Alejandro Parisi

Alejandro Parisi

jueves, 26 de marzo de 2020

Lecturas de cuarentena: Un caballero en el purgatorio. Capítulos 18 y 19.



18

Obsesivos y aplicados, Frattini y el Tano Martinelli trabajaban los siete días de la semana. Durante aquellos meses lograron botines extraordinarios. En el camino, Perón había sido derrocado, y había cambiado la casa de Gobierno por un carguero de bandera paraguaya mientras el General Lonardi se autonombraba Presidente de la República.
A fin de año, Frattini le preguntó al Tano dónde pasaría las fiestas.
-        Con vos en la calle, pelotudo – dijo el Tano.
Así fue que, el 24 de diciembre a las nueve de la noche, los dos socios recorrieron la avenida Santa Fe vestidos con sus mejores ropas. A esa hora, los porteños ya se encontraban sentados a una mesa que los vería embutirse de comida y alcohol hasta pasada la medianoche. Y ellos, como los Reyes Magos Chorros que eran, abrían puertas y desvalijaban departamentos mientras el país celebraba la Navidad. 
Por los departamentos decorados con árboles de Navidad, por las joyas abandonadas, por el dinero que todos habían cobrado del aguinaldo, por la soledad de las calles, por la ausencia de la policía que se encerraba en las comisarías a brindar y beber sin prestarle atención a los delitos, aquellos días fueron espectaculares.
El 31, al forzar una puerta de un tercer piso de Recoleta, los ruidos llamaron la atención de un vecino. Cuando lo vieron en el palier, Frattini le mostró la caja vacía envuelta en papel de regalo que llevaba para la ocasión.
-        Vinimos de Rosario de sorpresa a visitar a nuestros primos – dijo, mostrando el falso paquete.
-        Qué lástima, se fueron hace un rato – dijo el vecino.
-        Feliz Navidad – gritaron Frattini y el Tano a coro, conteniendo la carcajada, mientras se alejaban escaleras abajo.
A las doce de la noche, las explosiones de los petardos que saludaban el año nuevo acallaron el ruido de las puertas que Frattini y el Tano cerraban. Sólo entonces, cargados de dinero, de oro y brillantes, se marcharon a una cantina a cenar y festejar, y bailaron hasta el amanecer con bellas mujeres que eclipsaban las luces titilantes de las marquesinas decoradas con bolas rojas y hojas de muérdago.

Poco después, en enero de 1956, Frattini y el Tano Martinelli se marcharon tras las hordas de gente que se dirigía a pasar el verano en Mar del Plata. Vestidos con trajes color crema, zapatos lustrados, corbatas de seda y el cabello peinado a la perfección, tomaron el tren hacia la Costa como dos estrellas de cine. Durante el viaje, mientras los demás pasajeros dormían, ellos los observaban sopesando sus ropas, sus alhajas, calculando si aquella sería una buena temporada.
Cuando bajaron del tren, rodeados de turistas excitados que cargaban valijas, bolsos y canastas de mimbre, Frattini oyó que alguien lo llamaba por su apellido. En el andén los esperaba un comité de bienvenida formado por dos policías vestidos de paisano. Sin embargo no se sorprendieron. Sabían que durante el verano cada una de las comisarías de Capital enviaba un par de efectivos para reforzar las dependencias provinciales con agentes que conocieran a los ladrones de Capital que, como Frattini y Martinelli, iban a trabajar a la Costa.
Los dos policías se acercaron y les estrecharon las manos con naturalidad.
-        Eh, ¿no se puede ir de vacaciones en este país? – dijo Frattini.
-        Por supuesto. Vengan, vamos a tomar un café – dijo uno de los policías.
Eligieron una mesa apartada de uno de los bares de la estación. Pidieron café. Frattini guardaba silencio, ensimismado. Cuando el mozo les llevó el pedido y se marchó, uno de los agentes dijo:
-        Bueno, muchachos, bienvenidos a Mar del Plata. ¿Dónde van a laburar?
-        ¿Laburar? Vinimos de vacaciones… - dijo el Tano.
-        No me pelotudiés, Martinelli. ¿Dónde van a laburar?
-        No sé, primero vamos a ver cómo viene la mano… qué sé yo… en Los Troncos, supongo – dijo el Tano.
