Alejandro Parisi

Alejandro Parisi
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viernes, 1 de diciembre de 2023

Y presentamos Delivery, 21 años después.



Gracias a todos y todas por acompañarme anoche en la presentación de Delivery. La pasé muy bien. Quiero agradecerle especialmente a Isaac Castro por oficiar de presentador y por el hermoso texto que escribió sobre la novela, que comparto acá abajo. Y más abajo, les dejo el texto que escribí pensando que si leía iba a evitar que las emociones me traicionaran. No funcionó: me emocioné igual. Pero valió la pena.




La posibilidad de un refugio

por Isaac Castro

Me topé con el nombre de Alejandro Parisi hace exactamente una década atrás, cuando una profesora de lengua y literatura del colegio en el que trabajo –y en el que, por entonces, yo pensaba que solo estaría de paso y hoy estoy a punto de cumplir casi quince años de antigüedad– propuso que diéramos una novela que le había encantado: La niña y su doble. La fascinación fue inmediata, por lo que repetimos la experiencia en otros ciclos lectivos e invitamos al autor a que conversara con los alumnos. Desde ese momento, con Alejandro cosechamos un cálido vínculo que, gracias a las bondades de la virtualidad, se ha sostenido en el tiempo. Tuve la suerte de haberlo convocado a varias ferias del libro del conurbano, invitaciones que, me parece pertinente hacer público este tipo de detalles, siempre aceptó con gusto y sin preguntar si había dinero a cambio. Una vez, como se había atrasado el auto que debía recogernos por su domicilio para asistir a uno de esos eventos, pude conocer la intimidad de su casa, admirar su hermosa biblioteca y espiar el escritorio donde, suponía, cobraron forma esas historias increíbles que lo habían convertido en escritor, uno de los mejores que conozco. Por eso, estar sentado acá, esta noche, y compartir esta presentación con ustedes, es motivo de orgullo. Casi tanto como ser hincha de un club que nunca descendió o, mejor aún, tener de ídolo a un tipo que se planta al poder de turno para recordarnos que todo no se compra y todo no se vende, eso mismo que se decía Tanguito, para la posteridad, en un amanecer en la costanera. Y es interesante detenernos en esto porque Delivery captura un universo cuya esencia está atravesada por eso, es decir, el negocio, lo estrictamente mercantil, la lógica de la transacción.

Porque sería ingenuo y simplista pensar que esta novela solo se circunscribe a contar las vivencias de un joven que aprovecha su empleo como repartidor de comida a domicilio para, además, distribuir droga. En Delivery del mismo modo que las obras literarias producidas en los albores de los 90, la cocaína se vuelve el elemento preponderante sobre el cual se articula una trama intervenida por todos los rasgos del menemismo como el consumo permanente, la excesiva frivolidad, el culto al individualismo y –sobre todo para la juventud de ese entonces– la falta de perspectiva. Este particular contexto social, potencia los dramas internos de Martín, el personaje central que convive con un padre al que detesta por completo y responsabiliza por la ausencia de su madre. La carencia afectiva genera muchas preguntas y tal vez explica ese comportamiento autómata en búsqueda de respuestas que lo sumerge en una rutina perversa, circular, y en la que, debido a su incapacidad para involucrarse con los otros, por momentos, acaba por convertirse –aún de manera inconsciente– en alguien que se alterna entre el cinismo y la egolatría. Claro que esta caracterización se revela por ese narrador–protagonista que Parisi articula a lo largo del relato. Nuestro acceso a la historia es parcial y puramente subjetivo porque es la propia voz de Martín –acaso sin ninguna mediación– la que nos introduce a un continuo de situaciones que no dan tregua. Se narra, no se describe. Los adjetivos se cuentan con una mano y el vértigo de la acción se traslada al lenguaje –llano, sin diálogos, repleto de discursos indirectos que, por lo general, incrementan ese realismo crudo sobre el que se cimienta la verosimilitud de esta aventura urbana. La tecnología pone en evidencia el anclaje a una época que hoy pareciera prehistórica –aparecen videocaseteras, beepers, teléfonos de línea, cds– pero también ciertos espacios que definen como pocos la identidad de una era –se mencionan shoppings, negocios de cadena, discotecas.

Subrayo, de Delivery, su potencia para retratar un período tan funesto y cómo desde lo individual cristaliza lo colectivo. Más allá de que el texto formula una reflexión a propósito del dinero, las mercancías y el valor de las cosas, en ese inevitable y lógico devenir que supone una actividad ilícita –mezclada con alcohol, sexo y noches sin dormir–, lo que Delivery pone en juego es el atractivo contraste entre una cultura hedonista que celebra la inmediatez y una generación que se siente cada vez más vacía y desamparada. Con suma precisión, pocos recursos, pero un gran manejo de los climas, Alejandro Parisi va al grano, aprovecha sus herramientas y se las arregla para dejarte en cautiverio hasta la última página. Nada mal para un texto debutante y que, afortunadamente, se acaba de reeditar y, en medio de tanta incertidumbre, además se resignifica por completo.

Al igual que las películas de secundaria o los dramas adolecentes, las novelas de iniciación proponen una clase de narrativa cuya naturaleza posee la virtud de afectarnos, conmovernos e identificarnos. Antes pensaba que eso se debía a que sus personajes suelen tener una edad que ya todos transitamos y que, por consiguiente, los conflictos que experimentan los concebimos cercanos. Nada más tentador que seguir las peripecias de alguien a quien le suceda algo que comprendo a la perfección y que, por medio de la ficción, además nos permite comprender mejor lo que sentimos, casi siempre un cumulo de angustia y decepción ante un mundo que, incómodos, habitamos con más escepticismo que confianza. Ahora, en cambio, creo que el atractivo de un buen libro radica en ser un lugar en el que podemos mantenernos a salvo, porque habla nuestro idioma y permite sentirnos parte de algo. Y con Delivery me sucede eso. En sus páginas renace la posibilidad del refugio y me recuerda la certeza –sin certeza– de que, pese al odio, la intolerancia y el negacionismo, siempre existe una salida y todo el tiempo del mundo por para ser y hacer aquello que deseamos. Y que una novela logre eso razón suficiente para reunirnos y brindar. Confiar ciegamente en que la literatura y la celebración son también una forma de resistencia.

 






Delivery 2023 

Por Alejandro Parisi


Hace 21 años presentaba por primera vez Delivery.

No podía imaginar que sería la primera novela en publicar, porque para mí era la única.

Me acuerdo de aquella época, un momento donde todos teníamos emociones encontradas. Bronca, tristeza, preocupación. Me acuerdo del aeropuerto, me acuerdo mucho del aeropuerto. Familias despidiéndose, gente llorando.

