Alejandro Parisi

Alejandro Parisi

miércoles, 3 de agosto de 2022

Viruela. Giuseppina en Segesta.




"Su rostro en el tiempo", Editorial Sudamericana, 2015.

Fragmento:


"Cuando oía el sonido de un avión o el eco de las explosiones, Rosalía llamaba a sus hijos a los gritos y ellos se sentaban junto a su madre, sobre ella, a su alrededor, y ella extendía los brazos como si eso bastara para protegerlos. Giuseppina la observaba y se preguntaba si con los años ella también terminaría por convertirse en eso. Rodeada de hijos de Filippo, lejos de la isla, de Vito.

 Aquel día, Giuseppina debía ir a pie hasta Bruca para llevarle unas medicinas a su tía Antonia, la hermana de su padre, que padecía una terrible enfermedad. Si terminaba temprano podría regresar en el carro junto con su padre y sus hermanos, que por entonces pasaban menos tiempo en el campo.

Su abuela le pidió que se cuidara: no era bueno que una muchacha comprometida anduviera sola por aquellos caminos. Giuseppina le enseñó el largo cuchillo que había escondido entre sus ropas.

-        Haces bien, nuestra tierra está plagada de ladrones, fascistas y locos.

La abuela había envejecido mucho últimamente, su cuerpo se consumía dentro de sus ropas negras; era tan pequeña y frágil que ya no tenía fuerzas para imponer su autoridad. Giuseppina había dejado de odiarla, y ahora la trataba con calidez. Después de todo, aquella anciana era la única que conocía el origen de su tristeza, de su soledad.

Afuera amanecía. Giuseppina salió a la calle, pero regresó a la casa como si hubiera olvidado algo. Cuando volvió a salir llevaba un vaso lleno de agua, que vació sobre la maceta que estaba en el alféizar de la ventana del salón. Después acarició las hojas con la mano y se acercó los dedos a la nariz. Respiró profundamente. Ella misma se había encargado de recoger las semillas de la planta y hacerlas germinar para volver a sembrarlas en esa misma maceta. La mantenía húmeda y fresca. Aquel perfume era lo único que quedaba de Vito y deseaba conservarlo como quien conserva la fotografía de un muerto o una flor seca que el tiempo se encargó de marchitar.

Dejó el vaso junto a la maceta y comenzó a caminar. Pasó frente al almendro al que subía para ver llegar a Vito; ahora podía alcanzar las ramas con sólo estirar la mano… Arrancó algunos frutos y se los guardó en un bolsillo.

Miró hacia delante, y se encontró a Filippo con un par de soldados.

  Buen día.

  Buen día, Filippo – dijo Giuseppina.

­-  ¿Adónde vas? - preguntó Filippo.

­-  A la campiña, a ver a mi tía…

­-  ¿No tenés miedo? – dijo Filippo.

­-  No.

Filippo volvió a intentarlo:

­ -    Hubo un accidente, los alemanes bombardearon un hospital, y ahora las montañas están llenas de enfermos vagando por ahí. No quiero que corras ningún peligro. 

Giuseppina no se atrevió a alzar la vista. No soportaba más todo aquello.

­ -    Yo conozco esto mejor que vos, Filippo.

­  -   En unas semanas vamos a estar en Roma. ¿Querés que te haga acompañar por unos soldados? Así me quedaría más tranquilo…

­  -   No, gracias, Filippo. Es mejor que los soldados se queden con vos. Nadie se va a animar a atacar a la prometida de un hombre importante.

Filippo sonrió, agradecido. La besó en la mejilla y se alejó por el camino.

 

Después de pasar tanto tiempo ocupada con la casa, la verdulería y el lavadero, aquel paseo le recordó los tiempos en que salía a caminar con Vito, cuando él le enseñaba el nombre de los árboles, de las flores.

Los caminos estaban desiertos. Siguió avanzando, bajo el sol de la mañana. Al llegar a una curva, descubrió un hombre fumando a la sombra de un árbol. Giuseppina apuró el paso. Nerviosa, vio que el hombre arrojaba el cigarro, lo pisaba con su bota y comenzaba a andar detrás de ella. No le dio importancia. Sin embargo, unos metros más adelante, giró para ver si el hombre la seguía y descubrió que estaba a solo un par de metros de distancia. Bajo su chaleco pudo ver los dos cañones de una lupara. Giuseppina retiró el cuchillo de entre sus ropas y lo blandió en el aire.

­      -  Pina… - dijo el hombre a la defensiva.

Asustada, Giuseppina se echó a correr.

­      -  …traigo noticias de Vito – gritó el hombre, que se había quitado la gorra en signo de respeto.

­  -   Vito.

Sintió felicidad tan sólo con nombrarlo. Se detuvo, y se volvió hacia el hombre, que se acercaba a ella.

­ -    ¿Usted quién es?

­ -    Un amigo. Su hermano está bien – dijo. Y, entregándole una pequeña figura de cobre que intentaba reproducir una figura humana, agregó: - Me pidió que le entregara esto. Es el niño de Segesta. Vito le pide que lo cuide. 

­ -    ¿Dónde está?  

­ -    En América. Cuando termine la guerra vendrá a buscarla - contestó el mensajero mientras se alejaba.

Vito, Vito, Vito.

Giuseppina repetía ese nombre como una oración de agradecimiento. Animada, feliz, atravesó montes florecidos de alhelíes, narcisos y caléndulas; con la ausencia de los campesinos, arbustos silvestres habían crecido entre las hileras de olivos y vides que cruzaban las colinas. A lo largo de todo el camino reconoció el perfume de la menta, la albahaca y el romero en el aire fresco de abril. Mientras caminaba, enumeraba los diferentes platos que hubiera podido cocinar con aquellas especias y los ingredientes que les había quitado la guerra.

Cuando llegó a Segesta, alzó la vista: en la cima, las columnas del Templo se veían tan pequeñas que podía guardárselas en el puño de la mano. Nunca había escalado la cuesta ni visto aquel templo de cerca.   

Pensó que debía llevarle algún regalo a su tía enferma.

Buscó alhelíes. Flores rosas, amarillas.

Al rodear la colina, el camino se transformó en un pasillo estrecho que dividía los viñedos.

Llegó a Bruca cuando el sol alcanzaba su cenit. El campo de su padre era el único en el que se percibía algún tipo de movimiento. Desde el camino Giuseppina vio que sus hermanos estaban arreglando el arado: los mellizos sostenían firmemente las ruedas y Nino golpeaba el eje con una piedra plana; polvo y sudor se mezclaban en los rostros de sus hermanos. Hacía tiempo que Giovanni había dejado de trabajar con su familia, ahora servía en la casa de Don Caltanisetta y llevaba la camisa negra de los fascistas. El burro pastaba, indiferente a lo que le ocurría a los Licatesi, al Duce y a todos.

