Alejandro Parisi

Alejandro Parisi

miércoles, 25 de julio de 2018

"Cocina mediterránea". Cuento.






Cocina mediterránea


Sobre la superficie del agua tibia, las manchas de aceite reflejan la luz blanca, fluorescente, que ilumina la cocina. El hombre tiene los brazos sumergidos dentro de la pileta. Busca la esponja amarilla, a tientas, en el agua turbia, entre cacerolas, cubiertos y platos sucios. A veces, el filo del metal vence la piel curtida y libera una gota de sangre.
El hombre contempla el mar parado en puntas de pie; la ventana es estrecha pero a través de ella se pueden ver muchas cosas: hoy el Mediterráneo es un paño esmeralda que apenas se mueve. Los bañistas toman el sol tendidos en la playa; en la orilla, un niño juega a la paleta con una mujer que lleva el pecho desnudo. Suelto, su cabello rubio refulge al sol; a pesar de la distancia puede percibir la generosidad de los pechos bronceados y, mientras la ve doblar sus largas piernas para recoger una pelota de goma, el hombre decide que detrás de las gafas de sol ella esconde dos ojos azules.
            Al retirar sus manos de la pileta, el hombre se detiene a observar las señas que deja el paso del tiempo: la piel húmeda de sus dedos arrugados, las uñas rotas, cicatrices que antes no tenía, un nuevo corte en el pulgar derecho y un trozo de espinaca adherido a la muñeca izquierda. A su alrededor, implacable, el tiempo también corroe la vajilla, vacía la copa de El Cocinero y cubre de sudor el rostro de los ayudantes.

            En la cocina todos visten de blanco, los azulejos de las paredes son blancos y blanco es el vino que bebe sólo El Cocinero, mientras controla el giro exacto de la cuchara de madera. A veces El Cocinero también se asoma a la pequeña ventana; extiende un mando a distancia y confirma que la alarma de su auto está bien conectada. Aunque nunca lo dice, preferiría tener un auto deportivo en lugar de su viejo Seat. También preferiría tener su propio restaurante y un laboratorio equipado para diseñar las más sofisticadas combinaciones de texturas y sabores.
            Con los ojos entornados, El Cocinero ya no revuelve: piensa. Vacía la copa de un trago e introduce la mano en la olla para retirar un dedo sucio que luego se lleva a la boca. Con los ojos cerrados se pasa la lengua por los labios. Los ayudantes, que hasta hace un segundo vertían, colaban y picaban frenéticamente, de pronto se detienen al unísono; se cruzan miradas, señas imperceptibles. Poco a poco, temerosos, van acercándose a Él. Esperan una palabra reveladora. Y al fin su voz retumba en la cocina: laurel. Inmediatamente, todos se apresuran a probar el caldo de pescado y a admirar el fino paladar de El Cocinero. Alguien le alcanza un enorme recipiente de vidrio lleno de hojas verdes, pero él elige sólo algunas pocas. Las echa en el caldo. Y sólo entonces la cuchara vuelve a girar.

En la playa, la mujer se recoge el cabello y durante uno, dos, tres segundos, en la cocina el hombre contiene la respiración para acompañar el balanceo de sus formas. El exhibicionismo dejó de molestarle hace tiempo. Finalmente el tiempo se encargó de confundirlo todo, el idioma, la religión, el tiempo. Por eso hoy, como cada día, el hombre le agradece a Dios tener esa ventana… aunque le gustaría ser más alto.
            Animado, El Cocinero enciende la radio. Música. Flamenco. Después las noticias: los científicos descubrieron rastros de agua en el planeta Marte. El Cocinero comenta la información con el ayudante que le está sirviendo vino. Le dice algo sobre la relación de las remolachas y la superficie del planeta rojo. “Planeta rojo”, dice al referirse a Marte. El ayudante, solícito, intenta memorizar esas palabras.
            Subido a una escalera, el hombre alza la vista hacia el planeta más próximo: un extractor de humo de acero inoxidable cubierto por una película de grasa que día y noche se derrite al calor de las hornallas. El hombre extiende los brazos. En el derecho, un rociador con líquido desengrasante: al presionar el gatillo, las partículas se desplazan lentamente por el aire; su olor provoca un mareo placentero, que al hombre lo anima a continuar: mano izquierda, esponja metálica. Se mueve con rapidez sobre la campana del extractor, hasta que por detrás de la nube de grasa el antiguo brillo comienza a reflejar la luz blanca, fluorescente, que ilumina la cocina.
            Al fin, inoxidable, el acero también refleja una lejana sonrisa de triunfo: El Cocinero parece conforme con su caldo. El hombre toma el gesto como un elogio y, satisfecho, baja la escalera. Entonces descubre que ni siquiera el agua puede escaparle al paso del tiempo, y se refresca en la pileta las manos irritadas.
           
