Alejandro Parisi

Alejandro Parisi

viernes, 10 de marzo de 2017

Sesenta kilos, y el regreso del piloto blanco.



Extraditaron a unos de los Juliá, inspirador de este cuento. Lo escribí sin saber que, años más tarde, sería guionista del programa Alerta Aeropuerto, de Nat Geo.



SESENTA KILOS

A Walter siempre le habían gustado los aviones, y eso se lo debía a su padre, que lo había criado en hangares, entre bombarderos y uniformes de la Fuerza Aérea. Sin embargo, Walter había rechazado heredar la carrera militar para hacer carrera en una compañía de aviación civil. Los contactos de su padre promovieron cada uno de sus asensos, y, en apenas tres años, se había convertido en un personaje importante de la compañía: viajaba una vez por mes a Madrid, trataba con clientes renombrados y tenía contactos que le permitían moverse con libertad por aeropuertos argentinos y españoles.  
Desde la ventana del hotel vio un grupo de turistas que salían de El Prado. Regresó a la cama y encendió dos cigarrillos. Uno para él y otro para ella. Estaban desnudos, y aunque ella había dicho que tenía frío, Walter le pidió que se quedara destapada:
­   Así puedo ver lo linda que sos.
­   ¿A todas les decís lo mismo?
­   No, sólo a las que se acuestan conmigo.
Ella sonrió y, luego de soltar el humo, volvió a quitarse las sábanas tibias. Él giró hasta quedar de lado, la vista detenida en ese cuerpo pálido, en los pechos pequeños, las caderas anchas, los glúteos redondeados como globos de terciopelo, y el cabello oscuro, algo pajoso, sí, pero que le rozaba los hombros suaves y ocultaba uno de sus ojos, grises.
No era la primera vez que se acostaba con una azafata de la compañía. Pero a diferencia de las anteriores, que a veces le pedían que les consiguiera un día libre o una ruta distinta a la que tenían, esta sólo le había pedido un té de boldo.
­   ¿No preferís que tomemos un vino o un champagne?
­   No, un té de boldo.
­   ¿Sólo un té? – volvió a preguntar él con desconfianza.
­   No, pedí dos, así me acompañás.
Walter marcó el número del bar e hizo el pedido. Fumaron en silencio, mirándose a los ojos. Sólo entonces recordó que no le había hecho las preguntas de rigor. Siempre que se acostaba con una mujer, le preguntaba su peso y su altura para calcular si las medidas se compensaban más allá de lo atractiva que pudiera resultar a la vista. A la mayoría le molestaba su pregunta, pero esta vez ella respondió con demasiada soltura:
­   ¿Cuánto medís?
­   Un metro setenta y tres.
­   ¿Cuánto pesás?
­   Sesenta.
La coincidencia lo hizo sonreír. Sesenta. Sesenta eran los kilos que iban a cambiarle la vida. No esos que estaban desparramados junto a él en la cama, sino los sesenta kilos que ahora debían estar volando en cuatro valijas hacia Madrid. Consultó la hora en el reloj que había dejado sobre la mesa de luz: eran las tres, todavía faltaban dos horas para el aterrizaje más importante de su vida.