Al ver que entendían de qué se trataba aquella reunión de bienvenida, los dos agentes se relajaron. Encendieron cigarrillos, bebieron café.
-        Bueno, vamos a hacer una cosa… - dijo uno y, soltando el humo, continuó: - Una vez por semana nos vamos a encontrar acá. Queremos seis mil pesos por semana y algunos regalitos…
-        Es mucha plata, eso… - se quejó Martinelli.
-        ¿Vos querés laburar tranquilo o querés volverte a Capital en patrullero? 
El Tano alzó las palmas de sus manos y agachó la cabeza.
-        Prefiero el tren – dijo.
-        Entonces hacé lo que te decimos. Los estábamos esperando. Nosotros también queremos plata y ustedes necesitan banca, ¿no?
-        Sí – dijo Frattini.
-        Entonces, nos avisan donde van a laburar. Si caen adentro, nosotros vamos y los sacamos y ustedes vuelven a laburar sin ningún problema.
El acuerdo podía ser perfecto si la temporada era buena. Si no, tendrían que trabajar sólo para pagar favores.
Se despidieron con recelo.  Frattini y el Tano tomaron un taxi y se dirigieron a un hotel del Centro, donde ocuparon dos habitaciones grandes y luminosas.
Durante los primeros tres días, se dedicaron a hacer tareas de logística, recorriendo los barrios y las calles para marcar chalets y edificios que, a simple vista, merecían ser visitados. Al cuarto día, mientras tomaban café en un bar, Frattini sintió que alguien le tocaba el hombro.
-        Eh, no pasó ni una semana – se quejó el Tano.
-        Ni siquiera empezamos a laburar – dijo Frattini, molesto.
Los dos agentes que los habían esperado en la estación no parecieron conformes con sus respuestas. Uno de ellos palpó el bolsillo de Frattini, y al encontrar el inmenso llavero dijo:
-        Tantas llaves… ¿tenés todas esas casas? Me parece que vamos a tener que llevarlos adentro… - dijo el policía, como si no los conociera.
-        ¿Qué pasa, muchachos? ¿Necesitan plata? – dijo Frattini, y bebió un sorbo de café.
-        ¿A vos qué te parece?
Frattini y Martinelli intercambiaron miradas durante una fracción de segundo. Luego, Frattini metió una mano en el bolsillo de su saco y retiró mil pesos. Era un cuarto de todo el dinero que tenían. Los dividió en dos fajos y le entregó quinientos a cada uno de los policías.
-        ¿Viste que no es tan difícil?
Frattini arqueó las cejas. Ya empezaba a fastidiarlo el humor de aquellos dos tipos.
Antes de marcharse, el policía que no había hablado dijo:
-        No se olviden de usar bronceador. Acá se pueden quemar feo.

Empezaron a trabajar al día siguiente. Los horarios más apropiados eran distintos a los de la Capital: salían de diez a doce y de tres a cinco, cuando los turistas se marchaban a la playa. Aquel primer día, entre los cuatro chalets a los que entraron en Los Troncos, recogieron medio kilo de oro en alhajas y algunos miles de pesos en efectivo. Por la noche, contemplando el botín que habían desparramado sobre la cama de la habitación de Frattini, los dos socios se quedaron extasiados.
-        Es una fortuna – dijo Frattini, incrédulo.
Se vistieron con sus mejores ropas y se lanzaron a las calles a gastar el efectivo, convencidos de que al día siguiente tendrían las mismas ganancias. No se equivocaban.

Los que los veían caminar por la rambla los saludaban con la amabilidad que todas las personas parecen recuperar durante el breve lapso de tiempo que duran las vacaciones. Frarttini y el Tano devolvían saludos y sonrisas vestidos con trajes de baño y con cámaras fotográficas colgando del cuello, que hacían aún más reales sus disfraces de turistas. El Tano llevaba un traje de baño estampado de mil colores que a Frattini le parecía un insulto al buen gusto. Por eso una mañana le ofreció acompañarlo a una tienda para que se comprara uno nuevo. 
-        Nos van a meter en cana por tu ropa, Tano, se ve desde Montevideo – le dijo Frattini, riendo, mientras observaban la vidriera de un negocio.