Ya comienzan a dolerle los dedos de los pies, pero eso no le impide verla. Se quitó las gafas y está recostada boca arriba, de cara al sol. Los pechos rozan los brazos delgados que reposan a ambos lados del cuerpo. Sobre el hombro izquierdo lleva un tatuaje, una mancha borrosa que el hombre no llega a descifrar. Agitado, se lleva una mano a la boca para rascarse el bigote que se afeitó hace unas semanas.     Nunca pensó que sería capaz de hacer tal cosa, pero estando aquí todo le resulta más fácil. Lo hizo él mismo, con sus propias manos. Al principio le costaba reconocerse. Ya no. Aunque se ve más joven, tal vez demasiado joven. Sin embargo ya no se considera menos hombre por dejar de usar bigote...
            De pronto, sobre la pileta, una lamparita emite un destello y luego enciende su luz roja. El hombre entiende la señal, su señal. Sabe lo que tiene que hacer, pero antes, una última mirada a la mujer tendida en la arena. Después retira las manos del agua, las frota sobre el delantal y se inclina hacia el piso para abrir la puerta que conduce a la proveeduría que hay en el subsuelo, apenas unos metros debajo de la pileta. Al descender por la escalera, puede oír que uno de los ayudantes vuelve a entornar la puerta para que nadie descubra la entrada.
           
Abajo, un cuarto en penumbras y el sonido irregular del agua desplazándose a través de los caños. La humedad de los años flota en el aire tibio de la proveeduría. Los olores, confundidos en el encierro, se mezclan en una fragancia dulzona en la que prevalece el pescado. Las manos del hombre también huelen a pescado y mariscos porque por la mañana se encargó de limpiar diecisiete doradas, un pulpo y trescientos cincuenta y seis mejillones.
            En los estantes que cubren las paredes hay paquetes con copas y platos que algún día también llegarán a la pileta y a las manos del hombre, que ahora se sienta sobre un barril de cerveza y se dispone a esperar que ellos se marchen para poder continuar su trabajo.
            En un rincón hay varios cajones con botellas de agua y gaseosas. A un costado, sobre una estantería, decenas de botellas de vino, licor y aguardiente. Nunca hubiera pensado que la bebida prohibida podía tener tantas versiones. Ahora cuenta las bebidas y repite sus nombres con torpeza. Desde la última vez que estuvo allí escondido, se bebieron veintidós botellas de vino tinto, tres de whisky, una de ron. Inexplicablemente, ese dato le da seguridad, y hasta se anima a tocar una botella. En la etiqueta hay dibujado otro hombre, que viaja en canoa; el hombre contempla la imagen y sonríe con timidez. Parece satisfecho.

