Alejandro Parisi

Alejandro Parisi

lunes, 6 de agosto de 2018

HANKA 753. Fragmento: la llegada a Auschwitz.



 "En agosto de 1944 finalmente la Judenrat comenzó a desmantelar el ghetto. Apenas si quedaban unos pocos miles de sobrevivientes. A mediados de aquel mes, Hanka, Hela y Raquel vieron cómo se llevaban las maquinarias de las fábricas, y se quedaron sin trabajo. ¿Qué iban a hacer ahora? ¿Cómo iban a sobrevivir? Lo supieron durante aquella semana., cuando los altoparlantes reclamaron la presencia de todos los sobrevivientes del ghetto.
Así, se unieron a esos espectros que ahora permanecían de pie en la calle, abatidos, dispuestos a enfrentar su destino. La mayoría eran mujeres, sobre todo mujeres jóvenes. Hanka y sus hermanas permanecían muy juntas, tomadas de la mano, como si esa proximidad pudiera protegerlas de todo. Poco a poco, los hombres de la Judenrat se acercaron por la calle y anunciaron el final:
-        Hoy todos serán deportados.
Hanka miró a sus hermanas. Raquel y Hela le apretaron las manos para tranquilizarla, pero esta vez en sus rostros no encontró esperanza, tan solo agotamiento.
-        Ustedes son los últimos. En marcha – volvió a decir el hombre de la Judenrat.
Sólo entonces una cuadrilla de SS ingresó al ghetto, apuntando con sus fusiles al grupo de sobrevivientes que no tuvo más opción que ponerse en marcha. Lentamente, comenzaron a avanzar a pie hacia la estación de tren. Nadie hablaba. Nadie intentó escapar. Estaban tan derrotados que habían perdido todo rastro humano: ya no tenían esperanzas, rebeldía, temor. Ese había sido el triunfo más cruel de los nazis.
Cuando alcanzaron la estación, Hanka pudo ver a ese monstruoso gusano metálico vomitando humo. Las puertas estaban abiertas. Pronto, los alemanes dividieron al grupo de sobrevivientes en los vagones de carga, tres para las mujeres y otro para los pocos hombres jóvenes que habían sobrevivido hasta ese día, el último día del ghetto de Lodz.
Las mujeres comenzaron a amontonarse frente a la puerta del vagón que les habían asignado. Sintió que alguien la empujaba, luego un pisotón, luego un golpe en la espalda. Había perdido de vista a sus hermanas.  
-        Hela, Raquel… ¿dónde están? – gritó, sin obtener respuesta.
-        Suban, judías – gritó un alemán, y ellas comenzaron a subir.
A simple vista, Hanka podía imaginar que aquel vagón no podría contenerlas a todas. Pero eso a los alemanes les importaba poco y nada. En un momento, sintió que alguien le sujetaba la mano. Hela. Dentro del vagón, Raquel extendía sus brazos para ayudarlas a subir. Empujada por las demás, Hanka pudo alcanzar el piso del vagón, y lo encontró lleno de polvo, un polvo negro que se agitaba con los pasos de las mujeres que seguían subiendo, incontables, apretándose entre ellas en aquel lugar tan estrecho. Hanka sintió que algo áspero le entraba en la boca.
-        Es carbón, todo está lleno de polvo de carbón – gritó una mujer.
Otras comenzaron a llorar. Una rezaba. Otra, en medio de un ataque de pánico, gritaba que iba a morir. Cuando las puertas se cerraron, Hanka sintió que le faltaba el aire. Rodeada y oprimida por otros cuerpos, intentó respirar aire limpio acercándose todo lo posible a las pequeñas ventanas del vagón. Era imposible. El polvo de carbón flotaba en el aire, tapándole los poros, dándole una sensación de sed y sequedad.
-        ¿Adónde nos llevan? – preguntó Hanka.
-        A trabajar – dijo Hela, tosiendo.
-        Nos van a quemar en los hornos – dijo una mujer, golpeando con sus puños las paredes de madera.
-        No le creas. Todo va a estar bien – dijo Hela, apretándole la mano.
Entonces el vagón se sacudió y el tren se puso en movimiento. El chirrido de las ruedas sobre los rieles era tan agudo que hacía doler los oídos. Pero a ella no le molestaba. Ni eso ni el polvo que le entraba por la nariz y la boca, ni los gritos, ni el llanto de las demás mujeres que se empujaban y la pisaban. Todo había dejado de importarle y las vanas promesas de su hermana mayor eran solo eso: vanas promesas de una esperanza que ella había perdido en el mismo momento en que se llevaron a su padre, y cerraron las puertas del tren.
Se marchaba de Lodz, donde había llegado hacía ya diez años con su padre y esos seis hermanos de los cuales sólo conservaba a dos. Malka estaba perdida en Argentina, Bernardo había muerto en la frontera, Abraham y Oskar en algún lugar del ghetto, su padre había sido vejado delante de sus ojos. Y así, en la oscuridad de aquel vagón colmado de mujeres asustadas y derrotadas, Hanka sintió que la vida y la muerte eran tan parecidas que ella no podía discernir cuál era mejor. ¿Adónde la llevaban? Tampoco le importaba eso. Se conformaba con haber sobrevivido hasta ese día, de estar junto a sus hermanas, de seguir de pie. De haber un futuro, ya no podía ser bueno. Ningún futuro podría borrar de su mente lo que había vivido hasta entonces. Aunque en ese momento Hanka no sabía que lo peor aún estaba por llegar: que la vida, para aquellos judíos que iban camino a la nada, podía ser mucho más cruel que cualquier tipo de muerte.




