Alejandro Parisi

Alejandro Parisi

domingo, 14 de febrero de 2021

San Valentín. Incesto o el amor entre hermanos.

Gracias a Agostina Longo por ponerle voz a este fragmento de "Su rostro en el tiempo". Fue hace unos años, pero en cada San Valentín Giuseppina y Vito vuelven a las playas de Sicilia.





"El día en que Giuseppina cumplía quince años el cielo estaba tan claro y despejado como cualquier otro día de agosto. Los vecinos habían salido a la calle para celebrar la fiesta de la Madonna. Aquella coincidencia en el calendario, a Giuseppina siempre la llevaba a creer que lo que todos festejaban era su propio cumpleaños. En la plaza de la Iglesia habían colocado las mesas donde se serviría la comida pagada por Don Caltanisetta y, en un rincón, un pequeño escenario de marionetas; vendedores de almendras y castañas venidos de otros pueblos hacían sonar sus silbatos rodeados por decenas de niños.
Después de la procesión, cuando terminó la misa y todos salieron a la calle, Giovanni y Nino se quedaron en la plaza con su padre, esperando que empezara la fiesta. Giuseppina y su abuela, en cambio, se alejaron y tomaron una calle empinada en dirección a la casa. Se cruzaron con una pareja de carabinieris, que miraron a Giuseppina con detenimiento. Sus quince años desbordaban su vestido con curvas y pliegues que a todos le llamaban la atención. Bellísima, la princesa pobre de la isla. Los carabinieris tampoco escaparon del hechizo.
-        Buen día, hermosa señorita – dijo uno.
-        Métanse en sus asuntos – gruñó la abuela.
Avanzaron unos pasos. A sus espaldas pudieron oír las primeras explosiones de los petardos que los niños arrojaban en honor a la Madonna. Giuseppina se detuvo, como si de esa forma pudiera oírlos mejor. La abuela, sobresaltada por el ruido y a punto de perder el equilibro, le pidió que siguiera andando.  
En la casa, Rosalía seguía acostada sin poder salir de la cama: obesa, sofocada, el pecho desnudo. Siempre con un niño en brazos. Al menos durante el último embarazo había recuperado la vida de sus senos, de los que ahora manaba una tibia leche que Peppino, su último hijo, se resistía a beber.
Giuseppina y su abuela entraron a la habitación. Al verlas, Rosalía les preguntó:
­    -  ¿Había mucha gente?
­  -    Menos que el año pasado, pero todos se estaban divirtiendo– dijo Giuseppina.
­  -    Cuando no hay que trabajar todos están contentos– contestó la abuela.
Giuseppina se acercó a su madre, y mientras acariciaba la pequeña mano de su hermano pequeño, dijo:
­  -    ¿Come?  
­  -    Poco…
­  -   Nunca quiere comer. Ese niño será demasiado débil, morirá – dijo la abuela al salir del cuarto.
Giuseppina miraba a su madre en silencio.
­ -    ¿Qué te pasa, Pina?  
­  -   Nada.
­-     Estás triste, como amargada – dijo Rosalía, acariciando el rostro de su hija.
­  -   No es nada. Ya va a pasar – dijo Giuseppina, sabiendo que esa tristeza la acompañaría para siempre.  
Fue a la cocina. Su abuela, con la ropa negra manchada de harina, sostenía una bola de masa que daría cientos de macarrones. Giuseppina la vio cortar la masa en cinco partes y luego cortarlas en trozos aún más pequeños. Después su abuela tomó una de las varillas secas que Vito había recogido en la montaña y la untó con aceite, colocó un trozo de masa sobre la varilla y comenzó a amasar. Con los ojos en blanco, parecía estar en trance: sus manos se movían hacia adelante y hacia atrás hasta que la masa se convertía en un cilindro de diez centímetros, que retiraba con la punta de los dedos y extendía sobre una cesta de mimbre cubierta con un paño. Giuseppina la observó repetir el mismo proceso una, dos, tres veces. Hasta que al fin, aburrida, encendió el fuego y se encargó de preparar la salsa.
Cuando Vito abrió la puerta, la mitad de la cesta estaba llena de macarrones; en el fogón Giuseppina revolvía una salsa regada de hojas de albahaca y unos pocos trozos de cerdo. Desde el comienzo de la guerra, día a día debía aprender a cocinar con menos ingredientes. Su hermano le sonrió y se inclinó para oler el vapor de la olla. Buscó un trozo de pan, lo sumergió en la salsa y se lo llevó a la boca.  
Después, en voz muy baja, dijo:
­ -    Qué afortunado el hombre que sea tu esposo. 
Giuseppina bajó la mirada, desconsolada.
Sin quitar la vista de sus nietos, la abuela cubrió los macarrones con un paño y reanudó la tarea. Le ordenó a Giuseppina que reavivara el fuego del caldero. Ella hacía fuerza para no llorar, Vito guardaba silencio con las manos en los bolsillos, como si luchara con sus propios pensamientos. Al fin, salió de la casa sin decir nada.
Un rato más tarde, cuando la olla para los macarrones ya estaba calentándose en el caldero, alguien llamó a la puerta. Era Zarina, a quien Giuseppina no veía desde hacía varios meses. Por eso se sorprendió al oírla:
-        Vení, quiero mostrarte algo – dijo la niña.
Giuseppina miró a su abuela, que asintió.
-        Tenés un rato antes del almuerzo. Andá con tu amiga, divertite un poco.
Giseppina caminó junto a Zarina hasta una esquina, donde las esperaba Vito.
-        Gracias, Zarina – dijo Vito, entregándole unas monedas a la niña, que se marchó corriendo, no sin antes dedicarle una mirada cómplice a Giuseppina.
Cuando estuvieron solos, dijo:
-        Basta, Vito.  
-        Sólo quiero darte tu regalo de cumpleaños – dijo Vito, y comenzó a andar.

