Alejandro Parisi

Alejandro Parisi

martes, 5 de noviembre de 2019

Ponelo al Enzo, o las enseñanzas de mi hermano.


Hace 20 años estábamos en casa, en el piso 12, en Villa Celina, esperando que dieran el partido en diferido. Boca jugaba contra River por la Libertadores. Aquel equipo imbatible, el primer equipo de Boca que yo veía con esa característica, se jugaba una el año frente a River, en la Bombonera. 

Confiábamos en todos los jugadores, sobre todo en el 10 y el 9, que estaba en el banco porque volvía de una lesión de ligamentos cruzados. Una lesión que tuvo en Santa Fe, pero que no le impidió meter su gol número 100 con nuestra camiseta con los ligamentos destrozados.

Pero habían pasado largos meses, y ahora Bianchi lo ponía en el Banco como quien cuelga una estampita en el espejo del auto para evocar una protección divina. Los demás, esos que hoy son nuestros próceres, estaban listos para jugar. 

Y, si no tenías el decodificador, el partido lo tenías que ver en diferido.

Mi viejo, como siempre, no quería que encendiéramos la radio para que Leto no nos adelantara todo lo que íbamos a ver después. Mi hermano, que siempre fue mas valiente que yo, dudaba. Yo, el hijo aplicado, sostenía la posición de mi viejo.

Y sin embargo, en un momento escuchamos gritos. Puteamos, imaginándonos que River había metido un gol. Villa Celina, en ese entonces, tenía mas hinchas de River que de Boca. Al segundo grito de la gente, un grito enorme, que atravesaba las paredes de los edificios y se perdía sobre la Av. General Paz, hacia Lugano, mi hermano me hizo un gesto que me cambió la vida: con la cabeza, el Cabezón señaló la radio de nuestra pieza, y se fue. Yo miré a mi viejo fumando, con la vista puesta en la televisión apagada. Dudé uno, dos, tres segundos. Y me fui a la pieza.

Prendimos la radio cuando Román le metía ese caño histórico a Yepes, y aunque no lo estábamos viendo, festejamos porque sabíamos lo que EL podía hacer. Pero festejamos en silencio, encerrados en la pieza, para que mi viejo no escuchara. Éramos dos grandulones: yo tenía 23, mi hermano 20. Pero no queríamos amargarlo.

Después entró Palermo, se amacó en el area como si estuviera acomodando la silla de ruedas, y metió el 3-0. Me acuerdo que explotamos. Literalmente: explotamos. Nos subimos a las camas, nos abrazamos. Abrimos las ventanas, para gritarles el gol a todas las gallinas y dejarles en claro que ese gol que era casi tan importante como el del Cani a Brasil en el 90.  

Al fin, abrimos la puerta y el viejo nos miró, serio. Entonces preguntó: “¿cómo va el partido?”
Lo escuchamos los tres juntos en la AM hasta el final. Después, tranquilos, lo disfrutamos en diferido. Ese año Boca ganaría la Libertadores, y después la Intercontinental. Pero, también, ese año mi hermano menor me enseñó que no siempre hay que ser un chico aplicado y obediente. Que a veces, algunas veces, la alegría no se puede vivir en diferido.

Quizá por eso, ese mismo año, también, fui a uno de los puestos del microcentro, unas breves mesas en la calle, y compré el decodificador trucho: una joya de la ingeniería argentina.

Nunca mas vimos un partido en diferido.

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