos. Giuseppina le enseñó el largo cuchillo que había escondido entre sus ropas.

-        Haces bien, nuestra tierra está plagada de ladrones, fascistas y locos.

La abuela había envejecido mucho últimamente, su cuerpo se consumía dentro de sus ropas negras; era tan pequeña y frágil que ya no tenía fuerzas para imponer su autoridad. Giuseppina había dejado de odiarla, y ahora la trataba con calidez. Después de todo, aquella anciana era la única que conocía el origen de su tristeza, de su soledad.

Afuera amanecía. Giuseppina salió a la calle, pero regresó a la casa como si hubiera olvidado algo. Cuando volvió a salir llevaba un vaso lleno de agua, que vació sobre la maceta que estaba en el alféizar de la ventana del salón. Después acarició las hojas con la mano y se acercó los dedos a la nariz. Respiró profundamente. Ella misma se había encargado de recoger las semillas de la planta y hacerlas germinar para volver a sembrarlas en esa misma maceta. La mantenía húmeda y fresca. Aquel perfume era lo único que quedaba de Vito y deseaba conservarlo como quien conserva la fotografía de un muerto o una flor seca que el tiempo se encargó de marchitar.

Dejó el vaso junto a la maceta y comenzó a caminar. Pasó frente al almendro al que subía para ver llegar a Vito; ahora podía alcanzar las ramas con sólo estirar la mano… Arrancó algunos frutos y se los guardó en un bolsillo.

Miró hacia delante, y se encontró a Filippo con un par de soldados.

  Buen día.

  Buen día, Filippo – dijo Giuseppina.

­-  ¿Adónde vas? - preguntó Filippo.

­-  A la campiña, a ver a mi tía…

­-  ¿No tenés miedo? – dijo Filippo.

­-  No.

Filippo volvió a intentarlo:

­ -    Hubo un accidente, los alemanes bombardearon un hospital, y ahora las montañas están llenas de enfermos vagando por ahí. No quiero que corras ningún peligro. 

Giuseppina no se atrevió a alzar la vista. No soportaba más todo aquello.

­ -    Yo conozco esto mejor que vos, Filippo.

­  -   En unas semanas vamos a estar en Roma. ¿Querés que te haga acompañar por unos soldados? Así me quedaría más tranquilo…

­  -   No, gracias, Filippo. Es mejor que los soldados se queden con vos. Nadie se va a animar a atacar a la prometida de un hombre importante.

Filippo sonrió, agradecido. La besó en la mejilla y se alejó por el camino.

 

Después de pasar tanto tiempo ocupada con la casa, la verdulería y el lavadero, aquel paseo le recordó los tiempos en que salía a caminar con Vito, cuando él le enseñaba el nombre de los árboles, de las flores.

Los caminos estaban desiertos. Siguió avanzando, bajo el sol de la mañana. Al llegar a una curva, descubrió un hombre fumando a la sombra de un árbol. Giuseppina apuró el paso. Nerviosa, vio que el hombre arrojaba el cigarro, lo pisaba con su bota y comenzaba a andar detrás de ella. No le dio importancia. Sin embargo, unos metros más adelante, giró para ver si el hombre la seguía y descubrió que estaba a solo un par de metros de distancia. Bajo su chaleco pudo ver los dos cañones de una lupara. Giuseppina retiró el cuchillo de entre sus ropas y lo blandió en el aire.

­      -  Pina… - dijo el hombre a la defensiva.

Asustada, Giuseppina se echó a correr.

­      -  …traigo noticias de Vito – gritó el hombre, que se había quitado la gorra en signo de respeto.

­  -   Vito.

Sintió felicidad tan sólo con nombrarlo. Se detuvo, y se volvió hacia el hombre, que se acercaba a ella.

­ -    ¿Usted quién es?

­ -    Un amigo. Su hermano está bien – dijo. Y, entregándole una pequeña figura de cobre que intentaba reproducir una figura humana, agregó: - Me pidió que le entregara esto. Es el niño de Segesta. Vito le pide que lo cuide. 

­ -    ¿Dónde está?  

­ -    En América. Cuando termine la guerra vendrá a buscarla - contestó el mensajero mientras se alejaba.

Vito, Vito, Vito.

Giuseppina repetía ese nombre como una oración de agradecimiento. Animada, feliz, atravesó montes florecidos de alhelíes, narcisos y caléndulas; con la ausencia de los campesinos, arbustos silvestres habían crecido entre las hileras de olivos y vides que cruzaban las colinas. A lo largo de todo el camino reconoció el perfume de la menta, la albahaca y el romero en el aire fresco de abril. Mientras caminaba, enumeraba los diferentes platos que hubiera podido cocinar con aquellas especias y los ingredientes que les había quitado la guerra.