Pero entonces vio algo que lo hizo olvidarse de lo que estaba haciendo allí. Junto a ellos, tres chicas señalaban un maniquí vestido con malla enteriza. No era eso lo que le había llamado la atención, sino el sobre que una de ellas tenía en la mano. Frattini entornó los ojos. Fingiendo interés en la vidriera, se acercó para leer el remitente. Memorizó la dirección y luego le hizo señas a su compañero para que lo siguiera. Mientras se alejaban del negocio, el Tano dijo:
-        ¿Te arrepentiste? Yo te dije que en Brasil se usan estas mallas…
-        Vení. Esas pibas viven acá cerca. Es un cuarto piso.
El Tano lo miró, asombrado.
El departamento estaba vacío. No les costó mucho trabajo encontrar el dinero que las chicas habían guardado dentro de una lata de galletitas Bagley.

Siempre alerta, siempre a la expectativa, sólo descansaban por las noches. Sin embargo, a veces los riesgos eran demasiado altos. Como aquella tarde en que entraron a un quinto piso de la Avenida Luro. Habían recogido unos miles de pesos y  unos cien gramos de oro, cuando escucharon el ruido del ascensor. Inmediatamente, los dos se ubicaron a cada lado de la puerta, en silencio. Pronto, oyeron el ruido de la llave en la cerradura, que no abría quizá porque ellos habían alterado los pernos al abrirla con una llave que no era la más adecuada. Se miraron, nerviosos, conteniendo la respiración.
Al fin, harto de esperar el desenlace, fue el propio Frattini quien abrió la puerta. La dueña de casa aun tenía la llave dentro de la cerradura. Era una mujer de unos cincuenta años, emperifollada con aros, cadenas y una capellina blanca. Detrás de ella, una niña se quitaba la arena de los pies. Al verlos, ambas se quedaron petrificadas.
-        ¿Qué hacen acá? – dijo la mujer.
-        Nos encontramos con su marido en la calle y subimos a tomar una copa – dijo Frattini, rápido de reflejos.
-        Soy viuda – dijo la mujer.
El Tano Martinelli no pudo contener la carcajada.
Frattini suspiró con fastidio. Tomó a la mujer de los hombros y, con un tono neutro, como si le estuviera dando el pronóstico del tiempo, le dijo:
-        Entre, señora, es un asalto.
La mujer y la niña entraron, aterrorizadas.
Temblando, la mujer empezó a decir:
-        Por favor, no nos lastim…
Pero ellos ya se habían marchado.
Cinco minutos después, en un bar del San Alejandro, el Tano pidió un Vermouth y Frattini, siempre abstemio, un Komari con soda. Brindaron. Estaban pletóricos. Si bien no les gustaba ser descubiertos, cuando se daban aquellos encuentros con los dueños de los departamentos se divertían como dos niños.  
Un rato después, los dos policías llegaron para recoger su pago. Aquel día, Frattini y el Tano estaban de tan buen humor, que además de pagar la cuota de protección les regalaron cadenas de oro para sus mujeres y sus hijas. Antes de irse, uno de los policías les dijo:
-        Ojalá todos los chorros fueran como ustedes. Laburan sin hacer quilombo, sin joder a nadie.
Frattini y el Tano alzaron sus copas en dirección a los policías, que se marchaban tan satisfechos como ellos mismos.
A fin de mes, cargaron todo el botín en sus valijas y regresaron a Buenos Aires. Cada uno llevaba alrededor de un kilo de joyas, entre oro y brillantes. El efectivo lo habían dejado en las mesas del Casino, en los salones de baile y en los mejores restaurantes de Mar del Plata. Al llegar a la Capital, visitaron al reduce y luego, satisfecho por la gran temporada playera, bronceado y feliz, Frattini fue al conventillo de la calle Suárez para visitar a Mirtha, a quien los médicos seguían sin poder ayudar con sus extraños dolores de cabeza. Además, quería llevarles a sus hermanas la caja de alfajores que les había comprado. Después de todo, eso era lo que hacían los turistas que volvían de la Costa.