***

Minutos más tarde llamaron a la puerta. Ella se vistió con la camisa de Walter y recibió la bandeja con las dos tazas, mientras él se dirigía al baño con su teléfono celular para confirmar que en el aeropuerto todo iba bien.  
­   ¿Jesús?
­   ¿Qué hay, tío? Estaba por llamarte.
­   ¿Todo bien?
­   No. No he ido al curro.
­   ¿Cómo? ¿Estás loco? ¿Sabés qué día es hoy?
­   Sí, tío, lo sé, pero he chocado con la moto y me han traído al hospital.
Más que alarmarlo, la noticia lo puso furioso, y ya no se preocupó en hablar en voz baja para que ella no escuchara la conversación:
­   ¿En el hospital? ¿Y por qué no me avisaste antes?
­   Estuve inconsciente, tío. Acabo de despertar.
­   ¿Vos te creés que yo soy pelotudo? Decime la verdad…
­   Es verdad, tío, me dado una ostia en la Castellana y…
­   ¿Y a mí qué me importa? Vos estás loco, a las cinco llegan las valijas. 
­   Ya lo sé, tío, ¿pero qué quieres que haga…? Tengo una pierna escayolada…
­   Sos un pelotudo. ¿Y ahora qué hacemos?
­   No te preocupes, acabo de hablar con un colega y le he dicho que las recoja de la cinta.
­   ¿Cómo? ¿Le contaste a un amigo? ¿Vos estás loco?
­   No, tío, lo he hecho para que no tuvieras problemas.
­   Me estás mintiendo, hijo de puta, vos me querés cagar. Decile a tu amigo que se olvide… cómo le vas a contar esto, te voy a matar, sorete.
­   No sabía qué hacer, oye, que no te quiero cagar, sólo que pensé que…
­   Te pago para que agarres las valijas en la pista, no para que pienses.
­   Venga, tío, si no quieres le digo a mi amigo que no las toque. Recógelas tú mismo… pero él ya está en Barajas, esperando… y si nadie las coge en la pista, las maletas irán a parar a la cinta.
­   ¿Vos sabés la gente que está atrás de todo esto? ¿Querés que te maten?
­   No, Walter, no te cabrees conmigo, tío…
­   A mí no me caga nadie, y menos vos, ¿me entendiste?
­   Oye, que viene el médico. Debo colgar. Suerte.
­   No cortes, pará. ¿Quién te creés que sos? Hijo de puta, pará…
Pero ya había cortado, y eso terminó de convencerlo de que Jesús había armado todo para quedarse con las valijas. Debía actuar rápido y adelantarse al hombre que iría a recogerlas. Se miró en el espejo, y lo asustó su propia cara de pánico. Pensó que no le vendría mal un par de rayas para recuperarse.

***

Cuando regresó del baño ella estaba otra vez acostada y desnuda, bebiendo su té con pequeños sorbos. Walter encendió otro cigarrillo, nervioso. Miró la hora: las tres y cuarto. 
­   Tenés la nariz blanca.
Walter se llevó la mano a la nariz.
­   Es pasta de dientes.
­   ¿Tenés dientes en la nariz? – dijo ella, con tono burlón.
­   No estoy para chistes.
­   ¿Qué te pasa?
­   Nada.
­   ¿Con quién hablabas?
­   Con nadie.
Walter sintió la garganta seca y bebió de un sorbo el té, que ya estaba tibio. Ella lo miraba con un gesto divertido que a él lo irritaba aún más que la conversación que había tenido hacía un instante.
­   Estás transpirando… ¿te sentís bien, Walter?
­   Sí.
­   ¿Pasó algo?
­   No.
­   Dale, contame. ¿Qué pasa con las valijas?
Walter la miró a los ojos: ya no le gustaba que se mostrara tan interesada.
­   ¿Qué valijas?
­   No sé, recién hablaste con alguien y dijiste algo de unas valijas… yo salgo para Buenos Aires en cuatro horas, si querés puedo recoger las valijas por vos.
­   ¿Y vos qué sabés de las valijas?
­   Nada.
Por un momento Walter pensó que ella también estaba arreglada con Jesús, y fue justo en ese momento en que empezó a sentir un terrible dolor de estómago. Fue al baño, y durante un rato estuvo sentado en el inodoro. Al fin, cuando pudo regresar a la cama, vio que ella seguía acostada.
­   ¿Vos no salís para Buenos Aires en un rato?
­   Sí, pero… todavía tengo tiempo… ¿te cayó mal el té? – dijo ella, y sonreía.
Entonces todo le resultó claro: las excusas de Jesús, el interés de ella por las valijas, el té que había pedido para los dos, su repentino malestar…
­   Hija de puta, ¿qué me pusiste en el té?
­   Azúcar… ¿sos diabético?
La sujetó del cuello, con violencia.
­   ¿Qué sabés de las valijas?
­   Nada, ¿estás loco?, soltame.
­   Vos estás con Jesús, hija de puta. Cómo no me di cuenta antes…
­   ¿Qué Jesús? Soltame.
­   ¿Me querés cagar? Ya vas a ver turra, olvidate de seguir viajando a Madrid. 
­   Pero… Walter, ¿qué te pasa? ¿qué te hice?
­   Que me querés cagar las valijas, eso pasa.
­   No, te lo dije para ayudarte… no sé ni me importa qué son esas valijas…  
Lo que ella le hubiera puesto en el té podría dormirlo o enfermarlo y, definitivamente, ese no era el día para relajarse: tenía que estar más despierto que nunca. Así que fue al baño y, sobre la tapa del inodoro, peinó tres rayas. Las aspiró una detrás de la otra, después se lavó la cara y volvió al cuarto.
Ella ya estaba vestida. 
­   ¿Todavía estás acá?
­   Ya me voy, pero por favor no me saques esta ruta internacional, no sabés lo que me costó conseguirla… por favor.
­   Lo hubieras pensado antes.
­   Te juro que no sé de qué estás hablando.
­   ¿Quién armó todo esto? ¿Fue Jesús? ¿O viene de Buenos Aires, la historia?
­   No sé de qué hablás.
­   ¿Cuánto te pagaron?
­   Nada, Walter…
­   ¿Nada? Andate.
Cuando ella se fue, Walter comenzó a sentir la boca pastosa. Así que abrió el minibar y se sirvió dos medidas de whisky con Coca Cola. Volvió a peinar una raya, volvió a aspirar.