Cuando llegó a Segesta, alzó la vista: en la cima, las columnas del Templo se veían tan pequeñas que podía guardárselas en el puño de la mano. Nunca había escalado la cuesta ni visto aquel templo de cerca.   

Pensó que debía llevarle algún regalo a su tía enferma.

Buscó alhelíes. Flores rosas, amarillas.

Al rodear la colina, el camino se transformó en un pasillo estrecho que dividía los viñedos.

Llegó a Bruca cuando el sol alcanzaba su cenit. El campo de su padre era el único en el que se percibía algún tipo de movimiento. Desde el camino Giuseppina vio que sus hermanos estaban arreglando el arado: los mellizos sostenían firmemente las ruedas y Nino golpeaba el eje con una piedra plana; polvo y sudor se mezclaban en los rostros de sus hermanos. Hacía tiempo que Giovanni había dejado de trabajar con su familia, ahora servía en la casa de Don Caltanisetta y llevaba la camisa negra de los fascistas. El burro pastaba, indiferente a lo que le ocurría a los Licatesi, al Duce y a todos.

Giuseppina se quitó los zapatos y se acarició los pies (unos pies perfectos – y cansados). Al ver a su hermana, los mellizos dejaron lo que estaban haciendo y comenzaron a andar hacia ella. Sólo se detuvieron cuando Nino les ordenó que volvieran al trabajo.

Saludó a sus hermanos desde lejos y continuó su marcha. Al pasar por la iglesia de Bruca se persignó y tomó un sendero rodeado de higueras. Delante de la casa, a la sombra de una bourgainvillia de flores color salmón, sus primos estaban carneando el último cerdo que les quedaba: en una fuente habían colocado la cabeza y las entrañas, la sangre en baldes, y ahora troceaban la carne sobre una mesa cubierta de moscas. A un costado, dos perros y una bandada de pájaros se disputaban las vísceras sobre la tierra bañada de sangre.

Ni sus primos ni los perros ni los pájaros la vieron llegar. La puerta de la casa estaba abierta, como siempre, y Giuseppina golpeó las manos esperando que alguien saliera a recibirla. Pero nadie salió.

Al entrar pudo sentir un intenso olor a ajo. Su tía dormía en la cama con las piernas extendidas y sus pies desnudos asomaban bajo las mantas. Giuseppina acercó una silla a la cama. Sobre el respaldo, el retrato en blanco y negro de sus abuelos paternos. Durante unos minutos permaneció en silencio velando el sueño de la enferma, que respiraba profundamente y emitía un ronquido seco, descomunal.

Cuando su tía despertó, Giuseppina abrazaba las flores y soñaba con los montes que había visto en el camino.

- Pina – escuchó que la llamaban.

- Tía – dijo al despertar.

Se acomodó en la silla, se frotó los ojos y se incorporó para besar dos veces el rostro pálido de su tía Antonia.

- Le traje estas flores.

- Las flores son para los muertos, y a mí no me queda mucho... ¿Cómo está tu madre?

- Débil, en la casa, con mis hermanos – dijo Giuseppina -, le manda estas medicinas. Y también le ha encendido una vela a la Madonna para que le devuelva la salud.

- Dale las gracias… pobre mujer, siempre acostada…

- ¿Y usted cómo está?

- Ya me ves.

Y realmente podía verla: deformada por la inflamación, entregada a aquella extraña enfermedad que había comenzado a quitarle la vida.

- ¿Necesita algo?

- Agua.

Giuseppina se incorporó y dejó las flores sobre la mesa, junto con el frasco de medicinas. En la cocina encontró un balde de agua fresca. Llenó un vaso. Sobre el fogón, dentro de una olla hervían verduras y ajos. Sintió hambre: eligió un trozo de zapallo. Lo masticó lentamente. Después volvió junto a la cama.

Con esfuerzo, su tía retiró de debajo de las mantas un brazo que parecía estar a punto de explotar. Bebió dos sorbos de agua y dejó el vaso sobre la mesa de noche.

- ¿Podrías rascarme los pies? No soporto la comezón…  

Primero con asco, luego con indiferencia, Giuseppina tocó la piel grasosa que se tensaba alrededor de la carne; deslizaba las uñas mientras su tía, aliviada, mantenía los ojos abiertos y una sonrisa de placidez. Sus párpados hinchados parecían demasiado exagerados para cubrir unos ojos tan pequeños. Giuseppina la miraba pero tenía su mente lejos, en América. 