Viajaron durante horas. Se hizo de noche, y con la oscuridad también llegó el frío. Los cuerpos que la rodeaban no bastaban para darle calor. De a ratos, el cansancio la obligaba a cerrar los ojos pero enseguida alguien la pisaba o la golpeaba y debía reaccionar para no ser lastimada. El vagón se sacudía, las mujeres sollozaban. Y sin embargo el tren continuaba su marcha, sin que ningún país del mundo hiciera nada por detenerlo.  
Más tarde, por las pequeñas ventanas enrejadas vieron que el cielo se encendía con los colores del alba. El frío se hizo más intenso. Entonces el tren comenzó a reducir la velocidad y finalmente se detuvo. Desde afuera les llegaron gritos, órdenes pronunciadas en alemán, rumor de botas sobre el piso y un olor extraño.
-        ¿Dónde estamos?
-        No sé, Hanka. No sé – dijo Hela.
Durante un tiempo que les resultó eterno permanecieron allí paradas, asustadas, respirando partículas de carbón. Luego, la puerta del vagón se sacudió con violencia. Cuando se abrió, la claridad les perforó los ojos. Instintivamente, las mujeres comenzaron a retroceder, tratando de esconderse, de pegarse a la pared opuesta a la puerta. Pero era imposible escapar.
Afuera, mujeres alemanas vestidas con ropas militares comenzaron a gritarles cosas que ellas no podían entender. Volvieron a apretujarse contra el interior del vagón, provocando una nueva nube de polvo negro que comenzó a salir hacia el exterior. Entonces se oyó un disparo. Apuntándoles con un arma, una de las alemanas dijo en polaco:
-        Abajo, judías.
Poco a poco fueron abandonando el vagón. Les costaba mover las piernas luego de pasar tantas horas de pie. Sólo entonces pudo contemplar el rostro de sus hermanas completamente teñidos de carbón. ¿Ella estaría igual? Se tocó la cara, vio el dedo negro. Como las demás, ella también abrió los ojos de par en par para ver las rejas que rodeaban un predio donde se elevaban precarios barracones. Más allá, una enorme chimenea se alzaba hacia el cielo diáfano, soltando una columna de humo blanquecino. Mientras evitaba los empujones de las alemanas, Hanka siguió con la mirada las rejas hasta que descubrió un cuerpo quemado y aún humeante sujeto a los alambrados electrificados.
-        Eso es lo que le pasa a los que quieren escaparse – dijo una de las alemanas en polaco, para que todas entendieran.
Condujeron a los sobrevivientes del ghetto de Lodz a fuerza de golpes y amenazas a través de un sendero de tierra, en dirección al portón por el que se ingresaba al inmenso campo. Hanka caminaba en silencio, arrastrando los pies, rodeada por Hela y Raquel. Al atravesar el portón, miró hacia arriba: “El trabajo los hará libres”, decía un cartel forjado con letras de hierro.
Alcanzaron la puerta de un barracón, donde había varias mesas con oficiales hombres sentados ante unos cuadernos de hojas largas donde fueron inscribiendo el nombre de las recién llegadas. Cada vez que una mujer se acercaba, la obligaban a desnudarse y, luego de preguntarle el nombre y el origen, le otorgaban un número de varias cifras. Hanka vio cómo dos alemanas le quitaban la ropa a Raquel y la increpaban a los gritos. El cuerpo blanquísimo por los años de encierro, y el rostro, el cuello y los brazos negros de carbón. Avergonzada, Raquel demoraba sus movimientos. Al recibir un golpe en las costillas comenzó a apurarse. Cuando terminó, se volvió y pudo ver que lloraba. Siguieron pasando otras mujeres. Y entonces llegó su turno. Lentamente, caminó hasta la mesa, dijo su nombre. El hombre la contempló con una media sonrisa, y dijo un largo número del cual ella sólo puedo retener las últimas tres cifras:
-        753.
Ya no era Hanka Dziubas. Hasta eso le habían quitado. Ahora era 753, apenas un número en aquel engranaje de odio y destrucción. Pensaba en ese número cuando dos alemanas comenzaron a quitarle la ropa. Su primera reacción fue resistirse, pero al recibir el primer golpe no pudo hacer otra cosa más que obedecer. Pronto, la vergüenza superó al miedo. Mientras la desvestían, ella intentaba cubrirse sus partes íntimas con las manos para que el oficial de las SS no viera su desnudez.
La condujeron junto a las demás mujeres desnudas y allí tuvo que esperar que el grupo entero se registrara, se desnudara y obtuviera su número de identificación. Junto a la mesa del SS se había formado una montaña de ropa sucia. ¿Y ahora? Con la mirada buscó a sus hermanas. Estaban petrificadas, tan sorprendidas y asustadas que no le dedicaron ni una sola palabra de esperanza. Sólo silencio.