Giuseppina se quitó los zapatos y se acarició los pies (unos pies perfectos – y cansados). Al ver a su hermana, los mellizos dejaron lo que estaban haciendo y comenzaron a andar hacia ella. Sólo se detuvieron cuando Nino les ordenó que volvieran al trabajo.

Saludó a sus hermanos desde lejos y continuó su marcha. Al pasar por la iglesia de Bruca se persignó y tomó un sendero rodeado de higueras. Delante de la casa, a la sombra de una bourgainvillia de flores color salmón, sus primos estaban carneando el último cerdo que les quedaba: en una fuente habían colocado la cabeza y las entrañas, la sangre en baldes, y ahora troceaban la carne sobre una mesa cubierta de moscas. A un costado, dos perros y una bandada de pájaros se disputaban las vísceras sobre la tierra bañada de sangre.

Ni sus primos ni los perros ni los pájaros la vieron llegar. La puerta de la casa estaba abierta, como siempre, y Giuseppina golpeó las manos esperando que alguien saliera a recibirla. Pero nadie salió.

Al entrar pudo sentir un intenso olor a ajo. Su tía dormía en la cama con las piernas extendidas y sus pies desnudos asomaban bajo las mantas. Giuseppina acercó una silla a la cama. Sobre el respaldo, el retrato en blanco y negro de sus abuelos paternos. Durante unos minutos permaneció en silencio velando el sueño de la enferma, que respiraba profundamente y emitía un ronquido seco, descomunal.

Cuando su tía despertó, Giuseppina abrazaba las flores y soñaba con los montes que había visto en el camino.

- Pina – escuchó que la llamaban.

- Tía – dijo al despertar.

Se acomodó en la silla, se frotó los ojos y se incorporó para besar dos veces el rostro pálido de su tía Antonia.

- Le traje estas flores.

- Las flores son para los muertos, y a mí no me queda mucho... ¿Cómo está tu madre?

- Débil, en la casa, con mis hermanos – dijo Giuseppina -, le manda estas medicinas. Y también le ha encendido una vela a la Madonna para que le devuelva la salud.

- Dale las gracias… pobre mujer, siempre acostada…

- ¿Y usted cómo está?

- Ya me ves.

Y realmente podía verla: deformada por la inflamación, entregada a aquella extraña enfermedad que había comenzado a quitarle la vida.

- ¿Necesita algo?

- Agua.

Giuseppina se incorporó y dejó las flores sobre la mesa, junto con el frasco de medicinas. En la cocina encontró un balde de agua fresca. Llenó un vaso. Sobre el fogón, dentro de una olla hervían verduras y ajos. Sintió hambre: eligió un trozo de zapallo. Lo masticó lentamente. Después volvió junto a la cama.

Con esfuerzo, su tía retiró de debajo de las mantas un brazo que parecía estar a punto de explotar. Bebió dos sorbos de agua y dejó el vaso sobre la mesa de noche.

- ¿Podrías rascarme los pies? No soporto la comezón…  

Primero con asco, luego con indiferencia, Giuseppina tocó la piel grasosa que se tensaba alrededor de la carne; deslizaba las uñas mientras su tía, aliviada, mantenía los ojos abiertos y una sonrisa de placidez. Sus párpados hinchados parecían demasiado exagerados para cubrir unos ojos tan pequeños. Giuseppina la miraba pero tenía su mente lejos, en América. 

Pasaron varios minutos; después Antonia levantó la mano derecha y le pidió que se detuviera.

- Hacía mucho tiempo que no te veía… - dijo Antonia, y agregó: - El otro día vino a visitarme tu hermano Vito. 

- Vito está en América, tía – dijo Giuseppina, “y vendrá a buscarme”, pensó.

- ¿Y tus hijos cómo están?

- Sigo soltera, pero me casaré el mes próximo – dijo Giuseppina, y, de pronto sus ojos se llenaron de lágrimas.

¿Cómo haría para evitar la boda? Si rechazaba a Filippo, podía dejar a su padre al borde de la muerte… Si se casaba, la obligarían a partir de la isla y ya nunca volvería a encontrarse con Vito. Sintió que le faltaba el aire, que todo lo que la rodeaba comenzaba a girar.

-            Cuando tenía tu edad ya había parido tres veces… ¿y para qué? Ahora tengo un hijo en África, otro en Albania y los demás pronto serán llamados al servicio… Espero morirme antes de que la guerra llegue aquí… Treéme un poco de pan – dijo su tía.

De vuelta en la cocina, se olió los dedos y sintió náuseas. Se inclinó sobre el balde de agua limpia para lavarse las manos. Después se las secó en la ropa, las olió y volvió a lavárselas. Pan. Cortó un pedazo para llevárselo a su tía, pero Antonia se había vuelto a dormir.

Aliviada, Giuseppina dejó el pan junto al vaso de agua y lentamente salió de la casa.

Afuera sus primos conversaban a la sombra de un árbol. Todo era quietud; nada se movía, tan sólo los perros, que continuaban lamiendo la tierra manchada de sangre.

Si bien ya no tenían mucho más por hacer, sus hermanos le dijeron que Marianno había decidido que se quedaran hasta el día siguiente. De modo que tendría que regresar sola y a pie. Debía apurarse si quería llegar antes de que anocheciera. Pero al llegar al camino que ascendía hacia Segesta, no pudo resistir la tentación conocer el templo del que Vito le había hablado hacía tanto tiempo.


Templo de Segesta.


Subió la pendiente hasta alcanzar las escalinatas del templo, rozó la piedra fría y lisa de las altas columnas. Las contó dos veces, en silencio. Repitió el número. Vito se había equivocado al contarlas, se lo diría apenas volvieran a encontrarse. Pero… ¿volverían a verse?  Avanzó unos metros y se sentó sobre una roca bajo el cielo abierto y despejado de aquella mañana. En un mes estaría casada con Filippo. Se acomodó el pañuelo, se secó las lágrimas.

Sola en el centro del templo.

Donde el viento le mecía los cabellos y su sombra se alejaba con el polvo. 

Pronto, aquella paz silenciosa comenzó a desesperarla. Volvió a incorporarse. Sentía una furia inmensa. Aquello que todos consideraban un milagro había sido su perdición: ¿para qué la había resucitado la Madonna de entre los muertos si lo que le esperaba era una vida de pecado, sufrimiento y traición? Entonces deseó estar muerta, y que Filippo fuera asesinado, y que Vito volviera de inmediato y no tener que esperar…

Llorando, se echó a andar. Desde la cima, pudo observar el teatro de piedra. Se dirigió hacia allí, y luego se detuvo a ver la inmensidad del campo que se extendía por detrás del antiguo escenario de piedras blancas. Pasó unos minutos en silencio, aferrada a la estatuilla de cobre que llevaba con ella.

De pronto oyó el sonido de una de esas zampoñas que utilizaban los pastores para llamar a sus rebaños. Giuseppina se sorprendió de escucharla tan cerca. Al volver la vista notó que los arbustos de al lado del escenario se agitaban. Asustada, retiró el cuchillo y se incorporó, todo en un mismo movimiento. Temía lo que podría salir de allí. Retrocedió un paso. Los arbustos volvieron a agitarse.