            Sentado sobre un barril, siente que estar en la proveeduría es como estar sumergido en el agua: allí dentro el tiempo no pasa, se estira, largamente, y él sabe que sólo dejará de estirarse cuando ellos lo descubran y lo obliguen a marcharse. Pero el hombre cree que eso no va a ocurrir hoy, o al menos le gustaría creerlo. De fondo, el hedor de la proveeduría es más intenso que otros días. El hombre esconde su rostro dentro de la camisa y comienza a caminar en círculos. Girar también es parte de su rutina.
            De pronto se detiene y con las piernas rectas trata de tocar el suelo con las manos. Al estirarse, el sonido de las vértebras le hace pensar en nueces que se rompen. Vuelve a enderezarse, mueve los brazos en círculos, y se pregunta por qué son tan bajas las piletas de los restaurantes.
El andar de los ayudantes hace vibrar el techo. Busca en sus bolsillos un paquete y una caja de fósforos. Rompe el papel metalizado, retira un cigarrillo. El fósforo encendido ilumina el rostro del hombre, que con la primera bocanada vuelve a sentirse dueño de su cuerpo. Empezó a fumar hace poco, unos días después de haberse afeitado el bigote: piensa que el cigarrillo lo hace mayor.
            Como no se decide a encender el segundo, intenta hacer otra cosa. Ahora ordena las latas de tomate y las de confitura de pato, las ordena en hilera, de la más pequeña a la más grande, de la más grande a la más pequeña, y luego según el color del envase. Acomoda los cajones de cerveza uno sobre otro sin hacer el menor ruido, toma una escoba, barre el suelo. Y vuelve a caminar en círculos.

            No se oye nada, ni siquiera las voces de ellos, que lo buscan, amenazantes, lo buscan. O dicen buscarlo. ¿Alguien lo buscará realmente?

            Cuando oye crujir la puerta del techo, el hombre, asustado, se esconde en un rincón oscuro, donde nadie puede verlo. Agazapado, ve pasar los minutos en silencio. Piensa en la mujer de la playa; el recuerdo de su cabello flotando en el viento hace más soportable el calor de la proveeduría. Tal vez cuando termine el día el hombre pueda acercarse a la playa; le gustaría bañarse en el mar.
            Casi con asco, desliza un dedo sobre la porción de piel que antes ocupaba su bigote. La encuentra húmeda y áspera, y piensa lo bien que hizo al venir a Europa. Europa. Europa. Desde que aprendió a pronunciar la palabra, no deja de repetirla.
Pero de pronto se lleva una mano a la boca, está preocupado. Piensa: la puerta podría abrirse en cualquier momento, mañana podría estar de nuevo en el desierto. Porque ellos lo buscan, a él y a otros, los buscan. O dicen buscarlos.
            Piensa en números, giros bancarios de pequeñas cantidades que viajan a través del mar y que al llegar al desierto se multiplican milagrosamente. Saber eso lo reconforta. Está tan orgulloso de sí mismo, que poco a poco se anima a salir de su escondite. Camina unos pasos, consulta la pantalla de su teléfono móvil. Sólo emergencias, y más abajo: 15:23.
            La calma no dura demasiado: se abre la puerta y unas voces comienzan a descender por la escalera. Tres ayudantes cargan la enorme olla del caldo y la depositan en el suelo con un cuidado excesivo. Luego se apartan lentamente. Suspiran, aliviados. El hombre sale a su encuentro, y su aparición parece sorprender a los ayudantes. Uno de ellos, que estaba a punto de encender un cigarro, lo deja caer al suelo y los otros protestan mientras se apuran a recogerlo.        Después el olor del hachís se impone en la mezcla de olores que asfixian la proveeduría.