El patio del conventillo estaba vacío. Aquello le resultó un mal augurio que se confirmó cuando vio que la puerta la abría Estela, su hermana mayor. Al entrar, pudo ver a Mirtha tendida en la cama, con un paño frío sobre la cabeza y rodeada de sus hijas más pequeñas. Frattini se desembarazó de la caja de alfajores. Se sorprendió que sus hermanas no se le echaran encima, como hacían siempre que llegaba con regalos. Estela lo tomó de la mano. Hacía tiempo que había dejado de ser una niña.  
-        Mamá está mal – le dijo, gravemente.
Pudo comprobarlo con sus propios ojos. Mirtha se apretaba la cabeza con fuerza y se lamentaba en silencio. Juana y Francisca se incorporaron. Mientras las abrazaba, Frattini pudo notar que lloraban con el rostro vuelto de costado, para que su madre no las pudiera ver.
Sin embargo, Mirtha dijo:
-        No lloren, que se van a arrugar.
Frattini se sentó junto a ella.
-        ¿Cómo estás?
-        Peor.
-        Yo te veo linda como siempre – mintió Frattini.
Por un momento, los ojos de Mirtha se abrieron de par en par con lejano fulgor.
-        Carlitos… - dijo, sonriendo.
Inmediatamente volvió a cerrarlos.
-        Hasta la luz me hace doler la cabeza.
Al rato, Mirtha se quedó dormida. Sólo entonces, Estela le hizo señas a su hermano de que la siguiera hasta el rincón más apartado de la sala, donde Mirtha no podía verlos. Frattini obedeció.
-        Tiene un tumor en la cabeza – dijo su hermana, de pronto y sin aviso.
-        ¿Y entonces…? – dijo Frattini, sin atreverse a terminar la frase.
-        Y entonces se va a morir, Carlos. No pueden hacer nada. Sólo hay que esperar – dijo ella, llorando.
Los ojos de Frattini también se llenaron de lágrimas. En un segundo, la mente se le llenó de recuerdos. Había sido Mirtha quien lo había vestido aquel lejano día de su llegada, desnudo y asombrado, temblando de frío y curiosidad, allá por 1935. La sonrisa de Mirtha. Su voz tarareando tangos. Sus manos retorciéndose en el delantal, librando una oscura batalla con pensamientos con nunca le revelaría a nadie. Mirtha. Casi una madre que no era su madre pero que siempre lo había tratado como a un hijo a pesar de sus propios temores.
Tuvo ganas de quedarse la noche entera allí mismo, velando el sueño desgastado de Mirtha… pero entonces Francisca, la más chica de las chicas, se acercó con cara de asustada, y le dijo:
-        Papá está por venir, Carlos.
-        Ya sé – dijo él, mirando su reloj pulsera.
-        Quedate igual – dijo Estela.
-        Dale, quedate a comer – dijo Dora, arrepentida.
Los tres regresaron junto a Mirtha y Juana, que no se había movido del lado de su madre. Frattini quería quedarse, debía quedarse. Sin embargo, no quería perturbar el descanso de Mirtha con la furia que despertaría su presencia. Al fin, luego de entregarle una buena cantidad de dinero a Estela, Frattini hincó una rodilla frente a la cama, besó la frente de la enferma. Y se marchó.



19
Durante los dos años que llevaba trabajando con Martinelli lo había recuperado todo: las joyas, la ropa de etiqueta, los impecables zapatos de cuero, las corbatas de seda, la butaca del Teatro Maipo y hasta su mesa en el restaurante del hipódromo. Ganaba tanto como lo que gastaba. Los consejos del Tano lo habían moldeado hasta convertirlo en un dandy que siempre acaparaba la mirada de todos. Cuando entraba a La Churrasquita vestido con un traje nuevo, las mujeres de sus compañeros lo miraban de reojo. A veces, la mujer de Tito Ramos les decía a los otros:
-        Ustedes se tienen que vestir como Pistola. El sabe cómo combinar las medias, el cinturón, el pañuelito… aprendan de él.
Y Frattini sonreía con orgullo. Su ropa y sus joyas eran lo único que poseía. Siempre andaba con lo puesto, mudándose de pensión en pensión, viajando en colectivo o taxi, sin siquiera pensar en la posibilidad de ahorrar para comprarse un auto y una casa. Como si creyera que, por el solo hecho de firmar un documento de propiedad, su vida volvería a los rieles a los que había renunciado. Pero lo que más temía era que al figurar en un papel oficial, su nombre atrajera a la policía en cualquier momento. Prefería vestirse bien, gastarse el dinero en restaurantes y boliches, en esa carrera maratónica que había emprendido el primer día que su padre lo echó de casa y que parecía no tener más destino que el sólo hecho de correr. Escapar. Siempre hacia adelante, siempre solo.