Por detrás de las ramas vio aparecer una figura envuelta en una túnica de sacerdote. Giuseppina retrocedió, entornó los ojos: la sombra de la capucha ocultaba el rostro de aquella pequeña figura. Llevaba sandalias, y sus pies parecían estar cubiertos de manchas blancas. 

 Al oírlo hablar, Giuseppina supo que era un anciano.

­  -   Buenos días – dijo el hombre sin quitarse la capucha.

Giuseppina lo vio acercarse con la mano alzada, dispuesta a acuchillarlo. El hombre se llevó una mano a la sombra que era su rostro y se rascó durante un momento. Arrastraba los pies al caminar, parecía demasiado débil como para haber podido subir el camino. Al intentar sortear una roca que se interponía en su camino, el anciano perdió el equilibrio y cayó al suelo. Para entonces Giuseppina ya había dejado de sentir miedo. Dio dos pasos y extendió su mano para ayudarlo a incorporarse.

­   No te acerques, no me toques – dijo el hombre, rechazando su mano.

Giuseppina no podía dejar de mirarle los pies, cubiertos por costras blanquecinas que le recordaban a los caracoles secos en los cactus.

­  -   ¿Qué tiene?

­ -    Viruela. Andate. Sos demasiado hermosa para enfermarte.

Giuseppina se alejó con miedo mientras el anciano se incorporaba. Con asco, contempló sus manos y sus pies putrefactos durante unos segundos, hasta que supo que aquel anciano podía ser su salvación. El Imperio, la Madonna, Filippo, Don Caltanissetta… de pronto había dejado de temerle a todos. Ni siquiera le importaba la vida de sus padres y sus hermanos. Llevaba diecisiete años viviendo como le decían, obedeciendo en todo a todos… No estaba dispuesta a perder su última oportunidad. Desesperada, tomó la mano del hombre, una mano áspera, cubierta de pústulas blanquecinas.

-        ¿Qué hacés, niña?

Las heridas del hombre se abrieron, el hedor era insoportable. Giuseppina sintió ganas de vomitar y deseó que Filippo sintiera lo mismo. Entonces comenzó a pasarse las manos del hombre por el rostro, los hombros, el cuello… llorando.

En ese momento se oyó un estruendo, y un remolino de viento les azotó las cabezas. El viento le quitó la capucha al hombre, y Giuseppina pudo ver que las costras blanquecinas también le cubrían el rostro, el cuello.

Se oyó un zumbido, y los dos alzaron la vista para ver el avión que pasaba sobre ellos. Vieron también la bandera de Italia sobre el dorso de las alas, y dos enormes bombas debajo del fuselaje pintado de verde. El avión se alejó hacia el horizonte, pero a mitad de camino dio un rodeo y se volvió en dirección al teatro.

­-   Son los fascistas. Hay que escapar… – gritó el hombre, que había vuelto a cubrirse el rostro y se alejaba dando tumbos hacia las tribunas.

Desafiante, Giuseppina le dio la cara al viento. Primero vio la hélice, luego la ventanilla empañada y al fin la cabeza del piloto enfundada en una máscara color marrón. Cuando el avió la superó sintió que el aire le golpeaba la cara. Después se volvió: el avión había desaparecido, el anciano también.

Se miró la mano, que aún tenía restos de las heridas del hombre, pero ya no sintió asco."


miércoles, 20 de julio de 2022

Tres amigos. Los pájaros negros.

 



"Mar del Plata. 1948.

 

Javier se había llevado las tres postales que había conseguido en el buque holandés recién llegado al puerto. Sentado sobre la plataforma de madera del molino de viento, dedicó unos minutos a contemplar la vista que se abría debajo de él, con sus plantaciones de maíz, los animales pastando y, a lo lejos, el inmenso mar azul. Después encendió un cigarrillo y se entregó a la visión profética de esas mujeres rubias que exhibían con una sonrisa sus pechos y sus amplias caderas, apenas vestidas con galera y bastón, sentadas o paradas alrededor de un sillón blanco. Tres postales por una botella de vino barato para un marino desesperado. Había hecho un gran negocio.

Un gritó lo sacó de sus pensamientos. Al mirar hacia abajo, descubrió a un chico que corría asustado perseguido por un perro blanco. Detrás del perro, otro chico corría gritando una palabra que desde allí no llegaba a entender.

Desde lo alto vio cómo el chico perseguido tropezaba, se paraba y volvía a correr buscando entre los maizales un lugar donde esconderse. Cuando estuvieron más cerca del molino, Javier notó que el perro era enorme y mostraba los dientes con furia. El chico que escapaba no debía de tener más de quince años. El dueño del perro, que parecía ser más chico, no dejaba de gritar esa palabra que ahora él podía oír con claridad: “Nieve”.

Al fin, el chico que iba delante alcanzó el molino e intentó treparse para escapar de los dientes del perro. Pero era demasiado bajo, y aunque lo intentó dos, tres veces lo único que logró fue sujetarse a uno de los tensores para quedar colgando a un metro del suelo. El perro llegó hasta él y comenzó a ladrar y a saltar con la intensión de morderlo. La cabeza del animal era tan grande como para destrozarle las piernas. El chico gritaba y se balanceaba para evitar las embestidas. Javier pensó en el muñón de Mikel, el falso héroe de Guernica. “Que lo muerda”, se dijo, pero finalmente sintió lástima por los gritos desesperados del chico y decidió ayudarlo.

Con cuidado, bajó hasta el primer tercio del molino y miró al chico: “Dame la mano”. Con fuerza, lo alzó hasta que el otro pudo colocar un pie en el primer tensor y escapar del alcance del perro. Pronto, el que debía ser el dueño llegó hasta el molino. Tenía un palo en la mano. “Nieve, ¿qué hiciste?”, gritó con un acento extraño, alzando el palo para pegarle al animal, que bajó las orejas y se echó mansamente sobre el pasto.

“Perro de mierda”, gritó el chico que había estado a punto de ser mordido. Javier soltó una carcajada. “Te salvaste por poco”, dijo. “Soy Javier”. “Yo soy Vito”, dijo el otro y después, mirando hacia abajo, le dijo al dueño del perro: “Te lo voy a matar, hijo de puta”. El dueño lo miraba con una sonrisa: “Entraste a robar manzanas a mi casa, ¿qué querés que haga el perro?”

Vito lo escupió desde arriba. Comenzaron a insultarse hasta que Javier, que era mayor que ellos, dijo: “¿Cómo te llamás, vos?” “Samuel”. Javier los presentó: “Vito, Samuel. Samuel, Vito. Están a mano. Vos le robaste y el perro te persiguió. Así que ahora vos agarralo que tengo que bajar para volver al negocio.” Los ojos de Vito habían dejado de mirar al perro porque habían descubierto algo mejor: las postales que Javier tenía en la mano. “¿Puedo verlas?”