Pasaron varios minutos; después Antonia levantó la mano derecha y le pidió que se detuviera.

- Hacía mucho tiempo que no te veía… - dijo Antonia, y agregó: - El otro día vino a visitarme tu hermano Vito. 

- Vito está en América, tía – dijo Giuseppina, “y vendrá a buscarme”, pensó.

- ¿Y tus hijos cómo están?

- Sigo soltera, pero me casaré el mes próximo – dijo Giuseppina, y, de pronto sus ojos se llenaron de lágrimas.

¿Cómo haría para evitar la boda? Si rechazaba a Filippo, podía dejar a su padre al borde de la muerte… Si se casaba, la obligarían a partir de la isla y ya nunca volvería a encontrarse con Vito. Sintió que le faltaba el aire, que todo lo que la rodeaba comenzaba a girar.

-            Cuando tenía tu edad ya había parido tres veces… ¿y para qué? Ahora tengo un hijo en África, otro en Albania y los demás pronto serán llamados al servicio… Espero morirme antes de que la guerra llegue aquí… Treéme un poco de pan – dijo su tía.

De vuelta en la cocina, se olió los dedos y sintió náuseas. Se inclinó sobre el balde de agua limpia para lavarse las manos. Después se las secó en la ropa, las olió y volvió a lavárselas. Pan. Cortó un pedazo para llevárselo a su tía, pero Antonia se había vuelto a dormir.

Aliviada, Giuseppina dejó el pan junto al vaso de agua y lentamente salió de la casa.

Afuera sus primos conversaban a la sombra de un árbol. Todo era quietud; nada se movía, tan sólo los perros, que continuaban lamiendo la tierra manchada de sangre.

Si bien ya no tenían mucho más por hacer, sus hermanos le dijeron que Marianno había decidido que se quedaran hasta el día siguiente. De modo que tendría que regresar sola y a pie. Debía apurarse si quería llegar antes de que anocheciera. Pero al llegar al camino que ascendía hacia Segesta, no pudo resistir la tentación conocer el templo del que Vito le había hablado hacía tanto tiempo.


Templo de Segesta.


Subió la pendiente hasta alcanzar las escalinatas del templo, rozó la piedra fría y lisa de las altas columnas. Las contó dos veces, en silencio. Repitió el número. Vito se había equivocado al contarlas, se lo diría apenas volvieran a encontrarse. Pero… ¿volverían a verse?  Avanzó unos metros y se sentó sobre una roca bajo el cielo abierto y despejado de aquella mañana. En un mes estaría casada con Filippo. Se acomodó el pañuelo, se secó las lágrimas.

Sola en el centro del templo.

Donde el viento le mecía los cabellos y su sombra se alejaba con el polvo. 

Pronto, aquella paz silenciosa comenzó a desesperarla. Volvió a incorporarse. Sentía una furia inmensa. Aquello que todos consideraban un milagro había sido su perdición: ¿para qué la había resucitado la Madonna de entre los muertos si lo que le esperaba era una vida de pecado, sufrimiento y traición? Entonces deseó estar muerta, y que Filippo fuera asesinado, y que Vito volviera de inmediato y no tener que esperar…

Llorando, se echó a andar. Desde la cima, pudo observar el teatro de piedra. Se dirigió hacia allí, y luego se detuvo a ver la inmensidad del campo que se extendía por detrás del antiguo escenario de piedras blancas. Pasó unos minutos en silencio, aferrada a la estatuilla de cobre que llevaba con ella.

De pronto oyó el sonido de una de esas zampoñas que utilizaban los pastores para llamar a sus rebaños. Giuseppina se sorprendió de escucharla tan cerca. Al volver la vista notó que los arbustos de al lado del escenario se agitaban. Asustada, retiró el cuchillo y se incorporó, todo en un mismo movimiento. Temía lo que podría salir de allí. Retrocedió un paso. Los arbustos volvieron a agitarse.

Por detrás de las ramas vio aparecer una figura envuelta en una túnica de sacerdote. Giuseppina retrocedió, entornó los ojos: la sombra de la capucha ocultaba el rostro de aquella pequeña figura. Llevaba sandalias, y sus pies parecían estar cubiertos de manchas blancas. 

 Al oírlo hablar, Giuseppina supo que era un anciano.

­  -   Buenos días – dijo el hombre sin quitarse la capucha.

Giuseppina lo vio acercarse con la mano alzada, dispuesta a acuchillarlo. El hombre se llevó una mano a la sombra que era su rostro y se rascó durante un momento. Arrastraba los pies al caminar, parecía demasiado débil como para haber podido subir el camino. Al intentar sortear una roca que se interponía en su camino, el anciano perdió el equilibrio y cayó al suelo. Para entonces Giuseppina ya había dejado de sentir miedo. Dio dos pasos y extendió su mano para ayudarlo a incorporarse.