Delivery salió en medio de ese contexto que nos atravesaba a todos. De hecho, mis viejos que hoy están acá en 2002 no pudieron estar porque ya se habían ido a Italia a buscarse la vida. Como mi hermano, que sigue allá. Y como todos los que nos fuimos por entonces, y como todos los que están planeando irse ahora.

Si fuera creyente, diría que cada vez que se publica Delivery viene la desgracia, la derrota social.

Pero sería injusto: primero, porque esta novela me dio muchas pero muchas de las cosas que tengo ahora. Un oficio para ganarme la vida, algo en qué pensar cuando la realidad se pone espesa, otras siete novelas que vinieron después, y, sobre todo, la confianza de creer en lo que escribo.

Segundo, Delivery no es la causa sino una consecuencia más de esa desgracia y esa derrota social que se vivía cuando la escribí, allá por 1999. Hoy todos estamos en mayor o menor medida golpeados por la economía, la falta de perspectivas y una desconfianza enorme por el futuro que va a venir.

Martín es un claro ejemplo de esto.

Tiene un trabajo de muy precario, pone el cuerpo en la calle por poca plata, siente la ausencia de su mamá y está enfrentado con el padre, al que culpa de todos sus males. Y algo más: no confía en el futuro porque para los pibes de su edad, el futuro es algo incierto y, de alguna manera, negado.

Más allá del contexto en el que vive (el fin de los 90, la desindustrialización, la precariedad maquillada con el supuesto esplendor del menemismo), Martín tiene la angustia que todos tuvimos a los 20. Los que ahora tenemos casi 50 y los que están por cumplir 20. Todos nos sentimos interpelados a esa edad. E incomprendidos y abandonados. Dejar de ser chico implica cierto abandono: uno tiene que hacerse cargo de lo que le tocó, bancar los trapos para hacerse su propia vida.

Como muchos, Martín anda a los manotazos. Con el padre para alejarlo, con las chicas para usarlas o dejarse cuidar, con los clientes que lo obligan a andar por la calle para satisfacer sus deseos (de empanadas o de merca, da igual), y con todo ese mundo brillante y seductor que parece inalcanzable y que de pronto el Tano y los Gordos le ofrecen en bandeja.

¿Cómo no va a repartir merca Martín si trabajando de Delivery su vida tiene menos importancia que cualquier pieza del ciclomotor? ¿Cómo no va a dejar de lado cualquier moralidad si nadie le tira un centro, ni su padre, ni el dueño del local de empanadas, ni siquiera el tipo de seguridad que desconfía de él cuando entra al shopping de Palermo?

Muchos de los que estamos acá compartimos esa incertidumbre durante aquellos años. Yo era cadete, y cuando los viernes o los sábados a la noche esperábamos con Agustín a que Nacho terminara de trabajar como encargado de un local de empanadas, pensaba y me preguntaba qué futuro podían tener los pibes que trabajaban arriba de las motos. De lejos uno pensaba que vivían joya, como los amigos de Martín en la novela. Pero si te acercabas descubrías que esos pibes cuando faltaban por enfermedad no cobraban, y que si se caían de la moto era problema de ellos, porque nadie los protegía.

¿Qué podían hacer para cambiar sus vidas, para pegar el gran salto si no había más trabajo que ese que tenían?

No los quiero deprimir. También hay que decir que la pasamos bien en aquellos años. Como Martín y los pibes, con sus fiestas, sus afanos fingidos, el vértigo de probar cosas, sus experiencias de adolescentes… Y eso es muy valioso, porque como dice el Indio, “cuando la noche es mas oscura, se viene el día en tu corazón”. Quizá por eso Delivery tenga tantos chistes tontos que hoy, 21 años después me siguen causando gracia.

El humor nos salva a todos, a Martín también.

Pasaron más de veinte años, y hoy sabemos que hay muchísimos Martines rebuscándose la vida en un contexto violento, difícil, desesperanzador. Estoy seguro que también se deben estar escribiendo otros Deliverys que cuenten este tiempo.

Los viejos, que ya somos padres y que además de ir al baño a cada rato nos emocionamos mucho más de lo que queremos luchar, corremos con ventaja. Sabemos que todo pasa, y que el secreto para resistir es el mismo que descubre Martín: alguien que nos quiera, reírnos un rato y saber que siempre va a haber amigos y familiares que nos van a cuidar.

Quiero agradecerles a Luis Chitarroni, que ya no está, por haber apostado a esta novela mientras el país se prendía fuego. También a Flor Cambariere, que me viene apoyando desde hace años y que fue la que, por pedido de Luis, me llamó en 2001 para decirme que la novela iba a publicarse. A Diego Paszkowski que me alentó a escribirla y a Glenda Vieytes que me cumplió el sueño de verla reeditada.

Es una alegría volver a presentar Delivery rodeado por los mismos de siempre, pero también con los que allá en 2002 no estuvieron: mis viejos, mis hijos, y todas y todos los lectores y amigos que se sumaron a mi vida. A todos, gracias por venir. Ahora, brindemos y riamos que para todo lo demás ya tendremos tiempo de sobra.


martes, 28 de noviembre de 2023

Presentación de Delivery 2023

 


Hace más de veinte años el querido Luis Chitarroni decidió publicar mi primera novela y me cambió la vida para siempre. Pasaron muchísimas cosas en el medio, y sin embargo acá estamos, con algunas ausencias pero con la alegría de presentar la reedición de DELIVERY. 

Quiero festejar y brindar con todos/as los que me vienen acompañando desde hace tanto tiempo.

Será en Caballito, con empanadas y cerveza como exige la novela, y también con una copa de vino porque estamos grandes.

Las/os espero.

lunes, 9 de octubre de 2023

DELIVERY. Fragmento

DELIVERY

Editorial Sudamericana

 



"Me señala. Los gordos me miran y quiero matarme. Se bajan del auto, cruzan Yerbal y se paran delante mío. El rubio sonríe y dice tranquilo flaquito, el Tano nada más quiere saber si hiciste todo bien. ¿Tuviste algún problema?, dice. Le digo que no sin mirarlo porque sigo mirando al Tano, que ahora me saluda. Es la primera vez que viene, digo y el rubio dice es la última. ¿Anda bien el beeper[1]?, dice. Joya, digo y les doy la guita. El otro gordo, que ahora que lo miro parece más grande todavía, agarra los billetes y los cuenta. Quinientos, dice. Joya, dice después. El rubio estira la mandíbula, se pasa una mano por la nuca y dice mañana a las seis te traigo más. Me da un billete de cincuenta. Decile que está todo bien, le digo al rubio, que no se preocupe. Mejor así, dice, hasta mañana. Vuelven a cruzar la calle, se suben al auto. El Tano me saluda otra vez pero ya no tengo miedo. Cuando el Golf blanco arranca y se va por Acoyte hacia Rivadavia miro el billete de cincuenta y pienso que después de todo no está tan mal trabajar en un delivery.