Bajaron. Cuando pisaron la tierra, Samuel aferró el collar de Nieve, que, asustado, ya no ladraba. En ese momento oyeron el estruendo de un disparo y los tres se tiraron al suelo. “Es el capataz de la estancia, por culpa de ustedes me descubrió”, dijo Javier con terror. Los disparos cada vez sonaban más próximos y atronadores. Vito y Samuel notaron que Javier se cubría los oídos, paralizado. Si no se movían, pronto estarían a tiro del capataz. Vito tomó a Javier del brazo: “Tenemos que irnos”. Javier reaccionó e intentó ponerse de pie, pero Samuel le tiró del pantalón para que volviera a ocultarse. “Tenemos que ir arrastrándonos por el piso”, dijo.

Empezaron a deslizarse entre las líneas de maizales, primero con cuidado, volviendo la vista atrás en busca del capataz. Sobre ellos, un choclo fue alcanzado por un tiro y cayó al suelo. Javier había vuelto a cubrirse los oídos. Vito y Samuel se miraron, confundidos, hasta que Vito gritó: “Corran”. Los tres se lanzaron por el campo, corriendo con el perro detrás de ellos en dirección a la playa. El viejo capataz, vestido con bombachas de gaucho y boina, disparaba a breves intervalos. “Cornudo”, le gritó Vito y Samuel se rió con una carcajada. Javier corría en silencio, asustado.

Siguieron corriendo y sólo se detuvieron cuando alcanzaron la arena de la playa y, agitados, se quedaron contemplando ese mar que los había traído desde sitios tan distantes. Ese día, extrañamente, el mar estaba calmo. Ellos seguían temblando por la proximidad del peligro del que habían escapado.

Se sentaron en la arena. Nervioso, Javier encendió un cigarrillo y le convidó uno a Vito. Samuel rechazó el suyo. Se preguntaron las edades. Javier tenía dieciséis años, Vito quince y Samuel trece. Y sin embargo, los tres habían logrado escapar de los tiros gracias a la valentía de los dos más pequeños. Vito no podía entender que un chico de dieciséis años le tuviera miedo los disparos. Y se lo dijo: “Si te quedabas tapándote los oídos te morías ahí, ¿sabés?”. Javier miró para otro lado y se sumieron en un largo silencio. Luego, mirando el mar, Javier dijo: “No soporto las explosiones ni los disparos” y les contó sobre los bombardeos de Guernica, que a Samuel le recordaron la destrucción de Varsovia y a Vito un bote lamido por las llamas. Más serenos, cada uno contó parte de su historia y cómo habían llegado a Argentina. 

Ese día pasaron un largo rato hablando y mirando las postales de Javier. Más tarde, emprendieron el regreso a la ciudad caminando por esa playa larga que, decían, llegaba hasta el fin del mundo. Se despidieron a la altura de las obras del Hotel Provincial, que con sus andamios, albañiles y poleas tapaban una parte del Casino."

                                                            Los Pájaros Negros, Sudamericana, 2021.

lunes, 18 de julio de 2022

28 años de impunidad.


Hace 28 años, el pueblo argentino sufrió uno de los atentados terroristas mas grandes de su historia. El que siga pensando que el ataque fue contra la comunidad judía, es porque tiene la misma lógica antisemita que los que hicieron posible, cometieron, cubrieron y protegieron el atentado.

Todos fuimos víctimas del atentado.

Memoria, verdad y justicia.

martes, 28 de junio de 2022

Hanka 753 en el Instituto Lincoln de Hurlingham.



Hace unos meses, me escribió Adriana Pérez, profe de Literatura del Instituto Lincoln de Hurlingham, para contarme que sus alumnos de tercer año habían leído Hanka 753 y ayer finalmente pude ir a visitarlos.

Como siempre, es un honor seguir llevando el testimonio de Hanka a las escuelas, como también los de Mira y Nusia, porque el deseo de ellas tres siempre fue que los y las jóvenes conocieran sus experiencias durante el Holocausto para, así, ayudar en la lucha contra la xenofobia y el antisemitismo.

Objetivo cumplido en el Lincoln, gracias a la profe Adriana y a los chicos y chicas que leyeron la novela (en algunas casos el primer libro que leían en su vida sin querer “buscar las respuestas en google”), se emocionaron y admiraron la fuerza de nuestra querida Hanka. Charlamos mucho sobre el libro, vimos algunos videos donde la propia Hanka contaba algunas de sus anécdotas pero también pudimos hablar sobre la importancia de la lectura en general.

Después de la charla, conversando con algunos grupitos, me fueron contando que la lectura del libro los ayudó a dejar de pensar en lo que estaban viviendo, en ponerse en el lugar de Hanka, en dejar de mirar el celular porque querían seguir leyendo. Fue una de las cosas más lindas que me dijeron como autor, porque justamente para mí la literatura es eso: una ventana a otra cosa, a otro espacio y tiempo.

Y algo más. Algo que me conmovió a mí y que me dejó pensando mucho.

Uno de los cursos había leído la novela el año pasado, durante la pandemia, y entonces empezamos a hablar de las pérdidas que sufrieron los chicos por el COVID-19, la soledad que tuvieron que soportar en el encierro justo a una edad en la que uno necesita (y debe) estar acompañado por sus pares. Creo que todavía no somos conscientes de lo que vivieron y sufrieron nuestros hijos. Espero que todos puedan superarlo con el tiempo.

Agradezco infinitamente a la profe Adriana Pérez por recomendarles la lectura a sus alumnas y alumnos, pero sobre todo por darme la oportunidad de conocerlos y poder charlar con ellos.

La pasé muy bien, me dejaron pensando y encima me regalaron un mate.

Así que a mis amigas y amigos del Linconln de Hurlingham, gracias por todo.

Nos vemos el año próximo, si me invitan.

 












lunes, 16 de mayo de 2022

2001-2021: Recuerdos de la barbarie.

Tengo el privilegio de que me gusta mi trabajo. Escuchar historias ajenas y transformarlas en libros que no firmo a veces me permite escribir sobre cosas que no tienen espacio en mi propia escritura, ya sea porque no me interesan tanto o porque, como este caso, me interesan demasiado y son tan complicadas que no me animo a tratarlas. O sí. Quizá la "obra" de uno sea todo lo que escribe y no solo lo que firma. A continuación, una semblanza de diciembre de 2001, el año que perdimos todo.