***

Era la primera vez que enviaban tanta cantidad en las valijas, y si lo habían hecho era porque él los había tranquilizado a todos en Buenos Aires diciendo que no existía ningún peligro y que no valía la pena jugarse la cabeza por tan poco. Esa podía ser la razón por la que todos querían cagarlo: por sesenta kilos más de uno se jugaría la cabeza.
Sólo entonces llamó a Buenos Aires con la esperanza de que le dijeran que no habían logrado subir las valijas al avión, o que el vuelo se había demorado, o que el avión se había caído en medio del océano. Desgraciadamente, todo marchaba bien: en una hora el Jumbo 747 estaría aterrizando en Barajas con las cuatro valijas.
El envío no podía caerse por culpa suya ni de nadie. Y mucho menos podía permitir que lo dejaran afuera del negocio, su negocio. Lo que debía hacer era arriesgarse y recoger las valijas él mismo. No podía perder tiempo. Ya tendría oportunidad de desquitarse con Jesús y con aquella azafata ambiciosa que estuvo a punto de cagarle la vida. Se estaba preparando para salir cuando reparó en algo que no había pensado hasta entonces: que debía conseguir una autorización tan falsa como las calcomanías que tenían las valijas, para así justificar que fuera él quién las recogiera y no un empleado de la embajada.
Miró la hora: las cuatro y cinco. Peinó otra raya, necesitaba tener la mente clara para pensar. Esa raya lo animó a creer que todo iba a salir bien.
Marcó un número en su celular:
­   ¿Toto? Escuchame, necesito que me hagas un certificado para retirar unas valijas.
­   ¿Otra vez?
­   Nunca te lo había pedido antes.
­   No, pregunto si otra vez estás por recibir algo.
­   ¿Y vos cómo sabés?
­   Me lo acabás de decir…
­   ¿Yo?
­   Sí.
­   ¿Podés hacerme el papel?
­   ¿Para cuándo lo necesitás?
­   Ya.
­   Estoy tapado de laburo, hoy todos quieren renovar el pasaporte. Y encima el Cónsul está dando vueltas por acá.
­   ¿Me vas a ayudar? Mirá que si no me ayudás… - comenzó a decir, pero no supo cómo terminar su amenaza.
Sin embargo su tono había sonado bastante convincente.
­   Eh, loco, tranquilo… no pasa nada. Venite y vemos qué puedo hacer.