 

En la puerta del negocio están Toni y el Negro. Ninguno pregunta nada. Mejor. Son las doce y cuarto de la noche. Entramos los ciclomotores mientras el dueño y Andrés hacen la caja. Como una empanada de jamón y queso sin sentirle el gusto, podría ser de pescado que sería lo mismo: después de repartir empanadas todo el día a cualquier cosa que como le siento gusto a ciclomotor. Antes de cerrar, el dueño nos da los veinte pesos del día, diez del turno mañana y diez del turno noche.

¿Negro, estás apurado?, pregunto y el Negro dice que no. Le invito una cerveza porque quiero hablar con él pero Toni y Andrés me escuchan y preguntan si pueden venir con nosotros. La puta madre, pienso.

 

Por ser martes hay bastante gente en la calle. Compramos dos cervezas en el kiosco y nos sentamos en un banco del parque Rivadavia. Enciendo un cigarrillo. Fumo. Hace calor y la cerveza está fría. Me acuerdo de los cincuenta pesos y me siento bien. Che, ¿hoy te llamó la divorciada?, le pregunta el Negro a Andrés y Toni se ríe. Sí, me volvió a decir que vaya… Vos sos un estúpido, digo, la próxima vez que llame yo me quedo atendiendo el teléfono y el pedido se lo llevás vos. Seguimos hablando y terminamos las cervezas.

Suena el beeper. La puta madre, digo. Leo el mensaje pero lo apago. Por hoy basta, pienso y Andrés dice ¿y ese beeper? Es mío, digo. ¿A ver?, dice y se lo doy. Lo mira. ¿Tiene luz?, pregunta Toni y digo no sé. Algunos tienen una lucecita verde. No sé, digo otra vez. ¿Y vos para qué lo querés?, dice Andrés y el Negro dice para que lo llamen las minas, ¿o vos no sabés que el pibe está lleno de mujeres? Entonces todos se ríen y no preguntan nada más. Joya, pienso.

Al rato, Andrés dice que se va y yo lo miro a Toni esperando que diga que él también se va pero no dice nada. Hijo de puta. Entonces le doy un billete de cinco y lo mando a comprar más cerveza.

Cuando me quedo solo con el Negro, le muestro el billete de cincuenta y dice te estás metiendo en un quilombo. Silencio. ¿No tenés miedo?, dice después. Está todo bien, no pasa nada, digo y pienso que el Negro tiene razón: me estoy metiendo en un quilombo. Pero miro el billete y cambio de tema. ¿Qué hacés el viernes?, digo y lo veo venir a Toni con tres cervezas. Mejor que se quedó, pienso. No sé, dice el Negro, ¿por? Para saber, digo y enciendo otro cigarrillo. Hablamos de cualquier cosa y cuando terminamos las cervezas nos vamos.

Llego a casa, entro y voy a la pieza. En el reloj de la video[2], las tres cero dos AM. Enciendo la tele, me acuesto y hago zapping. Después la apago y trato de dormir.

 

Abro los ojos. En el reloj de la video, las diez cincuenta y tres AM. La puta madre, digo y pienso que otra vez me quedé dormido. Igual tengo tiempo. Voy al baño, abro la ducha y cuando el agua sale caliente entro y me baño. Después caliento un poco de café y me sirvo una taza. Sobre la mesa de la cocina hay una nota: “Martín: me fui al Uruguay con Alicia. Volvemos el domingo. Un beso, papá”. Enciendo un cigarrillo. Fumo. Tomo el café pensando en mi viejo cogiendo con la estúpida de la novia. Levanto el papel para tirarlo al tacho de basura y veo que me dejó cincuenta pesos. Joya, pienso.

 

Salgo a la calle. Camino y pienso por qué tenemos que ir tan temprano si los clientes empiezan a llamar recién a las doce. No sé. Llego al negocio y saludo a los chicos. Nos sentamos en la puerta y a las doce y cuarto llevo el primer pedido. Me subo a la moto, acelero y siento el viento en la cara. A la una me toca llevar un pedido cerca del colegio de Vero, así que la espero y cuando sale le digo que a la tarde vaya para mi casa que voy a estar solo. ¿A qué hora?, pregunta como si no supiera que llego a casa a las tres y media y que me vuelvo a ir a las seis y media porque el turno de la noche empieza a las siete. Estúpida. Bueno, a las tres y media, dice y me da un beso y se va con las amigas.

Vuelvo al negocio. Andrés me manda a repartir otros cuatro pedidos. Cuando me quiero dar cuenta ya son las tres. Antes de volver a casa, paso por un Musimundo. Mientras compro un CD[3] para Vero pienso que es la primera vez que le compro algo. Es que ahora tengo plata, pienso y pienso que con plata puedo hacer lo que quiera. Cuando llego a casa Vero me está esperando en la puerta y parece enojada. Me dijiste a las tres y media y son las cuatro menos cuarto, dice. Se me hizo tarde, digo y le muestro la bolsa del CD. Tomá, es un regalo, digo y ella cambia la cara y me da un beso. Abre la bolsa, saca el CD y vuelve a besarme. Gracias, dice.

Entramos y vamos directo para mi pieza. Eso es lo que me gusta de ella: nunca dice que no. Todas las chicas tendrían que ser como Vero. A las cinco y media le digo que hoy me tengo que ir más temprano, así que nos vestimos, agarro el beeper y nos vamos. Pero no le digo nada del Tano ni de los gordos. Qué le importa.

 

Cuando llego al negocio, el Golf blanco me está esperando en la esquina. Esta vez el gordo rubio vino solo. ¿Y, flaquito? ¿Ya pensaste qué vas a hacer con tanta guita?, dice para hacerse el amigo pero le sale mal. ¿Trajiste?, pregunto y él me da la bolsa. Dijo el Tano que si seguís así vas a hacer otros laburitos más importantes, dice, ¿te interesa? Sí, digo, ¿dijo algo más? Vos seguí así y preocupate por trabajar bien, dice, el Tano sabe lo que hace, por algo te sigue dando laburo. Tiene razón, pienso. ¿Anda bien el beeper?, dice y digo los chicos me dijeron que algunos tienen una lucecita para ver de noche, ¿este tiene? Ni idea, dice, a ver. Se lo doy y lo mira de cerca. ¿Este botón para qué sirve?, dice y lo aprieta y le borra la hora. Estúpido. No debe tener luz, dice y yo dijo dejá, no importa. Ahora tampoco tiene hora, pienso. Entonces lo veo venir al Negro, que nos mira, nos mira a los dos pero a mí me mira de una forma que quiero matarme. ¿Quién es ese boludo?, dice el rubio y yo le digo un amigo, no pasa nada. Bueno, dice, mirá que a las doce vuelvo a buscar la guita. Joya, digo. Después se sube al auto y se va.