Las obligaron a caminar hasta otro lugar donde tuvieron que formar una fila. Una a una, las mujeres fueron presentándose ante una alemana corpulenta que sostenía una máquina extraña que Hanka nunca había visto.
-        ¿Qué nos van a hacer? – preguntó.
Pronto tuvo su respuesta. La alemana sujetó la cabeza de la primera mujer de la fila y comenzó a cortarle el cabello hasta dejarle la cabeza completamente rasurada. Llegó su turno, y debió caminar sobre una alfombra de cabellos mutilados. Se dejó tomar la cabeza con violencia, y poco a poco vio cómo aquellas trenzas que Mordejai acariciaba iban cayendo al suelo, como el traje de aquella niña que Hanka ya no volvería a ser. Cuando la alemana terminó, 753 fue a reunirse con sus hermanas y el resto de las mujeres de rostros negros y cabezas rasuradas. No pudo evitar llevarse una mano a la nuca y acariciar esa piel áspera que ahora le cubría la cabeza. Enflaquecidas, calvas, derrotadas, todas miraban el suelo. ¿Qué más podía ocurrirles?
Mientras la última mujer de la fila perdía sus cabellos rubios, las alemanas eligieron algunas prendas estrechas de entre la montaña de ropa y señalaron a tres chicas que a pesar de las carencias del ghetto aún se mostraban obesas. Riendo, las alemanas las obligaron a vestirse con esas ropas demasiado pequeñas para sus cuerpos exuberantes, que dejaban sus partes íntimas a la intemperie. Una de las alemanas empezó a aplaudir y las demás obligaron a las tres chicas a que bailaran para ellas. Las tres lloraban, pero obedecían. Bailaban y lloraban mientras Hanka y las demás se desmoronaban y comprendían que habían llegado a un lugar mucho más peligroso que el ghetto.
Las alemanas se aburrieron o recordaron que estaban allí para otra cosa, y entonces condujeron a todo el grupo a un barracón vacío. Durante unos segundos, Hanka y las demás esperaron que las asesinaran. Pero de pronto, desde los caños que atravesaban el techo, comenzó a caer una lluvia de agua helada. Hanka temblaba. Con las manos intentaba lavarse el rostro, las manos, la cabeza áspera, viendo cómo un río ennegrecido por el carbón comenzaba a escurrirse por el suelo.
Al fin, las duchas se apagaron y otro grito las obligó a salir al sol del campo. Allí, otras mujeres que no llevaban ropas alemanas les fueron entregando ropa al azar. Apenas unos vestidos de tela fina, sin ropa interior ni calzado. Hanka se apuró en vestirse. La sensación de no tener ropa interior la hacía sentirse desnuda, expuesta ante un peligro y una humillación mucho más peligrosa que los fusiles nazis.
Las dividieron según habían viajado en los vagones y recibieron la orden de avanzar. La noche comenzaba a caer. Descalza y hambrienta, caminaba junto a Hela y Raquel hacia un grupo de barracones, cada uno separado del otro con alambrados electrificados que rodeaban el perímetro del barracón y dejaban diez metros cuadrados vacíos, con tierra reseca.
-        Entren.
Todas las mujeres se lanzaron deprisa hacia el interior mientras Hanka leía el cartel que estaba sujeto sobre la puerta: BLOQUE 5. En un momento vio que sus hermanas entraban, y las siguió. Dentro, todas las literas de dos y tres pisos que rodeaban las paredes ya estaban ocupadas por otras mujeres. El resto se habían acostado sobre los mosaicos del suelo, sin esperar nada. Agotadas por el viaje y las vejaciones del día, todas guardaban silencio y se disponían a dormir o, al menos, descansar el cuerpo. Buscó un sitio junto a Raquel y Hela, que seguían sin hablar. Ella tampoco tenía ganas de decir nada. Acostada en el piso helado, apenas sintiendo el contacto de sus hermanas y la presión de los otros cuerpos que la rodeaban, podía oír quejidos, suspiros, murmullos lastimeros que no decían nada.
En el aire, entre los olores fétidos de aquellas mujeres que llevaban horas enteras sin poder ir a un baño, creyó sentir el dulce perfume de la carne asada. Sintió hambre, se le llenó la boca de saliva y su vientre emitió un quejido. Llorando, buscó la mano de Hela y se aferró a ella con todas sus fuerzas, como si ese mínimo contacto bastara para quitarle el miedo.
Habían llegado al infierno de Auschwitz."

Hanka 753, Ed. Sudamericana, 2017.

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