Unos minutos más tarde el hombre se siente ligero, se cree capaz de controlar y sentir cada extremo de su cuerpo. Uno de los ayudantes le pide que le traiga algo, que podría ser cualquier cosa, porque el hombre no logra comprender el significado de la frase. Trata de aislar los sonidos, intuir algo en la expresión del ayudante… Se lo repiten tres veces, un in creccendo que culmina con un grito del que el hombre sólo llega a comprender una sola palabra: CERDO.
            Cruza la proveeduría en dirección a la cámara frigorífica. Dentro lo recibe un frío irreal y una colección de frutas, verduras, botellas de vino blanco, de cava, mariscos, carnes y pescados. En una bandeja, veintidós trozos de cerdo. Para el hombre los hombres se dividen entre los comen cerdo y los que no.
            De regreso a la proveeduría encuentra a los tres ayudantes tendidos sobre los cajones de agua. Se los ve un tanto desmejorados. El hombre le entrega la bandeja a uno y, con los ojos entornados, busca las palabras correctas para preguntarle si ya puede volver a la pileta. El otro primero se encoge de hombros, luego sacude la cabeza, habla lentamente, y, abriendo demasiado la boca, como si el hombre fuera sordo y pudiera leerle los labios, deletrea: P-E-L-I-G-R-O-S-O. Después ya no puede resistirse a las carcajadas de sus compañeros. El hombre también se ríe, aunque no sabe bien por qué. Los ve alejarse por la escalera, y la puerta vuelve a cerrarse con un sonido apagado. Abajo, en los estantes, hay veintiún paquetes de servilletas.

            El hombre sabe que el tiempo pasa en todas partes, pero dentro de la proveeduría el reloj avanza con minutos encerrados. Esconde las manos en los bolsillos de su pantalón, y en ese mismo momento se da cuenta de que tiene la ropa adherida al cuerpo. Está cubierto de sudor. Se dirige hacia una de las estanterías: noventa latas de tomate. Siente los dedos de los pies humedecidos, también la frente y el cuello. Siete barriles de cerveza. ¿Seguirá encendida la luz roja?
            Gira, se detiene frente a la olla humeante. Se inclina, el olor le provoca náuseas: parece que va a vomitar. Se aleja y se pasa el puño de la camisa sucia por la boca, escupe a un costado de la olla y vuelve a acercarse. Sobre la superficie viscosa estallan burbujas de un caldo condenado a ensuciar los platos que él acaba de lavar.
            Vuelve a consultar la hora. Piensa que además de los platos y las ollas, aún tiene que lavar el auto de El Cocinero. Un dinero extra. Vuelve a pensar en la mujer de la playa, y se dice que el día en que se acueste con mujer así –blanca, alta y rubia–, se beberá todo el ron del hombre de la canoa. El juramento le da valor. Enciende un cigarrillo y se suena los nudillos. Está ansioso por volver al trabajo. Acaba de decidir que si se salva de esta, por la noche saldrá a festejarlo.
           
Pronto un halo de luz le ilumina el rostro desde la puerta entreabierta, como una entrada virtual al paraíso de allá arriba. Una voz cualquiera, se copia a sí misma otro día más: “HALA”. El hombre le da una última y larga pitada al cigarrillo y después lo deja caer. Al pisarlo se pasa una mano por el cabello. Desorientado, busca un punto determinado de la proveeduría y se inclina varias veces, murmurando letanías.
            Casi feliz, sube las escaleras y alcanza el suelo de la cocina. El aire es más fresco, alguien acaba de abrir una puerta. Sobre la pileta ya no quedan luces rojas encendidas. Los platos siguen acumulándose con restos de comida; en el suelo hay una olla con decenas de cubiertos sumergidos en agua. El hombre acerca su rostro a la ventana, y parece sentirse aliviado por el paisaje: la mujer de pie sujetándose el cabello con las dos manos, los senos tensos, abandonados al sol.
            Entonces la radio anuncia la existencia de vida microscópica en Marte y la posibilidad de que en el futuro el hombre pueda vivir y trabajar en el “planeta rojo”. Al oírlo, El Cocinero sonríe. El hombre intenta decir algo pero El Cocinero, pendiente de la radio, lo obliga a callar. El locutor promete que algún día cruzaremos el espacio para vivir en otro planeta. Sólo es cuestión de tiempo. Del tiempo que avanza, irremediablemente, avanza demasiado rápido y le impide al hombre contemplar ese único instante: El Cocinero absorto en su copa vacía, los ayudantes inclinados sobre las hornallas, y su propia cara de resignación, la del hombre, frente al abandono indiferente, exquisito y familiar de la cocina mediterránea.

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