***

La embajada estaba llena de argentinos que gritaban y se quejaban por las demoras en la atención. Sin embargo Walter entró y tardó menos de cinco minutos en ser atendido. Cuando Toto lo vio entrar a su oficina, le dijo:
­   Qué caripela tenés, hermano.
­   Haceme la autorización. Dale, que estoy apurado.
­   No puedo, está el Cónsul acá al lado… - dijo Toto, y parecía preocupado.
­   El Cónsul lo conoce a mi viejo, hacelas que no pasa nada. Mi viejo sabe todo.
Walter miró el reloj.
­   Dale, loco, que no tengo tiempo.
­   Sentate.
­   No, así estoy bien.  
Y Walter siguió dando vueltas por la oficina, fumando, sin dejar de mirar el reloj. Mientras, Toto ya había comenzado a redactar la nota en la pantalla de su computadora.
­   Aclará que son cuatro valijas.
­   Bueno, te pongo el sello de la embajada… pero yo no firmo.
­   No, loco, tenés que firmar, sino no sirve. Revisan las firmas, sabés que es así.
Toto sacudía la cabeza, como si quisiera convencerse de que no debía hacerlo. En ese gesto Walter vio una luz de esperanza.
­   Sos mi amigo, Toto, dale… ¿qué te cuesta?
­   El laburo me va a costar.
Entonces él sacó su billetera.
­   ¿Es por la guita? ¿Cuánto querés?
­   No es por la guita.
Se abrió la puerta. Los dos se quedaron de piedra al ver entrar al Cónsul.
­   Walter… qué sorpresa. Justo esta mañana hablé con tu viejo.  
­   Qué casualidad.
­   ¿Vos? ¿Todo bien?
­   Todo bien.  
­   Mejor así. Bueno, te dejo que estoy ocupado. Toto, venite para la oficina que necesito que me ayudes con unas cosas.
Cuando el Cónsul se fue, Walter peinó una raya sobre el escritorio de Toto, que se incorporó de un salto.
­   ¿Qué hacés? ¿Estás loco? Guardá eso.
Antes de que terminara de decir la frase, Walter ya había guardado todo en su nariz.
­   Hoy es el día más importante de mi vida.
­   Pero mirá cómo estás. Calmate.
­   Dale, terminá la nota.
­   ¿Hoy qué día es?
­   Diecisiete.
­   Listo.
Cuando la hoja con membrete de la Embajada salió de la impresora, Walter la tomó sin perder tiempo.
­   Perfecto. Dale, firmá, firmá.
­   Te dije que no.
­   Loco, por favor…
­   No, en el aeropuerto están pesados, me van a llamar para saber qué son las valijas… Fijate si te las dan con eso, pero yo no firmo. Quizá si le ponés el sello de la aerolínea… sí, ponele el sello ese y listo.
Walter se llevó una mano a la frente, como si acabara de recordar algo.
­   No lo puedo creer, ¿vos también estás metido en esto?
­   ¿En qué?
­   ¿Vos también me querés cagar?
­   Me parece que estás un poquito paranoico…
Walter sentía la respiración agitada, comenzaba a faltarle el aire.
­   Y pensar que yo confié en vos, en Jesús… y todos estaban armando esto para cagarme.
­   Sos un boludo, ¿qué decís…? Bajá un cambio, Walter.
Imposible: Walter ya lo había agarrado de las solapas del saco y lo zamarreaba como si fuera una bolsa de papas.
­   A mí no me caga nadie, ¿sabés? Deciles que antes yo los hago cagar a todos.
Salió de la oficina dando un portazo. Se cruzó con dos o tres personas que lo saludaron sin obtener nada más que un insulto en voz baja.