Un día, él y el Tano Martinelli se dirigieron a la calle Paraguay, a la altura de Callao. Semanas atrás, habían luchado con una puerta que no habían logrado abrir de ninguna manera. Ahora llevaban otras llaves, convencidos de que al fin podrían completar el trabajo. Solían hacerlo. Más que por ambición, porque no soportaban renunciar a ningún alhajero por culpa de una maldita puerta.
Mientras el Tano metía una Yale en la puerta de calle, Frattini descubrió que, en el edificio de enfrente, asomada a una ventana, una mujer fumaba un cigarrillo sin dejar de mirarlos.
Cuando el Tano abrió y entraron al edificio, Frattini dijo:
-        Vamos a esperar un poco en el entrepiso. Laburamos y salimos rápido, que esta mina nos están mirando y nos van a mandar en cana
El Tano asintió.
Quince minutos después, salían del edificio con una docena de joyas y unos miles de pesos en billetes chicos. La mujer ya no estaba en la ventana. Comenzaron a caminar por Paraguay hacia el Bajo, en silencio. A las dos cuadras, escucharon la sirena de un patrullero que, a contramano de los demás vehículos, cruzaba la Avenida a toda velocidad y se detenía en el edificio que habían robado.
-        Tarde piaste – dijo el Tano, riendo.
En un bar, decidieron que desde ese día comenzarían a tomar nuevos recaudos. Antes de plantarse frente a una puerta de calle, lo primero que harían sería mirar si alguien estaba observando sus movimientos. Tampoco se detendrían a probar distintas llaves en una puerta. Era un problema, una pérdida de tiempo y una situación que podía resultar demasiado evidente para los ojos de cualquier vecino que no tuviera nada mejor que hacer que estar mirando por las ventanas. Cuando marcaran una puerta, desde ahora se acercarían con cuatro o cinco llaves preparadas, sujetas entre los dedos de la mano, como si las llaves fueran terminaciones óseas de sus propias extremidades.
Después de conversar largo y tendido sobre las nuevas estrategias, visitaron a José, redujeron el botín y se despidieron.
-        ¿Adónde vas tan apurado? – preguntó el Tano, que insistía con ir juntos a ver la nueva película de Rita Hayworth, no tanto porque le gustara el cine, sino porque disfrutaba escuchar a Frattini contándole sobre la vida y obra de su actriz favorita.
Sin embargo, Frattini volvió a negarse.
-        No puedo. Tengo cosas que hacer y ya no llego...
No mentía. Apurado, se subió a un colectivo de la línea 29 y se dirigió a La Boca.
Era octubre, y el verano comenzaba a insinuarse en esa brisa cálida y en aquel cielo límpido que, a esa hora de la tarde, comenzaba a sangrar sobre los techos de Buenos Aires. Todo, el clima, la ciudad, incluso los colectivos despedían una sensación de placidez, como si todos quisieran disfrutar con tranquilidad de aquel atardecer de primavera.
Todos menos Frattini, que miraba su reloj y sacaba cuentas mentalmente. Tenía quince minutos para visitar a Mirtha antes de que llegara su padre. En la parada, Frattini se lanzó del colectivo en marcha y se echó a correr en dirección a la calle Suárez.
Al llegar, otra vez se encontró el patio vacío hasta de sombras. Lentamente, se acercó a su casa. En el momento exacto en que pisaba el segundo peldaño de la escalera, desde adentro resonó un grito indescifrable para cualquiera, menos para él. Se maldijo por haber llegado tarde.
Mientras se alejaba, se preguntó si la enfermedad de Mirtha podría reblandecer a su padre. Quién podía saberlo. Mirtha moría su vida y él continuaba borracho, gritando como si nada.  
Desolado, se alejó de la casa sin saber a dónde ir. Se había ilusionado con pasar un rato con las chicas, escuchándolas, viéndolas cuidar a Mirtha. Pero a esa hora aquello ya era imposible. En la puerta del conventillo se cruzó con el Rengo y Pepe, dos amigos que hacía tiempo no veía.
