Alejandro Parisi

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martes, 18 de diciembre de 2018

Exodous: un microrrelato sobre la inmigración.




EXODOUS
"Refugees crisis" de Roger Pibernat
 
-                      Mamá, ahí vuelve la lancha – dijo la niña a su madre.
Estaban de pie en la orilla, y la niña tenía la mano extendida sobre la frente para poder mirar sin que el sol le hiriera la vista. Con la otra mano estiraba el elástico del traje de baño rosa que le apretaba la entrepierna, cubierta de arena y sal.
-                      Seguro que han pescado algo – dijo el niño que había estado jugando con ella hasta que divisaron la lancha enfilando en dirección a la costa.
Los demás bañistas también se habían arrimado a la orilla, algunos incluso se habían lanzado al mar y nadaban frenéticamente para ser los primeros en descubrir el botín de los pescadores.
-                      Deben traer un tiburón – dijo la niña.
-                      Acá no hay tiburones – refutó la madre.
-                      Mi abuelo una vez pescó un pez espada – dijo el niño.
-                      A mí no me gusta el pescado – dijo la niña.
La lancha se aproximaba, pasando por en medio de los aventureros que habían salido a su encuentro con el agua hasta la cintura. Todos pudieron ver que además de los dos pescadores que habían partido minutos antes, en la lancha ahora también había otros tres hombres.
En ese momento una camioneta de la Cruz Roja y otra de la Policía atravesaron la playa y se detuvieron junto a la orilla. Bajaron hombres y mujeres vestidos con uniformes blancos y azules. Sudaban, y se los veía bastante molestos por haber tenido que dejar el aire acondicionado de los vehículos.
Los policías se ocuparon de alejar a los curiosos, los de la Cruz Roja, en cambio, se acercaron para esperar a la lancha. Los pescadores apagaron el motor, y durante algunos segundos la lancha continuó acercándose con el impulso desganado de la inercia. Al fin, el más joven de los dos pescadores se lanzó al agua con el cabo de la soga en una mano y comenzó a tirar de él hasta que la lancha se detuvo en la arena.
Entonces los de uniforme blanco ayudaron a desembarcar a los tres hombres, que parecían tan cansados, como si hubieran nadado o corrido miles de kilómetros. A pesar del calor del mediodía, no dejaban de temblar.
Poco a poco, los bañistas perdieron interés y regresaron a sus reposersas, a sus mantas tendidas sobre la arena y a las olas del mar.
Sólo los dos niños continuaban viendo a los tres hombres delgados que bebían con avidez el agua de las botellas que les alcanzaban los de la Cruz Roja.
-                      ¿Quiénes son? – quiso saber la niña.
-                      Inmigrantes – contestó su madre.
-                      ¿Como nosotros? –  preguntó la niña, confundida.
-                      Sí – murmuró su madre.
-                      ¿Y por qué ellos no vinieron en avión?
-                      No sé… – contestó su madre.
-                      ¿Vosotras también habéis venido de África? – preguntó el niño que aún permanecía junto a ellas.
-                      ¡No! – dijeron la madre y la niña a dúo.
Luego, los niños se arrodillaron para recomponer el castillo de arena que los demás habían pisoteado al acercarse a la lancha.
-                      Mira, vuelven a pescar – le dijo el niño a su compañera, señalando la lancha que se adentraba en el mar.
-                      Seguro que ahora pescan tiburones – dijo la niña mientras que, detrás de ellos, las dos camionetas se alejaban para conducir a los tres hombres hasta los aviones que una vez más los llevarían de regreso a África.