"Aquel período tan oscuro tuvo un comienzo, y fue la crisis económica y social que se insinuaba desde hacía años y que terminó de estallar a fines de noviembre de 2001. Intento rebobinar los recuerdos, releer las crónicas de la época y ordenar esa hecatombe que le tocó vivir a mi generación y que condenó a las siguientes a un estado de pobreza económica y moral proporcional al descreimiento en la política y nuestros gobernantes. Es difícil. La intensidad con que el país y la sociedad argentina vivió cada minuto de las últimas semanas de ese año hizo que los hechos se amontonaran en mi cabeza y en la de todos, confundiéndonos, avergonzándonos, abrumándonos hasta nublarnos el entendimiento. ¿Realmente pasaron tantas cosas en tan poco tiempo? Algunas las olvidé, supongo que debido a una combinación de límite en la capacidad de mi disco rígido, al avance de la edad, los traumas generados y, sobre todo, a la selectividad y la deformación que aplicamos a los recuerdos que incorporamos a nuestra memoria para poder sobrevivir al pasado. Sí, creo que a veces es necesario olvidar determinadas cosas para poder seguir adelante.

Veinte años más tarde, recuerdo el momento exacto en que entendí que Argentina se estaba desangrado, que aquello era irreversible, que ya nadie, ninguno de nosotros volvería a ser el mismo después de ver eso que estaba ocurriendo delante de nuestros ojos:

 

19 de diciembre de 2001. Son las cinco de la tarde. Perplejo, estoy sentado frente al televisor en mi nueva casa, recién casado. En la pantalla, los comerciantes lloran o disparan ante los cien, doscientos vecinos que irrumpen en sus comercios para llevarse todo lo que encuentran. Comida, televisores, todo. Desde la calle llega el sonido de las sirenas, los cacerolazos y un coro fúnebre que mastica una sola frase: que se vayan todos. De pronto, la cámara se centra en una camioneta de la Policía Bonaerense. Sobre la caja cargan a una mujer de gran tamaño, herida de bala. No se mueve. Alguien les grita a los policías que arranquen, que se apuren, que la salven. Pero la camioneta, como la mujer, tampoco se mueve. Los policías no saben qué hacer. La gente grita de impotencia y comienza a empujar la camioneta hasta que finalmente arranca y sale a toda velocidad. Sentado en el sillón, empiezo a reírme con el rostro desencajado. “¡La mataron!”, grita un rostro frente a cámara. Temblando, sigo riendo a carcajadas mientras las imágenes se vuelven cada vez más borrosas. Con un nudo en la garganta, me agarro la cabeza. Sólo entonces me doy cuenta de que hace rato dejé de reírme y que estoy llorando a los gritos. Con un último movimiento apago la tele y todo se funde en negro.  

 

Como yo, aquellas últimas semanas de 2001 todos los argentinos vivimos pegados a la pantalla de la televisión. No tenía sentido comprar diarios: los hechos se sucedían a tal velocidad que las noticias eran superadas, ampliadas o refutadas antes de que el diario saliera de la imprenta. La necesidad de saber qué estaba pasando en tiempo real en una época en la que no existían las redes sociales hizo que los canales televisivos tuvieran el monopolio de las noticias que se producían en cada provincia, en cada ciudad. Quizá por eso todos nuestros recuerdos se compongan de imágenes crudas, desprolijas, tragicómicas, siniestras. Sería injusto decir que todo comenzó aquel año. Aunque todo ocurrió tan rápido que muchos creímos que era improvisado, 2001 mostró las últimas escenas de una película cuyo guión que se venía escribiendo desde hacía años. El posible tráiler promocional de esa película podría ser más o menos este:

Menem maneja un auto de rally. Menem maneja una Ferrari. La sonrisa de buitre de Domingo Cavallo, ministro de Economía. Convertibilidad (un peso = un dólar). Entel, Segba, los ferrocarriles… Privatizaciones sin control, reducción de personal, desempleo. Menem baila con una odalista en la tv. Corrupción. María Julia Alsogaray, Ministra de medio ambiente, desnuda bajo un tapado de piel natural en la tapa de una revista. Inflación en dólares. Liberación de importaciones. Desindustrialización. Más desempleo. Carpa blanca de los docentes en Congreso. Jubilados muertos de hambre. Menem anuncia la construcción de una aeroisla capaz de eyectar cohetes a la estratósfera. Privatización de Aerolíneas Argentinas. Hambre. Elecciones. De la Rúa y Chacho Álvarez saludando a la gente desde el balcón de la Casa Rosada. Sócalo: FIN DE MENEMISMO Y LA CONVERTIBILIDAD. Cortes de rutas. Piquetes. Crisis irreversible. Vuelve Cavallo. Gente retirando dólares de los bancos. Feriado bancario. Corralito. Cacerolazos. Llantos. Gritos. Calor. Papá Noel en las vidrieras. Indignación popular. Saqueos. Un chino llorando en la puerta de un supermercado saqueado. Represión. Muertos en las calles. Helicóptero. De la Rúa se escapa. Anarquía total. Fin de la convertibilidad. Devaluación del 300%. Tristeza. Llantos. Desolación. Ezeiza: miles de personas se van del país. Bonos provinciales. Pesificación asimétrica. FIN.

 

Demasiadas imágenes, demasiados escenas. Una cascada de errores y desilusiones que, así enumeradas, le quitan el aliento hasta al lector mas avezado. El sólo hecho de tratar de contarlo, de explicarlo, nos parece difícil, extraño y agotador. ¿Cómo podría explicarle esto a un norteamericano de Carolina del Norte? ¿Cómo le explico a un suizo de los Alpes que tengo miedo de que la misma historia se repita en cualquier momento? Imposible. Las experiencias son intransferibles. Además, las decisiones que se adoptaron antes, durante y luego de aquella crisis no figuran en ningún libro de Economía. Si todo es un verdadero invento argentino, ¿cómo podría entenderlo un extranjero?

2021. Este año se estrenaron varios documentales conmemorativos de aquel estallido del que hablamos. No miro televisión, pero por casualidad volví a ver las imágenes de la mujer herida de bala en la camioneta de la policía bonaerense que no arrancaba. Como aquella vez, tampoco pude contener las lágrimas ante esa visión dantesca del infierno argentino. Pasaron 20 años. Desde afuera hoy no llegan sonidos de cacerolazos ni tiros…

Y sin embargo nada puede hacerme olvidar lo que vimos y vivimos aquel mes de diciembre de 2001. Entonces se vuelve imposible esquivar esta pregunta: ¿comprendemos realmente qué fue el 2001? Como sociedad, ¿tenemos el valor suficiente para preguntarnos cuán responsables somos de todo lo que pasó? ¿Vamos a seguir diciendo que en el 2001 “nos tocó vivir eso”, como si nuestras decisiones, actitudes y maneras de actuar no tuvieran nada que ver con lo que pasó? ¿Cuándo vamos a madurar para asumir que somos protagonistas de la realidad que vivimos?  

No lo sé, pero yo al menos necesito intentarlo. La única manera de hacerlo es ir desgranando ese guión macabro que resumimos antes. Necesito verlo escena a escena, cuadro a cuadro, aunque sólo sea para entender que llevó a esa mujer a saquear un supermercado de la Provincia de Buenos Aires y luego agonizar en un móvil policial que, como una verdadera metáfora de la Argentina, no tuvo los recursos suficientes para arrancar y salvarle la vida.