-        ¿Qué hacen?
-        Nada. ¿Y vos?
-        Acá, vine a ver a mi vieja…
-        Anda mal, la Mirtha – dijo Pepe.
Frattini asintió.
-        Bueno, me voy… - dijo, sin mucho convencimiento.
-        ¿A dónde vas a ir? Quedate con nosotros. Una vez que venís al barrio… - dijo el Rengo.
Lo de Mirtha lo había deprimido demasiado como para quedarse solo, así que se sentó con ellos en el cordón de la calle, como cuando era un chico de pantalones cortos.
Juan Spadavecchia tampoco había cambiado.  
-        Todo transpirado, Juan, así no podés atender a los clientes – dijo Frattini y los demás rieron.
-        Muchachos, me tienen que salvar. Hay gente importante en la cantina y necesito que alguien los alegre. ¿Vienen?
-        ¿No te parece que ya estamos grandes para la pandereta? – preguntó el Rengo.
-        ¿Conocen a Los Plateros? – preguntó Juan a su vez.
A Frattini se le iluminaron los ojos. Siempre había disfrutado de la música, y aquel grupo americano había sido la banda de sonido de muchas de sus conquistas amorosas. Se incorporó de inmediato. No le vendría mal divertirse un poco.
Aquella noche, la cantina de Spadavecchia parecía un decorado de cine. Al entrar, lo primero que Frattini vio fue una mesa con cinco negros vestidos impecable, homogénea, solemnemente con trajes idénticos, y una mujer inabarcable embutida dentro de un vestido rojo cuatro talles más pequeño del que necesitaba. Como dos plantas carnívoras, sus tetas parecían a punto de escapar de aquel débil balcón convertido en escote.
En la pista, improvisada en el único sector de la cantina donde no había mesas, una docena de mujeres rubias, vestidas de gala, bailaban coreografías musicales al estilo Broadway.
Frattini, el Rengo y Pepe se detuvieron a observarlas.
-        Son las bailarinas de la Compañía Las Vegas. Vinieron a actuar al Teatro Ópera con los Plateros – dijo Frattini, que había oído la noticia días atrás en la radio.
-        Para mí son todas muñecas – dijo el Rengo, luchando por enderezar su cuerpo.
Juan Spadavecchia les alcanzó dos panderetas y una guitarra. Todos los presentes guardaron silencio. Incluso las bailarinas dejaron de moverse, cosa que los tres amigos lamentaron. Después de saludar a aquel público poco acostumbrado a ver cómo otros se llevaban los aplausos, el Rengo tomó la guitarra y Frattini y Pepe las panderetas. Durante quince minutos entonaron una antigua canción italiana, una que cantaban cuando eran niños y debían alegrar a turistas menos prestigiosos que los que los escuchaban ahora.
Cuando terminaron de tocar, la cantina estalló en aplausos. Los tres, sonriendo, aceptaron las bebidas que les ofrecieron desde una de las mesas. Con un vaso de agua en la mano, Frattini se separó del grupo y se acercó a la mesa que ocupaban Los Plateros, mientras el Rengo y Pepe se perdían entre las bailarinas.
Sin decir nada, Frattini tomó una silla y se sentó junto al grupo. Uno de los músicos le ofreció una copa de champagne. Frattini decidió aparcar su carácter abstemio para no despreciar el gesto. Tomó su copa, la alzó como hacían los otros, y él también brindó por aquel deseo incompresible que pidieron los americanos en su propio idioma.
Poco después, en un acto que buscaba honrar a los visitantes pero que pareció más un detalle obsecuente y redundante, Juan Spadavecchia hizo sonar “Only you” en el tocadiscos de la cantina. Al oír los primeros acordes, los músicos se tomaron la cabeza, como si aquel éxito suyo les resultara una carga insoportablemente aburrida. Frattini, en cambio, se incorporó de un salto. Con una reverencia divertida, extendió su mano hacia la cantante negra y la invitó a bailar. Los músicos aplaudieron. La mujer se incorporó, ofreciendo toda la inmensidad de su carne y se dejó guiar por Frattini, que la condujo hacia el centro de la pista.
