Alejandro Parisi

Alejandro Parisi

lunes, 11 de junio de 2018

Su rostro en el tiempo. Fragmento: por más Giuseppinas y menos Rosalías.


"El trabajo de parto de Rosalía se prolongó durante toda una semana. Al fin, el séptimo día Giuseppina descubrió que en el vientre de su madre podían caber dos niños a la vez. La noticia corrió de boca en boca por todo el pueblo y las mujeres sintieron envidia al saber que Rosalía había parido otros dos hijos varones, cuatro brazos que tarde o temprano podrían ayudar a su padre en el campo. Marianno se sentía orgulloso de su prole: a Vito y a Giovanni se les uniría Nino, y luego los mellizos… lo aliviaba saber que pronto dejaría de necesitar a los Abatti, que sentían aprecio por ese Duce que él odiaba.

Para Rosalía, en cambio, cada nuevo embarazo era peor que el anterior. Desde el nacimiento de Pietro y Vicenzo había comenzado a engordar un poco más cada día, y ahora, tres meses después del parto, para poder salir del cuarto debía hacerlo de perfil. Sus pechos también habían crecido, pero estaban secos por dentro. Por eso, dos veces a la semana, Giuseppina debía ir a la casa de una vecina a buscar la leche de burra que alimentaba a los mellizos.  
Giuseppina había dejado de ir a la escuela. Ya había aprendido a leer, y aunque todavía le costaba escribir, sus padres decidieron que se quedara en la casa ayudando a Rosalía: su belleza supliría su ignorancia a la hora de encontrar un marido rico. Ahora su madre le daba indicaciones desde la cama que ocupaba con los mellizos y ella llevaba la casa con eficacia y dedicación. Ya no tenía tiempo para pensar en las mujeres de los libros; como era suficientemente alta, podía encargarse de buscar en los canastos las verduras que pedían los clientes, y también sacaba agua del pozo, cocinaba y de a ratos controlaba a la pequeña Mariannina.
Los fines de semana su abuela venía desde Scopello a pasar un par de días con ellos y amasar el pan que se vendía en la verdulería. Al llegar, su abuela tomaba el mando de la casa; le daba indicaciones a Giuseppina y no toleraba que se distrajera con las mujeres del pozo. Giuseppina la obedecía con recelo, temerosa, y sin darse cuenta aprendía las recetas que su propia madre ya no volvería a cocinar.
Pasaron los meses. Cuando los mellizos comenzaron a gatear, Rosalía quedó embarazada por séptima vez. Era 1933. Rosalía tenía treinta años. Liberada de la casa y del cuidado de los hijos, permanecía tendida en la cama al reparo de las gruesas paredes de piedra que mantenían el aire fresco y húmedo, protegida del Sirocco.
A los diez años Giuseppina ya había aprendido que para poder sobrevivir en la isla primero había que aprender a soportar el Sirocco, que asfixiaba, que enloquecía a la gente. Porque cuando aquel viento soplaba su fuego desde el África todo se volvía confuso: la gente se ponía de mal humor y corría a esconderse dentro de las casas, bajo los árboles, en el mar. Pasaban meses enteros sin llover, su padre se quejaba más que de costumbre porque la tierra se resquebrajaba, el sol incendiaba los pastizales y el fuego se esparcía amenazando las cosechas.
Mientras los hombres se asaban en el campo y su madre dormitaba al reparo del calor, Giuseppina cocinaba, atendía la verdulería o acomodaba la ropa que las vecinas le traían del lavadero.
Desde que Vito la había llevado a la playa y le había enseñado a nadar, ella había tomado la costumbre de bañarse en las aguas del Golfo a escondidas de todos. Si su madre dormía profundamente, ella extendía una manta en el piso de la sala y la regaba con pequeños puñados de azúcar. Después tomaba a los mellizos y a Marianina y allí los tendía, boca abajo, para que ellos comenzaran a buscar, lamer y masticar el dulce sabor de la manta. Entonces Giuseppina salía a la calle, cruzaba las montañas, sorteaba las columnas de humo que se alzaban sobre los campos resecos y alcanzaba una playa desierta. Se desnudaba completamente para que su madre no la descubriera al ver las ropas mojadas y se internaba en el mar, por entre medio de rocas y peces. Nadaba hasta quedar agotada. Sólo después extendía los brazos y se dejaba llevar por el agua cristalina. Flotaba como ella creía que debían flotar los ángeles de la Madonna, y su cuerpo desnudo se alejaba con las figuras plateadas que brillaban a su alrededor.
Sus hermanos podían pasar horas enteras lamiendo el azúcar, pero Giuseppina debía regresar antes de que Nino saliera de la escuela; a veces debía correr con todas sus fuerzas para no retrasarse. Al llegar a la casa, Vicenzo, Pietro y Marianinna la recibían con los ojos bien abiertos y en completo silencio. Feliz, una Giuseppina agradecida se secaba el cabello y les regalaba otro puñado de azúcar.
Sus padres nunca iban a la playa. Una tarde, mientras Rosalía se lamentaba por el calor, Giuseppina le preguntó por qué ellos no iban al mar. Con el rostro brillante de sudor, un tanto irritada, su madre dijo:
­     El mar es cosa de pescadores, no de campesinos.
Y Giuseppina, que hubiera preferido ser hija de pescadores, esa noche soñó que navegaba junto a su hermano mayor en un bote, hacia otra isla, donde ella no tendría que cuidar a nadie más que a Vito y él no tendría que marcharse a trabajar.

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