­   No te acerques, no me toques – dijo el hombre, rechazando su mano.

Giuseppina no podía dejar de mirarle los pies, cubiertos por costras blanquecinas que le recordaban a los caracoles secos en los cactus.

­  -   ¿Qué tiene?

­ -    Viruela. Andate. Sos demasiado hermosa para enfermarte.

Giuseppina se alejó con miedo mientras el anciano se incorporaba. Con asco, contempló sus manos y sus pies putrefactos durante unos segundos, hasta que supo que aquel anciano podía ser su salvación. El Imperio, la Madonna, Filippo, Don Caltanissetta… de pronto había dejado de temerle a todos. Ni siquiera le importaba la vida de sus padres y sus hermanos. Llevaba diecisiete años viviendo como le decían, obedeciendo en todo a todos… No estaba dispuesta a perder su última oportunidad. Desesperada, tomó la mano del hombre, una mano áspera, cubierta de pústulas blanquecinas.

-        ¿Qué hacés, niña?

Las heridas del hombre se abrieron, el hedor era insoportable. Giuseppina sintió ganas de vomitar y deseó que Filippo sintiera lo mismo. Entonces comenzó a pasarse las manos del hombre por el rostro, los hombros, el cuello… llorando.

En ese momento se oyó un estruendo, y un remolino de viento les azotó las cabezas. El viento le quitó la capucha al hombre, y Giuseppina pudo ver que las costras blanquecinas también le cubrían el rostro, el cuello.

Se oyó un zumbido, y los dos alzaron la vista para ver el avión que pasaba sobre ellos. Vieron también la bandera de Italia sobre el dorso de las alas, y dos enormes bombas debajo del fuselaje pintado de verde. El avión se alejó hacia el horizonte, pero a mitad de camino dio un rodeo y se volvió en dirección al teatro.

­-   Son los fascistas. Hay que escapar… – gritó el hombre, que había vuelto a cubrirse el rostro y se alejaba dando tumbos hacia las tribunas.

Desafiante, Giuseppina le dio la cara al viento. Primero vio la hélice, luego la ventanilla empañada y al fin la cabeza del piloto enfundada en una máscara color marrón. Cuando el avió la superó sintió que el aire le golpeaba la cara. Después se volvió: el avión había desaparecido, el anciano también.

Se miró la mano, que aún tenía restos de las heridas del hombre, pero ya no sintió asco."


miércoles, 20 de julio de 2022

Tres amigos. Los pájaros negros.

 



"Mar del Plata. 1948.

 

Javier se había llevado las tres postales que había conseguido en el buque holandés recién llegado al puerto. Sentado sobre la plataforma de madera del molino de viento, dedicó unos minutos a contemplar la vista que se abría debajo de él, con sus plantaciones de maíz, los animales pastando y, a lo lejos, el inmenso mar azul. Después encendió un cigarrillo y se entregó a la visión profética de esas mujeres rubias que exhibían con una sonrisa sus pechos y sus amplias caderas, apenas vestidas con galera y bastón, sentadas o paradas alrededor de un sillón blanco. Tres postales por una botella de vino barato para un marino desesperado. Había hecho un gran negocio.

Un gritó lo sacó de sus pensamientos. Al mirar hacia abajo, descubrió a un chico que corría asustado perseguido por un perro blanco. Detrás del perro, otro chico corría gritando una palabra que desde allí no llegaba a entender.

Desde lo alto vio cómo el chico perseguido tropezaba, se paraba y volvía a correr buscando entre los maizales un lugar donde esconderse. Cuando estuvieron más cerca del molino, Javier notó que el perro era enorme y mostraba los dientes con furia. El chico que escapaba no debía de tener más de quince años. El dueño del perro, que parecía ser más chico, no dejaba de gritar esa palabra que ahora él podía oír con claridad: “Nieve”.

Al fin, el chico que iba delante alcanzó el molino e intentó treparse para escapar de los dientes del perro. Pero era demasiado bajo, y aunque lo intentó dos, tres veces lo único que logró fue sujetarse a uno de los tensores para quedar colgando a un metro del suelo. El perro llegó hasta él y comenzó a ladrar y a saltar con la intensión de morderlo. La cabeza del animal era tan grande como para destrozarle las piernas. El chico gritaba y se balanceaba para evitar las embestidas. Javier pensó en el muñón de Mikel, el falso héroe de Guernica. “Que lo muerda”, se dijo, pero finalmente sintió lástima por los gritos desesperados del chico y decidió ayudarlo.