Bailaron esa pieza y otra, y otra, y otra más. Bailaron toda la noche, conversando en susurros, sin entender ni una sola palabra de lo que decían.
En un momento, Frattini vio que afuera amanecía. Como si despertara de un sueño, se incorporó y estrechó la mano de los cinco músicos y besó la de la bella cantante negra, que intentó retenerlo con palabras que él no pudo descifrar.
Salió de la cantina con paso ligero. Dos copas de champagne podían animar a cualquier abstemio. Tomó la calle Suárez y, sin decidirlo, alcanzó el patio del Conventillo. Consultó la hora. Su padre estaría a punto de salir hacia el trabajo.
Durante unos minutos, se quedó petrificado con los ojos fijos en la puerta de su casa. Habían pasado más de veinte años, había abierto miles y miles de puertas ajenas, pero aquella continuaba cerrada para él.
Con cuidado, se metió entre los pilares de su casa y trató de ocultarse bajo una pila de hojas de diario. Esperó quince, treinta, cuarenta minutos. En su recuerdo, aquel lugar era más lúgubre de lo que le resultaba ahora. Incluso hasta lo divertía el hecho de estar escondido. Un tipo grande, un atorrante como él, escondido bajo una montaña de diarios.
En ese momento se escucharon ruidos que venían de arriba. La puerta se abrió, con aquel crujido que tantas veces lo había paralizado. Pies pesados descendieron la escalera. Los zapatos de su padre avanzaban sin separarse del suelo, incapaces de soportar el peso de mil y una borracheras. Poco a poco, sin darse cuenta, Frattini fue emergiendo de su escondite.
Entonces lo vio.
Su primera reacción fue la de protegerse, tal vez por eso retrocedió otra vez hacia los pilares, debajo de la casa. Hacía años que no lo veía, y aunque su apariencia no sólo ya no lo asustaba, sino que además era mucho más pequeña de lo que recordaba, Frattini volvió a sentir miedo por su padre, por aquellas manos nudosas que sostenían un cigarrillo Brasil encendido hacía siglos y que nunca acababa de consumirse.  
Lo vio alejarse, lo vio salir del conventillo. Sólo entonces Frattini tomó coraje y salió de su escondite. Mientras subía las escaleras, el patio comenzó a llenarse de vecinos que se lavaban y peinaban antes de ir al trabajo y lo saludaban con gestos cansinos.
Llamó a la puerta. Estela lo abrazó al verlo.
Frattini entró a la casa y fue directo hacia Mirtha. La besó en la frente, y durante los pocos segundos que la tuvo entre sus brazos, pudo sentir sus huesos faltos de carne, el temblor de sus brazos, la debilidad de todo su cuerpo.
-        Carlitos, viniste… - dijo Mirtha.
-        Hola, mamá – dijo él mientras se sentaba junto a ella.
Estela preparó mate y, mientras le cebaba uno a su hermano, le ordenó a sus hermanas que se apuraran si no querían llegar tarde a la escuela. Sin embargo, cuando Francisca y Juana estaban por salir, su madre les pidió que se quedaran. Las chicas miraron a Estela buscando su aprobación.
-        Tienen que estudiar – dijo ella.
-        Dejalas que se queden, mamá quiere que estén acá – intercedió Frattini.
-        ¿Vos venís una vez cada tanto y encima me decís lo que tienen que hacer?
Su hermana estaba furiosa.  
-        Mandás vos, Estela – dijo Frattini.
-        Por favor, Estelita – dijeron las niñas a coro.
Entonces Mirtha se incorporó en la cama, soltado un gemido de furia. Con las manos, se tomaba la cabeza y, mirando a Frattini, dijo:
-        Sacame la cabeza, no aguanto más.
Él se acomodó en la cama, de modo que Mirtha pudiera reposar la cabeza en su pecho. Así se quedó, respirando cada vez más lentamente, mientras Frattini le acariciaba el cabello. Un rato, un siglo después, vio que sus tres hermanas empezaban a llorar, que se tomaban la cabeza y se arrodillaban ante la cama.
No sabía por qué.
No quería saberlo.
Tan sólo quería quedarse así, llorando, acariciando a Mirtha, susurrándole cosas al oído sin importarle que ya no pudiera escucharlo.

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