 

El Negro no me habla, me mira y es peor. Cuando abrimos el negocio y empezamos a trabajar me olvido de él pero siento que me sigue mirando. Me doy vuelta para preguntarle qué mierda le pasa, qué se mete en lo que no le importa pero atrás mío no hay nadie. La puta madre, digo.

 

Repartir la merca es fácil. Cuando suena el beeper leo el mensaje con la dirección del cliente y llevo el sobrecito. Si fuera sacarina, azúcar impalpable o talco sería lo mismo. Pero no. Es merca. Merca. Entonces si me para la cana voy preso. La puta madre, pienso cada vez que suena el beeper. Encima la alarma que tiene es horrible. Hoy suena más veces que ayer.

 

Sigo trabajando y a las doce llegan los gordos. Me acerco al coche. Se bajan, les doy la guita. Mil doscientos, dice el grandote cuando termina de contar los billetes. A éste sólo lo traen para que cuente, seguro que el rubio ni sabe contar, pienso. El rubio dice bien, flaquito, seguí así. Me da ciento cincuenta pesos: un billete de cien y otro de cincuenta. Ciento cincuenta pesos en un día, pienso y dice los treinta que sobran son un regalo del Tano, con vos está todo bien. El gordo me habla pero yo sólo pienso en toda esa guita que me está dando, estoy tan contento que hasta le daría un beso al grandote. ¿Anda bien el beeper?, pregunta otra vez el rubio. Sí, anda joya, digo. Mañana a las seis en Mármol y Venezuela, dice. El grandote me sonríe y dice que sí con la cabeza. Este pibe me cae bien, le dice al rubio. Después se suben al auto y se van.

 

Los chicos cerraron el negocio pero el Negro no se fue. Me esperó porque yo se lo pedí, sino ya se hubiera ido. Vamos a casa que mi viejo no está, digo y paro un taxi. El tachero pregunta a dónde vamos y yo le digo la dirección de mi casa. Todos los tacheros hablan. Del tiempo, de fútbol o de cualquier cosa, pero siempre hablan. Casi nunca viajo en taxi, pero cuando viajo les pago para que me lleven y no para escucharlos. Son todos iguales. Pero este no, está callado y de vez en cuando nos mira por el espejo. Hijo de puta. Tengo plata, no voy a robarle, yo nunca robé, pienso, pero el tipo nos mira por el espejo esperando que alguno de nosotros saque un revólver, un cuchillo o qué sé yo. Tengo mucha plata, digo pero el tipo no me escucha. Llegamos a casa. ¿Viste que no te robé?, pienso y él dice que son tres con setenta. Le doy un billete de cinco y digo quedate con el vuelto, cagón.

Entramos. Pongo un CD, voy a la pieza de mi viejo y agarro una botella de whisky. Hay una abierta pero no me importa, además es de Jack Daniel´s y al Negro le gusta más el J&B. Igual a mí me gusta más la cerveza. Él mira la botella verde con la etiqueta amarilla mientras sirvo dos vasos bien cargados. Enciendo un cigarrillo. Fumo. Hablamos de cualquier cosa, vuelvo a servir whisky y entonces el Negro dice ¿no tenés miedo? No, digo, si no pasó nada… Hasta ahora, dice, además vas a tener quilombo con la cana. No pasa nada, digo, está todo arreglado. ¿No te importa la gente que se muere por tomar eso?, dice y digo qué me importa, además, si no la reparto yo la reparte otro. Termina una canción, silencio. Me pagan bien, digo, y es sólo por un tiempo, hasta juntar algo de guita. Vuelve a empezar la música, el Negro vuelve a mirar la botella. Parecés mi viejo, digo, es un montón de guita y los gordos me dijeron que con la cana está todo bien. Vos sabés lo que hacés, dice y entonces sé que aunque no pude convencerlo por lo menos no me va a joder más.

Seguimos hablando y el Negro no dice nada más de la merca. Mejor. Seguimos tomando whisky y después dice me voy y se va. Voy a la pieza, me acuesto. En el reloj de la video, las dos cincuenta y cuatro AM.



[1] Beeper: dispositivo electrónico que permitía recibir mensajes cortos pero no responderlos. Antecesor del SMS y del WhatsApp.

 

[2] Videocasetera: aparato electrónico que permitía reproducir películas VHS y contaba con un reloj digital en el frente. Antecesor de las plataformas de series y películas.

[3] CD: disco compacto diseñado para almacenar y escucharmúsica en formato digital. Antecesor de las plataformas de música online.

lunes, 2 de octubre de 2023

Delivery. Reedición 2023.

 



Oficialmente, ya está librerías DELIVERY, mi primera novela. Un libro que escribí a los 24 años y que me ayudó a aprender muchas cosas y abrir esas puertas que me permitieron llegar a los 47 con otras siete novelas publicadas y viviendo de la escritura (algo impensado para el Parisi de 24 años que vivía en Villa Celina).
Más no les puedo pedir a este libro y a su protagonista, Martín, que lleva su nombre en homenaje a Martín Palermo y que tiene tantas cosas del autor que lo escribió en 1999 y que se fue del país en 2002, como si estuviera escapando de su propia publicación.
Desde ese momento hasta hoy pasaron muchas cosas en mi vida y en la de todos. Pero algunas cosas siguen igual:
-Delivery se publica por Editorial Sudamericana como la primera vez.
-Aquellos amigos que me acompañaron a Pachá para poder describir Edén, siguen al lado mío.
- La novia que se enojaba porque le cortaba el teléfono para poder seguir escribiendo la novela también sigue al lado mío y hoy es la madre de mis hijos.
- Y a aquellos primeros lectores que compraron la novela en Coto (porque se saldó al ratito, nomás) se sumaron muchos más que siguen justificando mis ganas de seguir escribiendo.
Una vez un colega me dijo que él en sus libros no ponía agradecimientos porque no le debía nada a nadie. Yo le debo tanto a tanta gente que mis agradecimientos son cada vez más largos. Empiezo por Luis Chitarroni, que ya no está con nosotros pero que me cambió la vida. A Flor Cambariere que me llamó en 2001 para decirme que iban a publicar la novela (y que siguió -y sigue - acompañándome como editora desde entonces).
Y a Glenda Vieites, que me dio toda la confianza y me regaló la posibilidad de ver mi primera novela otra vez en las librerías.
Ojalá que puedan leerla y la pasen JOYA.

viernes, 29 de septiembre de 2023

Delivery 2023. Contratapa.

 Hoy toca contratapa.