(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil, el domingo 13 de agosto de 2006).

viernes, 25 de agosto de 2017

Tormenta




Hacía calor, y los ventiladores, la televisión y la heladera habían dejado de funcionar con la caída del primer rayo. El único entretenimiento que tenían era una radio a pilas que anunciaba los desastres causados por la tormenta. Con el río tan revuelto, habían dejado de pasar las lanchas y los botes. Hasta que no acabara el temporal no podrían regresar a su casa, y a él lo aliviaba saberlo.
Esa tarde ella comenzó a pintarse las uñas de rojo, como una adolescente presumida o una estrella de cine pasada de moda. De pronto, el olor del esmalte la hizo estornudar, y al sacudirse rozó con el pincel el borde de su dedo gordo. Él dijo algo que se suponía debía ser gracioso, pero sólo consiguió que ella lo mirara con odio.
Pasaron unos minutos en silencio. Comenzó a oscurecer. Él se apuró en buscar velas y colocarlas en el pico de las botellas de vino que habían bebido durante esos días. A lo lejos, en medio de la noche, entre los árboles que el viento sacudía con violencia, ya se podía ver el leve resplandor de las velas que iluminaban las casas lejanas. 
­        Necesitaba esto – dijo él, de pronto, al encender un cigarrillo.
­        Nadie necesita vivir a oscuras, aislado del mundo…  
­        Me mudaría acá. Podríamos traer nuestras cosas… sólo lo necesario, y vivir en paz, sin periodistas ni preguntas incómodas.
Ella lo miró en silencio. Era la primera vez que él hablaba de eso:
­        Decime, ¿justo ahora tenían que enterarse?
­        Alguna vez iba a pasar. La mentira tiene patas cortas.
Sereno, tan sereno como no lo había estado desde que los diarios publicaran la noticia, él volvió a fumar. En su media sonrisa se podía ver que había estado pensando la frase desde hacía un rato, días tal vez:
­        ¿Querés otro refrán? En boca cerrada no entran moscas.
Aunque lo intentó, ella no pudo contener el rubor que le cubrió las mejillas. Y bajó la mirada. Se incorporó, se dirigió al baño. Cuando cerró la puerta, él supo que había llegado el momento.
­        ¿Desde cuándo cerrás la puerta del baño?
­        No me di cuenta… ya salgo.
Estaba nerviosa, se le notaba en la voz. Al otro lado de la puerta, él oyó el sonido de las teclas de su teléfono celular.
­        No hay señal. Estamos solos. Dale, salí.
Al fin se abrió la puerta, ella tenía una toalla alrededor de su mano derecha. Al ver que él empuñaba un cuchillo, comenzó a llorar.
­        Decime por qué. ¿Por qué? ¿Por qué tuviste que ser justo vos?
Ella no hablaba, y eso a él lo enfurecía aún más. Le acerco el cuchillo al cuello, después lo deslizó entre sus senos.
­        Vos sabés que yo soy así, que tengo estas cosas… pensé que podíamos superarlo juntos - dijo él a modo de despedida, alzando el cuchillo.
­        Y vamos a superarlo – dijo ella, y cerró los ojos.
Amortiguado por la toalla, el disparo se confundió con los truenos.  

Publicado en Revista Ñ, 19/4/08

viernes, 24 de abril de 2015

Veda

Veda

Era el sábado previo a las elecciones presidenciales de 1995. Teníamos 19 años. Como cada fin de semana, nos juntamos en el bar de enfrente de la Estación de Lugano. Nos sentamos en una mesa de afuera, en la vereda. El tema era que no se podía servir alcohol por la veda electoral. La genialidad criolla enseguida resolvió saltear la norma con la simulación: fernet con coca en vasos altos, que podían pasar por gaseosa, y Tía María en pocillos de café. Medio paranoicos, medio orgullosos, pasamos esa noche como cualquier otra.. 

Hasta que en un momento paró un patrullero frente al bar. Nos preocupamos un poco, era evidente que la gaseosa por sí misma no podía dejar esa espuma espesa en las paredes de los vasos. Se bajó un cana del lanchón, nos deseó las buenas noches y se metió en el bar. 

Hicimos un silencio incómodo, no queríamos que el dueño tuviera problemas por culpa nuestra. Al ratito, el cana salió del bar con una botella de Quilmes fría en la mano. Nos saludó, se subió al lanchón y se fue. Nadie dijo nada, pero todos nos sentimos unos grandísimos estúpidos.