Vito ya no la tomaba de la mano al caminar. Ahora llevaba una mano en el bolsillo del pantalón y en la otra un cigarrillo encendido a la vista de todos. No hablaban, y el rostro de Giuseppina era una mezcla de pánico, tristeza y satisfacción. Al llegar a una esquina pasaron junto a un grupo de hombres sentados en unas sillas en medio de la calle. Fumaban y bebían vino de una botella; Giuseppina vio que uno de ellos tenía un círculo rojo sobre la camisa blanca y pensó que a su mujer le costaría mucho trabajo quitar aquella mancha de vino.  
En la plaza de la Iglesia los niños, tendidos en el suelo frente al escenario, guardaban el mayor silencio de sus vidas. De vez en cuando alguno lanzaba un suspiro y los demás lo obligaban a callar. Vito y Giuseppina se detuvieron a ver las marionetas: Orlando cabalgaba por el bosque perseguido por un guerrero de piel negra que montaba un animal extraño que Giuseppina nunca antes había visto y que, según Vito, se llamaba dromedario.
Dromedario. Giuseppina intentó memorizar la palabra, pero fue imposible debido a todo lo que sentía ante la proximidad de Vito, de su silencio, de su misteriosa sonrisa.
Los títeres se movían muy lentamente, sin embargo sus ropas coloridas y las voces de los titiriteros mantenían la tensión. Ambos llevaban máscaras de madera y hablaban dialecto; a veces gritaban, o susurraban con una voz tan baja que los niños debían acercarse para poder oír. Hombres y mujeres, de pie alrededor del escenario, miraban en silencio cautivados por las leyendas de Carlomagno que habían oído miles de veces.
De pronto, por detrás de la multitud, vieron a sus hermanos y a su padre, y entonces se alejaron. Tomaron el camino que conducía al mirador. Allí se detuvieron apenas unos segundos para contemplar la vista: ella vio las rocas a través del agua verde y cristalina que bañaba la playa, y la almadraba con las redes, y los vecinos que paseaban por el pueblo custodiados por los barcos de guerra anclados en el Golfo.
Escalaron la ladera de la montaña hasta alcanzar una gruta escondida. Al llegar a la entrada, Vito le pidió que se cubriera los ojos para que la sorpresa fuera aún mayor. Giuseppina se llevó una mano a los ojos mientras su hermano se internaba en la gruta.
Oyó un rumor de arenilla y piedras.
­ - Ya podés mirar – dijo Vito.
Estaba montado en una motocicleta, la cabeza cubierta por un casco y, en los ojos, unas gafas enormes de motociclista.
Giuseppina sonrió.  
­-   ¿De dónde sacaste eso?
­-   Me la prestó un amigo. ¿Venís?
Ella dudó un momento, pero al fin se montó en la motocicleta y se echaron a andar. Bajo el sol, se dirigieron hacia el oeste a través de las montañas. Con los ojos cerrados, Giuseppina sentía el aire del mar pegándole en el rostro y se aferraba con fuerzas a su hermano, animada por el equilibrio imperfecto de la motocicleta, el olor a gasolina y el sol ardiente de agosto.
Bordearon el mar, cruzaron campos de viñedos cargados de uvas, entre higueras y olivares plateados. Poco a poco, Giuseppina fue olvidando cada uno de sus temores; ahora, al sentir el cuerpo de Vito pegado al suyo, la posibilidad de vivir una eternidad en el infierno le resultaba una condena ínfima para aquel momento de felicidad.  
Más adelante, el camino se convirtió en un sendero de tierra cercado por arbustos que al pasar les arañaban las piernas. Vito detuvo la motocicleta, y ambos descendieron de ella.
­-   Debemos continuar a pie – dijo.
Se adentraron a pie en el monte, donde no corría ninguna brisa y el aire permanecía quieto, tibio y húmedo. Giuseppina se detuvo a ver una flor, una delgada línea de color rojo dividía los pétalos blancos y se difuminaba al llegar a los bordes. Giró sobre sus talones: frente a ella, un arbusto de largos tallos con flores amarillas. Decidió cortar algunas, pero en ese momento sintió un ardor y se llevó una mano a la nuca, gritando.