Delivery, Editorial Sudamericana, el lunes en librerías.
(Cualquier coincidencia con la actualidad no es responsabilidad del autor)



1999. El fin de un siglo y de una década que dejó a la sociedad de rodillas y a un país al borde del caos. Martín tiene veinte años y recorre las calles en un ciclomotor haciendo delivery de empanadas. Su vida familiar se reduce a un padre con el que se lleva mal y una madre de la que no conserva ningún recuerdo. Su futuro es incierto. Hasta que, al simple reparto de empanadas, suma un nuevo trabajo: delivery de cocaína. Entonces se abre otra puerta. Más responsabilidades, mucho dinero, fiestas y excesos. Anestesiado por la velocidad, envuelto en una indolencia brutal, dedica el resto de su tiempo a dormir, a deambular entre relaciones superficiales que terminan con el final de cada noche. Con un estilo directo, crudo, urgente, hecho de frases breves que se reiteran como en loop y llevan adelante el relato a través de la contundencia de las acciones, la primera novela de Alejandro Parisi mantiene, dos décadas después de su publicación original, una vigencia incontestable en un país cada vez más hostil, poblado de jóvenes que buscan sobrevivir y hacer pie a cualquier costo para escapar de su destino.



lunes, 24 de julio de 2023

Delivery 2023

Un delivery me trajo las pruebas de galera de Delivery.

Allá vamos.

Delivery: octubre 2023.



miércoles, 3 de octubre de 2018

Delivery. 16 años de empanadas.

Hace 16 años, presentábamos esta novela en un bar que ya no existe, como tampoco existen los beepers que usaba Martín. Pero él sigue existiendo, en el recuerdo, en los pocos ejemplares que quedan, siempre con la ilusión de volver de San Clemente convertido en alfajores y reedición.





"Olivos. Vamos por una avenida que se llama Maipú y después que pasamos por la quinta presidencial doblamos a la derecha por la calle Corrientes y volvemos a doblar a la derecha por la calle Córdoba. Llegamos. Es el culo del mundo, pienso y digo qué lindo barrio. De afuera la casa parece normal, pero si está en este barrio muy normal no debe ser. Bajamos del auto, Romi toca timbre. Con lo fuerte que está la música no nos van a escuchar, dice pero enseguida una señora que tiene puesto un delantal abre la puerta. Adelante, dice y Romi me agarra la mano que no tengo lastimada y entramos. Pasamos a un living.

Hola chicos, dice alguien y una mujer muy bien vestida nos saluda. Él es Martín, dice Romi y yo sonrío como un estúpido. Hola, digo y la mina me da un beso. Yo soy Silvia, la tía de Romi, dice, y él Mario, mi pareja. ¿Pareja de qué, de truco, de paddle o de tenis?, pienso y tengo ganas de reírme pero no me río. Es la madrina de Tamara, dice Romi. Yo no digo nada porque Romi es hermosa y porque la tía Silvia me da una copa de champagne. En una de las paredes hay una biblioteca llena de libros, todos del mismo color. Los miro y Mario me dice se nota que te interesan los libros. Sí, digo, me la paso leyendo. Romi me apreta la mano como diciendo “no seas hijo de puta”. La tía Silvia dice la fiesta es en el parque. Sí, sí, muy lindo todo pero mejor que haya comida, pienso.
Cruzamos toda la casa y vamos al parque que más que un parque parece un salón de fiestas. Hay un montón de pendejos parecidos a los que van a Edén: todos chetos, todos estúpidos. Algunas chicas están bailando. Las mujeres siempre bailan. Escuchan cualquier música y se mueven. A mí me gusta mirarlas. En un costado del parque hay una mesa con comida y bebida y con gente alrededor. La música es mala.
La tía Silvia y Mario se van para otro lado. Viene una piba que es igual a Romi pero más chiquita y antes de que diga algo le digo feliz cumpleaños. Romi se ríe y dice ¿viste que parece mi hermana? ¿Y quién es?, digo y la piba me dice hola, soy la prima. Entonces viene otra piba que también es parecida pero yo no digo nada. Romi la abraza y le dice feliz cumple, Tami y saca un regalo de la cartera y se lo da. Feliz cumpleaños, digo y la saludo. Hola, dice y después se va con la prima. Lindas las chicas.
Nos sentamos y la señora que nos abrió la puerta trae una bandeja con canapés y saladitos y se va y después vuelve con unas cazuelas con ravioles con tuco. Antes de que se vaya otra vez, le pregunto de qué son los ravioles y me río. De pollo, dice. Gracias, digo. Comemos y tomamos más champagne. Romi sigue hermosa y yo no pienso en nada.

Después se acerca otra piba. No se parece en nada pero es la hermana más grande de Romi, Claudia. Me saluda y me dice hoy hablamos por teléfono ¿no? Sí, era yo, digo y pienso que con esta mina es mejor hablar por teléfono. Debe ser adoptada, pienso y pienso qué mina fea. Claudia, la Claudia, pienso y me acuerdo de la mujer de Maradona.
Alguien cambia la música de mierda por música buena. Beatles. Entonces le digo a Romi vamos a bailar y bailamos y como ninguno de estos estúpidos sabe bailar rock, los únicos que bailamos somos Romi y yo y Mario y la tía Silvia. Todos nos miran y a mí me gusta que me miren porque Romi es hermosa y porque sí. Cuando la canción termina, nos aplauden y Romi me da un beso y me dice no sabía que bailabas tan bien. Linda la fiesta.

A eso de las cuatro le digo a Romi que me quiero acostar con ella. Se ríe pero dice yo también. Saludamos a las hermanas de Romi, a la tía Silvia y a Mario y nos vamos. Llegamos a Caballito. Romi sin decirme nada entra el auto en un telo de Castro Barros y Rivadavia. Joya, joya, joya, pienso.
Pedimos una habitación, nos dan la llave, entramos y cogemos hasta las seis de la mañana. A las seis y media Romi me lleva a casa. Me dice te quiero y yo le digo sos hermosa. Me bajo del auto, cierro la puerta, camino alrededor del auto y me paro delante de la ventanilla de Romi. La pasé joya, digo y le doy un beso. Después se va y yo entro a casa y voy a acostarme. En el reloj de la video, las seis cuarenta y tres AM."

viernes, 21 de septiembre de 2018

Feria del libro de Hurlingham

El 12 de Octubre, a las 19 hs, noche de brujas en Villa Tesei. Vamos a estar participando de la Feria del Libro de Hurlingham para charlar sobre cuentos, novelas y pasar un rato en el Oeste donde, dicen, está el agite. Gracias al amigo Isaac Castro por la invitación.


lunes, 22 de enero de 2018

Viaje de mierda, pienso.


Fragmento de DELIVERY, Ed. Sudamericana. 2002.
 