***

El tránsito avanzaba lentamente por la Avenida de América, y aunque el trayecto de la embajada a Barajas no duraba más que quince minutos, ya llevaba media hora atrapado en aquel atasco. Cuando vio que eran las cinco, volvió a sentir el ruido de su estómago y comenzó a sudar. Otra vez necesitaba ir al baño.
Sobre la ciudad volaban aviones a intervalos regulares, pero el suyo ya habría aterrizado con los sesenta kilos de cocaína pura que el comprador se llevaría Francia para, luego, distribuirlos en Italia y Alemania. Lo único que debía hacer era sacar las malditas valijas de la cinta y salir del aeropuerto con la misma tranquilidad con la que entraba y salía cada día.
Ahora estarían guiando al avión hacia una de las mangas de la pista. Quizá ya habrían comenzado a bajar las valijas. Pero allí, en la avenida, el tránsito no avanzaba y él tenía ganas de bajarse del auto y salir corriendo a Barajas. Si no lo hizo fue porque necesitaba el auto para llevarse las valijas. Calculó que entre el aterrizaje y la recogida de equipaje habría treinta minutos de espera, así que le quedaban unos veinte minutos.
Al fin el tránsito comenzó a avanzar. Todo iba a salir bien, pensó Walter. Lo más importante era serenarse. Para eso, y con una habilidad que pocos conductores podrían haber mostrado en aquel momento de tanta tensión, Walter abrió la bolsita que guardaba en el bolsillo de su camisa y colocó un poco de coca sobre la uña de su pulgar. Después se lo llevó a la nariz, sin dejar de mirar la ruta: a lo lejos ya podía divisar los hangares y las pistas del Aeropuerto Internacional de Barajas.
Entonces se llenaron los ojos de lágrimas, pero no fue por la emoción que le daba ver el aeropuerto, sino por la fuerza con que se había tomado aquella última raya. Se pasó una mano por el rostro, y descubrió un líquido tibio que le caía de la nariz. El espejo retrovisor le confirmó lo peor: su nariz ensangrentada, y la camisa blanca manchada de rojo. 