 

Cuando en 1983 terminó la dictadura cívico militar, la sociedad argentina al fin pudo volver a elegir a sus gobernantes. Esa vez, los argentinos evitaron votar a los peronistas que con sus luchas internas habían convertido al país en una carnicería y eligieron a un radical progresista intachable. Raúl Alfonsín ganó las elecciones presidenciales y llegó al gobierno para establecer y defender la democracia y recuperar todos los derechos civiles que nos habían quitado los militares. En materia económica, intentó sostener un Estado enorme y empobrecido cambiando la moneda. Pero el Plan Austral de Alfonsín fracasó al poco tiempo y las medidas económicas no lograron evitar que el país padeciera la mayor inflación de su historia. 

¿Qué hicimos como sociedad? Volvimos a votar al peronismo. Esta vez las elecciones las ganó Carlos Saúl Menem, que llevaba años gobernando la provincia de La Rioja como un señor feudal. Con el apoyo absoluto de los medios de comunicación y una confusa mezcla de caudillo y libertario, dijo ser el único capaz de salvar a la patria y llevarla al Primer Mundo, como si en lugar de ser un candidato a presidente estuviera ungido por Dios, Jehová y Alá (porque, aunque musulmán de nacimiento, Menem tuvo la “fe suficiente” como para convertirse al catolicismo antes de lanzar su candidatura).  Piloto de rally, mujeriego insaciable, acusado de tener contactos con el terrorismo islámico y el narcotráfico, Menem cerró su campaña prometiendo una Revolución Productiva en un país estancado.

Tras ganar las elecciones y adelantar su asunción debido a la crisis inflacionaria que Alfonsín era incapaz de sostener, Menem y los grupos económicos nacionales y foráneos se encargaron de instalar a través de los medios de comunicación algo que ya habían insinuado durante la Dictadura: que Argentina no podía tener un Estado tan grande, que había que achicarlo porque la administración pública atrasaba y no prestaba un servicio moderno ni satisfactorio. Así, apenas asumir, Menem se encargó de privatizar canales de tv, líneas de ferrocarriles, empresas de suministro de luz y gas y todo lo que pudo. ¿Quiénes se adjudicaron las privatizaciones? Los grandes grupos económicas argentinos, inversores extranjeros y cualquiera que tuviera la plata suficiente para pagar las coimas que exigía el menemismo. Al adueñarse de las empresas, los nuevos propietarios despidieron a miles y miles de sus empleados.

Los organismos internacionales festejaron esta medida, y de pronto comenzaron a llegar inversores ávidos por prestarle dólares en cantidades inconmensurables tanto al Estado como a las empresas privadas argentinas, siempre con tasas leoninas y en dólares.

En ese contexto, Domingo Cavallo, super Ministro de Economía de Menem y antiguo asesor de los militares, establece la Ley de Convertibilidad, a través de la cual 1 peso pasa a valer lo mismo que 1 dólar. El famoso “1 a 1”, como se conocería años más tarde.  

En un principio la convertibilidad resultó ser un shock que ayudó a frenar la inflación. Mejor dicho, a desacelerarla. Como dijimos, el gobierno de Alfonsín había dejado tanta inflación que hasta habíamos tenido que inventar una nueva palabra que pudiera definirla: hiperinflación. Así, la convertibilidad ayudó a bajar la inflación pero de ninguna manera la detuvo.

Por otro lado, las tasas que pagaban y cobraban los bancos distaban de ser las que regían en el país que imprimía los dólares. Como la inflación en pesos (que también era inflación en dólares) era baja pero continua, poco a poco los productos de fabricación nacional empezaron a ser más caros que los productos importados.

¿Qué pasó? Se dispararon las importaciones. No sólo las textiles, con las cuales teníamos que competir nosotros, sino la de la mayoría de los productos. ¿Para qué los empresarios argentinos iban a fabricar algo acá cuando les salía más barato traerlo desde el exterior? Conclusión: el país se desindustrializó y los empresarios fueron reemplazados o se convirtieron en importadores. Este proceso se dio incluso en el turismo. Como era más barato viajar a Miami que pasar un fin de semana en Mar del Plata, los argentinos comenzaron a viajar por el mundo y a dejar sus dólares en los productos que compraban pronunciando una frase que se volvería tristemente mítica: “deme dos”.

Esa lluvia de importaciones iba erosionando a las empresas locales que quedaban, que iban desapareciendo una tras otra, como los puestos de trabajo. Un círculo vicioso que hizo que la masa de productos importados se fuera quedando sin la masa de consumidores (sin empleo no hay consumo). Aquello tuvo un saldo traumático para la sociedad argentina, sobre todo para esa clase media que se jactaba de ser la única de su especie en toda América Latina: durante esos años una generación entera de empresarios y obreros industriales sindicalizados con una larga historia y experiencia laboral quedó en la calle, mientras que surgía una nueva generación de trabajadores, temporales y precarizados, que sólo accedían a puestos en empresas de servicio. La cuenta regresiva ya había empezado: Menem recibía a The Rolling Stones en Olivos pero en las calles sólo se escuchaba el tic-tac de una bomba formada por la combinación del desempleo, el hambre y la desilusión.

Por nuestra parte, nosotros siempre tuvimos la firme tendencia de producir en el país y tratamos de importar sólo aquellos productos que, por falta de insumos o capacidad productiva, nos resultan imposibles de producir con una relación calidad-precio razonable. (En total, nuestras importaciones nunca superaron el 5/10% de nuestra producción total). Por eso, en 2001 habíamos comprado unos polar importados que nos costaban 10 dólares y que estaban pensados para que el consumidor los adquiriera en el invierno de 2002 a 12 pesos/dólares. Claro que no pensábamos que todo iba a cambiar de golpe y a los golpes, como suelen cambiarse las cosas.

Mientras el modelo se agotaba y la inflación continuaba creciendo, se seguían rifando las privatizaciones y esto hacía que los inversores internacionales estuvieran encantados de prestarnos dinero, tanto al Estado argentino como a las empresas privadas. ¿Qué hacían los bancos locales con los depósitos de sus clientes? Un poco obligados por el Estado, compraban (invertían) los depósitos de los ahorristas en deuda soberana argentina.

Hasta que un momento ya no hubo nada más que privatizar, los dólares dejaron de llegar y el país entero se vio reflejado en un espejo que lo mostraba cambiado hasta la deformación: desindustrializado, con una tasa enorme de desempleo y con gente endeudada en dólares. El tic-tac de la bomba sonaba cada vez más fuerte.

Ante la inminencia de la debacle, los inversores extranjeros y los organismos internacionales decidieron salir de la “bicicleta” y empezaron un proceso que se extendió hasta finales del 2001 y en el que enviaron sus inversiones a las casas matrices del exterior. Entonces al sonido del tic-tac de la bomba se sumó el sonido de los grillos: lentamente, en los bancos argentinos sólo iba quedando (en su mayoría) el dinero que los pequeños ahorristas habían depositado.