"Voy caminando despacio y pienso que por más que tarde mi viejo no se va a ir. Llego a casa y él y la estúpida están sentados en el living. Hola dicen los dos a la vez y me quiero matar. Hola, digo y voy a la pieza, agarro un poco de plata, la mochila y unos CD.  Entonces mi viejo dice ¿listo? Sí, digo y la estúpida llama un taxi y cuando el taxi llega mi viejo se sienta adelante y la estúpida y yo nos sentamos atrás. La puta madre, pienso y mi viejo dice hasta Retiro.
Vamos en el taxi y la estúpida me dice Martín, en esta canasta hay una botella de agua mineral, facturas y empanadas. Con las ganas que tenía de comer empanadas, digo y ella dice no me di cuenta, perdoname… pero bueno, igual te aviso por si tenés hambre, porque yo cuando viajo en micro me duermo enseguida. Mejor, pienso y pienso que es mejor que duerma a que diga boludeces. Ella apoya una mano en el hombro derecho de mi viejo y él le da un beso. Viaje de mierda.

Llegamos a Retiro. Nos bajamos, el tachero descarga los bolsos del baúl y mi viejo le paga. Entramos al salón de la terminal y digo que voy a comprar pilas. Voy a averiguar de qué andén sale el micro, dice mi viejo. Alicia y los bolsos se quedan ahí. Camino por la terminal y no hay mucha gente, voy a un kiosco y compro pilas Duracell, cigarrillos y una lata de cerveza. Abro la lata y tomo un sorbo. Después voy hasta un kiosco de diarios y no sé por qué pero compro El Gráfico. Sigo caminando y veo un grupo de cinco chicas, tres rubias, una castaña y una morocha y pienso que tendría que haber comprado una Playboy. Las chicas me miran, hablan entre ellas y me miran otra vez. Joya, pienso pero escucho la voz de la estúpida que dice acá Martincito, estamos acá. La puta madre, pienso.
Es entre el anden cuarenta y nueve y el cincuenta y dos, dice mi viejo. Vamos al andén. Tengo hambre, pienso y digo Alicia dame una empanada. Como la empanada y tomo cerveza, después eructo y mi viejo me mira como diciendo “¿te parece lindo?” Nos sentamos en un banco del andén cuarenta y nueve y saco el discman de la mochila y le pongo cuatro pilas. Meto un CD y me pongo los auriculares. Se escucha joya, pienso.

Un rato después llega el micro. Micro de mierda, pienso. “Transportes del Tuyú”, leo y pienso que debe ser la empresa más barata. Subo al micro con la mochila, pero mi viejo dice Martín, ¿no la ponés abajo en el buche? No, le contesto. Ellos guardan los bolsos y después suben. La estúpida sigue abrazada a la canasta. ¿Qué asientos tenemos?, digo y mi viejo dice nueve, diez y veintiséis.
Veintiséis, ventanilla. Pasan unos minutos y no sube nadie. Pienso que estaría joya que suban las chicas que estaban en el salón y me las imagino a todas desnudas corriendo entre los asientos. Pero seguro que se va a subir una gorda fea, pienso y veo que se sube una vieja. Se sienta adelante de mi viejo y de la estúpida, se da vuelta y empieza a hablarles. Que se jodan.
Entonces escucho risas y veo que por las escaleras del micro están subiendo las chicas. Joya, pienso y pienso que mi suerte está cambiando. Van hasta el fondo y apago el discman pero me dejo puestos los auriculares. Ahí está el chico de antes, dice la morocha y es la más linda de todas. Las otras sonríen y entonces yo digo hola y todas contestan a la vez: hola, dicen y vuelvo a imaginarlas desnudas. Hermosas. Se me sientan todas más o menos alrededor, adelante, a un costado, pero ninguna al lado. Hablan, se ríen, me miran. Yo me saco la campera de jean y vuelvo a encender el discman. Lindas las chicas del Tuyú.

El chofer cierra la puerta y arranca. Una hora después el micro dio tantas vueltas y pasó por tantas terminales que ya no sé si estoy en “Transportes del Tuyú” o en el ciento cuarenta y uno que va a Plaza Italia. Por suerte no subió mucha gente: un matrimonio con un bebé, dos viejas y un cura. Las chicas preparan mate y la morocha me dice ¿cómo te llamás? Martín, digo y ella dice Martín, ¿tomás mate? Sí, digo. Entonces las chicas se presentan: Jésica, rubia, Marcela, rubia, Julieta, castaña, Lali, rubia, y Maira, la más hermosa, morocha.
Hablan y de vez en cuando me dan un mate. Yo trato de hacerme el boludo pero no puedo dejar de mirar la pollerita violeta y las medias rojas de Maira. Ella también me mira. Después las amigas se van quedando dormidas y nosotros empezamos a hablar. Somos compañeras del cole, dice, vamos a pasar el fin de semana a la casa de los padres de Lali. Ah, digo, parecés más grande y ella dice no, lo que pasa es que… me da vergüenza. Dale, digo y pienso que es hermosa. Repetí dos años, dice, tengo diecinueve. Joya, digo, yo ni terminé el colegio. Con esta mina está todo bien, pienso y miro para adelante y no veo ni a mi viejo ni a la estúpida, seguro que ya están dormidos.
 Seguimos hablando y ella dice no quiero despertar a las chicas y se cambia de asiento. Seguimos hablando. Hermosa. Hermosa. Hermosa. Que se despierte el cura y que nos case, pienso. Entonces le doy un beso y está todo bien. Las luces del micro se apagaron y a ella no le importa nada, a mí menos y entonces hacemos de todo. Joya, pienso y pienso qué empresa joya. Estamos un rato juntos hasta que las amigas de Maira se despiertan y ella dice tengo que ir con las chicas. Y yo tengo que dormir, pienso y le doy un beso y me duermo.