***

Pasó algunos minutos en el parking del aeropuerto intentando limpiar la camisa con unos cleenex y su propia saliva, pero sólo consiguió que las manchas se agrandaran y lo delataran aún más. No podía entrar así como estaba. Necesitaba cambiarse de ropa. Pensó que podría entrar al freeshop y comprar una camisa nueva, pero no podía arriesgarse a que lo detuviera la policía o algún conocido interesado en su desastrosa apariencia. Al fin optó por abrocharse todos los botones del saco. A las cinco y media cerró el auto y se dirigió al interior del aeropuerto.
La puerta giratoria despedía mujeres perfumadas y turistas de todos los colores. Walter entró lentamente, intentando contener la ansiedad que lo desbordaba y lo hacía sudar. Se cruzó con un grupo de cinco pequeñas monjas negras cargadas de rosarios y bolsos de mano. Una de ellas lo detuvo, era anciana y sonreía con una dentadura postiza y unos ojos húmedos.
­   Perdone, señor, ¿sabe dónde podríamos encontrar un taxi? – preguntó en Francés.
Walter siguió su camino sin responder. Si no tenía tiempo para ir al baño, menos para contestar preguntas estúpidas.
Esa tarde Barajas no le resultó tan familiar como otras veces, y por eso se vio obligado a dar vueltas por cada una de las terminales sin dar con la que él buscaba. En una pantalla de televisión vio que su vuelo se había retrasado y que acaba de aterrizar recién en ese momento. Y entonces suspiró, aliviado.
Entró a uno de los baños. Después de cagar, se lavó la cara y las manos. En el espejo vio al tipo atractivo que era, tan bien vestido con el traje de la compañía, y eso, sumado al retraso del avión, le devolvió el alma al cuerpo. Aunque sus ojos se movían demasiado y tenía el estómago bastante revuelto, él igual sonreía, algo desencajado, sí, pero con la felicidad de saber que estaba por ganar un montón de dinero.
Todos se habían empecinado con joderlo, le habían colocado vaya saber qué laxante en el té, el tránsito lo había retenido en la ruta, y sin embargo él se había sobrepuesto a todo y a todos. A él nadie podía cagarlo porque, lo sabía, él estaba para cosas grandes. Y así lo dijo mirándose en el espejo:
­        Vos estás para cosas grandes.
En el hall se cruzó con un par de azafatas, intercambió miradas y sonrisas. Se sentía bien, tan bien que le hubiera gustado volver a entrar al baño y tomar otra raya. Pero no podía arriesgarse a que volviera a sangrarle la nariz.
Se dirigió a la oficina de la compañía en busca del sello que le faltaba. No quería que lo vieran en ese estado, pero tampoco podía hacer otra cosa.  Cuando entró, las chicas parecieron sorprendidas.
­   ¿Vos no tenías el día libre? – preguntó Rocío, rubia, con setenta kilos en un metro setenta y cinco de altura.
­   ¿Te olvidaste algo? – dijo Andrea, morocha, con cincuenta y ocho kilos en un metro sesenta y dos.
­   No, las extrañaba mucho – contestó Walter, incómodo, con sesenta kilos de cocaína esperándolo en la cinta de equipaje.
Las saludó a las dos con dos besos exagerados para disimular su nerviosismo. Durante unos minutos fingió buscar unos papeles en el cajón de su escritorio. Sonó el teléfono, Rocío habló en voz tan baja que Walter no pudo oír qué decía. Luego, cuando él ya había sellado la nota con membrete de la embajada y estaba por salir, Rocío le hizo señas para que esperara.
­   Llegó el presidente – dijo ella, que estaba pálida.
­   ¿¨El Presidente”?
­    “Nuestro” presidente.
Walter entornó los ojos, sorprendido.
­   ¿Arteaga?
­   Sí, el presidente de la compañía, el mismo. 
­   ¿Y qué vino a hacer?
­   No sé… pero dijo que lo llamaras. 
Walter sintió que se mareaba. A pesar de todo, juntó las fuerzas necesarias para decir:
­   ¿Cómo? ¿Cuándo llegó?
­   Hace un rato, en el vuelo de hoy.  Pero ya se fue.
­   ¿Ya se fue? Si el vuelo aterrizó a las cinco y media, todavía no pueden haber desembarcado…  
­   En las pantallas está mal escrito, el vuelo llegó a las cuatro y cuarto.
Walter miró la hora: eran las seis, y eso significaba que las valijas habrían estado girando en la cinta por más de una hora.
­   No puede ser… - dijo, sin poder creerlo.
­   Sí, ¿o no somos una compañía eficiente, jefe?  
Las chicas se rieron, pero él se apoyó contra una pared y cerró los ojos. Tenía ganas de cagar, de vomitar y de tomarse toda la bolsa que tenía en el bolsillo de la camisa...  Ya tendría tiempo también para eso. Ahora debía apurarse.
Salió de la oficina lo más rápido que pudo sin dejar de repetirse que todo iba bien. Cruzó el hall, entró a la zona de arribos y poco a poco dejó de caminar. Cuando se detuvo, tenía el rostro pálido y le temblaban las rodillas.
Entonces estiró la mandíbula y, con los dientes apretados, trató de imaginarse quién de todos lo había cagado. Como él esperaba, las cuatro valijas seguían girando en soledad sobre la cinta de equipaje. Pero los policías ya habían acordonado la zona, y ahora hablaban entre ellos por sobre el ladrido de los perros.  

(Publicado en la antología In Fragantti. Mondadori) 





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