Con cuidado, bajó hasta el primer tercio del molino y miró al chico: “Dame la mano”. Con fuerza, lo alzó hasta que el otro pudo colocar un pie en el primer tensor y escapar del alcance del perro. Pronto, el que debía ser el dueño llegó hasta el molino. Tenía un palo en la mano. “Nieve, ¿qué hiciste?”, gritó con un acento extraño, alzando el palo para pegarle al animal, que bajó las orejas y se echó mansamente sobre el pasto.

“Perro de mierda”, gritó el chico que había estado a punto de ser mordido. Javier soltó una carcajada. “Te salvaste por poco”, dijo. “Soy Javier”. “Yo soy Vito”, dijo el otro y después, mirando hacia abajo, le dijo al dueño del perro: “Te lo voy a matar, hijo de puta”. El dueño lo miraba con una sonrisa: “Entraste a robar manzanas a mi casa, ¿qué querés que haga el perro?”

Vito lo escupió desde arriba. Comenzaron a insultarse hasta que Javier, que era mayor que ellos, dijo: “¿Cómo te llamás, vos?” “Samuel”. Javier los presentó: “Vito, Samuel. Samuel, Vito. Están a mano. Vos le robaste y el perro te persiguió. Así que ahora vos agarralo que tengo que bajar para volver al negocio.” Los ojos de Vito habían dejado de mirar al perro porque habían descubierto algo mejor: las postales que Javier tenía en la mano. “¿Puedo verlas?”

Bajaron. Cuando pisaron la tierra, Samuel aferró el collar de Nieve, que, asustado, ya no ladraba. En ese momento oyeron el estruendo de un disparo y los tres se tiraron al suelo. “Es el capataz de la estancia, por culpa de ustedes me descubrió”, dijo Javier con terror. Los disparos cada vez sonaban más próximos y atronadores. Vito y Samuel notaron que Javier se cubría los oídos, paralizado. Si no se movían, pronto estarían a tiro del capataz. Vito tomó a Javier del brazo: “Tenemos que irnos”. Javier reaccionó e intentó ponerse de pie, pero Samuel le tiró del pantalón para que volviera a ocultarse. “Tenemos que ir arrastrándonos por el piso”, dijo.

Empezaron a deslizarse entre las líneas de maizales, primero con cuidado, volviendo la vista atrás en busca del capataz. Sobre ellos, un choclo fue alcanzado por un tiro y cayó al suelo. Javier había vuelto a cubrirse los oídos. Vito y Samuel se miraron, confundidos, hasta que Vito gritó: “Corran”. Los tres se lanzaron por el campo, corriendo con el perro detrás de ellos en dirección a la playa. El viejo capataz, vestido con bombachas de gaucho y boina, disparaba a breves intervalos. “Cornudo”, le gritó Vito y Samuel se rió con una carcajada. Javier corría en silencio, asustado.

Siguieron corriendo y sólo se detuvieron cuando alcanzaron la arena de la playa y, agitados, se quedaron contemplando ese mar que los había traído desde sitios tan distantes. Ese día, extrañamente, el mar estaba calmo. Ellos seguían temblando por la proximidad del peligro del que habían escapado.

Se sentaron en la arena. Nervioso, Javier encendió un cigarrillo y le convidó uno a Vito. Samuel rechazó el suyo. Se preguntaron las edades. Javier tenía dieciséis años, Vito quince y Samuel trece. Y sin embargo, los tres habían logrado escapar de los tiros gracias a la valentía de los dos más pequeños. Vito no podía entender que un chico de dieciséis años le tuviera miedo los disparos. Y se lo dijo: “Si te quedabas tapándote los oídos te morías ahí, ¿sabés?”. Javier miró para otro lado y se sumieron en un largo silencio. Luego, mirando el mar, Javier dijo: “No soporto las explosiones ni los disparos” y les contó sobre los bombardeos de Guernica, que a Samuel le recordaron la destrucción de Varsovia y a Vito un bote lamido por las llamas. Más serenos, cada uno contó parte de su historia y cómo habían llegado a Argentina. 

Ese día pasaron un largo rato hablando y mirando las postales de Javier. Más tarde, emprendieron el regreso a la ciudad caminando por esa playa larga que, decían, llegaba hasta el fin del mundo. Se despidieron a la altura de las obras del Hotel Provincial, que con sus andamios, albañiles y poleas tapaban una parte del Casino."

                                                            Los Pájaros Negros, Sudamericana, 2021.