Martín, Martín, dice mi viejo, despertate que llegamos. Abro los ojos. Bostezo, estiro los brazos y pienso qué buen viaje. Maira y las amigas no están. Mi viejo se baja del micro y yo agarro mis cosas y lo sigo. Me cagué de frío, pienso. Abajo están los bolsos y está Alicia. Meto la mano en el bolsillo de la campera y encuentro una nota: dos números de teléfono y el nombre de Maira escrito con tinta verde. Está el número de San Clemente y el de su casa, que por la característica debe quedar en Palermo. Guardo el papel y pienso joya. Enciendo un cigarrillo. Fumo. Mi viejo sube los bolsos a un taxi rojo con techo blanco y dice veintisiete y uno. Veintiocho, digo y me río. En el reloj del taxi, las seis treinta y tres AM.
El taxi agarra por una avenida que se llama San Martín, después cruza una plazoleta, dobla por la calle Uno hasta llegar a la Veintisiete, después gira a la izquierda y estaciona frente a la casa de los viejos. Nos bajamos. Está amaneciendo, el tachero descarga los bolsos y mi viejo le paga. Las luces de la casa están encendidas, se abre la puerta y los dos viejos salen al jardín que hay adelante de la casa. Hola, dice la vieja y me abraza y yo digo hola abuela y la tengo que abrazar. Mi abuelo está llorando y dice pensé que no los iba a volver a ver. Viejo, dice la vieja, el médico dijo que no tenés que emocionarte y entonces mi viejo lo abraza y le dice ¿cómo estás? La estúpida y los bolsos no dicen nada. Saludo a mi abuelo y mi viejo dice ella es Alicia y mi abuela la mira de arriba a abajo. Hola, dice la vieja y la estúpida dice hola, doña Isabel, mucho gusto don Carlos. 
Entramos a la casa y Alicia dice qué hermoso jardín. Mi viejo sonríe y dice mi papá es el jardinero. Qué lindo, vuelve a decir la estúpida. La puerta da a la cocina y sobre la mesa hay una bandeja con medialunas de grasa. Joya, pienso y pienso en Maira. Dejen los bolsos en la pieza, dice la vieja, vos Martín vas a tener que dormir en el sillón del living. La puta madre, pienso y dejo la mochila y me voy a comer medialunas. Mi viejo va a la cocina y dice me imagino que vamos a ir a pescar. Tu padre ya preparó tres cañas, dice la vieja, la más grande es para Martín.
Todos hablan a la vez y sonríen y comen y ya quiero volver a Buenos Aires. Miro a mi abuelo y pienso que está arruinado: era alto y gordo pero ahora está muy flaco, seguro que por lo de la presión. Está arrugado y las manos le tiemblan todo el tiempo. La vieja es petisa y tiene rulos blancos, lleva puesto un delantal y usa unos anteojos que parecen dos culos de botella. Feo ser viejo, pienso y escucho que la vieja dice ¿qué quieren comer al mediodía? Mi viejo dice ¿no te hacés unas empanadas fritas de pescado? y la estúpida dice qué rico y yo me quiero matar, aunque después pienso que si la vieja hace empanadas por ahí también vende merca. Estoy podrido de comer empanadas, digo y la vieja dice bueno, a vos te hago otra cosa. ¿Qué querés que te haga?, dice y yo digo no sé. ¿Pastas, carne o pescado?, dice y digo no sé. ¿Querés fideos?, dice y digo bueno. ¿Caseros o comprados?, dice y digo no sé. ¿Rellenos o comunes?, dice y vuelvo a decir no sé. ¿Con tuco o con pesto?, dice y digo dejá, mejor como empanadas. Pensalo, dice ella. Vieja de mierda.
Después mi viejo me dice nosotros vamos a caminar por la playa, ¿querés venir? No, gracias, digo y voy a la pieza de los viejos y me acuesto. La vieja viene atrás mío y dice sacate las zapatillas y me las saco. Me imagino que no viniste solamente a dormir, ¿no?, dice y yo digo no, abuela, estuve leyendo todo el viaje, no dormí nada. Entonces agarra una manta y me tapa y después se va y cierra la puerta. Sobre la mesa de luz hay una foto: soy yo de chiquito, sentado en el medio del jardín de la casa, mirando hacia un costado, hacia una pierna de mujer. Después me duermo.

Abro los ojos. Vuelvo a mirar la foto y pienso en mi vieja. La puta madre, pienso. Entonces me levanto, me pongo las zapatillas y voy a la cocina. La vieja está de espaldas picando cebolla sobre la mesa. Cuando me escucha, gira la cabeza y dice no dormiste nada. No, digo y me siento en una silla y sigue cocinando. Silencio. Pienso en mi vieja y entonces digo che, abuela, ¿tenés alguna foto mía con mi mamá? No sé, dice, ¿por qué no le pedís a tu padre? Silencio. ¿Tenés? ¿sí o no?, digo y ella dice que no. Hija de puta, pienso y pienso que no puede ser que cuando pregunto por mi mamá todos se hagan los boludos.
Después digo me voy a bañar y ella dice cuando termines secá el baño. Voy a la pieza, abro la mochila y saco un calzoncillo y una remera. Llevo la mochila y mis otras cosas al sillón del living. Voy al baño, abro la ducha y espero que el agua salga caliente, pero cuando me estoy bañando de golpe el agua empieza a salir fría. La puta madre, digo y la vieja dice cerrá la llave del agua caliente que se apagó el calefón. Me estoy cagando de frío, digo y ella dice esperá que no prende. Vieja de mierda. Viaje de mierda. Familia de mierda. Toda la casa es vieja como ellos, pienso y miro los azulejos verdes y tengo ganas salir desnudo y putear a la vieja. Ya está, dice ella y abro la ducha y termino de bañarme. La puta madre, digo otra vez y me parece que la vieja se está riendo.
Después me visto y salgo del baño pero a la vieja no le digo nada. Agarro el discman, una silla y voy al jardín. Me siento al sol y me saco la remera, me pongo los auriculares y cierro los ojos. Enciendo un cigarrillo y fumo. Trato de no pensar en nada pero la música o el sol o no sé qué me hace pensar en mi vieja. A nadie le importa que yo pregunte por ella, pienso. Apago el discman. Silencio. Escucho el ruido del viento contra los árboles y un pajarito que canta. Romi, pienso y pienso otra vez en mi vieja. Pienso en las dos a la vez y me acuerdo de cuando le conté a Romi lo de mi mamá. Estúpido.
Enciendo el discman. Adelanto el primer tema, el segundo, el tercero, el cuarto y así hasta el último pero no escucho ninguno. Lo apago. Pienso en el Tano y en la reunión del domingo. Quiero estar en Edén, pienso y pienso en todas las chicas que me miraban cuando ese tal Guille me llevó en el BMW. Me vuelvo hoy, pienso y entonces me relajo y enciendo el discman y escucho el último tema porque es el mejor.