Por entonces en el sur, en el norte y los lugares más desprotegidos del país nacía un nuevo grupo social: los piqueteros, aquellos desempleados que había dejado las privatizaciones y la desindustrialnización, que ahora comenzaban a cortar rutas para exigir trabajo y ayuda social. Pero ya era demasiado tarde para todo: la gallina de los huevos de oro se había volado y Menem, el héroe de los mismos peronistas, conservadores y liberales que ahora lo abandonaban escandalizados, era denunciado por corrupción, venta de armas a Ecuador y Croacia y por los nexos que lo unían con el terrorismo internacional que había atentado contra la embajada de Israel y el edificio de la AMIA.

Así fue que en las elecciones presidenciales de 1999 el voto popular buscó una alternativa para salir de aquel túnel que ya tenía un destino irreversible: el abismo. La Alianza ganó las elecciones, convirtiendo en presidente al candidato conservador del Radicalismo, Fernando De la Rúa, y en vice a Chacho Álvarez, el jefe del FREPASO, que había aportado los votos de los progresistas y los de muchos otros ciudadanos que habían gozado de las mieles del menemismo pero que ahora estaban indignados y sin memoria.

El discurso que llevó a la Alianza a asumir el gobierno era tan improbable como esperado: fin de la convertibilidad y juicio para los corruptos. Pero pasaron los meses y ni se terminaba la convertibilidad (nadie sabía cómo hacerlo) ni prosperaban los juicios a los corruptos, siempre protegidos por jueces y fiscales proclives a recibir un dinerillo por debajo de la mesa.

En octubre de 2000, ante las denuncias por sobornos en el senado, Chacho Álvarez renunció a la vicepresidencia y el gobierno de De la Rúa quedó aislado, sin legitimidad y con una crisis social que cada día era más evidente. ¿Qué hizo De la Rúa? En marzo de 2001 nombró a Domingo Cavallo y, meses más tarde, lo ungió como superministro de Economía. Absurdo pero real: Cavallo debía desactivar la bomba que él mismo había dejado.

De la Rúa suponía que esto calmaría a la gente. Error. Los ahorristas corrieron a los bancos a retirar sus depósitos. En este punto es importante aclarar dos cosas. Primero, que ningún sistema financiero está preparado para una corrida bancaria como la que se dio a principios de diciembre de 2001. Segundo: la mayoría de los ahorristas no tendría que haber colocado tal porcentaje de los depósitos en esos bancos, que a su vez eran “inducidos” por el gobierno a invertir la plata en deuda pública de un país como el nuestro, defaulteador serial.

El tic-tac dejó de sonar. Entonces, todo quedó sumido en un silencio helado: el instante previo a Hiroshima, la calma chicha previa al tornado.

Domingo 2 de diciembre de 2001. Racing se encaminaba hacia su primer título después de pasar 35 años sin ser campeón del fútbol argentino sin que nadie, ni siquiera muchos de sus hinchas le prestara atención al partido. Todos estábamos pendientes de los ojos claros, fríos y calculadores de Cavallo, que esa noche miraban a cámara en cadena nacional para anunciar que al día siguiente habría feriado bancario y que, a partir de ese momento, los ahorristas sólo podrían retirar 250 pesos por semana del dinero que tenían depositado en sus propias cuentas bancarias. Nadie perdía lo depositado, incluso se podían hacer compras con tarjeta y todo tipo de transferencias por valores mayores al límite permitido de extracción de dinero físico. Decir dinero significaba hablar de pesos, porque los dólares ya no se conseguían en ningún lado.

Eso provocó bronca en la gente, y mucha desesperación. Al día siguiente todos los ahorristas se volcaron a las puertas de los bancos con la vana ilusión de recuperar sus ahorros. Pero los bancos estaban cerrados por el feriado, y la gente sólo podía insultar, gritar, golpear las puertas y desarrollar una nueva manera de protesta, nacida en esos días calurosos de diciembre: el cacerolazo.

Al mismo tiempo, ante este hecho la imaginación popular y sobreadaptada de los argentinos volvió a ponerse en marcha. Como para realizar compras de propiedades se podían extraer dólares, muchos ahorristas empezaron a comprar cualquier tipo de propiedades, mientras que otros simplemente simulaban comprarlas para poder acceder a sus propios dólares, que estaban atrapados en las cuentas bloqueadas por el gobierno. Claro que estos eran unos pocos “vivos” privilegiados, ya que la mayoría de los ahorristas no contaban con cantidades como para comprar una propiedad ni con recursos para tomar esos atajos provechosos. Abandonados a la voluntad de un gobierno que les daba la espalda, sólo podían llorar, gritar y golpear las cacerolas vacías frente a las vidrieras de los bancos, que comenzaban a ser tapiadas para evitar la furia de la gente.

La tensión popular fue creciendo durante todo el mes de diciembre. Se acercaban las fiestas y nadie tenía plata ni para un pan dulce: los ahorristas de clase media y baja porque no podían sacar su plata, y los desempleados y piqueteros porque no tenían ahorros, ni trabajo ni comida. De manera natural, como pocas veces se vio en el país, estos dos grupos, distanciados por prejuicios sociales e ideología política durante años, ahora compartían la misma angustia y desesperación. Esa fue la mecha que accionó la bomba.

Encima el gobierno, desbordado, callaba. 

Cinco días antes de la Noche Buena, la gente comenzó a intuir que nunca recuperarán sus depósitos, en muchos casos los ahorros de toda una vida de trabajo, ni que el gobierno les daría respuestas ni ayudas sociales. Al fin, el 19 de diciembre pobres desempleados y desclasados se lanzaron contra los supermercados alentados por algunos dirigentes opositores que se frotaban las manos en las sombras. Lo vi en su momento y lo estoy viendo en este momento, y los recuerdos son tan nítidos que los hechos parecen estar ocurriendo ahora: 

19 de diciembre de 2001. Comienza a oscurecer, estoy sentado frente al televisor apagado. No pude resistir la imagen de esa mujer herida de bala, tendida en una camioneta policial que no arranca. No soporté semejante metáfora de la Argentina. En la calle suena un tiro y, como un acto reflejo, vuelvo a encender la televisión. Ahora veo al dueño de un comercio en Isidro Casanova que colocó varias garrafas en torno a la puerta de su local: con un revólver y a los gritos, amenaza con dispararle a las garrafas si se acerca la gente que rodea su local. Prefiere perder todo en una explosión, incluso su vida antes que rendirse frente a lo evidente: que la marea humana es incontenible, que el saqueo va a comenzar. Cambio de canal. Dos hombres llevan un enorme televisor que cargan en un auto y vuelven al supermercado que están saqueando sin darse cuenta de que otro auto estacionó en doble fila y sus ocupantes se bajaron para robarles la televisión que ellos acaban de saquear. Es la ley de la selva. No puede ser todo tan vandálico y primitivo. Vuelvo a reírme, vuelvo a llorar. Hablo con César. Me dice que muchos de nuestros clientes tienen cerradas las puertas de los locales, algunos incluso están armados y decidieron pasar la noche adentro para defender su capital. Otros se llevaron la mercadería a sus casas. Sigo mirando la televisión hasta que un rato más tarde, en un manotazo de ahogado que muestra toda su incapacidad para leer la situación, el Presidente De la Rúa declara el Estado de Sitio. Ya no hay vuelta atrás.