Vito se acercó para ver qué pasaba. Le recogió el cabello y descubrió que en medio de aquella piel suave y pálida había sólo una muesca. Dijo:
­-   Una avispa.  
­-   Me duele…
­-   Si te quito el aguijón…
­-   No, no me toques. Me duele…
Giuseppina comenzó a llorar. De pronto volvía a ser una niña. Vito la abrazó e intentó tranquilizarla. Ella lo miró con unos ojos verdes tan húmedos como los de una anciana.
­-    Esto no está bien, la Madonna, la abuela…
­-    Basta – dijo Vito, furioso.
­-    ¿Adónde me llevás?
­-    Es una sorpresa.
Reemprendieron el camino. Alcanzaron un risco donde el sendero descendía por un monte de pequeñas palmeras; sus largas hojas verdes proyectaban miles de sombras en el suelo. Pasaron junto al cadáver de un cordero. Sintieron moscas en la frente, en las manos. Al llegar a un claro descubrieron el mar.
La playa estaba desierta.
­-   Feliz cumpleaños – dijo Vito, señalando el mar.
Giuseppina se quitó los zapatos y las medias y se acercó a la orilla. Con una mano se tocaba la nuca debajo del cabello.
­ -   ¿Te duele? – preguntó Vito, acercándose.
Giuseppina tenía los ojos rojos de tanto llorar. Vito le dijo:
­-    Voy a quitártelo… podés morderme si te lastimo.
Giuseppina aceptó el dedo de su hermano y se lo llevó a la boca, lista para morderlo en caso de sentir dolor. Vito la tomó con delicadeza, recogiéndole el cabello con una mano, y ella inclinó un poco la cabeza hacia abajo; también con delicadeza Vito le acarició la nuca y con las uñas le extrajo el aguijón. Antes de soltar a su hermana le hizo cosquillas en el cuello.  
­ -   Ya está – dijo Vito.
Giuseppina se sintió estafada. No había sentido ningún dolor, tan sólo la respiración de Vito a sus espaladas, y de pronto la herida le había dejado de doler. Entonces mordió el dedo de Vito y se inclinó para tomarlo de los tobillos. Sorprendido, él cayó de espaldas en la arena. Ella se reía mientras se quitaba la ropa. Dejó a su hermano allí tendido y se dirigió a la orilla. Él la vio adentrarse en el mar, y zambullirse para volver a aparecer y desaparecer en el agua. Poco después, Vito se desvistió y entró al mar.
Nadaron durante un buen rato, y luego regresaron a la orilla.  
Se sentaron uno junto al otro, en silencio.
Sin darse cuenta, se tomaron de la mano. Giuseppina se inclinó, y se acurrucó junto a él. Al fin, Vito se arrodilló delante de ella y la miró a los ojos.
-        No quiero vivir así – dijo.
Giuseppina sintió una tristeza enorme. Sin poder controlar sus actos, sus lágrimas, lo besó, y descubrió que la boca de Vito era tibia, y sabía a sal. Se tendieron sobre la arena, sin dejar de besarse. Vito le acariciaba el cabello, la nuca, los hombros, la espalda. Pero cuando intentó aferrarse a sus caderas, Giuseppina lo apartó con violencia. 
­-   Sólo los animales hacen estas cosas con sus hermanos.
­Los animales no aman. Y yo te amo. Escapemos. Hoy mismo, tengo dinero – dijo Vito, incorporándose, y mostrándole un fajo de billetes.
­-   ¿De dónde lo sacaste?
­-   No importa. Con la motocicleta podríamos llegar a Messina, y de ahí viajar a Génova…
­-   No, Vito, es una locura.
­-    Te amo. ¿Vos no?  
Giuseppina evitó su mirada. Con los ojos puestos en las olas que morían en la playa, dijo:
­-   Sí, y es un pecado.  
Lo tomó de la mano y lo obligó a sentarse junto a ella. Ensimismados, durante unos segundos se dedicaron a escuchar las olas.
­   Entonces tengo que irme del pueblo – dijo Vito, y no era una amenaza, tan sólo un murmullo de tristeza.
­-   Es lo mejor – dijo Giuseppina.
Se abrazaron con fuerza, y así permanecieron durante horas.
Abrazados.
Solos en la playa.
Frente al mar."

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