A las doce y media llegan mi viejo y la estúpida y nos sentamos a comer. El viejo trae dos botellas de vino tinto y la vieja pone sobre la mesa una fuente con un montón de empanadas. Mi viejo sirve vino en los vasos y dice brindemos porque estamos todos juntos. Pienso en mi vieja pero parece que no le importa a nadie porque todos chocan los vasos, se ríen y después empiezan a comer. Hijos de puta, pienso y pienso que son unos hijos de puta.
Ellos comen y yo los miro. No digo nada pero los miro. Agarro una empanada y la desarmo para que se enfríe. Merca, pienso. Merca, digo bajito y me como el relleno de la empanada. Tomo vino y vuelvo a servirme dos veces más. Abro la segunda botella y mi viejo me mira como diciendo “pará de tomar”. Me sirvo otro vaso, tomo y a medida que trago siento que se me duerme la boca. El viejo dice Martín, ¿seguís repartiendo empanadas? Digo que sí con la cabeza y no digo nada más. Después me dice ¿querés probar un licorcito casero de durazno? Sí, digo pero mi viejo dice no, ya tomó mucho. Una copita no le va a hacer nada, dice el abuelo y se levanta y va hasta el living y vuelve con una botella verde sin etiqueta y dos vasitos. Sirve y después dice brindo por mi nieto y me da lástima, entonces digo brindo por mi abuelo y vacío la copa de un sorbo. Rico el licorcito.
La vieja y la estúpida levantan las cosas de la mesa y el viejo y yo seguimos tomando licor hasta que la vieja le dice basta que te va a hacer mal y tapa la botella y el viejo se enoja pero a mí no me importa porque ya estoy borracho. Mi viejo salió al jardín porque se cansó de mirarme mal y de que yo no le de pelota. Estúpido. Entonces todos se van a dormir la siesta y yo me quedo solo.

Al rato me levanto y me siento mareado. Voy al living, abro la mochila, saco la malla y me la pongo. Enciendo un cigarrillo, fumo. Salgo a la calle. Tengo que comprarme anteojos negros, pienso. Voy hasta la Costanera por la Veintisiete, entro a la playa y me saco las zapatillas y la remera. Camino por la arena y pienso que hace calor. Me meto en el mar y salgo. El día está lindo, voy por la orilla para el lado del muelle. Un rato después escucho que gritan Martín y me acuerdo de Romi y de Carla. Miro para la playa y veo a las chicas del micro, todas en bikini, todas hermosas. Están en todos lados, pienso. Me acerco y las saludo. Maira me da un beso y dice llegaste justo. ¿Qué?, digo y ella saca un porro y no digo nada. Mirá las chicas, pienso y ella enciende el porro y fuma y se lo pasa las demás. Fuman, se ríen, cantan. Yo todavía estoy borracho y cuando me quiero dar cuenta ya le di una pitada y estoy tosiendo.
Las chicas dicen vamos al agua y se van al mar, Maira y yo nos quedamos. Todo me da vueltas pero me siento bien y encima ella está tan linda. Nos acostamos en la arena y hacemos de todo y no nos importa porque en la playa no hay nadie y porque no nos tiene que importar nada. Después de un rato enciende otro porro y fumamos pero ya no toso. ¿Hasta cuándo te quedás?, dice y digo no sé. ¿Me vas a llamar en Buenos Aires?, dice y yo digo que sí. Entonces me acuerdo del Tano, de la merca, de la guita y me siento bien. Guita, pienso y pienso que tengo que volver a Buenos Aires. Te juro que te voy a llamar pero ahora me tengo que ir, digo y le doy un beso y ella se ríe y no se da cuenta de que se lo digo en serio. Corro por la playa y siento que el corazón me va a explotar pero no me importa porque quiero irme antes de que todos se despierten.
Llego a la casa. Silencio. Me saco la malla y me visto. Meto todo en la mochila y después escribo una nota y la dejo sobre la mesa de la cocina: “Abuelo me tuve que volver no te emociones que te va a hacer mal. Cuidate. Martín.” Los demás que se vayan al carajo, pienso. Entonces salgo a la calle y hago el camino que esta mañana hizo el taxi. Voy escuchando el discman y no pienso en nada, me río y digo que se maten.
Cuando llego a la estación voy a una de las ventanillas y pregunto cuándo sale el primer micro a Retiro y me dicen que dentro de una hora y media. Joya, pienso y saco un pasaje. Enciendo un cigarrillo. Fumo. Me siento en un banco y tengo sed, así que voy al kiosco y compro una botella de Sprite de litro y medio y más pilas para el discman. Tomo Sprite y me siento mejor. Quiero que llegue el micro y quiero irme.

Se hace de noche. Estoy nervioso y el micro no llega. Fumo el último cigarrillo que tengo. La puta madre, pienso y pienso que lo único que falta es que mi viejo venga a buscarme a la terminal. Voy a la ventanilla donde compré el pasaje y le pregunto al pibe que atiende cuánto falta para que llegue el micro y me dice ahí viene, miro la ruta y veo un micro azul y blanco que se acerca y estaciona. Joya, digo aunque ya no estoy tan seguro de irme, pero igual subo al micro sin mirar a la gente que está sentada. Me pongo los auriculares y trato de dormir. Fumé porro, pienso y me huelo las manos y todavía tengo olor a porro. Después me duermo.

Abro los ojos. Miro por la ventanilla y veo luces y autos y carteles. “Buenos Aires 90 km.”, leo y estiro los brazos. En el asiento de al lado no hay nadie. Pienso en mi viejo y en el viejo. El abuelo me da lástima, pienso y pienso que mi viejo ahora que me fui debe estar más tranquilo. Hijo de puta. Si el micro salíó a las ocho de la noche voy a llegar a eso de las doce y media.  Miro la ruta y pienso que hice bien en volver. Cuando llegue voy a llamar a Romi, pienso y sé que no me va a atender pero tengo ganas de verla. Estúpido.
El micro llega a Retiro, me bajo y cruzo el salón de la terminal hasta la calle del fondo donde están los taxis. Me subo a uno y le digo al tachero la dirección de mi casa. El auto va lento porque hay mucho tránsito. Los sábados a la noche todos salen y seguro que todos deben estar tomando merca. El tachero escucha música clásica y no sé por qué pero me deprime. ¿Tiene un cigarrillo?, digo y él me da un Camel y un encendedor. Gracias, digo y lo enciendo y le devuelvo el encendedor. Fumo. Miro los autos que pasan al lado del taxi y pienso qué estará haciendo Romi.
Llegamos. Le pago al tachero, bajo y entro a casa. Está todo oscuro porque mi viejo está en San Clemente, pienso, pero si estuviera en Buenos Aires la casa estaría igual. Enciendo todas las luces. Pongo un CD y voy al baño. Dejo la puerta abierta. Me desvisto, tengo arena por todos lados. Entro a la ducha y el agua enseguida sale caliente y me siento bien. Hoy me bañé dos veces, pienso.
Salgo del baño y me siento en un sillón del living. Escucho la música. Pienso qué habrán hecho todos cuando se levantaron de dormir la siesta y pienso que mi abuelo se debe haber puesto a llorar, mi viejo debe haber puteado, la estúpida debe haber comido una empanada y la vieja debe haber dicho “es igual a la madre”. Pienso en eso y me siento mejor. Aunque no sé. 
Suena el teléfono y atiendo sin darme cuenta. Por lo menos llamá para decir que llegaste bien, dice mi viejo. Llegué bien, digo. Ya vamos a hablar, dice y corta. Hijo de puta, digo y pienso que ni pude decirle que traiga alfajores"