Bienvenidos al jungla.

 

Si bien la declaración del Estado de Sitio debía contener a la gente, la medida fue interpretada por la sociedad como una nueva provocación de un presidente inepto. Entonces, la impotencia y la desesperación de los ahorristas y los desempleados se transformó definitivamente en furia animal contra toda la clase política.

En medio de un calor sofocante, la gente de todos los barrios de la Ciudad de Buenos Aires y las ciudades del interior del país dejaron sus casas y se lanzaron a las calles golpeando cacerolas, con los rostros iluminados por las fogatas improvisadas en las barricadas que ardían en cada esquina del país. En Buenos Aires, los manifestantes alcanzaron el Congreso. Alguien arrojó una molotov contra la puerta y esta comenzó a incendiarse.

A la medianoche la  anarquía ya era total.

Desde el amanecer del 20 de diciembre, las fuerzas de seguridad salieron de los cuarteles con la idea de recuperar las calles y adoctrinar a ese pueblo que interpretó su presencia como lo que verdaderamente era: un nuevo desafío de la clase política, ahora escondida detrás de policías y militares.

En todas las provincias la represión fue brutal. En la ciudad de Buenos Aires, la policía montada cargó con sus caballos sobre las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo desarmadas, pisándolas en medio de la plaza mientras las golpeaban con los bastones. Ni en tiempos de la dictadura se había visto a cielo abierto algo semejante.

Grupos de jóvenes con los rostros cubiertos para protegerse de los gases lacrimógenos arrojaban piedras contra todo lo que tenían adelante. Palazos, golpes y detenciones a mansalva. Los heridos quedaban tirados en el piso y los policías les seguían pegando. Los moteros de las empresas de mensajería del microcentro empezaron a sacar a los heridos y los muertos de la plaza con sus propias motos, como si fueran cowboys justicieros en medio del Lejano Oeste. La policía estaba desbordada de furia y terror: en un momento, alguien dio la orden y las balas dejaron de ser de goma. Por todo el país, cientos de cuerpos eran atravesados con plomo. 

Pero la gente no se rendía. No tenía trabajo, ni comida ni ahorros. Lo único que tenía era la calle y no la pensaba dejar. Por primera vez en muchos años distintas clases sociales se unían bajo un mismo lema “¡QUE SE VAYAN TODOS, QUE NO QUEDE NI UNO SOLO!” A las 19:50 horas de ese mismo 20 de diciembre, el pedido popular se hizo realidad. Sin el apoyo del establishment ni de la clase política, temiendo un baño de sangre que ya se había producido, De la Rúa renunció a su cargo y se escapó en helicóptero desde la terraza de la Casa de Gobierno ante los gritos de la multitud.

Al día siguiente las calles aparecieron sembradas de piedras, contenedores quemados y una tristeza que podía sentirse en el aire. El saldo: 39 muertos, los mártires del 2001. Le gente lloraba o miraba la nada, absorta como quien se despierta luego de un trance, preguntándose en silencio: ¿fue verdad? ¿nos robaron los ahorros y encima nos cagaron a palos?

La violencia cedió, pero los cadáveres seguían ahí, en la mente de todos. Entre todos los cuerpos había uno grande, enorme: el de la propia Argentina. Un país sin reservas, endeudado, con los índices de pobreza e indigencia más altos de toda su historia moderna.

En una semana se sucedieron cinco presidentes que no lograron generar consenso y renunciaron sucesivamente. Uno de ellos, Rodriguez Saa, apenas ser elegido presidente por tres trasnochados anunció el default y todos lo aplaudieron como si fuera Fidel Castro bajando de la montaña. Tuvo que renunciar pocas horas después, pero para entonces Argentina ya se había convertido en un país deudor que no pagaba pero que tampoco recibía ayuda de nadie.

Finalmente, Eduardo Duhalde, ex vicepresidente de Menem y ex gobernador de la Provincia de Buenos Aires tomó las riendas del Ejecutivo con apoyo de todo el espectro político en enero de 2002. A la distancia que otorga el tiempo su discurso de asunción se convirtió en un mal chiste: “El que depositó dólares, recibirá dólares”. Imposible. La devaluación del 300% comenzó a evaporar los depósitos en pesos que los ahorristas tenían en las instituciones bancarias sin que ellos pudieran hacer nada.

Al mismo tiempo, para terminar de burlarse de los ahorristas, los bancos internacionales que habían pasado diez años jugando a la ruleta de la convertibilidad, enviando regularmente sus ganancias a las casas matrices del exterior, dijeron que sólo iban a responder ante sus clientes con los capitales nacionales de las sucursales que tenían en el país. Es decir: se habían llevado la plata de los ahorristas afuera y no pensaban traerla para afrontar las pérdidas del juego especulativo que habían llevado adelante. Por su parte, los bancos nacionales habían invertido los depósitos en deuda pública de un país que no podía pagarle a nadie.

Como con el corralito y la devaluación, nos estaban tomando por boludos por tercera vez. Aquel banco americano o alemán que les había susurrado al oído a sus clientes que eran una entidad seria, ahora anunciaba que todo había sido poco más que una estrategia de marketing, una cáscara que, al abrirse, mostraba que dentro no tenía nada. Nos habían estafado de nuevo.

Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”, cantaba la gente en los cacerolazos de 2001 en referencia a los políticos que considerábamos responsables de la zozobra del país. Sin embargo, aquella consigna fracasó: los políticos no se fueron. Los que sí lo hicieron fueron muchos argentinos. Después de perder el trabajo, los ahorros y la paciencia, y agotada capacidad de asimilar injusticia, muchos iniciaron el camino inverso que había traído a sus abuelos escapando del hambre y la decepción de la post guerra eruropea. Durante 2002 los consulados de España e Italia se llenaron de argentinos desesperados por revalidad sus orígenes en una doble nacionalidad que les abriera las puertas de Europa.

En el aeropuerto de Ezeiza familias enteras se desgarran. Llantos, abrazos. Promesas. Buenos deseos. Y una realidad irrefutable: miles se marcharon para dejar atrás esa odisea que fue el 2001, el peor año de nuestras vidas, en silencio, con tristeza. Atrás quedaba un país devastado, pero también quedaban sus afectos, sus amigos, familiares, vecinos y conciudadanos que vimos aquel éxodo con una sensación amarga que nos afectó tanto como una nueva derrota."